domingo, 23 de noviembre de 2014

Guillermo A. Wiede desde el silencio

Dice Tránsito Ríos en el comienzo de la novela “Jinetes de nombre muerto. Romance de Entre Ríos (1861-1871)” (1988) de Guillermo A. Wiede: “Mi tierra tiene forma de guitarra. Tiene más ríos y arroyos que arrugas mi cara vieja. Por espinazo una selva; por hombros, las dos cuchillas; por cuero gramilla y trébol, con lunares amarillos que se llaman macachín. El tala sabe ser alto, pero más alto es el guayacán negro, que tiene un tronco duro como fierro, y cuando va a morir unos ratones brujos le salen de abajo, con las semillas, para que nazca de nuevo en otro sitio. Cada vez que se muere, diez retoños le brotan alrededor. Así cuentan las viejas de mi tierra. (…) Ahora que todo se acabó suelo sentirme en pecado por no haber muerto como ellos. Eran hombres tan duros como los guayacanes. Tal vez, suelo decirme, yo quede para semilla. Soy de esos ratones que escapan de las raíces antes que el guayacán negro se venga abajo, porque nazca en todas partes”.
Me encantó este comienzo. Luego me encantó el libro: el largo relato de don Tránsito.
Alrededor de esta lectura giran varias historias. Voy a tratar de contarlas. El ejercicio de la lectura muchas veces, azar o destino mediante, despeja las puertas de la gran sombra, y entonces el lector puede atrapar la sortija de la felicidad.
En “Historia de Tres Bocas” de Jorge García se da pista del libro citado. Apenas una línea de referencia, y el título que de inmediato se instaló en mi pensamiento. Qué libro era este con título tan sugerente: tanta poética sintonía en el título de una novela. Quién era el señor Wiede, su autor.
Pedí el libro en préstamo a García y comencé la lectura. Historia y política se juegan en sus capítulos. La acción se centra en el alejamiento de Urquiza, en su inacción, su “entrega” a los señores de Buenos Aires. Urquiza es el padre que debió morir a manos de su gente: un parricidio para defender el ideario federal, la autonomía de la provincia. Luego el tiempo de López Jordán y su guerrilla, su guerra popular. Los porteños se vinieron al humo, había que terminar con la revuelta en el litoral. A poco de andar la novela, encuentro el relato de una batalla: “Supo haber grupo de cincuenta porteños que quisieron corajudear. Volvieron las caras para hacer frente. En una de ésas lo ensartaron al Sargento Ibarra, pero al que le hundió la lanza no iba a durarle la gloria. El Sargento dio un último grito, bajó del caballo y con las dos manos se sostuvo la lanza. El porteño, viéndose desarmado, quiso volver a los suyos entre una docena de nosotros. Valiente el hombre, pero no le íbamos a perdonar, así que lo embretamos y de un pechazo quedó de a pie. Yo lo degollé, de un solo tajo”.
Guillermo Wiede por Sara Molas Quiroga.
En Wiede encontré a un narrador apasionado, conocedor de la historia. Una novela de palabra clara, una narración construida a partir de distintas voces que se pasaban la posta, voces que se expresaban con las palabras que hicieron a los habitantes del paisaje entrerriano: “A Dios no lo tengo visto por estos pagos. Saludos, si lo ve. Hay que seguir mentándolo para que estos muchachos mueran como la gente. Hablarles de Dios a cada uno que hecha sangre por la boca. El cielo de los héroes. Dura patria la patria cuando hay que morir por ella. Si al menos la muerte significara la victoria”.
Wiede no es entrerriano. En la solapa de “Jinetes…” leo: “Nació en Curuzú Cuatiá (Provincia de Corrientes) en 1939. Es abogado y escritor de narrativa, siendo ésta la primera novela que de él se publica”. Nada más. En la web encontré que en distintos mercados se venden otros títulos: “El palacio de septiembre” (1999), “Cartas de Buenos Aires” (2001), “De cuerpos velados” (2002), “Vieja memoria del nordeste” (2009). Supe también que había muerto en Buenos Aires en 2012. Pero no hay más rastro.
Ocurrió que desde el principio de la lectura pensaba en Juan José Manauta. ¿Quizá debido a la coincidencia temática?, puede ser. Manauta es el creador de dos personajes: el mayor Ponciano Alarcón y el sargento Martín Flaco, ambos pertenecientes a la tropa derrotada de López Jordán en el arroyo Don Gonzalo, donde los porteños estrenaron las carabinas Remington a repetición. Estos personajes aparecen en cuentos de “Disparos en la calle”, y ocupan la totalidad de “Colinas de octubre”. ¿Tal vez pensaba en Manauta porque estaba frente a una prosa con altura?, puede ser. Pero en mi ceremonia de lectura se había acentuado un misterio. Nada de este hombre en la biblioteca pública, nada entre lectores aplicados. Sin rastro. Sólo su fantasma y el de Manauta.
Seguí el impulso emotivo, me tenía tan feliz la lectura que le conté a mi amiga Leticia Manauta, hija del Chacho. Ella respondió: “Ellos fueron amigos, los presentó Adriana, mi hermana”. Hablé con Adriana. Me dio algunos datos sobre Wiede y me dijo: “Cuando mi papá leyó ‘Jinetes de nombre muerto’ me dijo: ‘Este es un escritor’. Mi viejo le presentó ‘Vieja memoria del Nordeste’”.
Los Wiede y los Manauta.
Otra virtud de la novela de Wiede reside en la capacidad del autor en hacer hablar a personajes como Urquiza, de manera tal que no quedan dudas, el general manda, negocia, decide las maneras de impartir justicia. Wiede conjuga paisaje y personaje, es médium, trae almas de regreso: “No diga eso, amigo Torralba. Ni siquiera soy Gobernador en este tiempo. Además, hay principios. Principios republicanos que nos impiden intervenir. Principios que nosotros impusimos y que ahora hacen valer los unitarios, qué hemos de hacerle, hay que actuar con cabeza ¡me entiende!”.
Wiede describe el campamento del ejército de López Jordán: “Ese dijo: Rebeldes nos llaman, y pa’la guerra, ni duda que eso somos. Y como rebeldes no tenemos guarnición, ni cuartel, ni regimiento ni ninguna de esas cosas, sino que toda la Provincia es nuestro campamento y hay que encontrar la forma de estar en toda la Provincia al mismo tiempo; cuando crean que andamos por el Gualeguay aparecernos por los Alcaraces, y si nos hacen por la Concordia saltarles en la Victoria, y así”.
La búsqueda me llevó hasta la palabra de una de las hijas de Wiede: Celeste. Pregunté por la historia familiar: “Ralph Wiede, lo llamaron Rafael, vino de Alemania a Curuzú Cuatiá a los 18 años, en 1924. Nunca volvió a ver a la familia. Trabajó de mayordomo en una estancia. Mi abuela Plácida Ibarburu, Coquita, era hija de un estanciero. Fue problemático, al alemán nunca lo quisieron. Él también los despreciaba: por estancieros. Hay una novela de mi papá: ‘Orígenes’, nunca la publicó, donde noveló algunos hechos de la familia. Mi abuelo murió a los 52, joven, cuando mi papá tenía 16, eso lo cuenta en ‘El palacio de septiembre´’: sus años en la casona de La Fraternidad, lo mandaron al Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. Tenía 12. Rafael decidió que Guillermo, el menor de 4 hermanos varones tenía que estudiar. Papá estaba orgulloso de haber sido fraternal. A los 17 se fue a La Plata a estudiar abogacía. Decidió la carrera porque quería ayudar a la familia. De lado quedó la carrera de letras. Se recibió a los 22. Conoció a mi vieja, Beatriz Leonardi, que estaba casada, tenía 3 hijos y vivía en el campo. Él vivía en Buenos Aires en una pensión. Tuvieron una noche de amor y mi vieja quedó embarazada de mi hermana Cynthia. A mediados del 60 ella se separa y viene a vivir a Buenos Aires. Nunca se casaron. Mi vieja le llevaba casi 9 años. Yo soy del 72. Cuando tenía 7, mi viejo la deja y se va a vivir con Sara, con la que no tuvo hijos”.
Guillermo y Sara.
¿Cómo fue ser abogado/escritor?: “Fue abogado laboralista y le puso muchas ganas. Le fue bien económicamente y estaba agradecido a la profesión. Su plan fue siempre dejar la abogacía y dedicarse a escribir. Él se ocupó del bienestar de toda la familia, la madre y los hermanos. Ese fue su mundo. Se quedó un poco solo con la escritura, aunque le dedicaba bastante tiempo. Me acuerdo que Jinetes la escribió cuando yo era chica. Lo llamaba por teléfono y me decía que estaba escribiendo. Escribió hasta el último día de su vida, estaba internado y tenía un cuadernito. Escribía una novela policial, era la primera vez que abordaba el género. Me enseñaba los escritos. Unos meses antes de morir le dije: Papi, no te podés morir sin antes terminar esta historia”.
¿Cómo tomaba que nadie se interesara por su escritura?: “No estaba contento con la suerte de sus libros. Intentó publicarlos por otras vías, mandar a concursos, pero lo cierto es que Jinetes lo pagó él; con la otra editorial los gastos fueron compartidos. Él podía pagar los libros, pero no tenían distribución. Nunca se decidió a ser únicamente un escritor, pero escribió toda la vida. Se asomó un poco al mundo de los escritores, tuvo encuentros con Andrés Rivera, Guillermo Belgrano Rawson, con Carlos Mastronardi, era amigo de Arnaldo Calveyra, ambos fraternales, y de Manauta. Pero terminó bastante decepcionado”.
En estos momentos sigo conociendo a Wiede a través de sus recuerdos sobre los años en La Fraternidad. En la memoria de “El palacio de septiembre” circulan muchas pistas sobre la persona del autor a través del muchacho que fue, y la mirada del hombre, del escritor, que lo anota: Wiede se narra de manera amena, con historias inolvidables. La prosa tiene una única pretensión: el relato, el viaje en el tiempo para contar las historias que hicieron a la construcción de un paisaje querido, y en él: sus hombres.
“Jinetes de nombre muerto”: su autor, merece lectores. A Wiede se lo llevó el vino, queda su mundo en la memoria de sus libros.

1 comentario:

  1. Excelente tu trabajo de investigación, muy interesante además porque le presentás batalla al olvido y rescatás escritores tan valiosos e invariablemente ignorados por las "capillas" literarias de turno.

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