domingo, 17 de septiembre de 2017

La otra tinta del poeta Alfaro

Juan Manuel Alfaro tenía una tinta más guardada entre sus almas. Lo sabía notable, destacadísimo poeta entrerriano, padre de libros para la memoria: “La piedra azul”, “Plena palabra”, “Las borrajas azules”, “Los teros de la gracia”; lo sabía de ideas y pensamientos claros que iban desde la aldea hasta la América Criolla, luego de la lectura de su ensayo: “El canto entero de Marcelino Román”; pero no lo sabía cuentista. En un vuelo raudo por Gualeguay, me dejó alguno de sus libros en el hotel. No pudimos vernos en persona. Entre ellos estaba la reedición de “La dama con el unicornio” (Ediciones del Clé-2012). Desde la biblioteca me hace compañía desde 2015; realicé el viaje de lectura hace un par de meses. De manera inevitable, paso frente al estante, lo busco con la mirada, veo el lomo, y pienso en el placer mayúsculo encontrado en su lectura. Sucedió entonces que aparecieron estas ganas de invitar a su lectura, de avisar a los habitantes de la ciudad/río de Gualeguay, que estas historias se ganan cada instante de la lectura. Con este libro Alfaro obtuvo en 1998 el premio Fray Mocho. Aquel jurado estuvo integrado por Lily Franco, Jorge B. Rivera e Isidoro Blaisten, un señor escritor que supo tener en Boedo, mi barrio natal, una librería, a metros de la encrucijada tanguera: San Juan y Boedo.
En mi memoria guardo la sensación que me causó la lectura, cuando era un muchacho todavía joven, del libro “Ojos de perro azul” de Gabriel García Márquez; por años afirmé -esos absolutos nacidos en la alegría lectora-, y lo sigo haciendo, porque eterna dura aquella felicidad, que era el mejor libro de cuentos que se podía escribir; claro que después vinieron otros cuentos, como por ejemplo los de Juan José Manauta, como por ejemplo “La dama con el unicornio” de Alfaro, que es además gran poeta, y entonces se suma otra cuestión: no siempre ser buen poeta asegura una prosa feliz; digo que no todos pudieron, y que Alfaro, sí.
Para invitar a su lectura, elegí cuatro de las catorce puertas que abren hacia el alto juego de las historias. Hace una punta de años que Alfaro vive en Paraná, y hace toda una vida que lleva a Nogoyá entre sus tintas. La lectura es una puerta feliz por dónde entrarle a la vida, entonces cuatro puertas, cuatro inicios de cuento y memoria.
“La cometa”: “Se ha levantado viento. Entonces me acuerdo del Pijirí trepado al último gajo posible del más alto y más solitario eucalipto de mi pueblo, como una cometa que, sorpresivamente, una ráfaga ha arrancado de las manos de un niño enredándola, allá, en las ramas últimas y altísimas, y su camisa azul parece temblar como el papel de una cometa, y se diría que va a desprenderse, que ya va a soltarse porque un piolín tirante, desde abajo, quiere recuperarlo. Pero él no está enredado y, ahora, se ha parado en el gajo y extiende los brazos en cruz.
El Pijirí es el ‘loco oficial’ del pueblo. El que va al frente de las procesiones de la Virgen blandiendo, aparatosamente, un estandarte invisible; el que agita una batuta ilusoria detrás del director de la banda municipal; el que encabeza los desfiles, marcando el paso, como un verdadero soldado, y haciendo la venia a todo el mundo, sin distinción de rangos; el que, no sabemos cómo, se entera, puntualmente, de cada fiesta cívica, escolar o religiosa, y hace acto de presencia, ya casi imprescindible acto de presencia; el que, también, algunas veces, hace gestos infantilmente obscenos cuando alguien le guiña un ojo señalándole una mujer; pero, sobre todas las cosas, el que, cuando sopla el viento, se trepa al último gajo posible del cada vez más alto y más solitario eucalipto de mi pueblo. (…)”.
Juan Manuel Alfaro
“La bicicleta de Emilce”: “Es posible, sí. Aunque ahora que lo pienso bien me pregunto si son necesarias todas las respuestas, es decir si, en realidad, queremos todas las respuestas; si las necesitamos o si es preferible, no sé, dejar unos espacios –algo así como unos respiraderos- para que la vida suceda, de vez en cuando, sin prestarse demasiada atención; para que la vida suceda no tan visible y expectante, no tan expuesta; para sentirnos vivir, pienso, se me ocurre, como si recién nos levantáramos en una mañana luminosa, en el campo, hace muchos años… o como si, de golpe, abriéramos los ojos y estuviésemos en una callecita remota que creíamos olvidada, y viniera desde allá, indefinible todavía, pero presentidamente nítida; como si viniera, digo, aunque aparentemente inmóvil, pero revelada ya, como una evanescente pintura impresionista, en el sopor, en los espejismos de la siesta… de una siesta de verano. Como si viniera, rítmica, delicada e inconfundiblemente rítmica, pedaleando, como una música en bicicleta, Emilce. Como una melodía pedaleante –si pudiera decirse así-, pedaleándonos a la bicicleta y a mí, a los dos, en direcciones opuestas, hasta hacernos converger un instante… el instante preciso en que pasaba enfrente de mi casa y mis ojos se anulaban en los suyos y la infancia me salía a tropezones, desbaratando la pretendida pose adolescente, el ademán ensayado, el gesto largamente practicado en el espejo. (…)”.
“El regreso”: “Al final, siempre terminamos hablando de lo mismo. Cada vez que nos reunimos, cada vez que un acontecimiento familiar nos reúne -¡es increíble como la vida va espaciando los encuentros familiares!- terminamos hablando de lo mismo. Es como si lo demás no le importara a nadie, aunque nos esforzamos en mostrarnos interesados por la salud, el trabajo, los hijos de los otros. Nos demoramos comentando el invierno, las heladas, la humedad insoportable, los accidentes, los programas de televisión; criticamos al Gobierno, intercambiamos muertos, paros cardíacos y recetas, y describimos fiestas y mostramos fotos como medallas sin memoria, pero, en verdad, lo único que nos interesa es hablar del regreso, lo único que, en realidad, nos reúne, es el regreso.
Todos estamos pendientes de que alguien diga ‘la casa’, o cualquier otra cosa: ‘el molino’, ‘el galpón’, ‘el tajamar’, ‘las parvas’, ‘los maizales’. Todos estamos pendientes de que alguien diga algo que quiera decir ‘la casa’. Entonces, el tema del regreso vuelve. (…)”.
“El desierto”: “Cuando el tren bordeó la sombra de los álamos y atravesó el puente con el mismo estrepitoso tableteo que, siendo niño, asociaba con las películas de guerra, comenzaron a verse las luces del pueblo. Como entonces, en lo alto, el solitario faro rojo de la fábrica.
Como entonces, los mezquinos, ralos focos del suburbio. Como entonces, la estación, los silos plomizos del molino, la placita con los mismos bancos y las mismas luces mortecinas.
Y luego el sonido aplastado de los pasos en la noche desierta, la calle larga, generosamente iluminada, y torciendo hacia el sur otra calle, ya espaciada de luces, ya en sombras, entre fríos ladridos y olor a frituras y, quizá, a madreselvas.
Es extraño cómo el pueblo resiste en algunos lugares. Es extraño volver en la noche, una carta leída, la valija en la mano. Donde todo era simple, ahora cuesta pisar. Donde todo era simple: el cuaderno de apuntes, la bolsita con lápices, la escuadra, la goma, dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis, las figuritas recortadas del Billiken, la Señorita América: ‘Hoy vamos a hacer una descripción’, y colgaba del pizarrón una lámina del otoño, un otoño con luces reflejándose en una calle mojada, una calle empedrada de una ciudad desconocida. (…)”.
La puerta feliz de cada lectura tiene bondades, por ejemplo: permite conocer otras historias: los sucesos de otras vidas, ejercitar el pensamiento, aumentar el vocabulario; la feliz lectura enseña a escuchar las distintas sintonías de las presencias y maravillas de este mundo. Otra de sus bondades es el viaje en el tiempo a través de la mirada que el lector realiza sobre su propia historia: un recorrido por la memoria y las ideas. Pienso en mis barriletes o pandorgas, en los personajes de cada pueblo, más o menos locos, más o menos posibles personajes literarios; y pienso en la libertad del Pijirí, esa que a veces nos falta, para un día dejarnos remontar hasta lo más alto de nuestra historia chiquita de pueblo, de barrio. Hace una semana escribía sobre ciertas imágenes de mi infancia y entre las palabras aparecía Patricia, hermosa, delicada, una compañerita; hasta ella volví sobre la bicicleta de Emilce. Porque creo, en definitiva, siempre se trata de dibujar el regreso, los distintos regresos. Regresar: ¿a dónde? Como sucede siempre: a los buenos momentos, a las buenas presencias. Llegar otra vez hasta las mesas de café que compartí en Buenos Aires con mis maestros: el poeta Hugo Ditaranto, el novelista Gabriel Montergous. Volver a mi Martín Coronado de infancia; o hasta mi barrio de Boedo donde terminó de fundarse mi identidad. De regreso al día en que nació Julia, mi hija. Y en este desafío de regresar a las buenas, pero también a las malas, entran a jugar los caminos, las sintonías, que uno elige para ausentarse del presente, de la escena fresca del cotidiano, para así sumergirse en las profundidades del relato, del sucedido de ayer. Existe siempre la semilla, el movimiento de fundación de cada memoria, siempre está el rudimento, la sustancia primera en la bondad del descorche del pasado, y sobre este paisaje se aplica, de manera inevitable, la necesaria ronda y selección de detalles. La memoria se abre como la flor y en ella se nutre el relato, pero también a esta memoria se le agregan pétalos y colores. Es cuando fundamos la novela propia, nuestra literatura de vida, aquella que se apoya en palabras dichas en tal escenario, y que además abreva en la imaginación feliz. Cómo, o mejor, por qué resistirse a componer una música mejor, más sustanciosa: una mejor literatura. Sucede esto de manera consciente, sí, a veces; pero en la mayoría de los convites juega la libertad natural, y la necesidad de los hombres de contar historias para así poder contarnos.
Pienso en que todos hacemos literatura con nuestros recuerdos, claro que no todos escribimos de manera maravillosa, como sucede cada vez que se va de viaje el poeta y cuentista: Juan Manuel Alfaro.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Gurí/pibito en la memoria

Presento las señales de fundación para esta escritura: dos fotos y una línea de poeta. La palabra, la herramienta con la intento saber de dónde vengo, cuántas son las almas que llevó conmigo: las que me construyen en identidad, cuántos fantasmas queridos me acompañan, cuánto de amor llevo en la memoria, cuánto de dolor. Las palabras para encontrar, ahora, en este momento de escritura, mi ceremonia: dentro de la hoja en blanco este primer movimiento, estas líneas de reconocimiento en torno a una emoción, y su después como idea.
Hace unas semanas me encontré en la red con una foto de Fernando Sturzenegger. El impulso fue guardarla. Impacto profundo. Como dijo una vez el poeta Ricardo Maldonado, una buena foto se reconoce por su capacidad para invitar a la palabra, la poesía, la escritura. Y cuando entre mis almas la foto de Fernando exigía su escritura, tuve el buen destino de encontrarme con una segunda foto de su autoría. El desafío de anotar todo aquello que me ocurría con estas dos fotos, estaba planteado. Sabía que tenía que escribir, y esto era una buena noticia. Transcurrían estos sucedidos hasta que durante la semana pasada, una línea perteneciente a un poema saltó desde la memoria, y entonces toda la libertad que anida en el verde del jacarandá del fondo de casa, en la chacra gualeya, me señaló este inicio de escritura en día lunes. Recuerdo en este instante una novela leída hace años: “La eternidad por fin comienza un lunes” del escritor cubano Eliseo Alberto. En lunes, entonces, anoto la línea escrita por el Chango Ibarra, que de seguro quisiera aparecer como guitarrero antes que poeta: “Todo es un regreso a lo que definitivamente somos, la infancia”.
La primera foto de Fernando (en color): un gurí/pibito -así mi manera de nombrarlo con palabras de Gualeguay y Buenos Aires- en el centro de la foto. Vestido con ropa que no brilla pero que tampoco es harapo. Lleva puestas botas de goma. Ojos achinados: adivino una esforzada mirada atenta, además un dejo de tristeza. Manos al frente: la mano derecha apoyada sobre la izquierda. Desde la cintura, y sostenida por la mano izquierda, queda fija en la imagen: su gomera: horqueta en madera de árbol: parece reciente, nuevita, con poca muerte encima. El gurí/pibito está parado sobre una calle de tierra. A su espalda, dos escalones en cemento acercan hasta una vereda angosta. Una puerta de dos hojas alojada en el corazón de la ochava; se ve poco de la casa hacia la izquierda, mucho más se revela hacia la derecha, ¿la misma casa de la esquina?, ¿una casa vecina?: puerta simple, una ventana con persiana plástica baja. Sigue un tapial bajo, sin revocar, ¿de una tercera casa o todo es parte del mismo universo?; como final de la toma: un churrasquero. Tal vez sea una casa/negocio, comidas para llevar. La pared más grande aparece emparchada con un gran remiendo de cemento, a medio terminar o hecho a las apuradas; y en todas las paredes la huella de la lluvia lavando la pintura vieja, ayudando al progresivo juego de descascar que tanto gusta de practicar el tiempo sobre las casas y las criaturas.
Sturzenegger cuenta que después de que sacó la foto, el gurí/pibito abandonó su lugar, se acercó, y le preguntó si regalaban juguetes. Toda la escena ocurrió en un lugar de Puerto Ruiz. Entonces: la palabra del viajero: de Puerto Ruiz a Martín Coronado, provincia de Buenos Aires. Fui gurí/pibito en las calles de Coronado. Había muchas calles de tierra, y por lo tanto muchas de barro. La casa paterna está ubicada frente a las vías del ferrocarril Urquiza. Hoy todo luce con asfalto, pero en el ayer supe de zanjones, y supe de la calle de tierra que teníamos en la esquina. Y recuerdo que mi papá me contó que cuando hizo la mudanza, en los primeros años de los ’60, tuvo que llevar todo en carro, por el barro: que fue cemento cuando yo transitaba mis primeros años. Recuerdo la esquina inundada durante las lluvias, el barro avanzando sobre el asfalto, los vecinos limpiando la calle cuando se iba el agua.
Recuerdo caminar con mi abuela materna: Eufemia, cerca de su casa, también en Coronado, por un loteo cercano al campo de los curas. Yo llevaba al cuello una gomera con horqueta hecha en un metal, como un alambre grueso retorcido con delicadeza de artista, que había sido de mi abuelo Eduardo. Todavía la conservo. No tengo recuerdo, en esas ocasiones, de haber querido pegarle a pájaro alguno. Le tiraba a los troncos y ramas de los árboles, unos eucaliptos enormes. Era una aventura salir a caminar a las 7 de la mañana con la abuela; como era una aventura encender un fueguito dentro de una de esas latas en las que antes venían las galletitas que se vendían sueltas: la abuela la había adaptado de manera tal que se podía tostar pan. Y recuerdo el día en que con gomera propia o prestada, le di con la piedra a un gorrión que estaba en un árbol ubicado en el terreno baldío enfrente de mi casa. Todavía me mira aquel pájaro lastimado. Saber que alguna vez usé de esta manera una gomera, me llena de pena y espanto.
Una villa miseria ocupaba un cuarto de la manzana donde vivíamos. Nuestra casa daba a los fondos de la villa. Cuando llegó el tiempo del fútbol en el club 12 de Octubre, o los picados en la canchita al lado de las vías, mis compañeros de juego eran, la mayoría, pibes de la villa. Éramos vecinos de barrio. Siempre los recuerdo. Pero antes de eso, tendría unos 7/8 años, ocurrió que vino gente en un camión y comenzó, frente a la villa, a regalar juguetes a los chicos. Yo estaba con ellos, y entonces me acerqué a recibir el mío. Una camionetita de color verde, muy simple, las ventanas pintadas de gris, un modelo de esos años, para llevar unas pocas personas, una combi de hoy. Llegué a casa con mi juguete nuevo, y mi papá me explicó que yo tenía mis juguetes, y que esos juguetes eran para los chicos a los que los padres, por ahí, no se los pueden comprar. Me quedé con la camioneta, y aquello me quedó en la memoria; digo que fue empezar a tomar conciencia del paisaje social; y es hoy que, desde aquella vez, cierta culpa me aguijonea: ese juguete no debía ser para mí. Hasta estas imágenes me trajo la foto de Fernando Sturzenegger. En directo, vi la foto, y anoté las imágenes que se descorcharon de la memoria.
La segunda foto (en blanco y negro): en el centro de aquello que no alcanzó a ser más que un simulacro de casa: se ven paredes con altura escasa, unas seis hileras de ladrillos, y una escalera en el centro del terreno, ajustada al esqueleto de la casa que no sería; una escalera que lleva de la nada de la planta baja a la nada del primer piso. Todo está patinado por el paso salvaje del tiempo: el cemento trabajado por una especie de lluvia ácida y negro aroma. Un gurí/pibito está sentado a mitad de la escalera, a medio trayecto; mira hacia la derecha; digo: trata de guardar alguna imagen. Apoya su pie izquierdo sobre un bloque de cemento, otra parte de lo que no fue. En el piso, atrás, se ve una bicicleta tirada sobre otro asomo de cimiento. Detrás del gurí/pibito, detrás de la escalera, a la izquierda de la foto, un caballo mira hacia la presencia en la escalera, y mira, además, hacia el hombre que en sus manos lleva una máquina de detener el tiempo. Lo escribió Roland Barthes: el sonido de la muerte, aquello que ha sido y ya no es: la fotografía, y en esta foto, todavía más, porque cuando la vi fue el tiempo del estremecimiento, pensamiento adentro, frente al gurí/pibito sentado a mitad de camino, en suspensión entre la tierra y el cielo, entre el pasado y el futuro. El personaje mira hacia la derecha y, sin tener plena conciencia de ello, guarda imágenes, esas señales de un tiempo que serán una referencia fundamental en su vida: fotos de la infancia. Nada sabemos del origen, nada sabemos de dónde venimos en la primera hora, de ese fuera de cuadro de la foto primera; dónde dormíamos antes de nacer embrión fecundo. Y es más, dónde dormiremos una vez que hayamos terminado de subir la escalera; digo: después de dar las hurras, dónde; al final de cuentas está todo en la fotografía: nada en la planta baja y nada en el primer piso. En el medio de la escalera: el alto de la infancia, quizás el último momento limpio, cuando todavía podemos alumbrar una mirada pura. Por eso los rastros que no se borran, por eso las palabras acertadísimas del Chango Ibarra: “Todo es un regreso a lo que definitivamente somos, la infancia”.
El gurí/pibito que fui “vio y sigue viendo” la cara de Roberto Ferrazo, mi compañero de 2do. grado, dormido dentro de su ataúd; sigue viendo la felicidad del barrio, con la barra de pibes; sigue tratando de ver la pelota de fútbol cuando se la tragaba la noche; sigue viendo lo hermosa y delicada que era Patricia; sigue viendo que ahí estaban siempre mis padres; que la escuela primaria fue una fiesta; que el abuelo Julio Martín era poeta y papá artista plástico; que había historias felices y también historias tristes. De todo esto, y tanto más que ahora no anoto, se trató la infancia, ese momento, esa pausa entre los extremos donde la nada fue la sustancia necesaria para fundar, y para poder prestarle atención a la infancia. Mientras todo esto nos sucede como hombres, como seres evolucionados que saben que, más temprano o más tarde, tendrán que morir, transitamos a la vista de una cantidad de pequeñas criaturas que viven cada día como una eterna infancia. Mis perros me vieron pasar, como el caballo vio al gurí/pibito de Puerto Ruiz.

Hasta la infancia y estos pensamientos me llevaron las dos fotos de Fernando Sturzenegger y la línea del Chango, guitarrero con aire de poeta.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Delia Cánepa recuerda

Tenía el dato, la primera vez que estuve frente a Delia Catalina Cánepa (1925), que ella había trabajado muchos años como docente. Pregunté por la escuela y ella me contestó, feliz, que cuando llegó a la escuela en la ciudad -venía de la zona de chacras- solo conocía los pájaros. En su cara se veía la fascinación que significó el arribo al nuevo mundo. Pensé en ese momento que era una hermosa manera de resaltar una felicidad con otra; no era poco saber de la existencia de los pájaros y la naturaleza, y no sería poco el festejo a partir de la aparición de nuevos conocimientos.
Delia Cánepa (Fotografías de Nacho Murugarren).
Llegué hasta su casa de la calle 9 de Julio a través de Raúl Manzán, hijo de Delia, integrante de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Gualeguay. Unos pocos encuentros con Delia me llevaron al convencimiento de que quería hablar con ella, preguntar por sus memorias. Al fin se alinearon los planetas, y la dama, desde sus 92 años, se fue de paseo por los jardines del pasado: “Nací en la primera sección chacras. Yo no conocía nada. Los juguetes que teníamos en la chacra eran una hamaca que nos había hecho papá debajo del parral, y una muñeca, nada más. Después ayudábamos en la casa. Mi mamá se llamaba María Rosa Viviani, y papá Benito Cánepa. Los dos nacidos en Gualeguay. Venir a la escuela fue para mí llegar a un mundo mágico. Para hacer la primaria vine a vivir a la casa de unos tíos, porque mis padres vivían en la chacra. Me acuerdo de las maestras; hasta recuerdo las clases que daban. Hice la escuela primaria en la Castelli y, en aquellas épocas, no sé si en todas las escuelas -en la Normal, no- los últimos tres años: primero, segundo y tercer curso, teníamos una maestra por materia, como un secundario. Llevábamos texto y cuaderno. Yo conservo el de química de 6to. grado. Lo que dábamos en la primaria, cuando fui a la secundaria -que me resultó fácil- sabía la base de todo. No me fui más de Gualeguay; después mamá y papá vinieron a vivir a la ciudad. Fuimos 4 hermanos, quedo yo nada más; soy la mayor, después Haydée, Cacho y Marta. Hice 7 años de primaria, y 4 de secundaria. Salí de la Normal con el título de maestra de grado. Me recibí en el 42”.
Pregunté cómo fue empezar a trabajar: “No podía trabajar de maestra, no me daban la posibilidad porque yo no era peronista. El panadero que iba a casa, Luis Farías, era peronista, muy buena persona, y me decía siempre: ‘Señorita, no puede estar vendiendo pan detrás de un mostrador’. Mi papá había puesto almacén y yo trabajaba en el negocio. Yo le decía: No me dan empleo. Recuerdo que un día de lluvia, Farías cayó con la canasta grande del pan, tapada con un lienzo, y me dijo: ´Sírvase su nombramiento’. Me nombraron donde el diablo perdió el poncho, donde nadie quería ir, en el 5to. Distrito. Por necesidad, por supuesto que fui. Era la escuela nro. 24. Una casa alquilada. Yo era el único personal: era ordenanza, limpiaba los pisos, maestra, directora, todo. Tenía alumnos que venían desde muy lejos, y eran muy pobres; llegaban tarde; me decían que primero tenían que juntar la biznaga para calentar la leche”.
Gracias a la misoginia y la permuta: “Mi madre tenía una amiga. Su hijo era misógino, no le gustaban las mujeres; y lo nombraron en la escuela nro. 18 del 3er. Distrito, donde había cuatro maestras y una directora. La directora era la madre de Humberto Vico, el historiador. Como el muchacho estaba enojado porque trabajaba con tantas mujeres, yo le dije a la madre: Permutamos. Le conté que yo estaba sola en la escuela. El misógino primero fue a ver: dijo que no había teléfono -qué iba a haber en esa época-; le dije: Pero se puede solicitar; preguntó: ¿Y qué medio de locomoción hay?; Ninguno, el colectivo que va a Nogoyá, pero se puede solicitar un desvío. Permutó, y después dijo que lo engañé, que yo le había dicho que iba a haber colectivo. Yo no lo aseguré nada. Así pasé de la 24 a la 18, la escuela principal de la Aldea Asunción. Cinco maestras y una directora, cuyo marido era -también había sido director- pero ya estaba jubilado: don Alejandro Vico, el hombre más bueno que he conocido. Todo el grupo, una gente maravillosa. Hoy escuché en la radio que ha muerto una de mis primeras alumnas, y hace un tiempo falleció un alumno que ha venido toda la vida a saludarme. Eran 5 años menores que yo, porque se mandaba los chicos a la escuela hasta grandes. Vico me preguntaba si yo quería darles clase extra, no estaban anotados como alumnos, pero podían ir como oyentes, porque qué hacían, no tenían dónde ir. Buenísima gente, el origen social de los alumnos en esa escuela era mezclado”.
Elecciones en la escuela 18: “El jefe de policía era Félix Bur, era radical como yo. Farías, el que me consiguió el empleo nunca me dijo: Afíliese. Un día de elecciones en la escuela, Salvador Frare, también radical, me golpea el vidrio y me dice: ‘Ganamos por 11 votos’. Entonces veo pasar a don Félix, abro la ventana, y lo felicito por el triunfo por 11 votos. Pasó un señor de cuyo nombre no quiero acordarme, me oyó y me gritó de todo. Al otro día levantaron firmas para sacarme. Pero los padres de los alumnos no firmaron”.
La vida como docente: “Empecé como maestra en el 47, en la 24 estuve unos meses, y en la 18 conocí a Raúl Manzán. Nos casamos, al año nace Delita, después Raúl, y mi marido me dice que no podía seguir viajando y con dos criaturas. Luego nació Gustavo. Empecé a pedir permiso sin goce de sueldo, y después renuncié. Era el 53. Cuando Luis Mac’Kay fue ministro de educación yo tenía casi 8 años de antigüedad; en ese tiempo no estaba el estatuto del docente en vigencia, y él me podría haber nombrado titular en la Normal, pero entré como provisoria; en el primer concurso que hubo para Entre Ríos fuimos 5 maestras a rendir en Concepción del Uruguay, una semana; me fue bien y quedé como titular en la Normal. Estaba en 2do. grado, pero el señor Anselmo Diorio, de quien fui practicante, me dijo que yo era para primer grado; muy poco tiempo estuve en 2do. y 5to. Me encantaba y los chicos eran divinos. Y muy vivos”.
Una anécdota: “A la escuela llega un chico. Los padres venían del campo, era septiembre. Los chicos leían y escribían. Este chico no sabía nada. Era muy bueno. Lo ayudé por afuera de las clases; yo quería que aprendiera. La madre le enseñaba a repetir de memoria. Entonces Antonio levantaba la mano, y como los loros. Había una lectura: ‘Rata’: ‘La rata roe que roe la rica comida’. Los sinvergüenzas le enseñaron la lectura, y él levantó la mano. Todos me avisaron que Antonio sabía la lección. Le pregunté y sí; empezó: ‘La rata coge que coge…’, eso le habían enseñado. Me miraban todos, esperando a ver qué hacía. Dije: Muy bien, Antonio –los alumnos se miraron-, aprendan ustedes a estudiar como Antonio. Me jubilé como sub regente, después de 30 años. Yo quería seguir trabajando, me sentía espléndida, y claro, me gustaba”.
La consulta está ahora dirigida a su formación como lectora practicante: “La lectura significó todo. Cuando me trajeron a la casa de mis tíos, descubrí que tenían una biblioteca espectacular. Pero no se podía tocar. Siempre digo, a los chicos no les prohíban una cosa, porque ahí van a ir. En esa casa había muchos relojes, que tampoco se podían tocar. Dos de esos relojes tenían como tema musical: uno: La Marsellesa, y el otro: ‘El último pensamiento musical’ de Weber. A la siesta les daba cuerda, escuchaba música, y leía algo. Hasta que un día me descubrió mi tío, y guascazo va, guascazo viene. Así picoteaba de muchas lecturas. Y recuerdo una novela que sacaba en capítulos la revista Para Ti; no me acuerdo de qué trataba, era de amor, y yo estaba enamorada del personaje que se llamaba Eric Larsen. Cuando juntaba dinero, que en casa no sobraba, compraba en la librería de Ferreira, en la esquina de la Normal. El primer libro que me compré fue ‘Amalia’ de José Mármol. Después ‘Juvenilia’ de Miguel Cané, ‘Pago chico’ de Payró, ‘La princesita de los bresos’ de Eugenia Marlitt. Hoy leo a toda hora. Siempre me acompañó la lectura. Leí mucho a Félix Luna, y me gusta el español Pérez-Reverte”.
Con respecto a la educación, Delia afirma: “Veo una decadencia general en la sociedad; en educación no hay diccionario, no hay reglas ortográficas, y sí mucha computadora”.
La casa de Delia Cánepa parece estar fundada sobre un jardín: “Cuando nos casamos vivimos dos años en la casa de mis padres, y después compramos esta casa”. Si se entra por el portón del garaje cerrado, hay plantas grandes en grandes macetas; y estando en la cocina, a través de las ventanas, se adivina el mundo florido que rige el fondo de la propiedad. Una colorida selva de especies poco comunes. Delia escucha música de la radio de un pequeño grabador. Durante la charla acompañó la música de fondo. Sobre el final llegó el turno del tango. En la mesa de la cocina hay dos libros. A un lado el mate. Hay momentos en que tomo yo solo, la maestra de primer grado se ocupa del relato y descuida la ronda. Cuando me contaba de los relojes del tío, acercó a la mesa un viejo reloj acondicionado en su momento, aunque hoy esté fallando, en la relojería de Kiko Benítez.
Delia es feliz haciendo memoria, volviendo a sus imágenes. Le gusta hablar, es clara en el uso de las palabras, en la manera de ordenar las historias y los pensamientos. Queda claro su pasado y presente de lectora.
Escuché a Delia, y luego hice el trabajo de desgrabación para con sus recuerdos enhebrar los momentos de esta nota. Desde que aquel día en que le escuché decir que ella solo conocía los pájaros, la expresión se quedó en mi memoria, y me provoca felicidad, quizá sea un poco de la felicidad que ella habita. Digo que se le nota, digo que tendría que aprender de ella.
Gracias al encuentro con Delia Cánepa, maestra de grado, hago memoria y festejo la compañía de algunas de mis maestras, allá en la escuela nro. 22 Martín Miguel de Güemes, en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires. Tanto le debo a mi escuela primaria, el lugar donde a tantos universos les llega la luz.

domingo, 27 de agosto de 2017

Rosa Elyn Díaz en el Quirós

El oficio de periodista me permite conocer las historias de algunos habitantes de la ciudad/río de Gualeguay. A esta altura del camino, insisto en señalar las mágicas orillas que guardan a esta aldea: un espacio/tiempo: un río en el que trabajan, casi siempre rodeados de amigable silencio, hombres y mujeres que practican la memoria mientras intentan acercarse a los territorios del arte. Cada trabajador de la cultura y del arte guarda un relato de vida, de ideas y sensaciones. Es apasionante saber de los orígenes,  más allá de la mirada valorativa que se arriesgue sobre la obra realizada. Cada historia se construye en base a distintas miradas. En esto pienso antes de ser el nexo entre los lectores y mi entrevistada: Rosa Elyn Díaz (1942), ceramista y escultora. Fueron once hermanos, todos nacidos en esta aldea. Dice Rosa: “Siempre viví en Gualeguay”, salvo en esos momentos en que, llevada por su pasión, habitó un par de ciudades cercanas.
Había una vez una nena que se portaba mal: “Desde chica lo mío fue el barro, siempre me castigaban porque yo me perdía en el campo, y andaba amasando barro al lado de las vacas; vivía embarrada. Me gustaba dar forma, hacer formas; tenía 4 años, y sabía que quería jugar con barro. Después, con los años, me di cuenta de qué era aquello que me atraía”.
Rosa Elyn Díaz y el Quijote.
Rosa hizo la escuela primaria en la Chiclana. Fue una nena, con seguridad una más, que lloró en la vereda de la escuela Normal, cuando no pudo inscribirse: quería estudiar para maestra, y la situación económica no lo permitía. Pero estaba en su destino ser maestra; claro que nadie imaginaba que enseñaría técnicas artísticas.
Qué pasó con Rosa después de la escuela, fue la pregunta obligada: “Ayudé en mi casa. Y vivía todo el día tallando palmeras; trabajaba con un puñal que me había regalado papá. Juntaba las hojas en el Parque. Hacía máscaras. Éramos muy pobres. Y empecé a luchar; tenía 16 años cuando pagaba el terreno, para tener todo esto: la casa, este taller. Esta es la casa familiar, antes alquilábamos. Mis padres se separaron cuando yo tenía 6/7 años”.
La pasión exigía lo suyo: “Fui a Gualeguaychú porque se abrió una escuela para estudiar cerámica, y yo estaba enloquecida por modelar, tenía 17 años; pero la escuela no pudo comprar horno; era en el Círculo Italiano, muy hermoso. Hicimos muchos trabajos, pero sin horno. En Gualeguaychú conocí gente de Fray Bentos: el señor Jara, que enseñaba encuadernación en esa ciudad de Uruguay. Yo quería estudiar, así que le dije a mamá; era Buenos Aires o Fray Bentos, que quedaba enfrente; cruzaba en lancha para ir a una escuela de arte. Estudié cerámica y escultura, los esmaltados blancos, y lo que a mí más me interesaba, la materia roja, la que llaman: primitiva. Viví y trabajé 6 años en Uruguay; cada dos meses volvía a Gualeguay. Terminé de estudiar y regresé a mi casa. Empecé a trabajar para el frigorífico Soychú; el dueño era muy exigente, me decía que no sabía modelar; yo le hacía ceniceros en cerámica con la marca; me decía que tenía que ir a una escuela de arte; yo volvía llorando. Fue cuando me pude comprar el horno. Muchos comercios me compraban las cerámicas. A Santángelo le hice un mural grande en el garaje de su casa, cerca del 90; es un relieve con cemento blanco y pintado con óleo. También modelé la figura del bombero, en el 94, que está en la vereda del cuartel; me lo critican siempre, yo lo amo, pesa 700 kilos. Y también el monumento de Malvinas en Plaza San Martín. Fui dejando de hacer cerámica con el inicio de los estudios”.
Homenaje a Piazzolla.
Rosa fue capaz de un acto de valentía, volver al estudio: “Cursé el profesorado en Artes Visuales, eso me abrió una gran ventana. Lo empecé a los 42 años. Salí, 4 años después, con el título de maestra en Artes Visuales, y empecé a dar clases. Fue maravilloso llegar a esta escuela. Al principio en mi hacer fue lo figurativo, copiaba de la naturaleza, era un antojo que tenía, pero necesitaba modelar libre. Después trabajé haciendo automatismos, como ese Quijote o la Mujer Mono”.
Recuerda un lugar de felicidad en el fondo de la casa; en esa memoria hay, como en cada historia humana, un toque de dolor, de final no feliz: “Tuve un galponcito en el fondo, lo había hecho hacer mamá con un vagón de ferrocarril; yo era de aislarme, de pasarme todo el día ahí. Después se quemó. Tenía horno. Se quemó o me lo quemaron en el 87, el día en que me recibía de maestra. Ahí trabajé el mural grande para Santángelo”.
La docencia: “Fui docente por 20 años en la escuela de arte, en cerámica y escultura, en nivel medio y superior. En todo ese tiempo la cerámica que hacía estaba relacionada con la escuela. Mi taller solo servía para que todo lo que en él había, los esmaltes, fuera para los chicos; durante los 20 años doné el material cerámico. Después de jubilarme no trabajé mucho en escultura, tengo algunos problemas de salud”.
En el amplio taller de Rosa pude ver un homenaje a Piazzolla, una figura mediana: “Es un automatismo en alambrina; la estaba trabajando y se me cayó al piso. Y ella quedó parada, se notaba que se quería incorporar, quería ser algo, insistía, entonces la levanté; estaba como esperando que la completara. Fue cuando supe que tenía que hacer el bandoneón; lo hice en cartón y listo. El material es cemento blanco y yeso, patinado”. Otra figura, al lado del hombre del bandoneón, es: “La Fuerza del Destino, es un homenaje a Verdi, me gusta mucho la ópera… y porque al final fui maestra; ella tiene la mano sobre el corazón, tengo la costumbre de agarrarme el corazón”.
Materia de la aldea: “Trabajé la arcilla roja de la zona, la junté en bolsas cuando hicieron el pozo en la calle para el paso de la red cloacal. Llegué a amasar 700 kilos; con parte de ella modelé el bombero, y todavía guardo una buena cantidad. Me quedaron pocos trabajos en este material: el minuán, y otras cuatro figuras. En el incendio del vagón perdí 14 esculturas. Tengo ganas de volver a hacer La Riña, una de las perdidas”.
Noto en la manera de hablar de Rosa la existencia de un diálogo, de un toque de magia, un delicado nexo emotivo entre la hacedora y sus criaturas: “Hablo con todas mis figuras, siempre. A este busto le digo: ‘Vos sos un ejercicio’, fue mi primer trabajo figurativo, es el portero de la escuela de arte, me sirvió de modelo; siento que él sufre dentro de esa forma tan cerrada, como la Mona Lisa, tan perfecta en forma; ya no me nacía copiar, en cambio sí hacer la Mujer Mono, llena de imperfecciones, y siempre con esos brazos, como si quisieran decir algo más. Amo a mis figuras”. Esta relación de Rosa con sus personajes, me recuerda a mi gente: la nacida para habitar mis novelas.
La felicidad: “He sido muy feliz trabajando en estas figuras; era como una fiebre, venía al taller y no me iba más; mi mamá me traía la comida, y siempre recuerdo mi tallercito en el vagón de tren. Los momentos en el taller fueron de una gran felicidad, con tanto para sentir”.
En el taller hay un Quijote: “Amo al Quijote, es un sueño, el caballero andante; está hecho en alambrina y telgopor diluido con nafta, se lo trabaja a pincel o espátula, es una pasta”. En el mismo material hizo una pareja de bailarines. En cerámica se ve a uno de sus admirados: Beethoven. Nombra a dos admirados más: Sarmiento y Piazzolla.
Otra sintonía del trabajo de Rosa, desprendida de la libertad de sus automatismos, es su manera de componer esculturas con restos de la naturaleza. Por ejemplo: Máscara de Palo: un par de finas e imperfectas rebanadas de un tronco de árbol, y en ellos los ojos agregados, simples desprendimientos de corteza. O un ojo: “Es una forma de madera que encontré tirada, un pedazo de árbol, de planta; le dije: ‘Yo te voy a apoyar y vas a poder mirar’; ese ojo me mira y me bendice”. Rosa también trabaja en obras realizadas sobre la base de una caña extraña, se la envía una amiga desde Villa Gesell; dice Rosa: “No tengo nada que hacer, lo hizo todo la naturaleza”. La realización de “Camino al cielo” está detenida; si bien Rosa afirma que hay almas que van a llegar y otras que no, se me ocurre plantear su terminación, de a poco, para que sus criaturas puedan conocer su suerte.
Todo un tema para la escultora: la maternidad: “En cerámica guardo una maternidad que tiene en el centro un gran hueco; digo que soy yo, que no fui madre; recuerdo que estaba cansada de modelar y no podía hacer la panza; era de madrugada. Le dije que ella era una caprichosa, y entonces agarré el cuchillo; eso me quería decir: ‘Vos no me pongas el hijo’. Es una maternidad frustrada. Y en esa otra maternidad había hecho a la mujer en la posición de amamantar, pero no le había hecho el bebé; ella, desde la inclinación de su cabeza, lloraba, y tenía un problema en la mano; claro, no podía agarrar bien, entonces rompí una parte y coloqué el bebito; ahí cambió todo, ahora hay paz”. Percibo que puedo preguntar sobre el tema, en la vida y en el arte: “A estas figuras las podía hacer y no me dolían. Era chiquita cuando escuché en casa dos o tres partos de mamá; y gritaba ella, y el nene; yo dije: ‘Nunca, los voy a hacer de barro’. No me quise casar y no quise tener hijos. Y además éramos muchos; era chica, siempre había un bebé para cuidar, y yo quería jugar; todo eso te va marcando. Esas fueron mis decisiones”.
Bailarines
Pienso en las palabras de la poeta Tuky Carboni. Me explicaba que en ella, la ficción tenía lugar solo en sus cuentos y novelas, pero que cuando escribía poesía, era ella y nadie más, en la poesía estaba su verdad, sus ideas, su vida. Es cuando me digo que la escultura de Rosa Díaz es la manera de componer su poesía: hacer poesía como una manera constante de cotejarse con el que fuimos ayer, de hacer memoria.
Cuando estamos llegando al inevitable final de charla, Rosa me confiesa: “Tengo una soledad multitudinaria, nunca estoy sola; estoy llena de ideas, de proyectos, de momento no los hago, por la enfermedad, pero ya los haré”.
Afirma: “Así voy transitando hacia el lugar que me corresponde. No le tengo miedo a la muerte. Solo quiero poder hacer algunas esculturas más”.
Aquello que empezó con el barro cuando era niña la acompañó siempre, en el taller, en la docencia, en los días de su vida cruzada por las distintas maneras de amasar las materias de origen. Esas materias que, después del azar, en muchos casos terminan fundando una identidad.

Rosa Elyn Díaz inaugura su muestra el 08 de septiembre en el Quirós.

domingo, 20 de agosto de 2017

67 años del Club Barrio Norte

Luego de escuchar a Alberto “Pocha” Badaracco (1928), se puede estar seguro de que en el principio de la historia del club Barrio Norte, fundado el 16 de agosto de 1950, no fue el verbo, sino el maizal, el ingrediente básico del caldo primigenio donde se cocinara, a fuego esforzado y lento, la fundación de un nuevo templo donde, ante todo, pudiera rodar la pelota de fútbol.
En la mañana de un sábado gris el actual vicepresidente de BN: Fabricio Castañeda (1974), además destacado trabajador de la cultura en la ciudad/río de Gualeguay, me acompañó hasta la casa de un miembro histórico del club: Pocha Badaracco. Castañeda acompaña a Fabián Pretto, presidente, desde 2013. El viaje en el tiempo no se hizo esperar; cuando se agregó el mate ya andábamos a finales de la década del ‘40.
Alberto "Pocha" Badaracco y Fabricio Castañeda
Pocha armaba los recuerdos. Yo pensaba en la exigencia emotiva que podía significarle el regreso, pero en todo momento estuvo presente la tranquilidad, como si en él, recordar fuera la acción más natural del mundo.
Antes de que Pocha se ocupara del lugar donde creció BN, dio un par de datos que fueron abriendo las puertas de la historia: “Antes de llegar al lugar definitivo, el señor Ramón Caffarena, un hombre serio, no muy sociable, prestó parte de su tierra para hacer la cancha de fútbol. Y antes de eso Barrio Norte, su nombre, tuvo presencia atrás del hipódromo, donde hubo una cancha”.
El adn definitivo de BN: “El terreno lo donó el primer intendente peronista, el Dr. Juan José Rojas. Freyre lo puso en regla y lo dio por 20 años, después quedó. En el lugar donde creció el club había un maizal; nosotros, los muchachos, lo limpiamos. El terreno llegaba hasta la avenida, pero después se devolvió parte y se loteó. El barrio lo hicieron los políticos. Entre nosotros estaba Germán González, uno de los pioneros, Pablo Denardy, que trabajó mucho. Todos trabajamos una barbaridad. Fue por el 48. Entre un grupo de muchachos nació la pretensión de fundar un club. Germán González vivía en Buenos Aires, ya era un hombre grande, se aburrió y se vino. Era soltero, y muy amigo de nosotros. Lo entusiasmaron, él no sabía si la pelota era redonda o cuadrada, y agarró viaje. Cuando había que trabajar, era exigente; si existía un compromiso y se faltaba, se enojaba”.
Los orígenes de Pocha: “Yo vivía a dos cuadras de la plaza San Martín, era de otro barrio, pero con Pablo Denardy éramos como hermanos. Antes iba a BH. Me había hecho amigo de toda la gurisada de esta zona jugando a la pelota. Donde sobraba terreno se hacía la cancha, pero para empezar, siempre faltaba la pelota. Yo jugaba en un equipo en BH, los sábados, y un día se armó una pelea contra BN; yo estaba en el medio, era amigo de todos”.
Barrio Norte en 1964
A cada momento en el relato de Pocha aparece la mención de quien fue, sin duda, una presencia decisiva: Germán González, y no falta la referencia a los muchachos que hicieron posible el sueño. Hasta cuando cuenta de su historia en Buenos Aires: “Mi oficio primero fue zapatillero, desde los 11 años trabajé en lo Lopetegui. Después me fui a Buenos Aires y estuve 5 años. Allá aprendí a hacer zapatillas de cuero, y salí bastante bueno (se ríe). Viví a dos cuadras de la cancha de Dock Sud. Fue en esos tiempos en que los militares llevaron preso a Perón. Los obreros venían por atrás de la casa de gobierno, daban la vuelta por Dock Sud; eran miles de personas, algo extraordinario; se paró todo Buenos Aires. Volví para hacer el servicio militar en Tala, pero fui exceptuado por exceso de soldados. Luego fui albañil. En el club todo lo hicimos nosotros, éramos muchachos jóvenes, y la cabeza era Germán González”.
Aparece el recuerdo de: “El primer partido en la segunda categoría fue contra Gualeguay Central, nos ganó 1 a 0. En BN jugaba Aníbal Martínez, Ramón Perret, Miguel Leal, Roberto Razetto, yo de 5, Rosendo Taborda, Mario Vela, Carlos Carrizo, Adán Lescano, Ismael Hermoso, Alfredo Constantini, Alfredo González, Jorge Ferrando, y el DT era Germán. En su casa guardábamos la pilcha. La camiseta era la clásica de Estudiantes de La Plata”.
Pregunto si además de la cancha había algo más, pensaba en una cantina, un refugio: “Además de la cancha, había un árbol. Cuando marcamos la cancha hubo que mejorar el terreno, y siempre a la cabeza estaba Germán, sea con la guadaña o alguna máquina. No había otros árboles, los alambrados precarios. Hubo que plantar árboles, era todo un trabajo; no teníamos agua, así que había que acarrearla. El señor Carnevale, gerente de casa Bisso, nos ayudó mucho. Se sembraron eucaliptos, que después costó más trabajo sacarlos, cuando se hicieron los tapiales; esos árboles se hicieron unos monstruos”.
El trabajo en pos de la legalidad: “Hubo que respetar la reglamentación de la liga de fútbol; primero postes de 1,20m. de madera dura o cemento, todos éramos albañiles, fueron de cemento; después los pidieron de 1,80m., los hicimos, fue de noche, en la pista, son los que están en la actualidad. Después el alambre liso no corría más, tenía que ser tejido, se hizo. La pista de baile la hicimos por un desacuerdo con Bur. Armamos un baile en lo Bur, y nos fue bien, el barrio respondió. Enseguida pidió aumento. Nos prestaron una máquina y se hizo la pista. El primer tapial de la pista de baile estuvo hecho con bolsas de arpillera. Los bailes fueron un éxito; y eran en Barrio Norte y BH, después empezó Sportiva. Recaudábamos con bailes, rifas, con un Prode”.
Siempre el trabajo, el feliz sacrificio: “No había ninguna otra construcción. Nos reuníamos en la casa de Luis Campagnola, que fue presidente, de Braulio González, se rotaban las casas. Se trabajaba con mucha voluntad, hacíamos casi todo nosotros, pagar muy poco. Había personas que hacían préstamos de dinero al club, que luego había que devolver. Eran tiempos de una pobreza terrible. No había nada, se fue haciendo despacio. Con Denardy fuimos a comprar los palos para los arcos, se cortaron en la carpintería Benítez. Siempre estuve, los sábados, en vez de ir a casa, iba al club a trabajar. Se trabajó mucho. Ya había clubes fuertes como Gualeguay Central, Estudiantes. Barrio Norte fue un club que creció mucho. Se hizo, y se sigue haciendo, no digo que hoy haya puros ricos, pero hay una clase media para arriba, y después, como siempre, estamos los pobres”.
Al fin un refugio: “La primera cantina sirvió para todo, cantina y secretaría; después hasta hubo un piano con el que algo tuvo que ver Carlitos Curvale, centralero a muerte. No recuerdo si él lo trajo. Un hombre ciego venía cada tanto a afinarlo, lo usaban los conjuntos musicales. Se hizo una primera cancha de bochas techada, la voló el viento; y el viento también voló la segunda. La cancha actual, también la hicimos nosotros. Hice de todo, fui parte de la primera o segunda comisión directiva, cuyo presidente fue Inocencio Olivera; a pesar de que Isidoro Ducassi se oponía porque yo había sido parte de aquella pelea que contaba entre BN y BH. Después ya quedé, fui hasta presidente por el 57. También fui director técnico, gané 5 campeonatos, tenía de colaboradores a Julio Cerrudo, un extraordinario atleta, y Darío Caracciolo, profesor de educación física. Mucha honestidad, y principalmente respeto, todo nacía de Germán. No estuve de acuerdo cuando le pusieron mi nombre a la cancha, le dije al presidente Miguel Cosso que no me parecía, había muchos que se lo merecían… inclusive yo. Estuve toda la vida. Hicimos hasta las tribunas”.
Pocha (2012)
Desde aquellos tiempos fundacionales BN, como dijo Pocha, creció mucho, y entonces el club que giraba alrededor del fútbol y la amistad abrió el juego. Fabricio Castañeda habla de las actividades que tocan al presente. Hay en las palabras de estos dos representantes de BN, hombres de distintas generaciones, una misma sintonía. Dijo Castañeda: “El club hoy tiene otras disciplinas, y sigue estando ese lugar de pertenencia, la gente siente a Barrio Norte como propio. Los chicos empiezan desde los 5 años en la escuela de fútbol, también la gimnasia artística. Es un lugar abierto, la mayoría de las actividades son sin cuota, salvo la gimnasia artística y el tenis, que tienen una cuota mínima. Entre chicos y grandes hay 90 personas haciendo tenis. Casi 100 en la artística. La escuela de fútbol tiene 185 chicos de 5 a 11 años, y los que son federados: 120 más, es totalmente gratuita; después de la práctica, dos veces por semana, se le da la copa de leche, algunas madres preparan la merienda con bizcochos y dulce de leche, y se comparte también ese momento; para eso tenemos una ayuda de la tarjeta Sidecreer de la Provincia. Hay casín, bochas, tenemos chicos haciendo bochas. El club también tiene una comparsa: Samba Verá, hay mucha gente trabajando ahí, y se siente la pertenencia, el trabajo, los corsos, este año vamos a tener cantina, y se colabora así con el turismo y la cultura. La comparsa nació en el club y volvió hace 11/12 años, hoy cada comparsa tiene que tener un respaldo. Como ayer, hoy hay mucha gente que colabora de manera desinteresada. Hay dos salones de fiesta que se alquilan todas las semanas. El socio o la gente del barrio sabe que, si necesita hacer un bautismo, un cumpleaños de 15 o un casamiento, el club está a su disposición gratis; nadie queda afuera; hay distintos salones, según las necesidades. El club está abierto a las inquietudes de la gente, y de las instituciones, y lo mismo ocurre en otros clubes; se presta el salón para la vigilia por Malvinas el 2 de abril, o se presta para la cena de la APDH de la ciudad el 24 de marzo. De la gente recibimos la colaboración con la compra de un pollo el domingo, el número de la rifa o la asistencia a la cena aniversario; la de este año, con las tarjetas vendidas 15 días antes, para casi 500 personas. Recibimos apoyo cuando se nos voló el techo del gimnasio: de la gente, y de, por ejemplo, el Club Pelota con un baile y cena a total beneficio de Barrio Norte. Un trato solidario entre todos. La escuela N° 6 Victoriano Montes, y la secundaria N° 11 ‘De Tablas’, cercana a la ruta, hacen todas las actividades de educación física sin que se le cobre nada: 600 pibes”.

En los orígenes contados por Pocha aparece la presencia esencial del barrio, el club era para acompañarse con la gente del lugar, el club se transformó así en una institución esencial en la sociedad. Y en el relato de Fabricio sobre el quehacer actual del club, queda evidenciada esta única manera de ser en la historia: importa la gente, el lugar, importa dar una mano, estar presente junto a la comunidad, importa la práctica de la solidaridad. BN y su gente, la que lo sigue haciendo posible, entienden muy bien de qué se trata. Fue BN un club fundado por trabajadores, y ayer, 19 de agosto, tuvo su cena aniversario.

domingo, 13 de agosto de 2017

Ángel Oscar Cichero: amanecer en Gualeguay

Sobre el escenario de la charla con Ángel Oscar Cichero (1974) sale a escena, primer cuadro, la necesidad de contarse, y de contar, su lugar en el mundo: historias, músicas, dibujos y colores; contar la memoria de la aldea natal: la ciudad/río de Gualeguay habitando el mapa de la imaginería entrerriana. ¿Cómo cuenta Cichero?, a través de la vida de su criatura, el ballet: Amanecer Gualeyo, un quehacer cotidiano que ya lleva 21 años en el paisaje.
Ángel Cichero en Caseros, Entre Ríos.
Los primeros movimientos de Ángel Oscar: “Hice jardín y primaria en la Chiclana, y ahí regresé de grande, ya hace un tiempo, a dar clases; la secundaria en la Comercio. Bailaba folclore desde chico, en la clase de música, escuela primaria, desde los 7/8 años. Y por Gualeguay andaba Juan Francisco Berisso, que era un hombre que se dedicaba, sobre todo, los domingos, en una chata Ford, a recorrer todos los barrios; juntaba gurises y los llevaba al club Sportiva; ahí enseñaba baile, folclore tradicional; los destacados iban a la peña semanal El Estribo, que tenía como sede el club. En la escuela, para las fiestas patrias, como sabían que yo tenía alguna formación, era: ‘baila Cichero’. No sé cuándo me di cuenta de que el baile era algo que no podía dejar de hacer. Era fuerte en el barrio jugar a la pelota, también ir a pescar o jugar a la figurita, pero siempre estuvo presente el baile, que no era compartido por el resto de los amigos. Me miraban raro en la escuela, en el barrio, y ahí se producía una contraposición: uno se quería encontrar con esa identidad reconocida, pero estaban los amigos. En cambio, aprendiendo folclore era uno más. Bailando sentía también que me reconocían, que me aceptaban; eran mis herramientas. En esta academia para niños que llevaba adelante el Negro Berisso, competíamos en Bovril, en el Festival Provincial del Gurí Entrerriano; ahí, con Ana Lina Naufal, ganamos el primer premio en zamba, por el 84. Ese fue un quiebre, por ahí, a esa edad uno se colgó del premio; tal vez haya sido ahí que pude decir: bueno, esto es lo mío. Empezó a aflorar la idea de que no era solo un baile, pero no estaba ni cerca de entender el compromiso cultural. El baile era como jugar a la pelota, que no faltara. A esa altura, si me ninguneaban porque bailaba, me les reía. Además tenía problemas de vista, jugábamos en la calle a la paleta, mi abuelo fue fundador del Club Pelota, pero yo no veía la pelotita; también soñaba con ser aviador, y cuando fui a Buenos Aires a estudiar a la UBA, no veía los números de los colectivos; entonces no era raro que uno se refugiara donde la vista no traía problemas. Eso sí, con lentes de contacto, me recibí de piloto en el aeroclub. Después apareció el boliche, y yo iba exclusivamente a bailar; si no bailaba, me iba”.
Formación, mandatos sociales, Buenos Aires y vuelta a la ciudad/río, los caminos de la vida: “Cuando me fui a Buenos Aires ya era profesor de folclore; mientras hacía el secundario vino un profesor de Diamante, Claudio Cerpa, que traía la oportunidad de que los chicos que bailaban se formaran como profesores de danzas folclóricas: 4 años. Lo hice. Para entonces ya había un compromiso cultural. El Negro Berisso estaba viejo, dejó la peña, y entonces empezó a pasar: ‘¿Qué hacemos con esto?’. Con gente de El Estribo se formó el grupo El Reencuentro. Cuando me fui a Buenos Aires lo hice con algo pendiente, no había funcionado el grupo, y en Gualeguay no había un espacio para la danza. En la gran ciudad quise estudiar ingeniería electrónica, me gustaban los cables; estuve un año en el ciclo básico, pero no me supe adaptar a Buenos Aires, y no tenía el nivel de formación secundaria que necesitaba, era más o menos como no ver. Cuando regresé a Gualeguay me anoté para estudiar analista de sistemas en la Comercio, por el mandato familiar de estudiar. Y vine a trabajar en el taller mecánico de mi viejo”.
Amanecer Gualeyo en Maciá 2017
Cuando Ángel estaba terminando la carrera, Julieta Reynoso, una compañera del profesorado de danza, le comunicó que Raquel Orgambide, directora departamental de escuelas, junto a Silvia Ronconi, la habían convocado para formar un grupo de danza representativo de la ciudad; y que ella pensaba que quien debía jugarse en semejante desafío era: él: Cichero, el mismo hombre que trabajaba de día en el taller del viejo y que estudiaba de noche, o sea, un ciudadano modelo. Cuando fue a la entrevista, luego de pasar por un patio lleno de alumnos y docentes, le informaron de la intención: un grupo sostenido económicamente por el Municipio. Fue luego de asegurarle que iba a poder afrontar la tarea, que las damas le informaron -después de que Ángel preguntara cuándo había que empezar- que las clases comenzaban: ‘ya mismo’. La gente del patio esperaba al profesor. Con ropa de taller mecánico dio su primera clase. Este espacio se generó como un taller de la Dirección de jóvenes y adultos de la Provincia. Este hecho, y luego la formación de dicho grupo fue el antecedente fundacional del ballet Amanecer Gualeyo, que está a punto de cumplir 21 años de existencia.
Patricia Milesi y Ángel Cichero en la presentación de Orillas (Ibarra-Castañeda)
La evolución, principios de la elección estética de Cichero: “Se buscó profesionalizar una estética tradicional hacia la del ballet; me gustaba la cuestión creativa coreográfica, si bien tengo un respeto por la tradición y es donde sustento mi identidad folclórica; me gusta lo creativo, ¿cómo hacer coreografía respetando la esencia?, y a la vez dar una imagen diferente, personal, una elección estética. Fui por ese lado. Se fue unificando el vestuario, había una caracterización de lo corporal, para hablar de ballet es necesario hablar de una definición corporal que no te da lo tradicional, sí el clásico o el contemporáneo; las pretensiones eran grandes. Se votó entre los integrantes el nombre y se eligió Amanecer Gualeyo. Arrancamos en el segundo semestre del 96. El año pasado para la fecha en que se cumplían los 20 años, compartíamos el Coral 2016 de Nora Ferrando, y entonces el espectáculo de festejo, hoy 21, quedó para este año: el 14 de octubre en el Teatro Italia. En definitiva tuvimos la suerte de haber sido reconocidos, que era quizás aquello que buscaba desde chico”.
Alrededor de Amanecer Gualeyo Ángel le saca punta a la reflexión: “A veces me pregunto por dónde va el objetivo personal: hay una lucha permanente con uno mismo, por la parte creativa, y por los tiempos, sigo trabajando en un taller buscando el sustento. Uno por ahí quisiera haber sido mejor bailarín o tener mejores herramientas, y a la vez nunca claudicó frente al compromiso. Tengo un grupo, se formó, hoy el ballet tiene personería jurídica, y todo lleva su tiempo. Creo que nos hemos ganado un respeto, pero no sé si nos valoran, porque todo es una lucha”.
En las palabras de Cichero aparece como constante el compromiso con su hacer; se le nota que no es de los que adhieren a esa distancia que puede opacar un oficio, el desafío se enfrenta siempre en cercanía, como cuando baila un chamamé: “Salgamos del ‘masomenismo’ gualeyo, no nivelemos para abajo; lo del ‘masomenismo’ lo escuché por ahí, y lo difundo porque creo que en Gualeguay hay mucho talento, pero muchos se conforman con un aplauso. Yo te aplaudo, pero vos sabés que podés dar más, ¿qué hacés con ese aplauso?, ¿te lo crees o le pertenece a otro que está al lado tuyo? Como más o menos te aplauden igual, ya está. Y acá, en esta ciudad, aparecen las ideas que después exportamos, ¿y para cuándo Gualeguay?”.
¿Y qué decir de los caminos de la identidad?: “Cuanto más lejos estamos de Buenos Aires mayor es el orgullo de la pertenencia, de ser; estamos contagiados y miramos siempre para allá. Pero a pesar de esta lucha diaria, está la vocación de hacer lo que a uno le gusta. Entonces uno se reinventa. Todo empieza en la identidad, el conocimiento. Podés agregarle instrumentos a un chamamé, pero tiene que seguir sonando chamamé. Desde la danza tenemos que cuidar la forma, porque nos seguimos vistiendo de gauchos; la línea coreográfica tiene que ver con la línea musical y la de vestuario: esa música es la base para construir el patrón de la imagen. Y después la idea coreográfica puede enriquecerse con los aportes del bailarín”.
20 Años en el Teatro Italia: 14/1072017
El trabajador de la cultura, y aún más aquella persona que a través de un oficio, de una búsqueda, intenta ganarse el beso de la damisela arisca del arte, sueña a veces con poder contar con el tiempo y los medios necesarios para desarrollar su parada. Tener tiempo para mejor encontrarse frente a las exigencias, las búsquedas, las dudas: el esfuerzo de cada día entre los pliegues donde se mueven sus almas creativas; ese laborar silencioso, íntimo, que decide el tenor de la jugada riesgosa que no da diploma, que pide el compromiso de una vida toda y que, a cambio, la mayoría de las veces, tal vez deje a la vista, y con felicidad, el trabajo sincero realizado a través de los días. El arte siempre estará por verse, siempre será un tema de mañana. Este mismo trabajador es el que estará obligado a desarrollar, al mismo tiempo, otra tarea para ganarse la moneda que le permita cubrir sus necesidades primarias, y para además destinar parte de esa moneda a la realización de su oficio, el que sí define su identidad, esa patria interna no negociable. También este trabajador, y todo dentro de los mismos días de esta única vida, deberá enfrentar, estará obligado a ello, la manera de entender la cultura desde las alturas del poder. Porque distinta será la suerte a correr cuando el trabajador no participa de las coordenadas establecidas, las maneras convenidas y convenientes de leer la cultura. Desde el mundo globalizado, desde los centros direccionales, llámese Europa o Estados Unidos, la directiva es, precisamente, la uniformidad del paisaje: global, preestablecido, y esto no tiene nada que ver con quien trabaja en la cultura para contribuir a la memoria de una aldea, de una provincia, un país, una región: la famosa identidad cultural. Primero entonces los países del más allá, y luego nuestro centro histórico: la ciudad de Buenos Aires, y esos ojos que la mayoría de las veces no ven más allá de su ombligo. Se rompe el cerco cuando la propuesta apunta a la facturación desde temprano, cuando el alimento balanceado para pollos conviene; y entonces, lo dicho, difícil será la parada sincera de hombres creadores, como Ángel Oscar Cichero, que se emocionan frente al compromiso; esos hombres que siguen golpeando las puertas del sistema para que muchos confundidos se den cuenta de que la patria, la pertenencia, la identidad, se celebran de adentro para afuera. Cichero no dispone de todo el tiempo, de toda la libertad, pero quizás en esas limitaciones se encuentre su fortaleza. A veces con el corazón en la boca, a veces jodido, pero nunca derrotado. Mientras tanto sigue de Amanecer Gualeyo, lo dicho: un desafío que cuenta con mayoría de edad.

domingo, 6 de agosto de 2017

Antonio Castro de regreso

Desde hace un puñado de días hay en el Museo Quirós una presencia determinante que todo lo modifica. Hablo de las almas del espectador, que mira alucinado; hablo del aire, y en él señalo las rondas de buenos fantasmas que regresan; y entre ellos, el primero, fundacional, el de Antonio Castro, destacado artista plástico gualeyo, y sus maneras de animar el vuelo del pincel y los colores. Una obra de dimensiones generosas (2,50x1,50mts). Un cuadro, pero no en soporte tradicional. Un ensayo plástico trabajado sobre una confluencia poética, así lo pienso.
Néstor Medrano, a cargo de Cultura del Municipio, informa: “Es una donación de un sobrino de Castro”. Maximiliano Crespo fue el encargado de enmarcarlo.
¿Quién es el sobrino generoso de Antonio Castro?, es la primera intriga, porque, me digo: no cualquiera piensa: que sea para todos, y no solo para mí, o no solo para un particular; digo: tiene sus cuestiones ese egoísmo, entendible, de la posesión de una obra de arte. Y además, pienso, sé, que toda obra tiene un relato, y entonces, encontrarse con el que corresponde a este caso, hace todavía más maravilloso el gesto de dar, de entregar el tesoro para los demás.
Antonio Castro
El hombre generoso es Raúl Emilio Albornoz Castro, más conocido en su barrio como el “Turco”: “Mi mamá era hermana de Antonio: Juanita, la Negra, más conocida por el apodo: Silvia”. En el libro de Nidya Rampoldi: “Antonio Castro. Hombre de la costa” (2009) me enteré de que Castro, alguna vez, frente a la escasez de materiales donde pintar (papeles, cartones y maderas, y variados etc.) había emprendido la labor sobre una sábana. “Una sábana de Castro”, le digo al Turco: “No es una sábana, es el mantel de mamá. Un pedazo de tela, tipo lienzo, pero es tela simple, comprada en una tienda de retazos; como mamá cosía y bordaba como una diosa, lo hizo mantel. Pasó el tiempo, y mamá dijo que se lo iba a llevar a Antonio, para su mesa. Él vivía en la casa que había sido de mi abuela. Sobre este mantel han comido los grandes amigos de Antonio: Petroff, Normita Olhaberry con Otero, Pitina Olhaberry, el doctor: el ‘Gordo’ Alberto Lescá. Conocimos a sus amigos, también amigos de mi mamá: Emma Barrandéguy, Cachete González, que se apareció una mañana en casa acompañado por Jaime Dávalos, los dos venían a ver a Antonio, los dos en pijama, era verano; y conocimos a grandes viejos, yo era joven, y conocí a Mastronardi, a Elsa y Eise Osman, mucha gente vino a casa, literatos. Mi mamá les hacía ensalada de tarucha, que el mismo Antonio pescaba, y que nosotros, chicos, les sacábamos las espinas al sol, eso también era una obra de arte; les encantaba el pescado frito. Corría el buen vino, cuando salió el Valderrobles, era un lujo. Después, más para acá, las chicas Mochi: Biby, que puede contar mucho de Antonio, y su hermano Néstor que estaba Italia (Biby sumó los nombres de sus hermanos Prudencio y Graciela) le traía materiales de pintura. Antonio además era amigo de los pescadores del río, que eran su gente de la ‘fogarata’, la ‘fritangueada’, del vino y el cigarrillo; por eso te digo que Antonio quedó en los rancheríos pobres, en la pintura y en el sentimiento de la gente. Antonio ofrecía siempre su casa, y eso es una herencia. Nos enriquecíamos con él. Un día no tuvo mejor idea de poner con cinta el mantel en una pared y empezar a bosquejarlo, porque es un bosquejo, no es una pintura terminada. Mi mamá tuvo el mantel muchos años. Sirvió para la mesa de madera de la casa. Las viejas de antes cuidaban las pocas cosas que podían tener”.
Entre recuerdos y deseos: “Antonio vivía en su casa, que él le había comprado a la madre, con su hermano Cacho, pero durante años vivió con nosotros. Guardo pinceles y bosquejos de él, a varios los hice enmarcar y los colgué. Me gustan porque es cuando nace la idea. Y guardaba el mantel, bien doblado dentro de bolsas, nada de humedad; estaba en una parte de la casa, que es medio tapera, pero bien seca. Estamos sacando cosas porque vamos a vender una parte. Le dije a mi hermano que lo iba a donar al Museo Quirós. Es una obra de arte de Antonio, que no tiene la firma, pero el trazo es inconfundible. Debe ser de principios de los ’90. Quisiera que la obra quede para siempre, que la vean todos. No lo quería en manos de un privado. Son dos obras de arte en una: las manos de mi madre y la pintura de Antonio. Tengo tapices pintados que tampoco están firmados porque son de cuando tenía problemas con la artrosis. Hubo familiares que vendieron obra, y está bien, cada uno sabe, nosotros no vendimos, le dijimos a mamá que no vendiera nada. Antonio murió en casa de Cacho. No murió en casa porque nos inundábamos, si no hubiera muerto en casa. Quería mucho a mi papá”.
Castro en el Quirós. Foto de Fernando Sturzenegger.
Pregunto al Turco cómo era el tío: “Más que tío fue un amigazo. Nos leía a Omar Khayyam, ahí tengo el libro viejo: ‘¡Bebe vino!’, porque a él le gustaba la bohemia. Fue un amigo, aparte de unirnos la misma sangre, nos decía: ‘La palabra justa en el momento justo’. Nos marcó para siempre: ‘Sobrinos, ustedes sean felices con lo que quieran ser felices, que yo voy a ser feliz’. Hay que decir todo lo que era Antonio. Como dice mi hermano: ‘Antonio quedó en los rancheríos pobres’, porque era eso, era sinónimo de esos lugares; siempre daba una mano, si él no tenía, pedía para darle a otro. A mis 57 años, fui, soy, testigo. El recuerdo de Antonio, más que la sangre, es la enseñanza a cabalgar la vida, a ser honesto, a ayudar en el momento que corresponda, y con la herramienta que corresponda; no son palabras mías, son palabras de él”. Raúl Emilio se emociona, se lo ve feliz, pleno en la memoria: “También heredamos el amor por los libros. Antonio iba dejando cosas por el camino, dejó obras en casa de un amigo, y nunca más las buscó. No era materialista, vivía desprendido. Él vivió en Buenos Aires, en una habitación pequeña en un teatro, por ahí también quedaron obras. Se relacionó con artistas. Recuerdo una carta de Páez Vilaró invitándolo a Uruguay”.
Pregunto por una imagen/recuerdo de Castro: “Fue un bohemio nato, que ya no se ve más en este mundo. Lo recuerdo saliendo a caminar con el bolso al hombro, pararse a hablar con toda la gente del barrio. Él era pueblo. Era amigo de todos. Nos enseñó a remar, a pescar, desde chiquitos. Y creo que era más familiar de la gente que conocía que de la familia propia”.
El Turco afirma que Castro: “Era muy ‘mamero’, cuando murió la abuela, yo tendría 9, Antonio empezó a ser un trashumante. Iba y venía. Vivió en Buenos Aires, se juntaba con Cachete y Martínez Howard en La Boca. Después se quedó en Gualeguay”.
Asegura el Turco que: “Antonio tuvo una infancia feliz, todos los hermanos eran unidos. Después llegó hasta el maestro Epele, que lo incentivó”. Recuerda que las pérgolas del barrio llevaban el nombre de “Paseo Antonio Castro”, y dice no entender por qué no se mantiene la denominación.
Los regresos de Antonio Castro: “Antonio se hace presente en un vaso de vino, en un cigarrillo. No se puede decir que no está. Se lo encuentra en su pintura, en el río, era un gran pescador. No tuve hijos, pero de haberlos tenido me hubiese gustado ser como fueron Antonio y mi padre”.
Una presencia determinante, que todo lo modifica. Me detengo, en soledad, es media mañana en el Quirós, frente al Antonio Castro. Nico y Maxi están en la oficina. Abro mi libreta y lapicera en mano tiro mis trazos de palabrería. Anoté que muy bien el mantel de la mamá del Turco, pudo ser mantel y también sábana en la casa del artista. Un mantel trabajado por las manos de una madre, un simple retazo de tela acondicionado para que sobre su esencia de festejo festejaran en comida y trago tantos amigos. Y una sábana trabajada primero entre los sueños y las vicisitudes y destinos de las noches de Antonio, y luego, como para acomodar los relatos, el impulso de liberar pinceles y colores. En la soledad que me regalaba el Quirós, descubrí otra vez la marca fundacional de Gualeguay. Digo una y otra vez que esta ciudad/río está ubicada en el límite de dos territorios: donde transitan aquellos que están vivos, el cotidiano a la vista, y la otra tierra, donde aquellos que partieron, nuestros muertos, regresan a los afectos. La obra, el cuadro, el mantel o la sábana, muchas veces la palabra justa no importa, es una comunidad, primero de colores (se ve que Antonio andaba escaso de soporte tradicional, o nada más quiso innovar, pero sí contaba con pintura en generosa presencia) y de trazos de poseso amanecido en la maravilla del arte; y luego de figuras o recuerdos de humanos viajeros entrevistos en la maravillosa acción de regresar, de volver. Una comunidad de almas, de buenos fantasmas. Hablo de figuras entrevistas saliendo desde el fondo de la obra, desde la “entrenoche” como anotó la poeta: sus rostros, su mirada sobre la mujer en ocre desnudo que se muestra en el centro de la tela, el retazo, el mantel, la sábana, la comida y el sueño. Desde la tranquilidad en el Quirós vi en el Castro esa comunidad de fantasmas en el regreso, y en ellos vi cierta ansiedad, causada por la misma acción de volver desde la memoria, y porque se quiera o no aceptar, la vida y sus cercanía implica cierta velocidad, cierta neblina hecha de arena que desdibuja los días, y en eso caen hasta los fantasmas. Anoté que en todo este universo, Antonio Castro guarda un único espacio de remanso. En la altura, a la derecha, a través de una ventana originada en alguna curva de un cuerpo humano, se ve con claridad y simpleza de trazo, un bote con su pescador: un puñado de trazos negros y una pasada en verde para señalar el refugio. Hay una figura a la izquierda que sugiere una sintonía de personaje que muy bien podría habitar un cuadro de Cachete González. Escuché en una noche cercana al poeta, plástico y ensayista Luis Alberto Salvarezza, y al plástico y ensayista Marcelo José Vázquez, señalar esa presencia puente entre los artistas gualeyos. Hablando de la obra de Castro y Cachete con el poeta y editor Ricardo Maldonado, me dijo que no hay que olvidar que ambos artistas vienen del mismo barro primordial, ese sentimiento o mirada social y poética que también marca, define, la ciudad de Gualeguay.
Agradezco esta nueva presencia de Antonio Castro. Invito a los gualeyos a pasar por el Quirós y sentarse a la mesa de los regresos. Agradezco que a través del fotógrafo Fernando Sturzenegger pueda guardar su registro. Agradezco a Raúl Emilio Albornoz Castro por su ofrenda para todos, por sus palabras. Y no quiso ocupar ni un lugar en la foto.