domingo, 5 de marzo de 2017

Escritor a la vista

El 1 de octubre de 1995 Emma Barrandéguy publica en El Debate Pregón: “Palabras de agradecimiento de la ciudadana destacada” (ver “Cronosíntesis” (EDUNER, 2016); en dicho texto la escritora gualeya rechaza un homenaje público del Concejo Deliberante y la Dirección de Cultura; entre sus apreciaciones quedan a la vista un par de reflexiones en torno al trabajo de la escritura: “(…) El oficio de escritor consiste, para mí, sólo en poseer una mirada diferente de la realidad y cuidar su herramienta, que es el lenguaje. El mayor deseo creo que es, para quien se dedica a este oficio, el compartir su propia obra con el mayor número de lectores. El principal afán creo que debe ser el enseñar a pensar en todos los actos de su hacer cotidiano y en el ejercicio de su tarea.
Realizar esto –que ya es mucho- vale para toda una vida y ha sido, en el transcurso de la mía, mi única aspiración. (…)”. Emma anota además una expresión de deseo (ironía incluida): “(…) Que se evite mencionar a los artistas como medio raros o medio locos (sería preferible locos enteros, no medios) y que se considere su oficio como cualquier otro, dándoles espacio para el cumplirlo a solas, como esta labor lo requiere. (…)”.
Escritor a la vista: Emma habla de un oficio, no de magia. Coincido, y no porque no crea en la existencia de la magia en la escritura. Soy un convencido de que el toque de magia dentro de la construcción en el oficio aparece cuando el laborar diario, en el papel y en el pensamiento, abre la puerta para que pueda entrar aquello que nombramos como la susodicha magia, la inspiración, la posesión de un otro que quizá, hasta ese momento, “creíamos” no conocer. La magia del otro, uno más dentro del puñado de miradas que somos, se alumbra cuando abrimos la puerta de la emoción atenta, y entonces escribimos, vivimos. Ocurre igual que en la vida cotidiana: el trabajo de buena persona abre la puerta social hacia el otro: el vecino, sea del barrio, la chacra, la provincia, la gran ciudad. Es cuando se puede escribir de la mejor manera. Es cierto además que el escritor desea compartir lo escrito; este costado del oficio casi carece de magias, y nada tiene que ver con el hacer de orfebre en la escritura; hablo de personas que elaboran su obra a partir de una posición sincera, ética, de una pulsión interna con la sana pretensión de llegar, en el mañana, a poseer una obra; esto nada tiene que ver con la puesta en marcha de una fábrica de chorizos, o una productora de papel picado: en la venta también puede uno interesarse, pero sostengo que esta modalidad no cotiza de manera saludable en el paisaje de aquel que intenta contar una historia nueva.
Emma Barrandéguy
Habla Emma de “locos enteros”, y mejor así, nada de mitades a la hora de mirar a quien se dedica a estos menesteres de la escritura. Porque al escritor siempre se lo mira de costado. Lo hablábamos días pasados con Tuky Carboni, poeta y amiga. Los escritores y poetas parecen ser personas que, de aburridas, se les da por contar cuentitos, hacer versitos, y todas esas pavadas, boberías de chicos. Así los mira la familia, la gente cercana, unos pocos prestan atención. Sucede muchas veces que alguien se siente obligado a preguntar algo, pero después se desentienden de la respuesta. Eso sí, hay momentos en que tener un escritor cerca, de amigo o conocido, queda bien, “garpa” en sociedad, porque no hay nada como habitar esa cultura que, en el cotidiano, se ignora.
Hay un pasaje maravilloso (otro más y van…) en “Memorias de un provinciano” (1967) del mago Carlos Mastronardi, que viene de maravillas para estos momentos en que el escritor está a la vista: “(…) Según mi vieja costumbre, pasé los meses del verano en Gualeguay, pero no encontré ni podía encontrar en el ámbito natal la alegría de otros tiempos. Mi padre había enfermado, y si bien no lo afectaba un mal agudo, su declinación era visible. A ese motivo de preocupación se sumaron mi mala trayectoria estudiantil y algunos contrastes de fortuna que ensombrecieron aquellos días. Debo decir, no obstante, que la publicación de mi primer libro atenuó la tristeza que en el seno de la familia produjo mi alejamiento de los claustros universitarios. Un amable comentario de ‘La Nación’, a su vez comentado en el club del pueblo, vino a suavizar o corregir las censuras de la gente respetable, para la cual yo había dejado de ser un valor social en potencia. Y no porque lo fuese en acto: más bien se me identificaba con el no ser. Sin destino visible, borrado de la tabla de tasaciones, ni el foro, ni la política, ni los padres con hijas casaderas podían contar conmigo, pero la nota encomiástica del diario porteño, a pesar de los muchos defectos de aquel libro de poemas, obrando a modo de argumento de autoridad, vino a militar en mi favor con toda su fuerza compensatoria. Sin embargo, la timidez me mantuvo escondido durante una semana, y después empecé a salir sin deponer mis prevenciones, como si hubiese cometido un delito.
Carlos Mastronardi
En aquellos tiempos y en los medios alejados de las grandes ciudades, el escritor era una especie de ornato de la comunidad, sólo apto para las fiestas, de modo que en el plano de la vida cotidiana, su posición era más bien incierta. Su esfuerzo, apenas distinto del placer, escapaba a toda estimación precisa. Se trata de una creencia tan antigua como el mundo, pero que no en todas partes se manifiesta con la misma fuerza: sólo aquello que inspira un acatamiento unánime carece de ambigüedad. Los valores estéticos son muy fluidos y no se sujetan a las pautas con que juzgamos los objetos, los bienes de uso. (…)”.
Solo puede modificarse el lugar del escritor cuando su nombre aparece en alguno de los medios de comunicación. Alguien, ahí afuera, donde sí, al parecer, se manifiesta la vida que importa, posa sus ojos sobre el nombre y la escritura del vecino, del vago que se la pasa leyendo y escribiendo en la aldea de los ignorados. Cómo tu trabajo va a tener importancia si vivís en mi misma calle, pero si el diario dice, si a la radio te invitan, por ahí bien vale un elogio. El escritor, el trabajador de la cultura, también cae en la volteada que detona la flecha indicadora de los tiempos: hecha a base de velocidad y extravío, la mirada perdida en medio de la bulla y el cartón pintado. La inercia se lleva puesta a esta sociedad de ausentes.
Ser escritor, poeta, tiene que ver con asumir un compromiso ético en la vida. Definir una posición, una manera de mirar, de ser, de vivir. El resto no importa, y no es que quiera destacar la nada, la inacción; hablo de la pulsión vital, de una manera de dar el presente en la vida. Nunca la moneda por sobre la identidad y la palabra, la dada y la escrita. Pienso en Cachete González pintando, haciendo su arte porque en ese hacer se le iba la vida.
Hugo Salerno
Hace unos días, a través de las famosas redes sociales, reinicié el contacto con un poeta que conocí en Boedo, mi barrio, en un anteayer lejano. Yo estaba en los pasos iniciales de la etapa donde se sellaría mi identidad como persona y escritor. En las tardes de los días lunes, en la trastienda del café Margot, en la intersección del pasaje San Ignacio y Boedo, a instancias del poeta Rubén Derlis, sucedían en el universo barrial las recordadas tardes de café denominadas: Alpedismo Boedense. El nombre no guarda secretos: un grupo de personas se encontraban en el café, escritores, poetas y gente afín a las letras, para hablar, para rondar en la sintonía de “estar al pedo” (con el perdón de la Academia) y con tiempo a disposición, para proceder a hablar de los temas que surgieran del ida y vuelta de la palabra. Mientras esto sucedía, se podía mirar por la única ventana y por la puerta, dos hojas hechas en madera y tiempo con vidrio biselado, y contemplar los adoquines que, aún hoy, siguen dando su presente en el cuerpo del San Ignacio. Conocí a varios personajes en aquellos días, y uno de ellos fue el poeta Hugo Salerno. Su aspecto correspondía al imaginario de don Quijote: flaco, desgarbado, cabello largo blanco en canas, bigote frondoso al tono, y barba con punta en la pera. Sin dudas, era el Quijote. Venía desde un  incierto pasado. Muy relacionado al mundo del tango, y poeta de andar contando las monedas. Llegaba a Boedo desde alguna localidad lejana del Gran Buenos Aires.
Acaba de publicarse el libro “Alto Guiso. Antología de poesía matancera”. Tuve noticias de la edición gracias a Víctor Pajarito Cuello, otro poeta de moneda flaca, pero con esquina hecha de una sola palabra: sinceridad e identidad de origen en las calles de su aldea. Salerno, su poesía, está dentro del libro. Cuello fue quien, luego de tantos años de no saber de Salerno, me acercó su libro “Baldío Natal” (2006). Recuerdo que en el Margot, allá por 2001, Salerno ya tenía el título del libro, y en esos días tenía una bajada que fundaba una maravillosa promesa: “Baldío Natal. Ego asoma”.
Ayer Hugo Salerno publicó un poema en Facebook. Me había contado que vive en un geriátrico. Hoy me dijo, sigue con su humor doble filo, que tiene cadena perpetua en el mismo. Me contó además que planea una novela en relación al geriátrico. El poema enviado a las redes dice: “Puedo morir de cualquier cosa, / menos de aburrimiento. / Es tan variado el universo, / a pesar de ser un solo verso. / Hay varios mundos / en el mundo de una pieza. / Navegamos en el espacio de los sueños. / Cuando nos vamos a dormir / en vez de “Buenas noches”, / tendríamos que desear: “Buen viaje”. / Para esos viajes no hace falta / tomarse, aspirarse ni fumarse nada. / Solo sueño. Que tengan buen viaje”.
Venía pensando junto a los notables, como Emma, Mastronardi y Tuky, sobre quién, cuándo, dónde es que uno se hace escritor, poeta. Decía que era una manera de ser, de hacer esquina en la vida, de estar más allá de ciertas cuestiones sin importancia. Fue cuando, para cerrar esta nota, me dio una mano la memoria y la presencia del poeta Hugo Salerno. Salido desde el tiempo mismo, poeta a pesar de los molinos de viento.


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