domingo, 13 de agosto de 2017

Ángel Oscar Cichero: amanecer en Gualeguay

Sobre el escenario de la charla con Ángel Oscar Cichero (1974) sale a escena, primer cuadro, la necesidad de contarse, y de contar, su lugar en el mundo: historias, músicas, dibujos y colores; contar la memoria de la aldea natal: la ciudad/río de Gualeguay habitando el mapa de la imaginería entrerriana. ¿Cómo cuenta Cichero?, a través de la vida de su criatura, el ballet: Amanecer Gualeyo, un quehacer cotidiano que ya lleva 21 años en el paisaje.
Ángel Cichero en Caseros, Entre Ríos.
Los primeros movimientos de Ángel Oscar: “Hice jardín y primaria en la Chiclana, y ahí regresé de grande, ya hace un tiempo, a dar clases; la secundaria en la Comercio. Bailaba folclore desde chico, en la clase de música, escuela primaria, desde los 7/8 años. Y por Gualeguay andaba Juan Francisco Berisso, que era un hombre que se dedicaba, sobre todo, los domingos, en una chata Ford, a recorrer todos los barrios; juntaba gurises y los llevaba al club Sportiva; ahí enseñaba baile, folclore tradicional; los destacados iban a la peña semanal El Estribo, que tenía como sede el club. En la escuela, para las fiestas patrias, como sabían que yo tenía alguna formación, era: ‘baila Cichero’. No sé cuándo me di cuenta de que el baile era algo que no podía dejar de hacer. Era fuerte en el barrio jugar a la pelota, también ir a pescar o jugar a la figurita, pero siempre estuvo presente el baile, que no era compartido por el resto de los amigos. Me miraban raro en la escuela, en el barrio, y ahí se producía una contraposición: uno se quería encontrar con esa identidad reconocida, pero estaban los amigos. En cambio, aprendiendo folclore era uno más. Bailando sentía también que me reconocían, que me aceptaban; eran mis herramientas. En esta academia para niños que llevaba adelante el Negro Berisso, competíamos en Bovril, en el Festival Provincial del Gurí Entrerriano; ahí, con Ana Lina Naufal, ganamos el primer premio en zamba, por el 84. Ese fue un quiebre, por ahí, a esa edad uno se colgó del premio; tal vez haya sido ahí que pude decir: bueno, esto es lo mío. Empezó a aflorar la idea de que no era solo un baile, pero no estaba ni cerca de entender el compromiso cultural. El baile era como jugar a la pelota, que no faltara. A esa altura, si me ninguneaban porque bailaba, me les reía. Además tenía problemas de vista, jugábamos en la calle a la paleta, mi abuelo fue fundador del Club Pelota, pero yo no veía la pelotita; también soñaba con ser aviador, y cuando fui a Buenos Aires a estudiar a la UBA, no veía los números de los colectivos; entonces no era raro que uno se refugiara donde la vista no traía problemas. Eso sí, con lentes de contacto, me recibí de piloto en el aeroclub. Después apareció el boliche, y yo iba exclusivamente a bailar; si no bailaba, me iba”.
Formación, mandatos sociales, Buenos Aires y vuelta a la ciudad/río, los caminos de la vida: “Cuando me fui a Buenos Aires ya era profesor de folclore; mientras hacía el secundario vino un profesor de Diamante, Claudio Cerpa, que traía la oportunidad de que los chicos que bailaban se formaran como profesores de danzas folclóricas: 4 años. Lo hice. Para entonces ya había un compromiso cultural. El Negro Berisso estaba viejo, dejó la peña, y entonces empezó a pasar: ‘¿Qué hacemos con esto?’. Con gente de El Estribo se formó el grupo El Reencuentro. Cuando me fui a Buenos Aires lo hice con algo pendiente, no había funcionado el grupo, y en Gualeguay no había un espacio para la danza. En la gran ciudad quise estudiar ingeniería electrónica, me gustaban los cables; estuve un año en el ciclo básico, pero no me supe adaptar a Buenos Aires, y no tenía el nivel de formación secundaria que necesitaba, era más o menos como no ver. Cuando regresé a Gualeguay me anoté para estudiar analista de sistemas en la Comercio, por el mandato familiar de estudiar. Y vine a trabajar en el taller mecánico de mi viejo”.
Amanecer Gualeyo en Maciá 2017
Cuando Ángel estaba terminando la carrera, Julieta Reynoso, una compañera del profesorado de danza, le comunicó que Raquel Orgambide, directora departamental de escuelas, junto a Silvia Ronconi, la habían convocado para formar un grupo de danza representativo de la ciudad; y que ella pensaba que quien debía jugarse en semejante desafío era: él: Cichero, el mismo hombre que trabajaba de día en el taller del viejo y que estudiaba de noche, o sea, un ciudadano modelo. Cuando fue a la entrevista, luego de pasar por un patio lleno de alumnos y docentes, le informaron de la intención: un grupo sostenido económicamente por el Municipio. Fue luego de asegurarle que iba a poder afrontar la tarea, que las damas le informaron -después de que Ángel preguntara cuándo había que empezar- que las clases comenzaban: ‘ya mismo’. La gente del patio esperaba al profesor. Con ropa de taller mecánico dio su primera clase. Este espacio se generó como un taller de la Dirección de jóvenes y adultos de la Provincia. Este hecho, y luego la formación de dicho grupo fue el antecedente fundacional del ballet Amanecer Gualeyo, que está a punto de cumplir 21 años de existencia.
Patricia Milesi y Ángel Cichero en la presentación de Orillas (Ibarra-Castañeda)
La evolución, principios de la elección estética de Cichero: “Se buscó profesionalizar una estética tradicional hacia la del ballet; me gustaba la cuestión creativa coreográfica, si bien tengo un respeto por la tradición y es donde sustento mi identidad folclórica; me gusta lo creativo, ¿cómo hacer coreografía respetando la esencia?, y a la vez dar una imagen diferente, personal, una elección estética. Fui por ese lado. Se fue unificando el vestuario, había una caracterización de lo corporal, para hablar de ballet es necesario hablar de una definición corporal que no te da lo tradicional, sí el clásico o el contemporáneo; las pretensiones eran grandes. Se votó entre los integrantes el nombre y se eligió Amanecer Gualeyo. Arrancamos en el segundo semestre del 96. El año pasado para la fecha en que se cumplían los 20 años, compartíamos el Coral 2016 de Nora Ferrando, y entonces el espectáculo de festejo, hoy 21, quedó para este año: el 14 de octubre en el Teatro Italia. En definitiva tuvimos la suerte de haber sido reconocidos, que era quizás aquello que buscaba desde chico”.
Alrededor de Amanecer Gualeyo Ángel le saca punta a la reflexión: “A veces me pregunto por dónde va el objetivo personal: hay una lucha permanente con uno mismo, por la parte creativa, y por los tiempos, sigo trabajando en un taller buscando el sustento. Uno por ahí quisiera haber sido mejor bailarín o tener mejores herramientas, y a la vez nunca claudicó frente al compromiso. Tengo un grupo, se formó, hoy el ballet tiene personería jurídica, y todo lleva su tiempo. Creo que nos hemos ganado un respeto, pero no sé si nos valoran, porque todo es una lucha”.
En las palabras de Cichero aparece como constante el compromiso con su hacer; se le nota que no es de los que adhieren a esa distancia que puede opacar un oficio, el desafío se enfrenta siempre en cercanía, como cuando baila un chamamé: “Salgamos del ‘masomenismo’ gualeyo, no nivelemos para abajo; lo del ‘masomenismo’ lo escuché por ahí, y lo difundo porque creo que en Gualeguay hay mucho talento, pero muchos se conforman con un aplauso. Yo te aplaudo, pero vos sabés que podés dar más, ¿qué hacés con ese aplauso?, ¿te lo crees o le pertenece a otro que está al lado tuyo? Como más o menos te aplauden igual, ya está. Y acá, en esta ciudad, aparecen las ideas que después exportamos, ¿y para cuándo Gualeguay?”.
¿Y qué decir de los caminos de la identidad?: “Cuanto más lejos estamos de Buenos Aires mayor es el orgullo de la pertenencia, de ser; estamos contagiados y miramos siempre para allá. Pero a pesar de esta lucha diaria, está la vocación de hacer lo que a uno le gusta. Entonces uno se reinventa. Todo empieza en la identidad, el conocimiento. Podés agregarle instrumentos a un chamamé, pero tiene que seguir sonando chamamé. Desde la danza tenemos que cuidar la forma, porque nos seguimos vistiendo de gauchos; la línea coreográfica tiene que ver con la línea musical y la de vestuario: esa música es la base para construir el patrón de la imagen. Y después la idea coreográfica puede enriquecerse con los aportes del bailarín”.
20 Años en el Teatro Italia: 14/1072017
El trabajador de la cultura, y aún más aquella persona que a través de un oficio, de una búsqueda, intenta ganarse el beso de la damisela arisca del arte, sueña a veces con poder contar con el tiempo y los medios necesarios para desarrollar su parada. Tener tiempo para mejor encontrarse frente a las exigencias, las búsquedas, las dudas: el esfuerzo de cada día entre los pliegues donde se mueven sus almas creativas; ese laborar silencioso, íntimo, que decide el tenor de la jugada riesgosa que no da diploma, que pide el compromiso de una vida toda y que, a cambio, la mayoría de las veces, tal vez deje a la vista, y con felicidad, el trabajo sincero realizado a través de los días. El arte siempre estará por verse, siempre será un tema de mañana. Este mismo trabajador es el que estará obligado a desarrollar, al mismo tiempo, otra tarea para ganarse la moneda que le permita cubrir sus necesidades primarias, y para además destinar parte de esa moneda a la realización de su oficio, el que sí define su identidad, esa patria interna no negociable. También este trabajador, y todo dentro de los mismos días de esta única vida, deberá enfrentar, estará obligado a ello, la manera de entender la cultura desde las alturas del poder. Porque distinta será la suerte a correr cuando el trabajador no participa de las coordenadas establecidas, las maneras convenidas y convenientes de leer la cultura. Desde el mundo globalizado, desde los centros direccionales, llámese Europa o Estados Unidos, la directiva es, precisamente, la uniformidad del paisaje: global, preestablecido, y esto no tiene nada que ver con quien trabaja en la cultura para contribuir a la memoria de una aldea, de una provincia, un país, una región: la famosa identidad cultural. Primero entonces los países del más allá, y luego nuestro centro histórico: la ciudad de Buenos Aires, y esos ojos que la mayoría de las veces no ven más allá de su ombligo. Se rompe el cerco cuando la propuesta apunta a la facturación desde temprano, cuando el alimento balanceado para pollos conviene; y entonces, lo dicho, difícil será la parada sincera de hombres creadores, como Ángel Oscar Cichero, que se emocionan frente al compromiso; esos hombres que siguen golpeando las puertas del sistema para que muchos confundidos se den cuenta de que la patria, la pertenencia, la identidad, se celebran de adentro para afuera. Cichero no dispone de todo el tiempo, de toda la libertad, pero quizás en esas limitaciones se encuentre su fortaleza. A veces con el corazón en la boca, a veces jodido, pero nunca derrotado. Mientras tanto sigue de Amanecer Gualeyo, lo dicho: un desafío que cuenta con mayoría de edad.

domingo, 6 de agosto de 2017

Antonio Castro de regreso

Desde hace un puñado de días hay en el Museo Quirós una presencia determinante que todo lo modifica. Hablo de las almas del espectador, que mira alucinado; hablo del aire, y en él señalo las rondas de buenos fantasmas que regresan; y entre ellos, el primero, fundacional, el de Antonio Castro, destacado artista plástico gualeyo, y sus maneras de animar el vuelo del pincel y los colores. Una obra de dimensiones generosas (2,50x1,50mts). Un cuadro, pero no en soporte tradicional. Un ensayo plástico trabajado sobre una confluencia poética, así lo pienso.
Néstor Medrano, a cargo de Cultura del Municipio, informa: “Es una donación de un sobrino de Castro”. Maximiliano Crespo fue el encargado de enmarcarlo.
¿Quién es el sobrino generoso de Antonio Castro?, es la primera intriga, porque, me digo: no cualquiera piensa: que sea para todos, y no solo para mí, o no solo para un particular; digo: tiene sus cuestiones ese egoísmo, entendible, de la posesión de una obra de arte. Y además, pienso, sé, que toda obra tiene un relato, y entonces, encontrarse con el que corresponde a este caso, hace todavía más maravilloso el gesto de dar, de entregar el tesoro para los demás.
Antonio Castro
El hombre generoso es Raúl Emilio Albornoz Castro, más conocido en su barrio como el “Turco”: “Mi mamá era hermana de Antonio: Juanita, la Negra, más conocida por el apodo: Silvia”. En el libro de Nidya Rampoldi: “Antonio Castro. Hombre de la costa” (2009) me enteré de que Castro, alguna vez, frente a la escasez de materiales donde pintar (papeles, cartones y maderas, y variados etc.) había emprendido la labor sobre una sábana. “Una sábana de Castro”, le digo al Turco: “No es una sábana, es el mantel de mamá. Un pedazo de tela, tipo lienzo, pero es tela simple, comprada en una tienda de retazos; como mamá cosía y bordaba como una diosa, lo hizo mantel. Pasó el tiempo, y mamá dijo que se lo iba a llevar a Antonio, para su mesa. Él vivía en la casa que había sido de mi abuela. Sobre este mantel han comido los grandes amigos de Antonio: Petroff, Normita Olhaberry con Otero, Pitina Olhaberry, el doctor: el ‘Gordo’ Alberto Lescá. Conocimos a sus amigos, también amigos de mi mamá: Emma Barrandéguy, Cachete González, que se apareció una mañana en casa acompañado por Jaime Dávalos, los dos venían a ver a Antonio, los dos en pijama, era verano; y conocimos a grandes viejos, yo era joven, y conocí a Mastronardi, a Elsa y Eise Osman, mucha gente vino a casa, literatos. Mi mamá les hacía ensalada de tarucha, que el mismo Antonio pescaba, y que nosotros, chicos, les sacábamos las espinas al sol, eso también era una obra de arte; les encantaba el pescado frito. Corría el buen vino, cuando salió el Valderrobles, era un lujo. Después, más para acá, las chicas Mochi: Biby, que puede contar mucho de Antonio, y su hermano Néstor que estaba Italia (Biby sumó los nombres de sus hermanos Prudencio y Graciela) le traía materiales de pintura. Antonio además era amigo de los pescadores del río, que eran su gente de la ‘fogarata’, la ‘fritangueada’, del vino y el cigarrillo; por eso te digo que Antonio quedó en los rancheríos pobres, en la pintura y en el sentimiento de la gente. Antonio ofrecía siempre su casa, y eso es una herencia. Nos enriquecíamos con él. Un día no tuvo mejor idea de poner con cinta el mantel en una pared y empezar a bosquejarlo, porque es un bosquejo, no es una pintura terminada. Mi mamá tuvo el mantel muchos años. Sirvió para la mesa de madera de la casa. Las viejas de antes cuidaban las pocas cosas que podían tener”.
Entre recuerdos y deseos: “Antonio vivía en su casa, que él le había comprado a la madre, con su hermano Cacho, pero durante años vivió con nosotros. Guardo pinceles y bosquejos de él, a varios los hice enmarcar y los colgué. Me gustan porque es cuando nace la idea. Y guardaba el mantel, bien doblado dentro de bolsas, nada de humedad; estaba en una parte de la casa, que es medio tapera, pero bien seca. Estamos sacando cosas porque vamos a vender una parte. Le dije a mi hermano que lo iba a donar al Museo Quirós. Es una obra de arte de Antonio, que no tiene la firma, pero el trazo es inconfundible. Debe ser de principios de los ’90. Quisiera que la obra quede para siempre, que la vean todos. No lo quería en manos de un privado. Son dos obras de arte en una: las manos de mi madre y la pintura de Antonio. Tengo tapices pintados que tampoco están firmados porque son de cuando tenía problemas con la artrosis. Hubo familiares que vendieron obra, y está bien, cada uno sabe, nosotros no vendimos, le dijimos a mamá que no vendiera nada. Antonio murió en casa de Cacho. No murió en casa porque nos inundábamos, si no hubiera muerto en casa. Quería mucho a mi papá”.
Castro en el Quirós. Foto de Fernando Sturzenegger.
Pregunto al Turco cómo era el tío: “Más que tío fue un amigazo. Nos leía a Omar Khayyam, ahí tengo el libro viejo: ‘¡Bebe vino!’, porque a él le gustaba la bohemia. Fue un amigo, aparte de unirnos la misma sangre, nos decía: ‘La palabra justa en el momento justo’. Nos marcó para siempre: ‘Sobrinos, ustedes sean felices con lo que quieran ser felices, que yo voy a ser feliz’. Hay que decir todo lo que era Antonio. Como dice mi hermano: ‘Antonio quedó en los rancheríos pobres’, porque era eso, era sinónimo de esos lugares; siempre daba una mano, si él no tenía, pedía para darle a otro. A mis 57 años, fui, soy, testigo. El recuerdo de Antonio, más que la sangre, es la enseñanza a cabalgar la vida, a ser honesto, a ayudar en el momento que corresponda, y con la herramienta que corresponda; no son palabras mías, son palabras de él”. Raúl Emilio se emociona, se lo ve feliz, pleno en la memoria: “También heredamos el amor por los libros. Antonio iba dejando cosas por el camino, dejó obras en casa de un amigo, y nunca más las buscó. No era materialista, vivía desprendido. Él vivió en Buenos Aires, en una habitación pequeña en un teatro, por ahí también quedaron obras. Se relacionó con artistas. Recuerdo una carta de Páez Vilaró invitándolo a Uruguay”.
Pregunto por una imagen/recuerdo de Castro: “Fue un bohemio nato, que ya no se ve más en este mundo. Lo recuerdo saliendo a caminar con el bolso al hombro, pararse a hablar con toda la gente del barrio. Él era pueblo. Era amigo de todos. Nos enseñó a remar, a pescar, desde chiquitos. Y creo que era más familiar de la gente que conocía que de la familia propia”.
El Turco afirma que Castro: “Era muy ‘mamero’, cuando murió la abuela, yo tendría 9, Antonio empezó a ser un trashumante. Iba y venía. Vivió en Buenos Aires, se juntaba con Cachete y Martínez Howard en La Boca. Después se quedó en Gualeguay”.
Asegura el Turco que: “Antonio tuvo una infancia feliz, todos los hermanos eran unidos. Después llegó hasta el maestro Epele, que lo incentivó”. Recuerda que las pérgolas del barrio llevaban el nombre de “Paseo Antonio Castro”, y dice no entender por qué no se mantiene la denominación.
Los regresos de Antonio Castro: “Antonio se hace presente en un vaso de vino, en un cigarrillo. No se puede decir que no está. Se lo encuentra en su pintura, en el río, era un gran pescador. No tuve hijos, pero de haberlos tenido me hubiese gustado ser como fueron Antonio y mi padre”.
Una presencia determinante, que todo lo modifica. Me detengo, en soledad, es media mañana en el Quirós, frente al Antonio Castro. Nico y Maxi están en la oficina. Abro mi libreta y lapicera en mano tiro mis trazos de palabrería. Anoté que muy bien el mantel de la mamá del Turco, pudo ser mantel y también sábana en la casa del artista. Un mantel trabajado por las manos de una madre, un simple retazo de tela acondicionado para que sobre su esencia de festejo festejaran en comida y trago tantos amigos. Y una sábana trabajada primero entre los sueños y las vicisitudes y destinos de las noches de Antonio, y luego, como para acomodar los relatos, el impulso de liberar pinceles y colores. En la soledad que me regalaba el Quirós, descubrí otra vez la marca fundacional de Gualeguay. Digo una y otra vez que esta ciudad/río está ubicada en el límite de dos territorios: donde transitan aquellos que están vivos, el cotidiano a la vista, y la otra tierra, donde aquellos que partieron, nuestros muertos, regresan a los afectos. La obra, el cuadro, el mantel o la sábana, muchas veces la palabra justa no importa, es una comunidad, primero de colores (se ve que Antonio andaba escaso de soporte tradicional, o nada más quiso innovar, pero sí contaba con pintura en generosa presencia) y de trazos de poseso amanecido en la maravilla del arte; y luego de figuras o recuerdos de humanos viajeros entrevistos en la maravillosa acción de regresar, de volver. Una comunidad de almas, de buenos fantasmas. Hablo de figuras entrevistas saliendo desde el fondo de la obra, desde la “entrenoche” como anotó la poeta: sus rostros, su mirada sobre la mujer en ocre desnudo que se muestra en el centro de la tela, el retazo, el mantel, la sábana, la comida y el sueño. Desde la tranquilidad en el Quirós vi en el Castro esa comunidad de fantasmas en el regreso, y en ellos vi cierta ansiedad, causada por la misma acción de volver desde la memoria, y porque se quiera o no aceptar, la vida y sus cercanía implica cierta velocidad, cierta neblina hecha de arena que desdibuja los días, y en eso caen hasta los fantasmas. Anoté que en todo este universo, Antonio Castro guarda un único espacio de remanso. En la altura, a la derecha, a través de una ventana originada en alguna curva de un cuerpo humano, se ve con claridad y simpleza de trazo, un bote con su pescador: un puñado de trazos negros y una pasada en verde para señalar el refugio. Hay una figura a la izquierda que sugiere una sintonía de personaje que muy bien podría habitar un cuadro de Cachete González. Escuché en una noche cercana al poeta, plástico y ensayista Luis Alberto Salvarezza, y al plástico y ensayista Marcelo José Vázquez, señalar esa presencia puente entre los artistas gualeyos. Hablando de la obra de Castro y Cachete con el poeta y editor Ricardo Maldonado, me dijo que no hay que olvidar que ambos artistas vienen del mismo barro primordial, ese sentimiento o mirada social y poética que también marca, define, la ciudad de Gualeguay.
Agradezco esta nueva presencia de Antonio Castro. Invito a los gualeyos a pasar por el Quirós y sentarse a la mesa de los regresos. Agradezco que a través del fotógrafo Fernando Sturzenegger pueda guardar su registro. Agradezco a Raúl Emilio Albornoz Castro por su ofrenda para todos, por sus palabras. Y no quiso ocupar ni un lugar en la foto.

domingo, 30 de julio de 2017

Martín Lucero: dibujar en Gualeguay

Viernes por la tarde. Martín Lucero (1978), artista plástico de esta ciudad/río de Gualeguay, trabaja en el mural ubicado sobre la pared de uno de los refugios de la bicisenda, en las cercanías de la bajada hacia el hotel Ahonikenk. Fue uno de los ganadores del “Concurso Murales Gualeguay” organizado por el Municipio. Lo ayudan sus dos hijos. El dibujo y la pintura como instancia de reunión familiar, de manos a la obra, como el relato que aparece en el mural: distintas manos fundando la esencia de reunión y amistad alrededor de la galleta gualeya y el mate. Martín trabaja con alegría frente a las personas que pasan caminando y lo saludan. Se siente cómodo en Gualeguay, le gusta el contacto con la gente y que esta demuestre su interés. El ruido ocasionado por el tránsito en la ruta se mezcla con sus palabras. Se acerca a la pared, pinta y regresa: habla, hace memoria.
Es cuidadoso con “la palabra”: “Nunca me llamo artista, es una palabra que considero muy importante, no la utilizo con liviandad”. Afirma sentirse más cómodo siendo dibujante, una persona más dentro del oficio. Sugiero: trabajador de la cultura. Acepta.
Pregunto a Martín qué significa en su vida la práctica del dibujo y la pintura. Martín lleva la respuesta hacia su historia y sus elecciones, las de ayer y las de hoy: “Es uno de mis placeres. Disfruto mucho de dibujar. Ante todo soy del dibujo. Practico lo que tiene que ver con la pintura especialmente en los murales. Mi acercamiento fue más al lápiz que a la pintura. Al principio trabajaba mucho la línea, después comencé con el volumen, con materiales como la carbonilla o lápices. Trabajaba el blanco y negro o el monocromático; ahora me estoy animando más al color en el dibujo, como en la serie que hago sobre la infancia y los juegos, es una de mis primeras incursiones en color y dibujo. Sigo con la línea en negro, los espacios en blanco, también las tramas, hoy se agregan las zonas de color”.
Detalles de su historia: “Es un placer porque ya desde chico me gustaba dibujar, igual en la adolescencia; en esos tiempos nunca fui a aprender a ningún lugar. Lo hacía porque me gustaba, por inquietud. Me llamaban la atención las ilustraciones en libros y revistas, los dibujos animados; cuando era muy chico me lo pasaba mirando y trataba de llevar el dibujo animado al papel. O veía series de tv y las llevaba al formato de historieta. También me interesaba ver, y me sigue pasando, cuando en algún programa o en un documental, muestran la vida de un dibujante, cómo trabajaba; así aprendí mucho, me fascina. De arte empecé a conocer más en la adolescencia; recuerdo que en casa de unos amigos había unos libros y en uno descubrí a Salvador Dalí; lo que había visto hasta ahí tenía que ver con la figura del Renacimiento o los impresionistas. Dalí era ver la realidad de otra manera, con más fantasía, otros colores; descubrí que había otro tipo de arte. Entonces llegué a Picasso, a Leonardo Da Vinci. Pero siempre me atrajeron los dibujantes, y principalmente de historietas, como: Alberto Breccia y Hugo Pratt, que trabajan mucho la línea, el blanco y negro, los claroscuros. Cuando terminé la secundaria empecé el profesorado de artes visuales; conocí más de arte, y de técnicas que desconocía: grabado, escultura; me interesó mucho lo tridimensional, no me he expresado mucho por ese lado, pero me gusta”.
Martín Lucero en SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos) Buenos Aires
Todo trabajador de un oficio considerado habitante de los territorios esquivos del arte, guarda algunos recuerdos, imágenes, momentos, que de alguna manera terminaron de abrir la puerta para salir a jugar. La memoria de Martín Lucero señala: “Hay tres recuerdos que tienen que ver con artistas. Era chico y recuerdo haber entrado a la zapatería de los Bichilani. A la izquierda había una habitación con la puerta abierta. En su interior estaba Asef pintando; lo miré con atención, y me quedó esa imagen. Después, más grande, recuerdo una visita al taller de Derlis Maddonni; me incentivó muchísimo, fue una charla; me invitó a la casa, me mostró obra, le llevé unos dibujos. Y hay otra presencia, un artista que hoy por ahí no ejerce tanto o al que se lo tiene, ante todo, por músico: Cary Pico, un dibujante impresionante”.
Pregunto por la historia cultural de la ciudad/río de Gualeguay, y muy especialmente por aquellos notables de la plástica, ¿cómo es dibujar y pintar en la cuna de tantos destacados?: “Es similar a lo que les pasa a los hijos de los famosos, hay una presión de la obra del padre. A nosotros, los gualeyos en el arte, nos pasa algo así. De fondo, la historia ejerce cierta presión, pero por otro lado incentiva. Esto último es, creo, lo que queda como resultante frente al patrimonio que tenemos. Me encanta Cachete González, Maddonni. Su presencia es un incentivo para no dejar caer la historia, no sé si para igualarla, eso se verá. Importa que siga habiendo gente con ganas de hacer y lo exprese”.
Mi consulta ahora tiene que ver con aquellos artistas gualeyos que están transitando el presente, ¿cómo es que se encuentran entre pares?: “El trabajo actual lo empecé a ver en estas muestras o concursos en el Quirós; es decir, todos sabemos que estamos trabajando, pero no estamos al tanto de lo que hace cada uno; hacía mucho que no mostrábamos obra. Hay variedad y buen nivel”. ¿Es como era ayer?: “Antes creo que los artistas se visitaban y se enseñaban los trabajos, hoy eso está un poco perdido. No me pasa. Por ahí será por el origen mismo de la actividad: el primer momento es en soledad, después uno sale a mostrar o compartir. Pero hoy eso no se da, hoy la cuestión es más solitaria”.
Imposible no preguntar por la dama: ¿cómo te llevás con la soledad? Martín contestó mientras hablaba de su receta: “Me encanta la soledad en los momentos en que dibujo, a la noche y hasta la madrugada. Solo. Pongo música: folclore, rock, tuve mi época Piazzolla. Trabajo por impulso, no soy constante. Se agrega que trabajando además de lunes a viernes de profesor de plástica, pensás en la noche del viernes o el sábado para hacer lo propio, pero a veces la cabeza no me da, y no llego a las ganas. Me impongo dedicarme al dibujo al menos dos veces a la semana. Me cuesta, pero no quiero relegar este trabajo por más tiempo. La docencia es mucha demanda. Por esta razón también respeto la palabra ‘artista’, exige una mayor dedicación. Por ahí paso unos meses sin hacer nada, y de repente una noche estoy 4 horas dibujando. Y también funciono cuando estoy un poco contra reloj, como en la entrega del proyecto para este mural. Son mis modos de trabajar. No creo en forzar demasiado el trabajo en el arte, tiene que fluir”.
Martín Lucero, docente: “Soy profesor en artes visuales. Doy clases en Villa Paranacito. Hay en los alumnos cierta apatía; es muy difícil encontrar algo que a ellos los entusiasme. En mi materia ya no solo se aborda la bidimensión: dibujo y pintura, lo básico; uno trabaja el video, el cine; desde los celulares se pueden abordar más disciplinas, entonces mi materia tiene eso de positivo en estos tiempos; y ellos saben más de tecnología que nosotros. Disfruto el momento de dar clase porque siento que transmito los conocimientos con cierta pasión, porque es mi pasión; uno se daba cuenta cuando tenía un profesor al que le gustaba su materia, y no que la daba porque la daba. En este sentido soy un privilegiado, enseño lo que me gusta. Después está el sistema educativo, hay cosas que no me gustan, que me incomodan, pero lo que más importa es la transmisión de conocimientos a través de una perspectiva nueva. Hoy es necesario alfabetizar en el tema imagen, el mundo se mueve en imágenes a gran velocidad. Mis alumnos son pibes entre 12 y 16 años. Hay logros contra la apatía, pero hay chicos que no tienen entusiasmo por ninguna materia. Hay un desfasaje en la educación actual, no todos los métodos, pero algunos han quedado a destiempo. El paisaje físico y algunos métodos se mantienen desde hace 100 años, y las personas son distintas”.
Lucero dibujando en un bar.
Lucero trabaja en una serie sobre la infancia. Varias de esas obras las expuso recientemente en el Quirós: “Tuve una infancia feliz, con buenos momentos. Me gusta trabajar con la figura humana y los rostros; les presto atención a los chicos, y tuve que trabajar para la tapa del disco del Chango Ibarra: ‘Asoliáu’: la idea era la de un nene caminando; de esa vez me quedaron bocetos, los retomé al tiempo y los trabajé: los cuerpos de los chicos dirigidos hacia los juegos de mi época, así surgió la serie”. El Chango Ibarra como motor de proyectos. Primero junto a Lucero y otros dibujantes, y junto a Mauricio Echegaray, el encargado de filmar el cortometraje “Serenata por los bares de Gualeguay” (2015), que registra la caravana del Chango en la noche avisando a través de la música la aparición de su disco. Recuerda Martín: “Muy pocas veces dibujé en público, solo cuando doy clases, en el pizarrón; y esa vez que Chango me invitó a participar de la caravana por los bares: ellos tocaban, Mauricio filmaba, y yo, entre otros, hacía el registro en dibujos. Fue una experiencia que valoré un montón, un incentivo y hacía rato que no tomaba registro en vivo. Fue lindo saber de la reacción de la gente al verse dibujados. Toda esa idea fue del Chango. Participé como baterista junto al Chango en un conjunto, y Mauricio tocaba la guitarra y cantaba. Nos conocemos desde la adolescencia, y este fue un reencuentro artístico muy bueno”. El último proyecto del Chango, esta vez junto a Fabricio Castañeda, es el disco “Orillas”: cada tema tuvo un plástico invitado: Martín Lucero se hizo cargo de “Ramoncito Muñoz, el angelito del monte”.
En “Serenata…” de Echegaray se puede descubrir a Lucero dibujando a la vista de los parroquianos. Se lo ve sereno en su quehacer mientras el mundo transcurre a paso seguro, y es esa misma serenidad la que me transmitió pintando a la orilla de la ruta. En el negro del trazo del lápiz o en la pintura, Martín, dibujante figurativo (que a veces juega a la abstracción en los fondos -donde la cuestión del segundo plano la resuelve con el o los colores elegidos-), dibujante con al menos dos sintonías: una racional, medida, y la otra menos pensada, más instintiva, sugiere la existencia de un mundo en tranquilidad y disfrute, de vida dentro del buen silencio, dentro del encuentro.
Martín Lucero en el Museo Quirós

domingo, 23 de julio de 2017

Eduardo Noriega en Gualeguay

El fotógrafo Eduardo Noriega (1942) llega a la ciudad/río de Gualeguay invitado, por Cultura del Municipio, para exponer su obra. ¿Quién es Noriega?, en datos seleccionados de su historial de trabajo aparece como: profesor del Curso básico de fotografía dictado en el Museo de Artes Plásticas Pompeo Boggio (1997), y en la Biblioteca Popular Hipólito Yrigoyen (1995), instituciones de Chivilcoy. Se hace mención de algunas de sus exposiciones: “Centro Cultural Lumiere”, Rosario, Santa Fe (1997); “Nicht Nur Tango, Argentinische Fotografie 1985-1995”, Berlín, Alemania (1996); “La Nueva Mirada III”, Centro Cultural Recoleta (1990); “Cinco Años de Fotoespacio”, Centro Cultural Recoleta (1990); “Fotografía Argentina Contemporánea 1960-1980”, Casa de las Américas, La Habana, Cuba (1989); “Fotografía Argentina de los 80”, VI Semana de la Fotografía del Brasil, Casa dos Contos, Ouro Preto, Brasil (1987). Sus fotografías aparecen en diversas publicaciones, entre ellas: revista “Matices Zeitschrift zu Lateinamerika Nº 19”, Berlín, Alemania (1998); periódico “Die Tageszeitung”, Berlín, Alemania (junio 1996).
Eduardo Noriega
Mi relación con Eduardo Noriega viene desde lejanos cafés y esquinas de Buenos Aires, ¿cuánto tiempo transcurrido?, se pierde el rastro. Haber estado a lo largo de los años a su lado me permitió conocer su trabajo y pensamiento, su manera de hacer, de mirar, ante todo, su ciudad.
En ese pasado compartido tuve la oportunidad de realizarle una entrevista que a continuación ofrezco para que conozcan al artista que inaugura su muestra en el Museo Quirós de esta ciudad/río, el viernes 28 de julio.
(…) Pregunta o consulta obligada: La fotografía, ¿qué pensás de la susodicha dama? Eduardo encendió un nuevo cigarrillo, se puso todavía más serio (Noriega es un tipo serio) y contestó: “La fotografía puede ser un medio de expresión artística o no, como tantos otros asuntos, podés hacer fotos para publicidad, sacarle la foto al bebé, podés hacer fotos de las vacaciones, y si te parece podés tratar de hacer fotos como medio de expresión, ser algo así como un tipo, un pintor, que pinta paredes y cuadros. La obra de arte me parece un poco inasible, ¿qué es una obra de arte?, pensá que la obra se completa con el espectador, y es más ¿cuándo es una obra de arte?, se la reconoce a través del tiempo, pero la cuestión de siempre es hasta dónde llega el espectador al contemplarla. Creo cada vez menos en la inteligencia, y sí en los sentimientos y en los sentidos, valores naturales que tiran muchas barreras abajo, principalmente intelectuales; intento hacer fotografía en ese sentido, no me gusta pensar cuando hago la foto, no me gusta trabajar sobre ensayos, me gusta que la imagen me sorprenda y me produzca algo, eso en principio, si es así vale la pena hacer la foto, después se verá si es buena o no, luego debe pasar por mi tamiz, decido si la muestro o no, porque le debo respeto al público. La Fotografía es una conexión entre el público y el fotógrafo, y es una relación que debe cuidarse”.
Ante la consulta sobre el estado de salud de la fotografía en este tiempo de velocidades, Noriega contestó con varios clicks rápidos: “La fotografía ha evolucionado mucho técnicamente, pero no sé hasta qué punto ha evolucionado desde lo estético; para tratar de acercarse al arte, nada mejor que ser lo más auténtico posible, si hay autenticidad uno se puede conectar con su tiempo, ahora que si se sigue alguna moda, la cosa es distinta; hoy se estila bastante, es el camino fácil, pero el desafío está en romper con el paisaje bonito, el desafío es fotografiar y no caer en la obviedad de los paisajes, romper con lo previsible y agregarle algo, tu mirada. La máquina es la herramienta, las modas desaparecen, y los fotógrafos que sí hacen historia son los que tienen personalidad, los que son únicos: los que son ellos mismos. A mí nunca me interesó la tendencia, no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, hago fotos de lo que considero mío, la fotografía es una especie de proyección, salgo y me llevo la imagen que me atrae, después decido qué hago con ella, después veo si tengo la posibilidad de llegar con ella a los demás. La fotografía es tan objetiva que es una complicación, y lo que hay que sortear es esa objetividad para ponerle subjetividad, hay recursos: enfoques, encuadres, etc., o sea una parte técnica y nuestro interior. Fotografío para mí, prueba y error permanente buscando que la imagen me represente. La fotografía es una especie de certificado de la realidad, como dice Roland Barthes: ‘Esto ha sido’, no admito intervención en la esencia de la foto, la foto es certificación y memoria, el click es principio y final; Barthes dice que el click es el sonido de la muerte, es lo que fue y que ya no podrá ser”.
Segundo café cuando el fotógrafo de Boedo nombró al maestro: “Es una necesidad sacar fotografías, empecé a los catorce años, hice muchas fotografías tontas tratando de hacer lindos registros, hasta que después decidí perfeccionar la técnica, fue así como hice un curso con quien fue mi maestro: Eduardo Gil, que me llevó a entender que la fotografía podía ir muchísimo más lejos del registro bonito, correcto. A partir de ahí inicié mi trabajo de búsqueda, que es ante todo interno. Nadie puede fotografiar más allá de lo que tiene adentro; podés aprender a perfeccionarte, pero siempre para mostrar el contenido de quien fotografía”.
Eduardo Noriega declara que para él la duda es la base de todo: “En el trabajo es indispensable”. No cree en absolutos, adhiere a la sintonía de lo relativo: “Siempre hay que ver desde dónde se mira, desde dónde se piensa, hay que tener en cuenta el entorno antes de poner el título”.
Pienso la obra de Noriega como la de un fotógrafo urbano, se lo digo, y la respuesta se graba en el Cao, en la esquina de Matheu e Independencia: “Sí, me lo han dicho, pero en mí no hay una intención, sí, hay muchas fotos de ciudad, pero no sé si hay un interés en la gente, hay un interés en la imagen, no es que la gente no me interese, pero primero es la imagen, puede haber gente o no, busco imágenes que retraten mi universo, aquello que me moviliza, pero la estética es la primera invitada”. A continuación el pescador frente a su laguna: “Muchas veces sucede que primero busco un escenario, me puedo pasar una semana esperando a que suceda algo en el escenario elegido, saco muchas fotos y encuentro cosas, me gusta trabajar con el escenario, sí, es una especie de trampera, en realidad somos pescadores con caña y cordeles; también crucé Corrientes a la carrera porque en un segundo se me ocurrió una foto que podía suceder en el instante siguiente, corrí y disparé, es otra manera, y ahí el azar es fundamental, bueno, siempre lo es en fotografía, porque podés esperar y calcular todo lo que quieras, aprestar tus herramientas, tomar la decisión, pero el azar puede colocar lo suyo, el azar te puede ocultar o puede incorporar elementos. Por eso está la repetición, hay que tener mucha soberbia para hacer un solo disparo y guardar la cámara, se intenta la corrección en los disparos sucesivos, una manera de buscar la victoria”.
Una declaración de principios: “En fotografía todo es válido mientras no se altere el registro de la realidad, es mi manera de entender, de sentir la fotografía; cada uno debe establecer sus límites, su filosofía; para mí el click debe encerrar una muestra de la realidad, lo que está ahí existió, y esto más allá de la interpretación que después le quieras dar”.
Dijo Noriega: “Mi pasión es la fotografía, siempre viví en ella, siempre me sentí fotógrafo por más que muchas veces las otras cuestiones de la vida me hayan podido correr de mi foco”. Con respecto a enseñar fotografía (alguna vez fui su alumno: en un curso que dio en la trastienda del café Margot de Boedo): “La docencia me gusta, creo que puedo transmitir la pasión, no soy un técnico, no soy un filósofo, pero tengo algo para contar, me gusta el misterio de la fotografía, los secretos del laboratorio”.
En el 2002 se dio nuestro primer encuentro de oficios. Utilicé una fotografía de Eduardo en la tapa de mi novela: “Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (tango novelado)”. Con el paso de los años decidimos aumentar la apuesta, y entonces fue el momento del libro: “Guía de Buenos Aires (una ficción)” que está construido a partir de 54 fotos de Noriega y otros tantos textos cortos de mi autoría. El resultado de aquella jugada fue un libro de factura impecable, uno de esos momentos que uno guarda en la memoria bajo el título de: La felicidad.
De esta manera presento al fotógrafo Eduardo Noriega en esta tierra gualeya. A la ciudad/río llega un trabajador de la cultura que dedicó la vida a entender y transitar su oficio, su identidad. Una labor, como todas las que intentan robarle un beso a la damisela del arte, que lleva, exige, la vida entera, cada grano de arena con el que se forma cada día.
Eduardo Noriega afirma: “Trato de usar el tiempo, porque lo único que tenemos es tiempo”.

Inaugura el 28 de julio en el Museo Quirós, 20.30 hs.

domingo, 16 de julio de 2017

Viento y Agua

Asistí hace ya un buen puñado de días a la presentación de un libro en el Club Social. Una moderada cantidad de asistentes charló en la previa, y se dispuso a recibir las palabras alumbradas alrededor de la “Antología del Viento ‘Herencia de Agua’”: un libro editado por la Asociación del Personal Legislativo de Entre Ríos (APLER).
El libro ya se había presentado en Paraná, y ahora se hacía en Gualeguay, para que asistieran los poetas de la ciudad/río: Tuky Carboni, Elsa Serur y Eise Osman; y Susana Lizzi de Gualeguaychú. Otra poeta fue de la partida: Marta L. Pimentel Álvarez, que además de integrar la antología, fue la coordinadora de la edición.
La antología es una feliz cápsula de tiempo, una nao que refleja, ante todo, el compromiso de los poetas seleccionados con su lugar en el mundo: su provincia: Entre Ríos: las maneras de ser habitantes íntimos de la humana “entrerrianía”, una palabrita muy usada, pero a la que no todos llegan a imprimirle sustancia.
Pude hablar antes de la presentación con Tuky,  Elsa y Eise. Todos felices.
La “Antología del Viento ‘Herencia de Agua’” está integrada por los siguientes poetas: Juan Manuel Alfaro, Alejandro Bekes, Tuky Carboni, Julio Federik, Miguel Ángel Federik, Héctor Izaguirre, Susana Lizzi, Jorge Enrique Martí, Juan Meneguin, Eise Osman, Graciela Pacher, Domitila Papetti, Marta L. Pimentel Álvarez, Juan Emmanuel Ponce de León, Luis Salvarezza, Elsa E. Serur de Osman, Marta Zamarripa.
Quizá no haya nada más riesgoso que encarar la construcción de una antología; por lo general adolecen de rengueras varias. Uno nunca termina de explicarse, por ejemplo, la presencia de poetas cuya palabra, de momento, no está a la altura del convite a la reunión. Entonces se alumbran, por lo general, antologías tristes, pifiadas, misteriosas y hasta mentirosas. Pienso que la diferencia en la profundidad de los trabajos se nota: el trabajo que sustenta la palabra, siempre queda a la vista; mañana alguien con sabiduría podrá decir quiénes llegaron a las altas esferas del arte y su inspiración casi mágica; en el mientras tanto, creo, es mejor aferrarse al trabajo, la mejor de las llaves. Bien, todas estas consideraciones, para prologar mi sensación de lector: es esta antología una reunión de poetas notables, y es un libro para recorrer sin temores. Las distintas sintonías que forman el libro se ganan la lectura; los hombres y mujeres que hay detrás de las palabras son dueños de sus voces: esa voz propia que sólo aparece luego de ofrendar una vida al trabajo hecho a conciencia.
Conocía la obra de algunos notables: Alfaro, Tuky, Osman, Salvarezza. Pero casi nada sabía de la obra de los demás, quizá sí la pista de algunos nombres, o algún poema encontrado en el camino. Así estaban mis almas lectoras.
La primera sorpresa, cuando los poetas leyeron, estuvo a cargo de Susana Lizzi. No tenía ninguna noticia de su trabajo y me encontré con, por ejemplo, “Mediosiglo”: “A esta edad los muertos se cuelan por la ventana / no responden preguntas / esperan / son la estepa helada y la llanura inmensurable /desierto / grava / mar / vigilan como ángeles / habitan los objetos con suavidad de pájaro / destilan resonancias desde el borde del tiempo / una vez que han llegado / no se vuelven a ir: / los muertos con su ausencia amplifican la vida”. Creo que también leyó “Autorretrato”: “Un día de mayo instauraron mi presencia burocrática: / el acta decía ‘hija de y de’ / no mencionaba el nacimiento a contramano / ni el memorable sol que regó mi lamento. / Ésta, mi hondura / quema / demasiado. / La sonrisa me traiciona / y se suicida en un gesto contrariado; / mi boca, el precipicio que la anula. / Mi lengua, / ese quebrado amanecer. / Todas las noches pienso: mañana será un día / diferente. / Entonces, amanezco”.
Me sorprendió Elsa Serur -no conocía sus poemas, solo sus cuentos- con la lectura de “Patio”: “Un grito de jazmines poblaba todo el patio / la siesta florecía detrás de la enramada / el agua del aljibe se aquietaba en recuerdos / lloraban los helechos en la noche de su hondura / sonoras cigarras abejas de miel / patio de mi infancia, sombra de la abuela / vestido negro, pañuelo blanco. / Debajo del níspero, el crochet en la mano. / Magia del recuerdo, regreso de otras voces / zumbido de cigarras de hermanos en un patio de mi infancia / siempre vuelven a iluminar mis noches. / La parra se agobia en el patio, como brazos desnudos / sus ramas resecas, se olvidan en sombras / que fueron un día, reposo de sueños, / sonrisas de niños, que lejos quedaron dormidas. // Hoy he vuelto a mi patio buscando la fruta de marzo, / pero en él se han perdido los años, tan sólo el aljibe / ocultando secretos recuerdos, se ahonda en mis sueños. / Me asomo confiada, tal vez, me devuelva / la imagen Aquella que junto a mi madre / me dio otras mañanas. Pero es cruel la distancia. / Y en el fondo del pozo dormida en el agua del tiempo / tan sólo ha quedado la anciana. / Y ahora una lágrima se va de mis ojos / y se pierde también en el agua”.
Alejandro Bekes es otro de los hallazgos en la antología. Cito su “Autorretrato” (escuchando un andante de Mozart): “No hay rasgo donde el tiempo no haya andado / esculpiendo o puliendo. No se ve / muy bien qué es esa tosca marca / sobre la ceja izquierda. La frente se ha ensanchado / y como ahondado, bajo la ardua franja / que ha nevado en los bosques de otro tiempo. / Leve sombra de barba cubre el mentón y las mejillas / y unos versos se anuncian, de aire antiguo, / tal vez, en la cansada boca. / Tantos cofres secretos en la noche / abre la música, esa antigua / llave maestra de las almas… / Los acordes revelan penumbras sutiles / que la mano del tiempo bajo la piel impuso, / los jardines que el hombre sin quererlo clausura. / Hay decepción tal vez y altanería / pero tristeza sobre todo. Tras los lentes / lentamente la música excava / y hace aflorar el rojo íntimo de los párpados / y al fin un gesto, espasmo casi, que podría / parecer risa. Pero no lo es”.
Otro poeta, Julio Federik, llega y se abraza al paso del tiempo, a los regresos, a los espejos: “Ellos”: “Ellos viven en mí, en cada gesto / advierto a mi padre o a mi abuelo; / era esa forma de mirar el cielo / o acaso fuera el corazón dispuesto. // Y me pregunto a quién llevaré puesto / cuando quiero vencer el desconsuelo, / cuando por tantas cosas me rebelo / y por alguna sinrazón protesto. // Ellos viven en mí y yo los siento, / como el aire de enero siente al viento / y el remanso del agua siente al río. // Es por eso que ayer, frente al espejo / pude ver otra vez en un reflejo / los rasgos de sus rostros en el mío”.
Cito además unos fragmentos de “El viento y la niña” (mi infancia) de Pimentel Álvarez: “(…) Sopla el viento y de un giro el aire que sopla estalla, / caliente como el Caribe con broza fina en la cara, / finge ser un extranjero con aire de nuez moscada. / Pero, entrerriano como el monte, de espinillo en la garganta, / canta y brilla como un grillo, entre los aires que danza, / campo adentro, cementerio de los pueblos y muchachas. // (…) // Es el viento un fantasma que camina en las mirillas / y se filtra en las puertas, como mendigo o gitana, / adivina mis sentidos, y me busca, y me llama. // La niña que hoy recuerdo viene de lejos y es agua. / Se lleva en canto el viento, su cabellera dorada. / Ríe el viento a carcajadas. Sueña la niña pobre / desde su rancho de paja. (…)”.
Pienso que primero nace en el poeta su esencia de maravillada observación; me digo que su ser interno se funda en los descubrimientos en el paisaje primero (en uno de los “Casi Haikus” que presenta Tuky Carboni, la poeta me lo confirma: “El aire habla / de secretas alianzas / con el paisaje”); me digo que esa, su manera de mirar, irá en profundidad hacia afuera y hacia adentro, irá de búsqueda y descubrimiento, atenta a los encuentros casuales, porque no creo en la causalidad que todo lo explica. Me digo por último que todos los hombres deberíamos agradecer el tránsito de las palabras de un poeta. Por eso se alientan las reuniones de poetas, por eso se exige el mejor abrazo cuando se trata de un libro con varias voces. También es cierto que toda antología siempre puede ser mejorada, Entre Ríos guarda, tiene, en el hacer de la palabra en la memoria, muchas otras voces. Y siempre se está a tiempo de la suma atenta.

Los poemas citados hablan del conocimiento interno del poeta, los poemas transcurren frente a la mirada aplicada de sus almas creadoras. Y transcurren, derivan, se hacen parte del río del tiempo. Entonces fundan memoria: establecen paisajes idos y traen a la vida a personas queridas: para volver a ellas: la vida y la felicidad en el regreso: una necesidad tan desesperadamente humana. Siempre el intento por más que el poeta sepa que, en definitiva, los regresos tienen aristas esquivas: son incompletos, lejanos: y aun así el desafío de templar la palabra. No hay poeta que no se vaya por esos caminos: descubrirse en un autorretrato, encontrarse en la infancia, en el agua del fondo del pozo, en los espejos internos que conducen a la mirada del padre o del abuelo, en el viento que rodea a la niña del rancho de paja. Pero hay un momento en la escritura del poema, es un instante ínfimo, una caricia, la mano del hijo rozando la mejilla del poema: es exactamente ahí, en ese tiempo/espacio de pulsión sobre el papel, que la escritura es dueña del destino; es cuando mayor fuerza brota del poema, porque mientras “nace” es verdad el feliz regreso; después sucede que se acurruca gradualmente en el aire, y se guarda el poema y la prueba de aquella certeza que el hombre sintió en la creación. Quizás el poema sea como el click de la fotografía: primero el sonido de la vida para derivar al sonido de la muerte, como anotó Roland Barthes. Queda la foto, queda el poema. Lo que fue, y después, lo que sigue siendo: una parada firme en la esquina del barrio primero: un puñado de palabras en el silencio, la prueba de la felicidad que sin duda fue. Por eso, el poema escrito es siempre invitación a escribir un nuevo poema.

domingo, 9 de julio de 2017

Marcelo Vázquez en Gualeguay

Desde el año pasado Gualeguay tiene su Premio Municipal de Artes Plásticas. Dicho premio fue en su origen: regional, pero en 2017 pasó a ser provincial. Hace unos días se conocieron los ganadores de este Premio, en sección Dibujo. Los jurados fueron: el arquitecto José Luis Saffer, Director del Museo Provincial de Arte y Grabado “Artemio Alisio”, de Concepción del Uruguay; el artista plástico y Director de Cultura del Municipio: Néstor Medrano, y también de Gualeguay: la Secretaria de Turismo, Cultura y Deportes: Miguelina Pitón. Entre las paredes del Museo Quirós se determinaron los ganadores: 1º premio: “Homenaje a Cachete G1” (técnica mixta), obra de Marcelo José Vázquez (Concordia); 2° premio: “El cielo que nos toca 1” (técnica: lápiz-color-tinta), obra de Ana María Garello (Paraná); 3° premio: “El Cardenal” (técnica mixta), obra de Alberto Bonus (Gualeguaychú). Menciones: “El Parquero” de Macarena Cabrera Frizzo (Gualeguay); “Mujer mirando la luna” de Evangelina Pérez (Gualeguay); “Sin título” de Nicolás Benítez (Gualeguay); “Volver a Gualeguay I y II” (conjunto de obras) de Ángel Mallarino (Gualeguay); “Expresiones” de Martín Lucero (Gualeguay).
Marcelo Vázquez (2016)
Volveré entonces a encontrarme con Marcelo Vázquez, escritor y artista plástico, que acaba de ganar el primer premio del concurso organizado en la ciudad/río. Conocí a Vázquez en el Museo Quirós, cuando -junto al también escritor, poeta, plástico: Luis Alberto Salvarezza (que presentaba su libro sobre Derlis Maddonni)- llegó a Gualeguay para presentar su libro “Tres dibujantes entrerrianos” (2012), donde ensaya sobre los plásticos Roberto “Cachete” González, Julio Alfredo “Freddy” Martínez Howard y Nicolás Passarella.
Aquella vez, en 2014, la entrevista estuvo referida a su trabajo como investigador y escritor, hoy hago centro en su quehacer como plástico. Vázquez cuenta su inicio: “Mi formación en la parte artística en cierta medida fue y es autodidacta, al menos de manera indirecta. Si bien por mi profesión de arquitecto tuve que pasar por diversas materias teóricas y prácticas que se vinculan con la transmisión de ideas mediante recursos plásticos y compositivos, creo que el ejercicio práctico, casi constante, de dibujar, la lectura, el sentido de la observación de todo lo que nos rodea (la realidad), y el intercambio con personas de cierta sensibilidad, para mi caso, reitero, es lo que fue y va fraguando mi propia experiencia. En lo personal, este cúmulo de cosas, más la necesidad de expresarme, de ‘decir algo’, de formalizar una idea, es lo que motiva mi evolución”. 
 ¿Hubo en Marcelo Vázquez un llamado determinante para iniciar su trabajo plástico?: “Quizá no hay un hecho puntual, dado que desde muy chico me interesó imaginar algo y básicamente dibujar esas creaciones, representar y comunicar lo supuesto, con mayor o menor acierto. Y eso se fue afianzando con el tiempo, nada especial, una instancia que sucede a muchos. Después alguien se interesa y te alienta (docentes en mi caso), porque creen que poseés ciertas condiciones. La representación también se va independizando en sí misma. Luego aparece un premio en un concurso, te invitan a exponer y de esa manera vas creciendo. Ese, más o menos, es mi camino, que no finaliza, porque siempre estoy pensando, dibujando y participando; y este modo de andar también es una forma de opinar e intercambiar, porque constantemente la imagen cambia, posee un contenido sobre algo que vos deseas comunicar o llevas adentro, y también, a veces, es una expresión que surge, en parte, desde lo inconsciente. Luego, cuando lo producido llega a un receptor y le provoca una sensación especial, con seguridad inexplicable, allí quizás se conforma uno de los vínculos o fines particulares que genera el arte”.
Vázquez es arquitecto, escritor, plástico, su silenciosa y sincera manera de llevar los oficios, su río: “No quisiera ‘montarme’ rigurosamente y en absoluto en todas estas disciplinas que mencionás, si bien es cierto que son prácticas que uno desarrolla con determinada frecuencia. Son quehaceres que trato de llevar como ‘formas de hacer o expresarme’, y que los voy ejerciendo con naturalidad (sin rótulos de profesión preestablecidos), tal vez por la necesidad de compartir con los demás ciertos sentimientos, información, conocimientos, o definir algunas ideas. Fijate que en la antigüedad una persona ‘preparada’ poseía varios saberes disciplinares a la vez; al mismo tiempo esto tenía un sentido ético, porque aquello de ‘Bien, Belleza y Verdad’ era indivisible, una especie de ‘imperativo categórico’. Hoy vivimos en una época de ‘expertos’ y ‘especialistas’ con saberes individualizados por disciplinas, con valores relativos, diferentes o divididos. Digo porque, en ese sentido, hay gente que toma la cuestión de manera peyorativa. Piensan que si alguien desempeña una actividad no puede ejercer otra. No obstante, salvando las distancias, me conformo pensando que desde Leonardo, que fue pintor, arquitecto, anatomista, inventor, etc., pasando por Le Corbusier (arquitecto, urbanista, pintor, escultor y hombre de letras), etc., en muchos casos y en todos los tiempos y lugares se ha dado este tipo de ‘convivencia de oficios’ que vos planteas. Sin ir más lejos, nuestro Juanele Ortiz fue además un sensible dibujante que plasmó en varios trabajos su doble vocación de poeta y plástico. Don Linares Cardozo al mismo tiempo de educador, cantautor y poeta, fue un pintor marcadamente influido por nuestro ambiente. Y también desde estos lares gualeyos viene a mi recuerdo el caso de Derlis Maddonni que a la vez de ser un notable dibujante, paralelamente escribía prosas, aforismos, con gran maestría, entre otras actividades. Los ejemplos podrían seguir, pero lo que vale recalcar es que muchas personas no se cierran en una sola vocación para proyectarse en otras direcciones del conocimiento y la creación, eso es lo apreciable. Y en la actualidad hay muchos entrerrianos que poseen esa condición al servicio de resaltar valores, defender nuestra tierra, su historia e identidad, su gente,  y este punto, sí, es el que me interesa trabajar desde distintos ámbitos”.
Autorretrato con cuervo.
Marcelo se enteró del Concurso en Gualeguay: “El hecho de participar resultó no sólo un desafío, casi sin exagerar, un compromiso. Yo había estudiado, relevado y sigo observando mucho, muchísimo te diría, toda la obra de Cachete, que siempre me resultó muy atrayente como personaje entrerriano, y naturalmente desde lo plástico. Parte de ese trabajo me sirvió para comparar su labor con la de otros artistas como Julio Martínez Howard y Nicolás Passarella, y que dio origen al libro ‘Tres Dibujantes Entrerrianos’. Así, desde los primeros esbozos, fui pensando que la idea del dibujo a presentar tenía que recordar y homenajear a Cachete de una manera especial, no a partir de algo demasiado evidente o textual, sino desde una alusión más o menos alegórica”.
Obra premiada: Homenaje a Cachete G1.
Toda obra guarda un relato, un cúmulo de pistas, señales, y no todas provienen de mundos lógicos o reconocidos; entonces pregunto por el relato, la historia de la que procede la obra premiada: “Homenaje a Cachete G1”: “Esto de ninguna manera sería una explicación de la imagen, instancia que cada uno debe interpretar a su manera, pero siguiendo tu propuesta, se podría imaginar que: ‘En Gualeguay un mago y un payaso, junto a otras personas de la ciudad, todos admiradores e identificados con la obra de Cachete, deciden recordarlo particularmente. Para ello observan con atención su obra, se detienen en los dibujos del ‘Martín Fierro’, y fascinados por los innumerables caballos que lo pueblan, deciden que uno de estos animales bien podría ser parte de esa evocación. Alguien también aportó que la escritora Olga G. de Massoni recordaba que Roberto González, de chico, sentía pasión por los caballos de calesitas, de allí su predilección posterior por figurarlos. Así, ya decididos a construir la representación del equino como homenaje, resuelven mostrar un modelo pequeño para juntar fondos y lograr su posterior construcción a escala real, pensando plasmarlo en medio de un gran parque donde muchos gurises concurren a jugar. El dibujo se detiene y captura, a la manera de una instantánea, el momento exacto en que los organizadores del mundo circense se muestran satisfechos y orgullosos con la obra que van a realizar’”.
La presencia de Cachete como inspiración: “Sin dudas la particular vida de Cachete, como toda su obra, un trabajo innumerable que no termina nunca, porque sigue y sigue apareciendo, pareciera que ‘fantasmalmente’ como bien vos lo expresás en varias notas del ‘Churrasquero’: todo esto es un motivo para pensar, motivarse y trabajar. Como dato anecdótico te cuento que no me fue fácil conseguir el clima que buscaba para el dibujo; hicieron falta muchísimos bocetos previos hasta dar con la idea, para luego detenerse en el punto justo, ni una línea más, ningún otro detalle, porque la obra se te cae o pierde. Me sucedió muchas veces. Afortunadamente parece que en esta ocasión lo logré”.
Marcelo Vázquez, trabajador de la cultura, se toma un momento, en estos tiempos veloces y poco solidarios, para agradecer: “Estimo muchísimo y agradezco a la Municipalidad de Gualeguay, a la gente de Cultura, que emprenda experiencias como ésta en la que he participado. Darle valor a lo regional y provincial en espacios así, que fomentan la creación artística entrerriana, son fundamentales para poder encontrarnos, reconocernos, valorar a los nuestros, en este caso a Cachete; supe que antes fue otro grande: el celebrado: Antonio Castro. Todo indica que se está en la senda correcta. Pues, si no empezamos a vernos desde acá, nadie va a venir a hacerlo desde afuera”.

Marcelo Vázquez me contó sobre su quehacer artístico desde Concordia, espero mañana viernes, en la inauguración en el Museo Quirós, estrechar su mano de pintar, y comunicarme con su comunidad de almas, porque varias son sus felices sintonías. Será un buen momento para saludar la convocatoria del premio y a los premiados con una copa de vino tinto.

domingo, 2 de julio de 2017

La perdiz que mató Monsanto

La noticia se difundió en abril. Leí una nota del periodista Franco Spinetta en el diario Página/12. Un tribunal simbólico realizó un proceso contra la máxima productora mundial de herbicidas: la firma Monsanto, en octubre de 2016, en La Haya, siguiendo los mecanismos de la famosa Corte Penal Internacional que delibera en dicha ciudad. El juicio lo llevaron a cabo cinco jueces de distintos países (la senegalesa Dior Fall Sow (consultora de la Corte Penal Internacional), el mexicano Jorge Fernández Souza (Magistrado del Tribunal de lo Contencioso Administrativo de México), el canadiense Steven Shrybman y la belga Françoise Tulkens (ex jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos); el quinto juez es argentino: la jurista mendocina Eleonora Lamm. El fallo no tiene validez legal, pero podría ser usado en juicios a desarrollarse en los países que están siendo afectados por los herbicidas que fabrica dicha empresa. Dijo Lamm: “Las aseveraciones del Tribunal pueden utilizarse en los juicios de cada país, las pruebas sientan un precedente porque están jurídica y científicamente probadas”. (…) “Este tribunal es producto de una iniciativa popular y como tal la opinión consultiva está en manos de la sociedad; ahora depende de todos apropiársela, difundirla”. Lamm destacó que en la: “(…) disyuntiva entre derechos económicos de la empresa y los derechos humanos, el acento tiene que ponerse en los derechos humanos. Si se sigue haciendo prevalecer los derechos económicos de las corporaciones, los perjudicados son los derechos de la población”. Dijo Lamm sobre la presencia de Monsanto en la Argentina, que en el país hay una “legislación avanzada” a favor de los derechos ambientales (existe una Ley General del Ambiente): “Es una base sólida, sin embargo no existen políticas para aplicar y hacer efectiva esta legislación. La opinión consultiva puede influir para hacer efectiva estas leyes y porque, si bien algunas provincias habían limitado el uso del glifosato, otras no han dispuesto nada y muchas no son regulaciones buenas. En la Ciudad de Buenos Aires se prohíbe el glifosato en lugares públicos, ¿pero qué sucede en los ámbitos privados?”.
Franco Spinetta escribe: “(…) El Tribunal consideró a la empresa responsable de ‘ecocidio’, entendiendo esa figura como la de ‘causar daño severo o destruir el medioambiente para alterar de forma significativa y duradera los bienes comunes o servicios del ecosistema de los cuales ciertos grupos humanos dependen’, e instó a Naciones Unidas a incorporarlo como delito penal al Estatuto de Roma que rige a la Corte Penal Internacional de La Haya. Además exigió que las empresas y corporaciones sean consideradas sujetas al derecho internacional, con responsabilidad civil y penal. (…)”.
Así están las cosas, luego del análisis de más de 30 testimonios de investigadores, médicos, científicos y víctimas de Monsanto, en medio de la guerra iniciada con semillas transgénicas y glifosato.
La doctora Lamm habla de “apropiarse la opinión” del Tribunal, y pienso: sí, claro, sumar esta sustancia a aquello que uno viene sabiendo sobre la cuestión que hace ya un tiempo repta de manera maliciosa entre los hombres. Fue cuando recordé al poeta entrerriano Ricardo Maldonado, cuando me dije que sí, que hay que apropiarse de opiniones justas, y que podemos, por ejemplo, en esto del buen apropiar: apropiarnos de la poesía. Maldonado es autor del libro de poemas: “La perdiz que mató Monsanto” (2015). Una lectura que guardo desde su publicación, y a la que volví hace unos días; el libro abre con el poema “Doy cuenta”; se lee en algunas de sus líneas: “Doy cuenta de cuando respiraba los siete colores / la perdiz que mató Monsanto, / del agua que subía por caballos y helechos / antes de su vómito de peces muertos. / Tirados por ahí, como barajas sin juego, / los atardeceres, las pocas frases del aire en hospicio. // (…) Pesa el infortunado vals sin parejas, / ahora que la pista está vacía de latidos / y de una hectárea a otra pasea la portera del infierno. // Peina el piano espectral de una brisa sin zorzales / sobre el terrón que mordió el dólar / para probar la verídica consistencia del oro sin gente”.
Maldonado, como hombre poeta, trabaja de manera notable la palabra y sus construcciones, lo hace como cada vez que labora el entramado de sueño y realidad mirado por el trabajador, sensible y emotivo, dueño de la palabra que rescata las pistas esenciales de la memoria: de aquello que fue y que sigue siendo desde los recuerdos; y para, desde estas presencias añoradas, señalar las roturas, los quiebres del paisaje y sus criaturas. Los hombres dicen en estas líneas del poema “Habrá que abrigarse”: “(…) Somos los últimos testigos de lo que nunca más / alumbrará estas lomas y estos arroyos; / los dolorosos, los penitentes, / los estigmatizados, los rebeldes solitarios, / los que llevamos en las pupilas, en las papilas, / en los tactos temblorosos de la memoria, este mundo. // Somos los que damos fe de las existencias barridas / por la guerra de Monsanto, / por los gringos de avaricia incalculable. // Somos estos ojos que nunca olvidarán / la fecunda transparencia de esta tierra / cuando antes era”.
El poeta anota la totalidad del universo malsano y de extensiones aterradoras, posando la mirada de la palabra sobre las criaturas más pequeñas; una vez más en la poesía de Maldonado: su elección se centra en los desamparados de la historia. Porque sabemos de la existencia de la tierra arrasada, nos apropiamos de la imagen, pero cuánto pensamos en la fragilidad de las criaturas que vivían en esa tierra. A través de un certero minimalismo es desde donde el poeta cuenta la vasta tragedia en su libro. “Entre avanzar y volverse” es poema de silencios: “Duda entre avanzar y volverse; / cruzó rauda y dejó en una púa de alambre / un plumón de pelo, un delicado espanto; / y ahora, después de tanto campo a la descubierta, / de nulo espartillo, en doble intemperie parada / ventea con sus orejas, da consejos de radar, / trata de pasar al lado más fácil. // La leve criatura aparece desde su genuina esfera, / desde lo que le pertenece y le fue hurtado; aparece con su maravillosa lana redonda en el rabo, / con sus ojos de noche siempre despierta, / con su corazoncito al viento; / impregnada de salvajina aparece para el cuento de / ‘cierta vez una liebre en la ruta dubitaba / antes que el auto atroz del invasor pasara…’. // Un instante que fija su evidencia al sol: / animal de puras posteridades”. Al poema lo sigue: “Otro que iba a cruzar”: “(…) Lo envolvió una rueda y rodó como un guiñapo, / su maleta de huesos desbaratada. / Zorro en mala hora y mala pata. / Colas de zorro en los andariveles remachados / cerca de las vías de los puentes de los ingleses. / Sólo las colas transparentadas por agosto y septiembre / se admiten, el resto del cuerpo del zorro, inhabilitado /  para cruzar por esas clausuras donde reina el glifosato. (…)”.
Quizás el desafío mayor en la escritura sea lograr la mayor profundidad con la menor cantidad de palabras, en esto pensé cuando leí: “Algarrobo y cardenal”: “Uno solo el respetado, / los demás a la ceniza, / algarrobo confinado / no es su tierra donde pisa. // Uno solo el extraviado / cardenal que halló su gajo. / El horizonte raleado / llevó bandada y no trajo. // Algarrobo y cardenal, / juntos se prestan abrigo / cuando atormenta el sojal / y el cielo es sordo testigo. // Uno solo de señuelo, / de bandera y compasión. / La soledad del abuelo / cerrada en su corazón”.
Encontrar el zorzal en “De aquellos bordes”: “(…) De aquellos bordes donde ahora reina el chamuscado / atardecer de una tierra sin sonrisas; / y es tan serio el paisaje, tan sin rocío, / que los zorzales solo cantan / en las plazas de los pueblos, / o en el refugio último de los cementerios. // De aquellos bordes / hoy todas las aves son urbanas”.
En “La perdiz que mató Monsanto” hay otras memorias, en “Aquí está el ladrillo” dice el poeta: “(…) La escuela vieja de Montoya, / un pedazo de reboque rosado y triste / flota en el vacío del solar fumigado. / Toda la historia cabe en un ladrillo, / una palabra concreta de barro y fuego, / (…)”. Y está el hombre, la otra criatura, en “Cebadura”: “(…) Espera el minuto por el alto azul de los teros, / quiso llegar, se toca el aire una ausencia de lechuzas / combatidas por el agroquímico al entrar a sus cuevas. / Los ojos negros de otros siglos criollos / buscan una orientación… y allá un algarrobo / solo de soledad sola como el peón que lo mira / y con él son dos extraviados en el solar enajenado. (…)”.
Ricardo Maldonado habla de soledad y extravío, es este mundo triste un lugar donde triunfan las versiones malas de ambas sustancias; la soledad y el extravío de juerga sobre la tierra donde embucha la mala Parca al servicio de ciertos hombres. En el poema: “Quién sabe en qué sitio”: “(…) Se estremece el arco iris dador de criaturas / en cada parcela destinada a la soja / y aúllan de extravío las distancias deshabitadas. (…)”. El “arco iris dador de criaturas”, todo un hallazgo. En “Dos orillas” el poeta avisa: “(…) Mañana tendremos un nuevo coche fúnebre / con nombre de arroyo, y a nadie se le hará culpable / de esa desaparición forzada. // Habrá que esperar entonces / miles de años para otra encarnadura. (…)”.
Maldonado, como poeta, se apropia, a través de sus almas, de las pulsiones y rumores vitales de los paisajes donde detiene su mirada, donde le saca punta a su tinta creadora en estos tiempos difíciles; como poeta se apropia de la fundación de sus patrias internas no negociables: una manera de construir a diario su identidad.

Apropiarse (de la opinión y de la poesía) en humana ley es la recomendación para bien saber quiénes somos, para saber en qué vereda nos ubicamos cuando se trata de señalar el asesinato político del ecosistema y sus criaturas.