domingo, 18 de junio de 2017

Marta Líbano en el Social

Volví a encontrarme con la artista plástica gualeya Marta Líbano en el Club Social. La vi a unos metros de mi lugar. Ella en el escenario, convocada junto a otros plásticos por el Chango Ibarra, durante la presentación del disco “Orillas”. El Chango y Fabricio Castañeda, dos hacedores, además de uno ser el que aporta la música y el otro las letras, hicieron de “Orillas” un encuentro de disciplinas, una reunión de amigos, y de personas que andan en distintas sintonías dentro de la búsqueda artística. “Orillas” convocó músicos, cantantes, fotógrafos, y artistas plásticos. El diseño, muy cuidado, del disco, se acompaña de un librito donde se reproducen las obras que cada plástico invitado realizó sobre el tema para el que fue convocado. Cada vez que sus autores presentan el disco, están presentes los cuadros. Y cada vez que la fiesta sucede, se nombra a cada plástico y su obra, y se agradece su colaboración. Me digo, pienso: qué bien por la unión de oficios, y qué bien que se haya invitado a Marta Líbano.
Líbano en Orillas de Ibarra/Castañeda.
Marta Líbano es de acompañar la muestra de otros artistas, de detenerse frente a la obra y expresar su admiración, de resaltar todo aquello que le gusta, que encuentra en el quehacer del otro. Es muy cuidadosa al momento de hablar sobre su trabajo, no tiene problemas de ego, por eso, por su manera de andar: simplemente una buena persona, que además pinta, la hace feliz encontrarse con las bondades de otro artista. Entonces me digo que así como ella acompaña, los demás deben acompañarla. En pocos días más inaugurará una muestra de sus últimos trabajos en el hoy amigable espacio del Club Social Gualeguay. El cotidiano de Marta Líbano la ubica en su rol de personaje de la ciudad/río, personaje por esto de habitar la memoria de los gualeyos. De gira anda siempre la dama, cuidando sus amados perros, tomando apuntes para un nuevo cuadro, trabajando, porque ante todo es el trabajo constante -Marta es una verdadera trabajadora de la cultura- aquello que define su pintura, su memoria.
En “Orillas”, Ibarra y Castañeda la invitaron a sumarse al tema “Peón islero”, y Marta aceptó. Tomó acrílico y espátula, su herramienta preferida. Recuerdo que en la entrevista que le hice hace un tiempo, me habló de su predilección por la espátula. Revisé, y entonces me reencontré con la totalidad de su testimonio referido a su quehacer plástico: “Abandoné el óleo, trabajo con acrílico; empiezo con una mancha grande, y después puedo saber o no el desarrollo; puedo saber que quiero algo con el río, pero después el cuadro va apareciendo. Uso también junto al acrílico, la carbonilla. Soy de meter las manos en el cuadro, me dicen: ponete guantes, no puedo, no lo siento, también uso lapiceras viejas para hacer rayitas. Me ensucio entera. Después de ver los cuadros de Quinquela empecé con la espátula, así que uso pincel y espátula; leí que con espátula no hay una técnica definida; con ella me siento en libertad, más que con el pincel. Con espátula no pienso, es como que surge todo solo; y mis pinceles son duros, me gusta arrastrar la pintura, por ahí como si fueran espátulas”.
En “Peón islero” queda probada la afirmación de Marta. Me digo, es muy posible que ella no piense mucho en ese momento, muchas veces ayuda en el momento del hacer, el no tener todo claro, nada más que transitar, dejarse llevar por el río que a veces se lleva adentro; y es desde ese río, la espátula su bote, que Marta pinta su río, el de toda la vida, la presencia primera en su obra; y en ese no pensar, en ese dejarse llevar, su pintura combina registros: porque en la pintura hay formas explícitas nacidas del trazo certero, pero en el mismo cuadro hay espacio para cierta abstracción, uno sabe que mira el verde de la costa, pero no hay detalle, es una sugerencia, un a mitad de camino entre lo figurativo y lo abstracto, hay un juego cercano a la técnica impresionista; hay, me digo, una especie de feliz neblina en el centro de la obra, un algo fantasmal, felices fantasmas de plantas y árboles acompañando la realidad del peón en su bote; hay empaste acrílico también feliz entre las sombras: un cuadro sombrío, como el destino del peón: el cielo, su claridad, aparece en la lejanía. Esa niebla de sintonía fantasmal, fantástica, está presente en muchos cuadros de Marta; a mi gusto, los más logrados, porque más que enseñar, sugieren un más allá desde donde el espectador huye y regresa a la naturaleza humana y sus alrededores. Ese más allá también lo encuentro en los ojos de los pibes/gurises que también son habitantes notorios en la obra de Marta; en esos cuadros, la artista vuelca, ante todo, su mirada sobre lo social, sobre todo aquello que maltrata a los que menos tienen; en esos pibes, la mirada es, a mi modesto parecer, otro logro de la pintura de Líbano. Una puerta a la fantasía a través del eterno paisaje del Gualeguay; y una mirada sobre el costado doloroso de la realidad que nos toca en suerte: creo que, de esto se trata la pintura de Marta Líbano. Y este quehacer lo realiza desde una postura totalmente sincera, sin pretensión.
Tarjetas originales para la muestra.
Marta Líbano se sienta a la mesa de la cocina. Ofrece café en la mañana de lunes en que pregunto por su próxima, faltan apenas unos días, exposición a realizarse en el Club Social Gualeguay. Su muestra anterior fue en 2014: “Hay alguna obra anterior, pero la muestra es fruto del trabajo de los últimos años. Siempre pienso en un tema, claro que también salen otros cuadros, pero hay un tema elegido, que si bien es algo que también puede variar, hay una intención detrás del trabajo a realizar. Tres años de trabajo, que no es que me los pasé pintando, porque un cuadro no empieza con la primera pincelada; pienso en qué voy a hacer, en cómo me gustaría hacerlo, y resuelvo detalles con el pensamiento; mientras tanto: camino o hago las cosas de la casa. Entonces pienso en un tema y las imágenes de los cuadros van surgiendo. Y vuelvo siempre a mis preferencias: el paisaje, el río, la gente. Esta muestra se titula: Mi Lugar en el Mundo. Es sobre todo lo que yo vivo, vivencio”.
Mi Lugar en el Mundo, y entonces pregunto por la ciudad/río de Gualeguay: “Tengo dos Gualeguay. Una es la de cuando era chica, cuando deseaba que mi mamá me dejara andar en pata entre las zanjas. Mi casa natal (señala un cuadro que hay en el living), en la calle Urquiza, cerquita de donde hoy está la farmacia; ahí mi papá tenía el caballo, el carro, el almacén; la calle era de tierra, había paraísos, creo que ya no queda ninguno. Si te acercás al cuadro, me vas a ver sentada en la puerta. Tengo nostalgia de las casas viejas, con zaguán. Y está la otra Gualeguay, la que se puede caminar, la que tiene la costanera, la de hoy. Además me gusta la gente de Gualeguay. Me conozco con todo el mundo, no solo con la gente que me puedo encontrar en un paseo o en un espectáculo, por supuesto: nos conocemos todos, sin ser amigos, nos saludamos con calidez; y también soy conocida por todos los lugares donde ando con los perros: hablo con todo el mundo”.
Marta Líbano y su pensamiento sobre la exposición, sus ganas, su manera de mirar al otro: “Me gustaría que vaya todo el mundo: el que sabe del tema y me puede dar una apreciación con conocimiento, y aquel con el que hablo en el Parque, gente a la que veo todos los días, que veo más que a los amigos. No me interesa lo selecto. Hace 60 años que pinto, y con cada muestra me pongo bastante loca, acelerada; hago otras cosas, pero estoy pensando en la muestra; de todas maneras, lo disfruto mucho: es como mostrarse uno, muestro los cuadros y me muestro, y no solo eso, siento que también me doy; por eso los detalles de las tarjetas de invitación: son detalles de una ceremonia que disfruto, y entonces siento que le doy algo mío a las personas. Fui a otros lugares con una muestra (Paraná, Zárate, Larroque), pero no me interesa tanto el afuera; me gusta más presentar en Gualeguay con mi gente. A esta altura de la vida busco sentirme bien y hacer sentir bien a las personas”.
Recordaba que hacía meses Marta me había hablado de su próxima exposición, y en medio de aquella conversación, ella me enseño el trabajo que estaba realizando para el evento. Fuimos al taller y vi la mayoría de los cuadros, componentes obligados, lógicos, de la muestra, pero además me enseñó un complemento, un toque de distinción que se agregaba para la memoria de la futura presentación. En la mañana gualeya pregunté por esta cuestión: “Las tarjetas son un gusto que me doy. Hay gente que me dice: yo no tengo dinero para comprarte un cuadro, pero me encantaría tener algo tuyo. Pensé entonces en dibujar sobre cartón, chiquitos: 14 x 7 cm., paisajes: hay una pintura de fondo, y sobre el color, un dibujo en carbonilla. Luego un fijador para que se conserve. Quien quiera, lo puede guardar y hasta enmarcar. Hice 105, no sé si alcanzarán o sobrarán; empecé a hacerlos en el verano. La mayoría son paisajes del río. Es como una devolución para los que vayan a la ceremonia”.
Taller de Marta Líbano
Me digo que en la pintura, en la vida de Marta Líbano, hay un toque naif; es como si ella, a través del mismo, buscara ayudarse, y ayudarnos, a hacer más amable el paisaje de este mundo que nos toca. Algo así como si ese universo pintado, con aroma cierto de sueño de niño, invitara, indicara: que sí, que a pesar de ser una sociedad enrevesada y poco solidaria, todavía tenemos la posibilidad de salvarnos, de ser en el otro. Marta Líbano piensa en el otro y comparte sus ideas. Salvarnos, sí, en un paraíso, pero de todos.
La exposición podrá ser visitada entre el 24 y el 30 de junio en el Club Social de Gualeguay. Avisa Marta: “La muestra consiste en 22 cuadros: algunos usando técnica mixta, pintura y dibujo, otros realizados totalmente en acrílico; algunos hechos con pincel, otros con espátula. Hace años que dejé el óleo, ante todo me hacía mal a los bronquios. El acrílico seca rápido y es complicado el arreglo, así que trato siempre de trabajar con la mayor precisión posible: eso me obliga a estar atenta, y esto viene bien, engancha con la persona que soy: me gusta ver las cosas terminadas”.
Como dice el amigo Chango Ibarra: No se distraigan, y visiten la muestra.

domingo, 11 de junio de 2017

Torta frita gualeya

Desde la cercana y lejana Buenos Aires recibí hace unos días tres libros de mi amigo el poeta Marcos Silber (1934). Marcos tiene la costumbre de andar munido con palabra y voz de “alta en el cielo del hombre”: un cronista de las pistas esenciales de los días, tanto de la vida como de su compañera inseparable, la muerte. Es poeta de palabra tan filosa como tierna: un regalero de pensamientos e imágenes. Hace años que lo leo, que lo escucho; me acompaña cada mañana, desde los cafés de ayer en Buenos Aires hasta mi contemplación de los asuntos vitales que chamuyo en mi casa, en la chacra gualeya. En el libro “Levitaciones” (2016) encontré el poema “Rituales”: “Se retira el atardecer. / Llueve/llovía y las mías hermanitas / corren/corrían disparadas hacia la cocina / que las recibe loca de contenta / con harinas caídas del cielo / para levantar tortas fritas, / piedras preciosas de gustar / en gloriosas tardes de lluvia. / Fiesta para los dedos voraces, / para el olfato adivinador fiesta: / fiesta para la mirada codiciosa, / banquete, mesa tendida en el paladar dichoso, / fiesta musical para la danzarina fritura. / Es otoñalmente cierto, / las mías hermanitas ya no están / pero llueve, entonces ellas regresan / felices, alborotadas, al ritual / de recibir harinas caídas del cielo / para volver a levantar tortas fritas / y no acabar de morirse / jamás”.
Al terminar la lectura del poema, pensé en mi nueva vida que ya lleva unos cuatro años como testigo anclado en los alrededores de la ciudad/río de Gualeguay. Me dije que vivía en un espacio/tiempo en que las tortas fritas siguen siendo ceremonia en la lluvia. ¿Mi historia como degustador de tortas fritas en día de lluvia?: mi memoria me lleva a la casita de mi abuela materna, Eufemia, en Martín Coronado; ella venía del campo, de Santa Teresa, provincia de Santa Fe; venía de días de lluvia triste en que, con seguridad, el almuerzo y la cena dependían de la torta frita. Con ella supe de la esencia del sabroso tesoro, de la ceremonia en la cocina, el amasado: cuando me quedaba a dormir un fin de semana y el destino justo llegaba hasta el poema de la lluvia feliz. Si digo o escucho la construcción palabrera: torta frita, recuerdo a la abuela. La torta frita me acerca desde nuestra lejanía previa a su final.
Pensé entonces: cómo no volver al poema/imagen de Marcos Silber en cada lluvia gualeya, cómo no leerlo mientras el paisaje de los vivos y los muertos se renueva en esta Gualeguay tan amiga de las fantasmagorías. Fue por eso que salí de visita, siguiendo distintos caminos, a la memoria de algunos gualeyos que siempre me acompañan en estas crónicas/anécdotas para ser charladas en torno a un churrasquero. La propuesta fue: si les digo “torta frita”, ¿cuál es el primer relámpago en la memoria?
A continuación consigno el testimonio de los colaboradores, todos ellos memoriosos de su aldea; a todos mi agradecimiento:
Gustavo Gandini (1941): “La torta frita es el recuerdo de mi infancia, son los días de lluvia; es mi abuela junto al fogón: el fuego, el sartén y, saliendo de sus manos creadoras, las deliciosas tortas fritas para alegría de mis hermanos y mía”.
Ubaldo Arnaudín (1943): “El arraigo a las tortas fritas viene desde Isabel, mi abuela paterna, que fue cocinera de los curas. En la iglesia San Antonio, hablo de los años 40. Ella hacía tortas fritas y eran un manjar. No había torta frita como las de la abuela. Y también mi madre, Blanca Rosa Alarcón, en tiempos de lluvia, o cuando se veía que iba a llover, ya preparaba el amasijo. La torta frita era algo corriente en esa época. En días nublados (esos en los que hoy no se sabe qué va a pasar) los viejos de antes sabían muy bien si iba a llover. La torta frita se acompañaba con mate dulce o mate con café. El mate amargo era para la mañana. En Gualeguay, hoy en día cuando llueve, salimos a buscar torta frita a las panaderías, y las hacen hasta las panaderías de gustos más exquisitos”.
Silvia Aída Ceballos (1944): “En mi casa, y en la de los vecinos, siempre se tenía de antemano: grasa derretida del cebo, harina a granel, que se adquiría en Molino Santa Luisa, y sal, que nunca faltaba. Nunca se usó levadura. Al amasijo lo empezaba mi abuela, seguía mi madre y terminaba mi tía. Casi duraba una hora. Se freían a fuego de carbón o leña. Caían las primeras gotas y toda la familia se reunía para colaborar y disfrutar de esas tortas fritas con un sabor inigualable. La torta frita unía a las familias. Cuando caían las primeras gotas empezaban a llegar los comensales. Eran días de disfrute. Se jugaba a la lotería y había mate dulce con las fritas en la merienda. Hasta mi adolescencia, la historia se repetía. Las panaderías, por suerte, no elaboraban tortas fritas para vender. En la familia, la ceremonia lleva más de 100 años, porque mi abuelita murió a los 80 hace más de 50 años. Ella le enseñó a mi madre. Hoy por mi barrio nunca se percibe el aroma de la torta frita. Antes las cocinas estaban separadas de los dormitorios, no había conexión, porque el frito te impregna todo los ambientes”.
Gustavo Gálligo (1949): “Primero recuerdo a mi abuelo Goyo Morán, porque yo iba a la casa, de muy chiquito, con mamá; me acuerdo de esa cocina enorme, con cocina a leña o carbón, y el olor a torta frita cada vez que había lluvia, es algo que me quedó grabado. Vinculo siempre las tortas fritas a las visitas a esa casa: las bandejas inmensas, las cocineras; cosas de antes. En casa, mamá, eternamente, un día de lluvia era día de torta frita. Excepcionalmente buñuelitos con dulce de membrillo y pasas. Y después recuerdo el barrio donde me crié, el de plaza Constitución: todas las casas de mis amigos, lugares donde pasábamos los días de lluvia; el olor a torta frita invadía el barrio. La torta frita era algo para compartir; la gente se convidaba: enfrente de casa vivían los Delbue, y mamá y Pepa, la señora de Beto, que eran íntimos amigos de papá, se festejaban a través de la torta frita. Era una forma de transmisión de afecto, compartir entre los afectos: los amigos, sus padres, que también eran amigos; era el aroma a torta frita en nuestro mundo de tres o cuatro manzanas”.
Tuky Carboni (1939): “Se me ocurre la imagen de Manuela, no sé si vos conocés mi poema ‘Vieja Manuela’, está en ‘Bajo palabra’: ‘(…) Sacerdotisa fiel al humo, / vestal de las domésticas hogueras, / día tras día celebrabas la misa del sabor, / entre el chisporroteo de la chimenea. / (…) Tal vez por eso, porque le contagiabas tu alegría, / todo cantaba sobre el fragante altar de tu cocina, / cantaban las marmitas y cazuelas, / (…)’. Manuela Vega murió hace añares. Mi mamá era maestra en el campo, mi papá tenía un almacén de ramos generales en el campo, en Lazo. Manuela, muy a menudo, nos daba una mano en la cocina. Era india, la cara bien oscura, y una sonrisa permanente. Cocinaba en cuclillas. Mamá tenía la cocina económica grande, pero ella hacía un fueguito en el suelo y ahí cocinaba todo. Cada vez que llovía se cruzaba a casa: Patrona ¿no quiere que le haga unas tortas fritas? Entonces hacía una fuente grande, nos dejaba a nosotros, y se llevaba para sus ocho hijos. El marido había muerto cuando el más chiquito tenía 6 meses. Mi papá le dio una casita modesta, por supuesto de adobe, para que viviera con los hijos, y le daba una provista del almacén. Después, cuando los hijos fueron más grandes, fue lavandera de un estanciero cercano”. En el relato interviene Felipa, que lleva una vida al lado de Tuky. Felipa recuerda a Manuela: “Doña Manuela hacía fuego en el suelo y se hincaba”. Pregunto a Felipa por las tortas fritas de su mamá: “También, se hacían al fuego, no teníamos cocina ni nada, todo a leña y un candil, no había luz”. Agrega Tuky: “Manuela no estiraba las tortas fritas con palote, lo hacía con las manos, en el aire, como el repulgue de las empanadas”.
Marcos Silber en su libro/espectáculo: Thrillers.
El poema “Rituales” de Marcos Silber tiene, además del aroma de la torta frita, de la lluvia lenta, amiga, que hace de llamadora de la memoria; además del aroma de la brisa causada por el regreso de nuestros seres queridos del más allá, que queda tan, pero tan cerca de nuestro más acá: esas “mías hermanitas” que no acaban de morir “jamás” porque, por ejemplo, la torta frita, la lluvia y el hermano poeta las convocan para “ser” cada vez que alguien, en nuestro susodicho más acá, lea el poema. Digo entonces, luego de tantos además, que este poema, en definitiva, es fruto  y a la vez mantra para acceder al viaje en el tiempo. Lo fue para Marcos cuando la palabrería se le amontonó felizmente en la mano de escribir, lo fue para mí cuando leí, y lo será, repito, cada vez que alguien lo lea en día de lluvia, como el de hoy; porque esto que escribo no intenta ser una típica búsqueda de mentiras asociadas, como bien puede entenderse la literatura, sino una crónica periodística sincera: entonces anoto lluvia porque llueve sobre la chacra gualeya. De viajar en el tiempo se trata el poema, y de viajes en el tiempo también se trata cada recuerdo de los gualeyos memoriosos a los que he consultado. Mi escritura se detiene, pienso, y luego encuentro el camino para seguir: quiero decir que esta nota no es más que murmullo y aroma de torta frita, de lluvia y de memorias, y es ella un lugar, un espacio/tiempo en donde se funda una comunión de viajes en el tiempo. En definitiva, creo, es lo que somos: viajeros.

Mi compañera de vida, la mamá Evangelina de Julia, es la que casi siempre le lee a la pequeña, antes de dormir, historias de los libros que ya guarda entre sus juguetes. Hablando con Evangelina sobre el tema de esta nota, recordó una lectura que hacía referencia a las tortas fritas. El libro es “Cartas para que la alegría” del escritor nacido en Mansilla: Arnaldo Calveyra (1929-2015), y que le regalara a Julia mi amigo: el poeta David Birenbaum. Calveyra anotó: “(…) Se redondeaban las gotas en una torta frita, en dos, en fuente de amor de tortas fritas. (…)”.

domingo, 4 de junio de 2017

Pasar la posta

Al pasar la posta, el viajante de los días se detiene un momento y genera un nuevo acorde dentro del movimiento de la vida. Pasar la posta es “nacer” un puente emotivo entre dos personas, es dar cuerda a la cajita de música que todos llevamos dentro.
Pasar la posta en el tránsito de los días. Enseñar un puñado de magias humanas al otro, al elegido. Un puñado de magias y disponer de ellos en vida. El puñado en cuestión: un espacio/tiempo donde puedan respirar, por ejemplo: una historia, un sueño, un objeto amado, una música, un libro.
Recuerdo en este momento de escritura un caso de ofrenda feliz: la transmigración de una historia de una memoria a otra. El personaje de la novela “El infierno” del escritor francés Henri Barbusse espía a través de un agujero en la pared de la habitación de hotel que ocupa, aquello que sucede en la habitación contigua. En ella se aloja una persona que está muy enferma. Cuida a este hombre una enfermera. El hombre propone a la enfermera contarle una historia. Ella acepta. El hombre enfermo cuenta entonces su historia de amor, para que cuando él ya no esté sobre la tierra, esa historia siga viva en otra persona, que podrá referirla, y que podrá revivir los pormenores del día en que recibió en custodia tamaña magia humana.
Al igual que este personaje literario, todos guardamos historias y objetos con historia que, pienso, querremos dejar en manos de nuestra gente querida, elegida, respetada. Ofrendar es tratar de hurtarle un beso largo a la dama más difícil: La Eternidad.
Una magia emotiva puede llegar hasta nuestras manos de dos maneras: una, por disposición póstuma, es decir, durante el después, en ausencia de quien ofrenda. Esta forma nada tiene de malo en el arte de dar y transmitir, pero me digo que prefiero, adhiero, elijo, el otro camino, al que se llega a través de un momento de charla entre dos personas, dos pares, dos seres humanos encontrados en una misma y cercana sintonía. Me gusta la visita de las palabras y las miradas, elijo los silencios aparecidos cuando la garganta se arruga, adhiero a la titubeante energía de la voz. Prefiero descubrir (hasta ahora solo me ha tocado respirar dentro de la figura de receptor) la emoción que me gana. Me gusta encontrar cada uno de mis gestos abrazando la calma, queriendo una paz silenciosa que colme y proteja, una paz que, a la vez, alegre aún más a los participantes. Porque estos, en todo momento, saben lo necesario: las marcas centrales en el paisaje por el que se avanza. Me descubro así en la tontería de la búsqueda de pequeñas distancias, no sé con qué fin: ¿escapar de las emociones?, sé que no, porque mi interior bien sabe de aquello que está ocurriendo: una persona se desprende de sus tesoros porque sabe que se encuentra en las profundas alturas de la vida, y otra persona, la que recibe la ofrenda, la cápsula de tiempo pasado y futuro, sabe que ambos están anoticiados. Ambos entienden de la ceremonia, ambos conocen a las hermanitas que vienen siempre de la mano: ellas: vida y muerte, entre los vestiditos del tiempo, llevan a las personas, que andan a conciencia despierta por el centro del pensamiento, a mirar de frente cuando respetan el impulso. Entonces el encuentro, el pase, la ofrenda; y la maravillosa presencia, tan necesaria, del amigo, el hijo o el discípulo.
La poeta Tuky Carboni me cuenta: “Juanele Ortiz le dejaba a Emma Barrandéguy bonos para la venta anticipada de sus libros. Ella vendía en Gualeguay y en Buenos Aires. Así se pagaba la edición. Juanele era empleado del Registro Civil, ganaría una miseria. Ella le hacía ese trabajo de todo corazón. Emma decía que él era un ángel, que jamás le escuchó decir nada hiriente a nadie; si no le gustaba lo que el otro escribía, le aconsejaba seguir leyendo”.
Hace casi cuatro años que iniciamos, la poeta Tuky y yo, nuestro intercambio palabrero. Encontré en ella, hoy somos amigos que además escribimos, distintivos poco usuales dentro de la comunidad de escritores (por lo general muy habitada por pavos reales que no tienen con qué hacer esquina más que con el ego que asoma y no para de asomar): su generosidad, su sincera manera de ser: humana, imperfecta, y con la duda como compañera: siempre a la mano para mejor sacarle punta al lápiz y las ideas.
Tuky Carboni me recibió en su casa. Sobre la mesita había una bolsa plástica con cuatro libros: “El álamo y el viento” (1947), “El aire conmovido” (1949), “La mano infinita” (1951), “La brisa profunda” (1954). Todos libros de Juan L. Ortiz. Me dice Tuky: “Recibí los libros de manera bastante ceremoniosa, y por eso lo hago con vos. Emma me dijo: Yo no sé cuánto más voy a vivir. Era más vieja de lo que yo soy ahora; estaba sana y muy lúcida Pero quizás sintió que su época se estaba terminando. Me dijo: Yo te doy estos libros -y me dio también una carta, escrita a mano, de Juanele, que no pude encontrar- que amo y que tienen la letra de Juanele, para vos, te los regalo. Le di las gracias. Ahora yo me siento, no digo próxima a la muerte, pero es como que estoy viviendo de yapa, y te los quiero dar a vos por dos razones: una, lo siento como una posta; Emma me dijo muchas veces que yo era su sucesora. Creo que los tenés que tener vos, por edad y por mi admiración como persona y escritor. Te los doy con todo gusto. Son libros de ediciones originales. Cuando un libro tiene que llegar a vos, llega. Cuando un poema tiene que llegar a vos, llega. Misterios. En ellos vas a encontrar ‘la voz o la guitarra húmeda’ de Tacuarita, mi tío abuelo. Calculo que ellos se tomarían unos buenos vinos cuando charlaban”.
“El álamo y el viento” lleva su tapa desprendida. En ella, en un verde claro y luminoso, se ve además del título y autor, el sello editorial: Ediciones Sauce 1947, y un paisaje mínimo, dibujo del poeta: un arbolito flaco, una línea de tierra, una laguna atrás, otra laguna, esta vez aérea, en el cielo. La tapa suelta permite enseguida ver la dedicatoria: “Para Emma Barrandéguy, con la esperanza de que halle aquí algo de su tierra, de nuestra tierra. Con todo el cariño de (firma) Paraná / Marzo 12 de 1948”. En la misma página hay pegado un papelito: Fe de Erratas. Elijo el poema “Crepúsculo en el campo de Gualeguay”: “Nada más que un sueño amarillo que se va entre los talas / detrás de un vuelo bajo y encendido de verdes. // La luz es una nostalgia que alarga sus suspiros hasta las lejanías. // Los cardales secos, aéreos, de qué color? // Este paisaje es mi alma y será siempre mi alma. / Un espejo infinito para el cielo. // Sabéis, amigos, ahora, la causa de mi vaga tristeza?”.
“El aire conmovido” también tiene su tapa desprendida, pero no deja ver dedicatoria alguna. En negro el nombre del poeta, en un rojo suave el título y Ediciones Sauce; en negro: Paraná 1949. En el centro de la tapa el dibujo de Juanele en negro: una mujer construida en trazos mínimos parece flotar en el paisaje apenas sugerido. Elijo un fragmento de “Me esperabas en esa casa”: “Me esperabas en esa casa perdida entre los montes. / Tu madre andaba por ahí. / Te ví en el sueño, en la luz del crepúsculo pobre, / rodeada de aves blancas, blancas, que palpitaban. / Me mirabas, oh dulce niña que vuelves en los sueños, / con una mirada perdida, / suavemente perdida / en no se sabía qué del atardecer agreste, / como si esa soledad ya te hubiera ganado / y tus ojos sólo sonrieran resignados. // (...)".
“La mano infinita” tiene la tapa en su lugar, pero le falta la contratapa. En negro el nombre del poeta; en verde el título y la Editorial Llanura, en negro: Colección Salamandra, y también: Paraná 1951. El dibujo: una mano de dedos largos saludando la luz en el cielo. Líneas flacas, las estrictamente necesarias para fundar las figuras. El libro guarda una dedicatoria cariñosa para Emma. Al principio: Fe de Erratas. Elijo un fragmento de “Los juegos en el sol de Octubre…”: “Los juegos en el sol de Octubre, los juegos. / Una ebriedad un poco ‘vulgar’, es cierto, pero los paraísos eran lilas, / y allá las colinas de un verde infantil hacían más dulces sus líneas, / y algunas casitas blancas de los pliegues eran aéreas casi. // (…)”.
“La brisa profunda” lleva tapa y falta la contratapa, en su lugar, la última página recibió la escritura de Emma en lápiz tenue; por lo que se adivina en la maraña de la escritura en juego y libertad, se refiere a la poética de Juanele. En azul: nombre del poeta, título, dibujo y Editorial “Este” Colección “Daniel Elías” Paraná 1954. El dibujo, las líneas suficientes para señalar la brisa. Una cariñosa dedicatoria a Emma que apenas si se lee (especial, muy especial la flaca y pequeña letra de Juanele, como si en la brisa viviera). Elijo el fragmento de “A Prestes (Mi galgo)”: “(…) Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, has muerto… / Cuántos minutos claros, cuántos momentos eternos, contigo, / compañero de mis mañanas cerca del agua, de mis atardeceres flotantes… / en el dulce calor, en el viento de las hierbas, en los filos del frío, / en la luz que se despide como un infinito espíritu ya herido… // (…)”.
Ofrenda. Me digo que la poeta gualeya Tuky Carboni, mi amiga, me ofrenda estos libros para que me acompañen en la vida, y en ellos la compañía de Juanele, de Emma, de Tuky. Libros, ejemplares especiales, portadores de historias, del roce de un puñado de manos que sabían de la palabra amiga. Ofrenda, ofrendas, en ellas pienso cuando encuentro las que hoy me hace mi padre. Rolando Lois, desde sus 86 años, me cuenta historias, me señala cuadros de su autoría para que queden en mis manos; me devuelve la carta que escribí a los reyes magos cuando tenía 6, 7 años.
Pienso en Emma, en Tuky, en mi viejo. Pienso en el pase en un descanso: en las ofrendas. Cuando llegue el momento, voy a dar mis ofrendas desde esta memoria que me guía, para que así nos vayamos todos un poco, que es la mejor manera de quedarse un rato más entre las historias.

domingo, 28 de mayo de 2017

Escuchar a Eise Osman

El primer paso en el acercamiento al mundo del escritor Eise Osman se originó en la lectura de dos de sus libros: “Oasis para la meditación” y “Aprender desaprendiendo”. Antes de la lectura (en presente) habíamos hablado en algunos encuentros. Tenía de la obra de Osman un antecedente de lectura mientras fui librero, en los 90, en Buenos Aires. Vendía y leía los libros de El Beduino Errante. La nueva lectura me reencontró con el hacer del poeta y pensador: la mezcla necesaria para el nacimiento del aforismo, el género destacado de Osman, aunque también ha transitado con felicidad poesía, ensayo y relato. Fue después de leer a Eise que quise saber de su vida, desde dónde venía El Beduino Errante. Seguí el impulso y pregunté: “Vengo de una familia humilde. Mi madre, Gregoria González, viene de una familia criolla, muy pensante, de izquierda. Un tío mío se suicidó, era anarquista y juntaba plata para la causa. Asaltaba a los ricos. Fracasó, llegó la policía, no se quiso entregar, y se pegó un tiro. Mi padre, Alejandro, era árabe, se escapó de Siria bajo el dominio de los Turcos; muy evolucionado en su pensamiento; era diferente a la mayoría de los árabes, que son de derecha. Era de avanzada, leía mucho y tenía una vida muy intensa. Soy del 31, eran épocas terribles. Recuerdo que cuando éramos chicos juntábamos plomo para la República Española, los cigarrillos venían con papel de plomo. Mi tío Pedro hablaba desde la tribuna a favor de la República. Estaba la ley de residencia, pero mi viejo era muy de izquierda. Mi padre trabajaba en un boliche, era como un cabaret, vendía caramelos, bombones. Llegaba a casa y lo primero que hacía era prender la radio para saber de la República, que creó muchas expectativas, pero también mucho dolor. Lo principal era escuchar La Pasionaria. Un hermano de papá se fue a Estados Unidos, y otro terminó en Chile con mucho dinero. Este Osman discutió con un árabe y lo mató. Lo mandaron a la cárcel de Sierra Chica, pero pidió para ir al baño y se tiró del tren en movimiento. Fue hacia el sur y llegó a Chile. Lo llamó a papá, pero mientras este preparaba el viaje, conoció una familia criolla, y ahí a mi madre. Hay una anécdota: él llegó hasta la puerta de la casa y llamó, la madre dice a la hija que atienda, que había un hombre; ella contesta: No, mamá, no es un hombre, es un turco. Así se conocieron”.
Azar, destino, la vida en marcha: “Eran épocas en Entre Ríos donde los revólveres se vendían en los almacenes, no era fácil andar por los campos. Se mataba a los paisanos para robarles. Papá era vendedor ambulante. Además de conocer a quien sería mi madre, el barco en el que iba a viajar desde Buenos Aires, se hundió. Se casó y quedó en la Argentina. La familia de mamá tenía campos en el norte y centro de la provincia, pero en ese momento valían poco o nada. Los que se enriquecieron fueron los dueños de los almacenes, se pagaba deuda con tierra. Nací en un pueblito chiquito, Moreno, cerca de Cerrito, que está a unas 12 leguas de Paraná. Mi padre tenía un negocio de venta de confituras, y era representante de helados Smack de Noel. Yo vendía caramelos a los 7 años. Los domingos en el Parque Urquiza, ahí iba la gente, y los días de la semana en Plaza de Mayo. Había una organización, los chicos vendían en las calles y plazas; los mayores eran dueños de las esquinas, ahí vendían solo ellos. Era una vida muy dura. Estaba lo que se llamaba la ronda de los desocupados, le daban trabajo a la gente una vez al mes, dos, había mucha tuberculosis, una época muy pobre. Así fui entendiendo, desde chiquito, qué es la vida”.
Cambio de paisaje y mercadería: “De Paraná nos mudamos a Villaguay. Había mucha violencia en la Selva de Montiel. Fuimos a una chacra que nos prestó un pariente. Sembramos verdura, y yo salía a vender verdura escarchada. Como era chico, una italianita me hacía pasar y me daba café. Una vida muy sacrificada, áspera. En esa época la gente no comía mucha verdura; la pasamos bastante ajustado. La dureza de la vida te hace más fuerte. Esa fortaleza crea una búsqueda, y esa búsqueda crea una cultura del subdesarrollo. En la familia había muchos de izquierda, pero había uno, nadie lo quería, que era informante de la policía, decía que él tenía que vivir. Es el negocio del sistema: pobre contra pobre. Hice la primaria en Paraná y Villaguay. En la época de Perón había mucha plata. Se diga lo que se diga, el peronismo creó una conciencia de clase; el Estatuto del Peón era de avanzada en ese momento. Mis hermanos fueron peronistas; era un reconocimiento, desde una miseria espantosa llegar al aguinaldo; fue una revolución dentro de los límites del pensamiento de Perón. Era una época de mucha discriminación, cuando terminaba el año, los copetudos invitaban a fiestas, a mis padres no los invitaban, eran pobres. Yo no tenía traje azul para ir a la fiesta en la escuela, iba con uno marrón, pero era buen alumno. Hice la secundaria en Villaguay y a los 15 años, en las vacaciones, me iba a Buenos Aires a trabajar de peón de albañil; vivía en la obra. Se comía bien, se cocinaba en la calle, la cama estaba hecha con las bolsas de los materiales; y a la noche se hacía la ronda donde uno hablaba de sus penas y cosas. Así te informabas de cómo vivía la gente”.
Eise Osman
En la universidad, Buenos Aires y la carrera de medicina: “Cuando empecé a estudiar me tocó la conscripción, dos años. La hice en un faro, el Querandí de la Armada, provincia de Buenos Aires. Un año ahí, castigado. Pedí por mi derecho a hacer el servicio en el destino donde estudiaba, algo que había dispuesto Perón, pero primero iban los acomodados. Discutí y al Querandí. Estuve un año. Planteé mi caso a un teniente progresista y él me arregló las cosas. Fui a Navegación e Hidrografía. Me la rebuscaba porque tenía un capitán que era contrabandista de cigarrillos, se los repartía yo; en los barcos se traían autos, eran delincuentes. Mientras estudié me prestaban los libros o iba a la biblioteca. Me recibí en 7 años, cerca del 60, estaba en el Partido Comunista, era el responsable del barrio Congreso. Vivíamos a salto de mata. Nos reuníamos en el sótano de un tipo que hacía trajes para los milicos, enfrente de un edificio de la Marina, en la boca del lobo. Durante el estudio trabajaba con un tío, de pintor de brocha gorda. Me encontré con Pruskin Silva, un profesor, luego fue rector de la Universidad Católica, que me había ayudado mucho en Villaguay; me invitaba a su casa cuando tenía invitados especiales para que yo escuchara. Él sabía que yo estaba en Buenos Aires. Le dije que andaba más o menos: Duermo de prestado y trabajo de pintor. Lo que son las cosas de la vida, una vez ayudamos a un porteño que se había enfermado en Villaguay, lo hospedamos en casa, le trajimos el médico, fue su familia la que me daba una piecita para vivir mientras estudiaba. Me dice Pruskin que tiene un amigo en el Ministerio de Minería, y que me hacía una carta para que se la lleve. Tuve que leerla: Si no ayudás a este muchacho tan destacado con un buen cargo, olvidate que sos mi amigo. Ese amigo me preguntó si me animaba a hacer análisis químicos, y le dije que me animaba a cualquier cosa, menos a robar, y que necesitaba ganar lo suficiente para poder estudiar. Entro a ganar bien y entonces peleché. En ese tiempo, con Elsa (la escritora Elsa Serur), andábamos en taxi, y comíamos bien. Así aprendí bastante de química. Me adaptaba a lo que venía”.
Pregunta esencial, ¿el contacto con la escritura?: “Al faro llevaba una valija con libros, leía mucho y comía poco, el suboficial se guardaba la guita de la comida. Me encontré con la escritura a los 20 años. Terminé haciendo en algunos casos de maestro, de los faristas, y de los hijos del jefe. Un día le dije que no trabajaba porque no comía. Preguntó si era comunista. Contesté: ¿Soy comunista porque quiero comer? Escribía poesía, había leído a León Felipe y otros poetas. Un día viene un visitador médico, y Elsa le dijo que escribía, la pellizqué. El hombre preguntó. Aclaré que escribía para mí, nada más. Dijo que conocía a Mastronardi y que quizá me pudiera orientar. Mastronardi estaba allá lejos. Elsa dijo que quería conocerlo, y entonces quedamos en el Tortoni, cerca del año 60. Estuvimos charlando de filosofía. Me dijo: Se ve que donde está se lee mucho. Contesté que quería avanzar en la escritura. Le di un manuscrito, poesía”.
El empujón del notable: “Yo estaba trabajando como médico en Holt, en el sur de Entre Ríos. Había roto con el PC y quise irme de Buenos Aires. Tomé distancia después de lo de Hungría. Porque si una ideología tiene que basarse en la violencia para afirmarse, está contradiciendo el problema de la liberación de la gente. A la falta de liberación se suma la compulsión sobre la gente, entonces todo se desvirtúa. Pasó un mes y pico, pensaba que a Mastronardi no le había gustado. Pero Elsa me alcanzó al hospital una carta muy extensa. Eran tres cartas. Me decía que yo tenía lo principal: Solo le falta pulirlo. A partir de ahí nació una amistad bárbara. Me aconsejaba que siga con la escritura. Era el amigo dilecto de Borges. Nos hicimos tan amigos que nos reuníamos en el Tortoni, o en el Bajo, y nos echaban a baldazos; hablábamos de filosofía, de todo. Empezamos a cartearnos, y a través de él, conocí a Borges. Guardo como 30 cartas de Mastronardi”.
Y dentro de la escritura, ¿qué dice Eise sobre el aforismo?: “Yo era muy politizado, había leído mucho a Marx, muchos autores de izquierda, pero también había leído mucha filosofía. El aforismo es el género más viejo que hay. Llegué a esa forma leyendo a Porchia, y porque simplemente me brotaban. Como todo, tiene sus problemas de interpretación, pero te obliga a razonar, a pensar: es el camino más corto entre el pensar, el sentir y el decir, aunque puede ser el camino más largo para comprender. El aforismo está entre la filosofía y la poesía, un mensaje filosófico/poético”.
Una cuestión de perfiles y miradas en la palabra de Eise: “Manejo bien el relato y el ensayo, tengo varios perfiles; no sé si ello beneficia o perjudica, pero de cualquier manera te abre el panorama. El poder manejar varias cosas a la vez te enriquece, pero a la vez te pone en una posición equidistante de todas las cosas, lo cual no es malo en relación al pensamiento en general que debe estar integrado de varias formas, pero a su vez limita tu forma de expresión en el sentido de que hay en ello una dispersión; pero la dispersión no es mala, porque mirar desde diferentes ángulos, es mirar el mundo de diferente posición. Las diferentes posiciones te enriquecen para interpretar, porque todo tiene que ver con todo. No hay nada que esté aislado en el mundo. Todo tiene una correlación: se dispersan las cosas, pero se enriquecen las cosas. La vida es una dispersión de conocimiento. Esa dispersión depende de cómo se toma: si enriquece el todo, está bien, si empobrece, está mal. No hay que caer en la divagación, es pobreza. Si la dispersión no está estructurada desde una visión general de las cosas, es pobreza, si está estructurada desde el arte, enriquece”.
A partir de la pobreza: “La pobreza enriquece a veces en la visión profunda de las cosas, pero también trae un sabor amargo de lo vivido, pero liberarse de eso provoca la libertad que no te lleva al resentimiento. Si vos tomás como enriquecimiento todos los momentos de la vida, y los sabés analizar, te enriquece; con resentimiento, te empobrece”.
Eise Osman y El Beduino Errante, y una palabra vital “enriquecimiento”: “De Holt me voy como asesor del laboratorio Bernabó; una aclaración: me pusieron los amigos El Beduino Errante, a veces la inquietud de conocer, enriquece, siempre y cuando la estructura de pensamiento no divague. Otra vez en Buenos Aires, ganábamos bien, pero no vivíamos. ¿Qué es lo principal?, ¿vivir o acumular riqueza? Volvimos a Holt, y de esa manera nos conectamos con una realidad más dura, profunda, y posiblemente más enriquecedora, porque las peores cosas y las mejores pasan a la vez en la experiencia de lo vivido, es decir, si la vida fuera nada más una experiencia de placer, sería un placer inútil; si la vida va mezclada por una experiencia profunda, donde uno encuentra un caleidoscopio de cosas buenas y malas, uno se enriquece. De Holt nos fuimos a Mansilla. Vivíamos a conciencia entre amigos como Linares Cardozo, que sabía mucho de filosofía y cambiábamos ideas. Encontraba en mí un punto de vista diferente. Puntos de vista de visión personal de la filosofía y de la vida, pero que no encierran ninguna verdad dentro de la variabilidad de nuestro desconocimiento. Tenemos experiencia de pueblo chico, y en el fondo las grandes ciudades son pueblos grandes. De Mansilla vinimos a Gualeguay por el año 70. Uno va adquiriendo experiencia de los distintos lugares donde ha estado, pero el ser humano, su variabilidad, es prácticamente una forma de dar vueltas sobre sí mismo; pero en todas esas vueltas algo queda de lo vivido, y esa experiencia sirve para dos cosas: primero para ver la realidad de la vida, y segundo para estar alienado de nuestros propios problemas”.
Guardo en mi memoria encuentros con escritores, todos ellos una mezcla saludable de poeta, narrador y pensador. Soy un escucha aplicado de la persona que tiene sustancia, que lleva una vida de trabajo en la vereda por la que elegí transitar mi oficio. Guardo encuentros maravillosos, de profundo aprendizaje humano. A través de José Saramago nombro a un puñado de admirados a quienes pude estrechar la mano y la palabra; en ellos la reflexión en sintonía poética que alumbró distintas maneras de mirar sobre la vida; así mi dispersión feliz en busca de la comprensión de mi criatura/las criaturas. Anoto entonces que Eise Osman ocupa un lugar de privilegio en el quehacer de mi pensamiento. 

domingo, 21 de mayo de 2017

Juan Rogelio Calo

Cada hombre deberá ocuparse de su manera de regresar, de sacar la sortija de la calesita que nos puede regalar una vuelta por la memoria. Juan Rogelio tiene sus maneras de volver desde el más allá. Lugar en el que, de seguro, tampoco tenga residencia fija, tal cual hacía mientras andaba por entre estas tierras de la vida. Hasta hace unos días no sabía quién había sido Juan Rogelio, y sin embargo, ahora escribo sobre algunos retazos de su vida.
Sucedió que le acerqué a la poeta Tuky Carboni el último número de la revista “El Tren Zonal” del poeta, editor y guitarrero Ricardo Maldonado. El ejemplar viene acompañado de un librito (Cuadernos del Señalero 41). Una selección de poemas que el mismo Maldonado hiciera sobre la obra del poeta gualeyo Amaro Villanueva (1900-1969). A los pocos días Tuky me escribe: “(…) Amaro, además de deslumbrarme con su poesía, le dedica un soneto precioso a mi tío abuelo Juan Rogelio Calo, la oveja negra de mi familia materna. Eran panaderos y tenían una empresa familiar donde trabajaban mis bisabuelos y seis de sus siete hijos. Juan Rogelio jamás tocó la harina; se dedicaba día y noche a escribir poemas y ponerles música. Por eso, pasó a la historia como un haragán congénito. Pero, para mi sorpresa, lo nombran todos los poetas de su generación: Carlos Mastronardi, Juanele, Carlos Alberto Álvarez, ¡y ahora, descubro que también Amaro!”.
Mi reacción no se hizo esperar, tomé el grabador y una mañana fui a escuchar a Tuky: “Nació en Gualeguay. La oveja negra de la familia: Juan Rogelio Calo. Era muy delgadito, por eso le decían Tacuarita. Un haragán que tocaba la guitarra, y escribía y cantaba todo el día, mientras sus seis hermanos y sus padres sudaban junto al horno de la panadería. Era una empresa familiar fundada por mi bisabuelo Antonio, que había llegado de Italia; era Callo, con doble ‘l’, acá le sacaron una. Mi mamá era Calo. Estos gringos eran muy trabajadores, unos obsesivos, se levantaban a las dos de la mañana para prender el horno, y se turnaban para la atención del público. Mi abuelo trabajaba ahí; mi mamá perdió a su madre a los 9 años, era la mayor de tres. En la familia la manera de recriminar a los chicos era hacer referencia al tío haragán que no hacía más que tocar la guitarra, escribir y cantar, porque esa era su vida. Nunca tocó la harina y eso enfurecía a los gringos. Vivió con la familia hasta que, supongo, el padre le habrá dicho que así no lo bancaba más. Recuerdo que mamá dijo: Se fue. Para ellos fue un alivio”.
Tuky recuerda una visita: “Conocí a Tacuarita cuando yo tenía 20 años, ya estaba casada. Vino una vez a Gualeguay y se hospedó en la casa de mi tío Beto Calo. Almorzó y cenó en casa. Conversó mucho de sus amistades rutilantes. Mi mamá decía: ‘Son mentiras, qué va a tener esos amigos’, pero ocurrió que cuando empecé a leer cosas más serias que los cuentos de hadas, y eso no lo vio mamá, me hubiese gustado, vi que Mastronardi lo reconocía como amigo, que Juanele nombraba la voz y la guitarra de Tacuarita; y una vez que fui a recibir un premio a Paraná, para mi sorpresa, me lo entregó el poeta Carlos Alberto Álvarez, un referente de escritores, nacido en La Plata y un enamorado de Entre Ríos. Dijo: ¿De Gualeguay?, yo tenía un amigo allá, pero después desapareció, creo que se fue al Norte; yo le pedí que me dijera su nombre, que quizá lo conocía; me dio el nombre: Juan Rogelio Calo; Era hermano de mi abuelo, le dije. Fue muy grato para él entregarle el premio a la sobrina nieta de un amigo, y me habló maravillas de él, de su altura ética, algo muy distinto a los comentarios que yo había recibido desde la familia. Y descubrir ahora que Amaro le dedicó un soneto, con la importancia literaria que tuvo, aunque es un poeta que todavía espera un mayor reconocimiento, nunca le perdonaron su filiación comunista, fue una nueva alegría. Así que ante mis ojos, y ante los de la única hermana que me queda, la figura negativa de Juan Rogelio Calo pasó a ser otra cosa. Fue una revelación. Yo me cuestioné. Tacuarita debe haber sido felicísimo, porque en su vida fue lo que le quiso ser. También era luthier, hacía guitarras; cuando se iba a la buena de Dios, por La Plata, Buenos Aires, Córdoba, por distintos puntos de Entre Ríos, y cuando alguna gente tenía la gentileza de alojarlo, él pagaba su estadía haciendo una guitarra para el dueño de casa, cuando este tenía interés en el instrumento”.
La “endemoniada” presencia del tío Juan Rogelio tuvo sus consecuencias en la vida de la poeta gualeya: “Yo escribía desde los 9 años y no me atrevía a mostrar lo que hacía, porque lo había asociado con la personalidad de Juan Rogelio; porque todos los parientes se avergonzaban de él, entonces desde chica yo sabía que no quería ser como el tío. Para una de las becas que tengo, por poesía, el premio al Mérito Artístico, debía firmar el poema con seudónimo: elegí Juan Rogelio. Y el tío me devolvió la atención”. A continuación el poema premiado, y acompañado por el tío: “Un ave, un crepúsculo, mi alma: Por las altas regiones de las nubes / vuela un pájaro: azul, brillo y esmalte. / Las alas, / como pétalos dormidos / sobre el zafiro intenso de la tarde, / deshojan, / blandamente por el cielo / las violetas translúcidas de aire. // Me quedo / prisionera de la tierra, / en el lagar oscuro de mi sangre; / pero mi alma se bebe el infinito / por las altas regiones; / como el ave”.
Tuky Carboni hace memoria, se sincera entre recuerdos: “Me costó mucho vencer esa asociación que había hecho de chica; gracias a la familia asocié a un poeta con la vagancia. Gracias a Dios modifiqué la sentencia, porque escuché otras voces: nunca hay que escuchar una sola campana, pero yo, en familia, ¿a quién podía recurrir? De manera anónima, a los 32 años, mandé 3 sonetos firmados con mi segundo nombre: Irene, tenía ganas de saber si lo que escribía tenía algún valor, a la radio, al programa de Mario Alarcón Muñiz, que sabe mucho de arte; en el momento que leyó estaba el doctor Raúl Bardaracco, culto, muy lector. Los dos festejaron mi escritura, entonces pensé que aquello que hacía no estaba tan mal. Me animé. Se llamó a la creación de SEGuay. Entré con mucha vergüenza, pero ahí estuve. Recuerdo que guardaba mis poemas en la memoria, ni siquiera los había escrito a todos; cuando mandé a la radio, recién ahí los pasé al papel; todo era debido a esa vergüenza que venía desde la condena familiar hacia Juan Rogelio. Daniel González Rebolledo fue quien insistió para que anotara todos los poemas, y así comencé a hacerlo”.
La poeta gualeya busca entre sus recuerdos (acompaño con alguna pregunta mínima), por momentos se guarda en silencios, continúa: “Pudo vestirse y comer gracias a su guitarra y sus canciones. No tengo nada de lo que escribió. Creo recordar que Carlos Alberto Álvarez me dijo que tenía unos libros de él. Creo que lo conoció Mario Alarcón Muñiz. No formó familia, no tuvo hijos. Habrá nacido por 1890, y murió en Córdoba, al poco tiempo de la visita por Gualeguay. Una semana que fue una especie de despedida, visitó a varios amigos, año 58/59. Le avisaron de su muerte a Carlos Alberto Álvarez. Había dejado una valijita junto al nombre, teléfono y dirección de Álvarez, que fue a Córdoba a buscarla. Nunca lo vi de chica. Nunca supe que haya tenido un lugar fijo de residencia, una casa. Cuando estuvo en casa aquella vez cantó una canción: linda voz, la guitarra bien tocada: fue una especie de juglar, como los de la Edad Media”.
En la charla con Tuky apareció el recuerdo del librero Hartkopf. En su librería realizaba exposiciones de artistas jóvenes, ahí empezó Cachete González, Derlis Maddonni, Antonio Castro, y en ese lugar se hacían recitales para unas pocas personas, y en ese lugar se realizaba, afirmaría la familia gringa de Juan Rogelio Calo, de manera inevitable, una suelta de vagos: esa gente que gasta la vida escribiendo cuentitos, pavadas, pensando historias, algunas con destino de búsqueda plástica, otras buscando la compañía de una guitarra. Mucha búsqueda y chamuyo, diría el crítico, pero nada para vender y progresar/prosperar. Porque tanto en el ayer como en este “mientras tanto” importa, ante todo, señalar ese condenable “estado de gracia” que presenta quien intenta encontrarse, con él mismo y sus semejantes, en los territorios del arte. Ahí el problema: vivir en una sintonía poética que se opone al claro mandato, familiar/social, que se basa en dos pilares: producción y facturación. Un artista que se precie de intentar el camino sincero en pos de su objetivo: acercarse al arte, necesita de tiempo; lleva una vida construirse dentro de un oficio, y en ese tiempo, tironea la necesidad de hacerlo, de seguir el impulso, y tironea la vida, y dentro de ella especialmente la urgencia de los demás, los que poco entienden de procesos interiores. Y sin embargo, luego, la mayoría de los detractores de aquellos que eligieron el intento creativo, cuando el vecino, el familiar, el amigo, alcanza algún peldaño y sale del anonimato, ahí es cuando se hacen un buen buche de admiración. Queda bien tener cerca un escritor, un poeta, un músico: mi amigo, se dice, y es como si ellos mismos fueran los artistas. La cuestión es figurar. Muchos en Gualeguay se llenan la boca con los artistas nacidos en la aldea, pocos saben de quiénes eran, qué hicieron, pero no hay nada que suene mejor que hacer referencia a Carlos Mastronardi, Juan L. Ortiz o Cachete González. Eso sí, se aplaude con mayor fuerza cuando el artista es más reconocido en sociedad, directamente proporcional; no importa tanto el artista que todavía tiene metidas las patas en la sombra.
No todo es mercancía.

Juan Rogelio Calo sale al solcito entre los avisados, pero no queda duda, sale, estuvo, está en el soneto “Tu hermana de los zorzales” que le dedica Amaro Villanueva: “La tensa carne del jacarandá / le dio veta armoniosa a tu vihuela: / tan recta que, al herir la cuerda, vuela / trampolínea la nota en que se da. // La mano ejecutiva sabe ya / que el sonoro cordaje se revela / con solo el aire que al pulsar desvela / dentro del arca en que sensible está. // Cuando se va de cielo, en primavera, / la clara sangre del jacarandá / se vuelve lila al florecer cimera. // Y aquí, desde su rama, en tu vihuela, / sus alas abre la canción y va / de cielo en cielo, como lo que vuela”.

domingo, 14 de mayo de 2017

Tiempos de librería y café

Desde la chacra gualeya me pregunto si los escritores seguirán eligiendo entre sus paisajes: los cafés y las librerías como ámbitos de preferencia. Vengo de una ciudad donde esta fue la práctica histórica. En Buenos Aires fui habitué de estos lugares. La librería amiga, la última: El Gato Escaldado en mi barrio de Boedo, y mis cafés: el Cao en San Cristóbal y el Margot en Boedo. En mi intento de escritura, el café fue mi lugar preferido de trabajo: escribí más en los cafés que en mis departamentos alquilados. Hoy escribo la totalidad de lo alumbrado desde la casa que visita, cada noche, mi amiga la lechuza, a metros de mi encrucijada gualeya.
El maestro Carlos Mastronardi me llevó hasta mis tiempos de librería y café. Otra vez, a bordo de su libro “Memorias de un provinciano” (1967), fui de feliz viaje hacia otro pasado donde asoman los mismos puertos para el arribo y la permanencia. El Capítulo XI se titula: “La nueva sensibilidad”. Comienza de esta manera: “En la librería de Samet, hospitalario cubículo situado en la avenida de Mayo, solían congregarse, en las tardes de 1925, algunos escritores jóvenes que, todavía sin saberlo, integraban una nueva generación literaria. El hecho de haber estado en ese lugar, según me dicen, tiene ahora un sentido casi mitológico. El porvenir, sujeto a fines didácticos, simplifica y borra matices, pero lo cierto es que los amigos de Samet no se veían como una importante grey homogénea. La librería que hoy, a través del recuerdo, parecen haber prestigiado, estaba a poca distancia del persistente teatro Avenida, tan español en sus espectáculos ahora como ayer. Los taconeos y rítmicos saltos de sus bailarinas resonaban en el local del librero y a veces conmovían los precarios anaqueles. En ellos se enfilaban algunas obras de autores contemporáneos que aún no habían llegado al gran público. No otra cosa esperaban de Samet quienes concurrían a su negocio. Cansinos-Asens, Gómez de la Serna, Huidobro, Salvador Reyes, Lenormand, San Secondo, Rilke, Pirandello, poco difundidos por entonces, poblaban buena parte de aquellas estanterías. La revista ‘Proa’ y sus congéneres uruguayas y chilenas despertaban el interés de los iniciados en los ritos de la ‘nueva sensibilidad’, cuyos oficiantes también se daban cita en la librería del bondadoso Manuel Gleizer.
Carlos Mastronardi
En el mínimo comercio de la avenida de Mayo vi por primera vez a Güiraldes, a González Lanuza y a Jacobo Fijman. Asimismo, creo que allí empezó mi amistad con Borges. (…)”.
A continuación Mastronardi ocupa varias líneas en demarcar las coordenadas que hablan de los nuevos vientos en la labor y el arte de acomodar palabras. Aprovecha la ocasión para dar pista de su primer paso en el territorio en que era un recién llegado. Había conocido a escritores y poetas, admiraba y escuchaba, aprendía. Lo imagino en ese espacio/tiempo como aplicado escucha y testigo, la más de las veces en medio del silencio que acompaña a la contemplación, pidiendo permiso, haciéndose, tratando de conocerse entre enseñanzas: “Antes de conocerlos, la revista ‘Proa’ había publicado un poema relativamente mío, que envié, disimulado en seudónimo, desde una estancia entrerriana. Con menos convicción que espíritu de aventura, como quien tira una botella al mar, arriesgué esa página en un ambiente desconocido. La había escrito según las liberales leyes de la nueva retórica; en consecuencia, estaba plagada de imágenes. He olvidado su título –y espero olvidar todo el resto- pero recuerdo sus primeras líneas: ‘El crepúsculo sufre en una estrella / que es el martirio ardiente de la hora…’.
Aquel poema, que no era más que un ejercicio por demás perfectible, fue mi tarjeta de presentación. Ajustado a los cánones de la secta reciente, alojaba en cada verso una metáfora. Por entonces se creía que, no siendo la prosa el ámbito natural de la metáfora, ésta debe acudir al poema, donde el lenguaje nocional o lógico no debe notarse mucho. De acuerdo con dicha simplificación, el poeta se redujo a exponer estados, operaciones internas, como si hubiese renunciado al manejo de los elementos narrativos. Así apuraba las primeras etapas de un proceso que habría de llevar, treinta años después, y en sus últimas consecuencias, a la abolición del mundo externo y al destierro de todo argumento fundado en hechos. Ya entonces, tanto la poesía como las artes plásticas, rehusaban la anécdota, la fábula vertebral que servía a los clásicos como punto de partida. Se hablaba con desdén de los artistas ‘esclavos de la anécdota’ y atentos a la realidad sensible; de tal suerte, empezó a manifestarse cierta voluntad eliminatoria que, dos generaciones después, crearía las condiciones para erigir un arte donde el sujeto ya no se dirige a objeto alguno. En ese reino impreciso, el ser y la nada se tocan. Paralelamente a la evolución que se operaba en estos dominios, Husserl escribía que todas las evidencias son fenómenos internos. En el terreno de las letras, por entonces, los críticos anunciaban el advenimiento de la poesía pura. (…)”.
Mastronardi refiere una de las recetas en la historia de la poesía, señala: “cánones de la secta reciente”, ¿cuántas antes de la dirección señalada?, ¿cuántas después de ella?, me pregunto a la hora de subir la escritura propia a una receta general que mande hacer como dice tal o cual oráculo. Se desacredita, en la verdad revelada de esos años, el uso de “elementos narrativos” dentro de la poesía; se recomendaba “la abolición del mundo externo y al destierro de todo argumento fundado en hechos”; se ironizaba sobre los “esclavos de la anécdota”. Mastronardi lo define como un “reino impreciso”, donde “el ser y la nada se tocan”. La descripción de este Revuelto Gramajo de carácter casi religioso, me lleva a pensar en un estado de pretensión superior, como si se buscara la limpieza extrema que asegurara la ausencia del hombre en su estado natural: la imperfección. Nada del afuera, me digo, y pienso en las historias que regala la realidad, con sus suciedades y desesperaciones lógicas en torno al adentro y el afuera de la criatura. Pienso en el escritor, en el poeta, que piensa que en la calle vive la mejor semilla para intentar la fundación del poema, la escritura; pienso en esa semilla abonada en los mares interiores de la persona que, por oficio e impulso, ha decidido entrarle al intento artístico, a hacerse determinadas preguntas sobre la condición de la criatura que aún habita el barro. Pienso en el escritor, en el poeta, que todavía tiene dudas sobre sus seguridades; la duda como motor, la duda como oportunidad que lo autoriza a abrir las puertas necesarias para encontrarse con sus almas, sus patrias internas, que son, en definitiva, las únicas que podrán alumbrar el camino que mejor se sustancie dentro de una identidad. Luego, en estos territorios, no hay más lugar que para una sola receta: la personal. Afuera, como debe ser, los vientos seguirán llevando verdades, jugando a las conveniencias.
Desde la izquierda: Jorge Luis Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre (1927).
En relación al tema Mastronardi hace referencia a otro detalle fundamental para el escritor, el poeta: “En el tiempo hacia el cual me remonto, también Nalé Roxlo, Rega Molina, Pedro Miguel Obligado y otros poetas respetuosos de las leyes métricas, visitaban la famosa librería. Quiero poner en luz la buena coexistencia de unos y otros porque, en la hora presente, tiende a creerse que los rimadores y los practicantes del verso libre no se enfrentaron sino para combatirse. Conviene tener presente que ninguno de los dos bandos –si así pueden llamarse- obraba en función de interpretaciones futuras, es decir, de la venidera historia literaria. La fluencia espontánea de la vida era más fuerte que el espíritu banderizo. Sólo cuando los hombres, atentos al mañana, representan un papel, cuidan todos sus movimientos y se defienden de presuntas contaminaciones. (…)”.
En todas las épocas la pregunta fue (y sigue siendo) ética: ¿en qué vereda te parás, escritor o poeta? ¿Del lado de la “fluencia espontánea de la vida”?, o ¿en la representación de un papel mientras se va atento al mañana? Por diversas razones se llega al oficio de la escritura, un oficio que tiene que ver, al menos así lo pienso, con una toma de posición, desde dónde se mira, frente a los elementos que construyen la sociedad que nos toca a lo largo de los días. Y pensando en estos tiempos presentes, un escritor, un poeta, debe saber guardar una posición, deber saber hacer esquina en la vida fundando una parada ética clara, un pensamiento, una identidad. Tres bases que estarán representadas en la escritura a través de una concepción del mundo de los hombres. Si se acentúa el interés por el futuro, se nubla el presente. Si solo se piensa en uno mismo, si se juegan las ideas en función del ego, la mirada, las palabras, nacerán sin sustento, palabras de dioses amarretes que no respirarán más de cinco minutos.
El pensamiento es la llave, la herramienta que se alimentaba y construía en los cafés y en las librerías ayer, supongo que también en las de hoy, en todos los paisajes en que habitara un poeta, un escritor. Habrá nuevos paisajes, seguro, en que el trabajador de la cultura funde su refugio, el nido de barro desde donde nace la palabra después de cada lluvia, y en ellos la bondad de la reflexión vital, sincera, sobre el presente que nos toca.
Mastronardi cuenta una anécdota a propósito de la “no presencia” del amigo fundamental de la palabra: “La librería de Samet, por cierto, no era el único lugar donde convergían los hombres de mi generación. También frecuentaron la confitería Pedigree, acaso la más antigua de Palermo. Allí, el humorista Guillermo Juan y el poeta Rega Molina compitieron en un juego de habilidades y destrezas físicas. Se retaron, por ejemplo, a levantar rectamente una pesada silla, con el brazo estirado y sin que vacilara el pulso. Hubo que separarlos. En ese mismo local, unos meses después, Roberto Arlt, con su aire de inocencia pero también con interés temible, le preguntó a cierto comediógrafo afamado:

‘¿Usted piensa cuando escribe? ¿O se dedica de lleno a escribir, sin distraerse del trabajo?’. (…)”.

domingo, 7 de mayo de 2017

Lechuza en la encrucijada

La otra noche, en la chacra gualeya, llegó con chamuyo de sorpresa. Es cierto que mi amiga lechuza ya es habitué de la segunda columna en el frente de mi casa. Es sabido para este cronista y sus lectores que su presencia desde esa altura propone la observación, el pensamiento: la posibilidad de una vida a conciencia despierta. De a poco ella se fue acercando a mi casa, paso a paso detectó los movimientos en la misma, cuándo la quietud, cuándo es que la espío por entre las barras de la persiana. La lechuza necesita de mi compañía como yo de la de ella. Nos acompañamos, nos pensamos.
Digo que la otra noche no fue una más, porque al fin detecté un mensaje de mi amiga. A través de las noches fui registrando su grito, su decir. Su palabra aparece como si se tratara de dos ráfagas de viento: inesperado, contundente, y luego el silencio. Todo se da de manera tal que quizás el primer grito sea un aviso, el prólogo al mensaje que se da momentos después. El grito, el canto, la palabra que hace un tajo en la noche, que hiela el espacio entre las estrellas cercanas del cielo gualeyo.
Ella sobre la columna. Ella y su palabra.
La noche en que escuché el grito/canto/palabra a conciencia despierta, esa primera vez, abandoné la lectura y me acerqué a la ventana. Ahí estaba la lechuza. La veía de perfil; más allá de los movimientos sobrenaturales de su cabeza, su cuerpo se recortaba en la noche apuntando a la esquina. La casa está separada por unos veinte metros de la esquina, hacia la derecha.
Salí hacia la noche. Ella abandonó su vista al frente para seguir mi avance. Cuando yo estaba a unos dos metros, emprendió el vuelo hacia la esquina, y entre las sombras que flotaban a baja altura perdí el rastro de vuelo de mi amiga. Fue inevitable terminar parado en la puerta de casa y mirando hacia la derecha, mirando la calle de tierra mientras se desprendía, sangre adentro, un gajo sustancioso de la memoria.
Anoté cuando volví a estar frente a la computadora: “Vivo en la chacra gualeya. Mi refugio, mi escritorio, desde donde ahora escribo, se encuentra a unos veinte metros de una encrucijada, un cruce de caminos. Una encrucijada en el paisaje de los días, es el dibujo de dos sintonías que se tocan, dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Una encrucijada es la presencia con que se inicia este juego de memoria y escritura”.
Incontables veces miré hacia la esquina, y hasta el aviso de la lechuza, nunca la había visto como una encrucijada. Y ahora no puedo dejar de pensar en ese detalle no menor. Es a la vez un aviso sobre el descuido que a veces se abate sobre las personas cuando andan, digamos, un tanto descuidadas y entonces no ven todo lo que hay que ver, sean estas señales pruebas irrefutables de la existencia de la vida y de la muerte, es decir de los vivos y los muertos. Sin embargo, ahí andaba este cronista sin ver la encrucijada que vivía a la mano de las ideas y sus consecuencias.
Soy hombre de blues entre mis patrias internas, soy hombre de guitarra melanco, de guitarra con niebla y llovizna, de guitarra con saudade, con aroma de remembranza, de garúa finita entre las almas. No está bien que el hombre llegue al descuido, repito, porque entre el descuido se meten los malos de las historias, decía, no está bien de que a un hombre de blues se le escape un cruce de caminos. Está mal que por ejemplo Robert Johnson no haya sido convocado una noche a charlar sobre su historia en la encrucijada. Cuando era un don nadie, un músico mediocre, y se fue de medianoche al cruce y cantó un blues de su autoría para regodeo del maligno, que podía ser un diablo, un traidor, un demonio ceo, muy ceo (de lindo nada), estos seres oscuros que enseguida conectan con los que deciden en la altura, y entonces Robert desapareció un año. Volvió sabiendo de la guitarra, sabiendo lo suficiente para componer el puñado de blues que lo ubicaría en la historia grande del blues. Alguien le cedió la receta a cambio de su alma, así se cuenta. Claro que, como sucede en todas las historias, nunca nadie cuenta todo, nadie entrega toda la información, y mucho menos el poder de la precognición. Fue así que, por hacerle el amor a la mujer del dueño del boliche donde tocaba, no vio venir que la botella abierta de whisky que le convidaban venía con tanto veneno que no había demonio que conjurara el fuego. Así marchó Robert: desde la encrucijada a la tumba, desde la encrucijada a la historia.
Y no está nada bien que a un hombre de blues como se define este cronista, que gusta de un trago de whisky de la botella propia, y que sabe del diablo por haberlo tratado los años que duró la escritura de uno de sus libros (y no por ir a una encrucijada, sino porque el diablo es personaje de la novela), no haya reparado en el cruce de caminos, ya que antes de quemar las naves en Buenos Aires y volar a la ciudad/río de Gualeguay, vivió un puñado de años a unos veinte metros de una encrucijada. Era en el barrio de San Cristóbal, sobre calle Estados Unidos, a poco de encontrarse con Avenida Jujuy.
Frente al edificio de departamentos en que vivía, había un puesto de diarios y revistas. Lo atendía Lucas, que se definía como persona cercana al pensamiento mágico. Fue Lucas quien me anotició de la encrucijada en el barrio. En esa esquina, por donde sabe volar el colectivo 23, se dejaban ofrendas para misteriosas deidades.
Recuerdo que quedé sorprendido. Lucas nombró a Naná, la diosa del reino de la muerte, la más vieja de las diosas del agua, un orixá del Umbanda. Me dijo que esas ofrendas se hacen en un cruce mágico de caminos como era Estados Unidos y Jujuy. Me informó que quien hace la ofrenda no puede vivir a menos de siete cuadras de la encrucijada.
Las ofrendas consistían mayormente en bolsas de pochoclo, la pipoca. También Lucas me contó de algún simulacro de altar en la encrucijada.
Tanto me gustó este detalle tan cerca de casa, que el impulso me llevó, entre otras motivaciones, a escribir una novela alrededor de ciertos misterios. Es por estos detalles que no debería haber desatendido una encrucijada tan cercana. Pero gracias a la lechuza, estoy avisado. Cada noche ella me llama y me recuerda la encrucijada. Y entonces pienso cada noche en el cruce de caminos, y la veo a ella en la columna y camino hasta la calle para mirar hacia la esquina. Una de estas últimas noches, yo no estaba en el escritorio, andaba en la cocina, en el fondo de la casa. Escuché los dos gritos de la lechuza. Miré por la ventana, no la vi. Otra vez dos gritos. Salí bajo la galería, busqué sobre los tirantes, y nada, hasta que miro sobre el verde del pasto; a unos seis metros, ahí estaba, nos miramos y voló.
Sobre una de las esquinas de la encrucijada están construyendo una casa alta. Avanza rápido. Pienso en cuánto quedará, en poco tiempo más, de esta zona de chacras. En otra de las esquinas, la vigilia eterna de un espinillo. Los cimientos de otra construcción en una tercera esquina, con un cerco de pilotes de cemento, con el obrador un tanto alejado, terreno adentro; y en la cuarta un cerco de postes sin alambre ni tejido marcando el perímetro de un terreno. Estos postes, el altar superior de la columna de cemento del tendido eléctrico y mi columna, son los lugares desde donde ella otea la encrucijada.
Hay un foco en la esquina donde está la casa alta, todavía deshabitada, que da una luz tenue; dicha pátina de luz que pide permiso, en los días en que la lluvia está lejana, especialmente en verano, se ve acentuada por la levitación de la tierra que presenta un estado de gracia cercano al talco: en ese momento la encrucijada (en el próximo verano la veré como ahora la imagino) será como un muelle desde donde parten botes y viajeros hacia otras tierras, y muelle al que lleguen las almas de los que ya habían partido.
Será por eso que vi, que descubrí en otro juego de escritura, la presencia de Catón, el llevador. Me dije: ¿qué hace acá?, una pregunta estúpida, qué puede hacer Catón saliendo de una encrucijada: llevar al muelle las almas que quieran ir hasta los confines de la naturaleza, y luego volver para acompañar a los espíritus que eligieron quedarse en la ciudad/río.
Anoto entonces que una historia de encrucijada, de un cruce de caminos, sea en plena ciudad de Buenos Aires, sea en medio de un blues de autoría propia, sea en medio de la zona de chacras gualeya, siempre, me digo, es la posibilidad de encontrar un puerto desde donde pueda partir la conciencia, y adonde esa misma conciencia pueda llegar. Frente a una encrucijada se piensa en los afectos que viven en las personas que nos acompañan, en los afectos que rondan desde nuestros fantasmas. Frente a un cruce de caminos se piensa en el otro, y se tiene el cuidado de poner a raya a los demonios que invitan a otras historias. Pienso en el pobre de Robert, andar vendiendo el alma por algo a lo que se llega con trabajo y esfuerzo; pienso en el que se cree obligado a la ofrenda quizá demasiado misteriosa.
Pienso en cada una de las veces que me llama la lechuza para que salga del refugio. Me entero de la encrucijada, de las encrucijadas que se presentan todos los días, y pienso,  reflexiono desde la persona que soy: quién el que mira, desde dónde mira, por qué lo hace, cuál la guía. La identidad, nuestras patrias internas son un cruce de caminos, tan reales como mágicos. Mi encrucijada de almas es la que me lleva a preguntarme, y eso me hace feliz, es sano respirar en la duda, otra rosa de los vientos, y es bueno agradecer el aviso de los amigos, como es la lechuza que me ronda.

Pienso en la vida, y recuerdo unas líneas de un poema de Raúl González Tuñón: “La cerveza del pescador Schiltigheim”: “(…) Para que a cada paso un paisaje o una emoción o una contrariedad / nos reconcilien con la vida pequeña y su muerte pequeña. // Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, / estuve en tal pasión, en tal recodo. (…)”.