domingo, 12 de noviembre de 2017

Silverio Mejía: de regreso

Desde que supe de la existencia de Silverio Mejía, vuelvo siempre a su imagen, su historia. Lo imagino caminando las calles más solitarias de la ciudad/río de Gualeguay. Vestido de negro. Huidizo, apesadumbrado, sufriendo el veredicto condenatorio de aquellos que miran, critican; los que van de estilete en la lengua cuando se trata del otro, al que nunca intentan comprender en su verdadera historia, sus motivaciones, y finalmente, en sus imperfecciones, el aroma que nos hermana.
Leí sobre Silverio Mejía lo siguiente: “(…) La gravedad y la reserva fueron las murallas que levantó contra el juicio adverso de los otros. Receloso y marginal en un ambiente lugareño que no le perdonaba su vida ociosa, acabó por convertirse en un complejo mecanismo de inhibiciones. Siempre que salía de su casa, se cuidaba de sortear ciertas calles y de mantenerse alejado de los corrillos demasiado atentos a los pasos ajenos. Aparecía y desaparecía sin ser notado. De haber podido hacerse invisible, sin duda hubiese integrado la población de los fantasmas. El temor, hijo de la presión social, lo llevaba a cultivar el misterio y, a la vez, la complacencia en el misterio lo hacía más visible y manifiesto. Era pobre, y como no se esforzaba por salir de tal condición, la gente lo creía ‘falto de ambiciones’. (…) Lo conocí sensible a los llamados del arte, pero sus progresos internos fueron escasos, pues vivió como sujeto a las circunstancias inmediatas. A solas, bajo un naranjo, trabajaba en la guitarra. También escribía, si bien de modo esporádico y sin avenirse a ninguna disciplina. Sus gustos literarios, en verdad inocentes, lo mostraban más dado a la solemnidad que no a la sutileza”.
Sé muy bien que debido a estas pistas que anotara el notable Carlos Mastronardi en su libro “Memorias de un provinciano” (1967), la presencia -fundada en la ausencia (¿cuánto hará que falleció?)- de Silverio Mejía en esta ciudad se transforma para mi memoria en un ejemplo de resistencia. Es sabido: en la Gualeguay de ayer todo se conocía, y sabido es que la de hoy no se queda atrás. La maquinaria cotidiana del chisme y juicio sumario, ese juego macabro de verdades poco confiables y grandes dosis de ficción e ignorancia, fundó raíz firme en el paisaje ubicado sobre esta orilla del río. Entonces aparece, está de regreso, cada vez, en estos tiempos veloces e interesados, el buen fantasma de Silverio Mejía, condición a la que al parecer ya había accedido antes de saber de los misterios de la tumba.
Recordar a Silverio Mejía es elegir y ocupar un lugar en la vereda de los que se corren del mandato primero de esta sociedad: la producción y correspondiente facturación. Ser como Silverio Mejía es vivir cerca del arte, de las emociones, y esto sin importar -otro detalle importante- el éxito de la búsqueda artística. Alcanza con haberlo intentado.
Silverio Mejía regresa, siempre, de la mano de Carlos Mastronardi, un especialista a la hora de mirar sobre su aldea natal.

domingo, 5 de noviembre de 2017

F2840: click en Puerto Ruiz

En todo aquel que elige aplicarse al encuentro con el misterio en los territorios esquivos del arte, llega al momento ineludible en el que siente la necesidad de enseñar su trabajo. El escritor busca publicar un libro; un actor participar en la puesta de una obra; el plástico montar una exposición, y en esta última forma, coincide en intención el fotógrafo. Una exposición de fotos, y en este caso, una exposición de fotógrafos gualeyos a inaugurarse el viernes 10 de noviembre en el Museo Quirós.
Los fotógrafos intervinientes en F2840 -una manera de decir Gualeguay desde su código postal, registro numérico que además señala una lente y otras señales en el mundillo profesional de la fotografía- son: Damián Tramanoni, Gaby Cabrera, Nanci Zumino, Agustín Colli, Enzo Gorocito, Luis Gimenez, Fernando Sturzenegger, Paul Campodonico, Jorgelina Covitti, Diego Serra. Pero en esta necesidad de exhibir antes citada, se agrega una feliz vuelta de tuerca entre sus motivaciones. La charla se armó alrededor de cuatro presencias: Sturzenegger, Colli, Tramanoni y Campodonico.
Desde la izq.: Colli, Tramanoni, Sturzenegger, Campodonico.
Fernando Sturzenegger: “En el comienzo apareció la idea de la exposición, se sumaron las salidas a comer para hablar de la misma, y la propuesta, desde que arrancamos, fue que tuviera una finalidad solidaria con la gente de Puerto Ruiz. Muchos de nosotros sacamos fotos en el lugar, estamos en contacto con sus habitantes, y nos pintó esa idea: poner a disposición la muestra en el Quirós como motivación para ayudar al otro, en este caso con alimentos no perecederos. Pensamos en la gente que puede tener ganas de ayudar y que no sabe cómo, o dónde acercarse, bueno, ponemos a disposición la muestra; el día de la inauguración, además de ver los trabajos de 10 fotógrafos gualeyos, la invitación es a participar en una ayuda con destino de Puerto Ruiz”.
Damián Tramanoni: “Luis Gimenez es quien estaba vinculado al Puerto antes que nosotros. La idea en la muestra fue incluir, cada uno, algunas fotos del Puerto, para que la gente, además de descubrir un lugar hermoso, con una cantidad de fotos para hacer, sepa y vea”.
Agustín Colli: “Uno no siempre se lleva fotos sacadas con la cámara. En el Puerto se siente la ausencia del Estado, como en tantos otros lugares. Decidimos ayudar por este lado, pero a la gente le faltan muchas cosas. Llama la atención la distancia, y no hablo de km., que hay con Gualeguay, ellos están muy separados”.
Sturzenegger: “Tenemos el contacto hecho con Nicolás Montenegro, un muchacho que está muy relacionado con el Puerto, es maestro ‘ad honorem’, enseña a leer y escribir a la gente, por propia voluntad. Se juntan en una casa particular. En sus manos vamos a poner los alimentos; él tiene conocimiento de las necesidades del Puerto. Sabemos que lo que hacemos es nada, porque habría que hacerlo todos los días. Le preguntamos: ‘Nicolás, ¿qué es lo que hace falta?’ Nos dijo: ‘La gente del Puerto necesita comer’. Esta fue la respuesta y por eso vamos por los alimentos. Eso me pegó. No es fácil tener hambre. Nunca me pasó, pero tener hambre está bravo. Hay que ser muy valiente, hablo de Nicolás, para encarar una actividad como esta. Te hace ver cosas que la mayoría no ve, o no quiere ver”.
Tramanoni: “Lo que hacemos pensando en el Puerto ojalá sirva de iniciativa para que lo mismo se arme en un grupo de teatro, bailes, recitales; hay mucha propuesta en Gualeguay para poder dar una mano”.
Consulto a los fotógrafos, ¿van, fueron juntos a Puerto Ruiz a hacer fotos?
Colli: “Todos juntos es difícil, todos trabajamos de otra cosa y tenemos diferentes horarios, pero hemos ido todos”.
Tramanoni: “No vivimos, salvo Enzo (Gorocito) y Luis (Gimenez), de la fotografía, tenemos otro trabajo”.
Foto Damián Tramanoni
Sturzenegger (1966) es electricista y editor de programas de radio; Colli (1986) es mecánico dental; Tramanoni (1985) es administrativo en una empresa; Paul Campodonico (1994) está estudiando fotografía en Rosario: “Y es lo que pretendo hacer en mi vida, estoy lanzado a eso. En casa siempre hubo máquinas de fotos, y yo sacaba, pero sin la intención de lograr algo; me gustaba, después sentí que era lo que quería hacer en mi vida, no quería otra cosa; experimenté solo y después me fui a estudiar”.
Por Campodónico comencé a preguntar por los inicios en el oficio. A Sturzenegger lo conocía, no sabía nada de los demás.
Tramanoni: “Arranqué en la fotografía gracias a mi viejo, él sacaba, y de a poco fue arrimando la semillita; y un día me encontré con una cámara, me gustó, cambié el enfoque de sacar una foto por sacarla, y empecé a trabajar con composiciones y demás. Entonces se convirtió en un hobby adictivo, la fotografía es adictiva. Digo hobby porque, a todos los del grupo nos encantaría hacer solo fotografía, pero lo nuestro no es a tiempo completo; la hacemos, la elegimos porque nos gusta, pero no vivimos de ella. En la mayoría de los del grupo, la palabra hobby es la que va. Hacer sociales es un medio para mantenerse, depende del fotógrafo, algunos lo transitan, otros no. Hacer sociales también es un camino de aprendizaje”.
Foto Gaby Cabrera
Pregunté si se considera cierto el riesgo de perder la búsqueda creativa en la enrevesada repetición del disparo por contrato, el mundo de hacer “sociales”.
Capodonico: “Creo que es posible llevar el estilo a lo que se haga; no hay receta, se puede aprender, mejorar el estilo, sin importar el motivo de la foto. Se trata de dar una mirada personal. No creo que por hacer sociales pueda cansarme de hacer fotografía”.
Foto Nanci Zumino
Sturzenegger: “La actividad continua te puede llevar al aburrimiento; mi fotografía no pasa por la parte social, quizá por eso tuve continuidad. Nunca relacioné tener un número económico detrás de lo que hago. La moneda es una cosa y lo que uno quiere de su vida, es otra. De alguna manera libro mi pequeña batalla con este mundo”.
Foto Agustín Colli
Las motivaciones de Colli: “La motivación primera es tener la cámara a mano, me pasó así, tuve una a rollo, y obvio no podía ver las fotos enseguida. Primero me llamó la atención la máquina como objeto, artefacto; y sacaba fotos sin entender nada de lo técnico. Cuando me pude comprar una camarita digital, busqué no hacer la foto clásica; buscaba distintos ángulos, introducía la cámara en lugares raros; hice las fotos de la familia, después busqué paisajes; pasé a una réflex y entendí algunas cosas más de funcionamiento; cuando tuve una réflex digital, me interesó, y volví a la cámara de rollo, la vi de otra manera, me metí en la foto blanco y negro, armé un cuarto oscuro y revelaba; heredé una ampliadora de un tío mío, hasta el año pasado revelé rollos. Hoy escaneo los negativos y los digitalizo, pero sigue siendo fotografía analógica. Últimamente estoy muy involucrado en el teatro (Liebre de Marzo), hago fotos para la promoción de obras, pero si salgo con la máquina saco otras cosas; antes lo hacía más, espero que esto cambie porque está bueno andar con la cámara”.
Foto Enzo Gorocito
Tramanoni: “Lo mejor es agarrar la cámara y salir, la motivación del fotógrafo es querer mostrar algo que a uno le gustó; la foto es un momento único e irrepetible, no se va a repetir nunca más. Puedo ir a la Feria de las Colectividades, al Encuentro de Batucadas, hice mucho carnaval, o hacer los 70 años de la Cruz Roja. Sí me gusta mucho la foto urbana. Es difícil. Hice algunas, pero me gustaría hacer más”.
Foto Luis Gimenez
Campodonico: “Empecé sacando en mi casa, hoy salgo con la cámara tratando de capturar momentos que no se ven mucho, y siempre trato de que contenga lo personal; no me etiqueto con nada, no divido en categorías, es tener la cámara siempre y sacar aquello que te parece bueno”.
Agrega Colli: “Ando menos con la cámara también porque están los celulares; no los desacredito, porque no es que el celular le robó espacio a la fotografía de cámara; pienso en un elemento que suma, que vale”.
Tramanoni: “Se trata ante todo de la imagen lograda”.
Foto Fernando Sturzenegger
Pregunto por el tema edición de la fotografía; hay fotógrafos que señalan la no edición como símbolo de pureza, de naturalidad, mientras que otros aseguran que la marca de autor está en la edición. Dijo Colli: “La mano que le meto a la foto está inclinada hacia el lado de la foto analógica”. Aseguró Sturzenegger: “Es inevitable pasar por el laboratorio digital. Está la mano del autor”; y Tramanoni: “La foto se hace ante todo con el ojo; después se acomoda en el laboratorio”. Campodonico adhirió también a la edición. Es que siempre hay edición de la imagen, ese acomodar de valores en el mundo descubierto. Adhiero, es decir, mi formación/deformación alcanzada alrededor de la imagen, me lleva a elegir aquellos extras que no desvirtúan mi composición y variables de lo visto e intuido. Y en esto de aliviar sentencias y elecciones, también digo que me gustan algunas fotografías de Sturzenegger en donde, a través de recursos que no estaban en el natural, es capaz de alumbrar otros mundos; bien dijo el poeta surrealista Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en éste”.
Foto Paul Campodonico
Sturzenegger destaca: “La idea de la muestra apareció en una conversación con Néstor Medrano; enseguida él nos abrió las puertas del Museo Quirós, y estamos muy agradecidos. Es muy buena sala, y además el Municipio se ocupa de imprimir hasta las invitaciones, los afiches, es de destacar que suceda de esta manera”.
Foto Jorgelina Covitti
En F2840 a inaugurarse el 10 de noviembre en el Quirós dan su presente 10 fotógrafos gualeyos, sus miradas, sus intentos; todos trabajadores de la cultura, todos, se declare abiertamente o se le trate de bajar el tono al asunto, son parte de una búsqueda: encontrarse en lo realmente creativo. Cuestiones personales, como quedó demostrado en la charla. Todos, o casi todos, manteniendo otro trabajo para ganar la moneda necesaria, esa que les permite comer y sacar fotos. Una declaración de principios. Son estos 10 fotógrafos gualeyos los que, como se anotó más arriba, le dieron a su muestra una vuelta de tuerca para de esta manera hacer visible al otro. En “Otra vuelta de tuerca” de Henry James hay apariciones sobrenaturales, seres que no siempre están a la vista. La vuelta de tuerca de estos gualeyos sobre el tema imagen/ver/sentir pone así sobre el cauce de la ciudad/río una foto que convoca a la práctica de la solidaridad.
Foto Diego Serra
Viernes 10 de noviembre en el Quirós: fotografía y algo más.

domingo, 29 de octubre de 2017

Las elecciones de Nora Cosso

Hace tiempo que tenía en mente la charla con Nora Cosso. En la ciudad/río de Gualeguay, el nombre de Nora es sinónimo de teatro. A través de algún encuentro de charla en su casa, junto al Juana Saldaña, su compañero, supe de su sensibilidad, de las coordenadas entre las que se mueve su vida. Sabía de ella desde que entrevisté al Juana; después se sumó el conocimiento de su quehacer artístico a través de notas aparecidas en el diario; y luego los encuentros casuales, y no tanto, en lugares donde me gusta compartir una cena con amigos, con gente que anda en una misma sintonía. Pero claro, faltaba la charla en silencio. Fue durante la tarde de un sábado cuando me encontré con las palabras, con las señales esenciales que fundaron la valiosa humanidad de Nora Cosso.
No tenía intención de preguntarle sobre su historia de formación; apunté a sugerir un tema, a invitar a Nora a abrir distintas puertas desde este presente.
En un primer movimiento, señalé su teatro hoy, es decir, cómo mirar sobre ella misma; consulté por su pista emotiva: “Juana me dice sobre el teatro: ‘Te vas a quedar a dormir’, porque es un lugar donde pierdo la noción del tiempo, y la pierdo en felicidad. El tiempo se va, desde las 3 de la tarde, salvo los días en que curso, hasta la medianoche, y no siento cansancio; es una actividad que no me provoca ningún tipo de molestia. Es un motor que va creciendo -desde hace dos años puedo decir que me dedico con más tiempo a él- y es lo que elegí para mi vida. En otras circunstancias lo pude hacer con menos tiempo y espacios. Es un lugar donde el tiempo de los relojes no existe, pasan las horas de la clase y yo sigo. El teatro no tiene fin, porque uno asiste a una creación continua; es un milagro continuo y efímero, totalmente efímero. Ves a los chicos o a los adultos que están trabajando en una idea, y esa idea se dispara en mil ideas más y se transforma en una red enorme que tiene un origen, pero no un fin; como eso muta, cambia todos los días, siempre es diferente, por lo tanto no hay riesgo de aburrirse”.
Nora pone en escena a toda una palabra/personaje en los territorios por donde se busca entrarle al mundo del arte: “efímero”, qué decir del arte cuando la caricia de lo efímero: “Hay escenas que funcionan una vez, escenas que se quieren repetir, pero que luego quedan vacías, porque lo que se intentó no conectó esta vez con el compañero de escena; el actor tiene una mecánica, pero también su momento debe estar ligado al momento del otro. Somos humanos, más allá de la técnica o el mapa de acciones de la obra, todos los días somos distintos, y venimos cargados con cosas diferentes, y entonces se producen encuentros y desencuentros. Es difícil repetir un instante, por eso siempre es distinto. La química entre los actores es un misterio. Ese misterio me hace feliz. Son momentos fugaces que a veces se dan en los días. Respeto mucho el trabajo del actor, sus propuestas. Sigo los impulsos. Porque en el trabajo en común aparece lo humano, aquello con que carga cada uno, y eso es mágico. Es como que las miradas se triangulan todo el tiempo. Triángulos que se mueven entregando y recibiendo energía”.
Sostengo que tratar de entrarle a la creación, al intento artístico, es un acto de valentía; a seguro se lo llevaron preso y de lo único que podemos estar seguros es de que siempre está el abismo. Uno se arriesga cuando posee una identidad, y esa fue la palabra que salió a jugar sobre la mesa: “Uno es un mosaico, un rompecabezas de muchas historias; genealógicamente yo traigo varias mujeres adentro mío, no solamente mi madre y mis abuelas, cargamos con la historia de una época que nos marca. Todo lo que ocurre hoy con este reposicionarse de la mujer, esa lucha, es algo que me apasiona. Una viene quizá de hogares machistas, y ha sido una lucha dentro de ese hogar; por ejemplo, en mi familia fui muy combatida por elegir el teatro. Con el tiempo fui comprendiendo, porque ellos también traían mandatos heredados. No estaba nada bien dedicarse al arte; yo dejé Derecho para ser artesana. Fue un horror. Pero ya venía de otros, estar en los Encuentros de la Juventud, escribir poesía, leer. Siempre pateé el tablero, me costó mucho dolor y lágrimas defenderme. Hoy estoy más segura que nunca con respecto a aquella elección. No sé si es correcta o no, no importa, es la que quiero, la que hoy me deja en paz. Mezcla de experiencia, de chocarte la cabeza y ver que no era por acá; creo que cuando uno va creciendo se da cuenta de que puede decir me equivoqué, era por otro lado, y eso no cuesta tanto, no es tan terrible como cuando se era más joven. Somos imperfectos y tratamos de dar lo mejor”.
En el teatro de Nora aparece en un lugar central: la docencia, entonces qué decir del amasado del pan: “Hay círculos en la vida que te llevan de nuevo a pararte en un mismo lugar. Trabajo con grupos de niños, adolescentes y adultos. Lo digo siempre, aprendemos todos juntos. Con los chicos salgo maravillada. Por ejemplo, está Juanita con su personaje de Dios, otra nena dice que ella no puede ser porque Dios es hombre; entonces pregunto por qué Dios no puede ser mujer; ese proceso de preguntas, descubrimientos, que voy haciendo junto a ellos, me llena más que la obra puesta. Me emociona todo lo que se genera, todo aquello que no es estático. Ese proceso se da en los chicos y en los adolescentes, y se da menos entre los adultos, por los límites que cargan. Los chicos cambian, se preguntan, todo es más dinámico, y esa previa es riquísima. Los adolescentes igual. Soy una agradecida de poder ser testigo de esto”. Le digo a Nora que es más difícil para el adulto recuperar, “ser” otra vez en la sintonía de la aventura, pensar que siempre se puede llegar hasta esta dama: “Es duro trabajar frente a la falta de curiosidad; lo hablábamos con Cary Pico anoche, por eso trabajar con el niño y el adolescente te devuelve a ese mundo de inocencia donde las cosas pueden transformarse en otras. El problema en el adulto es que ‘esto’ sigue siendo ‘esto’”.
Pregunto por la sociedad, de la que venimos, en la que estamos, la que soñamos: “Gualeguay es una ciudad que tiene sus pro y sus contras. A esta altura he logrado en parte hacer lo que más quiero, y creo me he liberado bastante de la mirada de los demás; dejo que todo fluya y vivo concentrada en mi trabajo. Gualeguay es difícil y en una época me afectó bastante. Rezongué mucho con el pueblo, vengo de una familia humilde, mi infancia fue complicada y no teníamos acceso a un montón de cosas. Los libros me salvaron, no porque los hubiera en casa, tuve la suerte de tener un vecino que sí los tenía, ese fue el mundo que me salvó la vida. El mundo al que me aferré se extendió a mi familia, a mi adolescencia y juventud, cuando decidí no acatar la programación del hogar. Cuando volví al pueblo -estuve dos años en Buenos Aires, no lo resistí, en el comienzo de la democracia-, lo hice siempre persistiendo en mi idea, contando con el apoyo de mi compañero, y aun así Gualeguay se hizo cuesta arriba. El teatro era para cierta elite, y era mujer, salvo Pitina Olhaberry, no había muchas mujeres directoras de teatro, y fue una lucha por muchos años: el ‘quién era’, de ‘dónde viene’, eso se sintió. Al ser más joven me dolía, pero ahora no, ya está. Hoy me conecto con lo que quiero, decido socialmente dónde voy y dónde no. Mi energía está en mi mundo, sin cable, escucho radio y música. Y estoy consciente de que también soy una sobreviviente de cuestiones físicas, enfermedades que me afectaron por años. Por eso decidí hacer aquello que me llena. La idea es una evolución constante que esté orientada, ante todo, hacia la naturaleza, en conectarme con ella, a la que considero Dios. Ahí radica mi espiritualidad y energía, aprendo mucho de la naturaleza”.
La palabra, las mil posibilidades del término “memoria”, se ubicó sobre la superficie de la tarde. Cómo responde, cuenta, traduce, Nora Cosso, el convite; con un viaje en el tiempo, una manera de rendir homenaje a algunas de las personas que caminan con ella: “Memoria es mi abuela enseñándome a hacer pan casero, en la mesada, sobre un banquito. Memoria también los libros de mi vecino; yo era amiga de Liliana, la hija de don Carlos Albornoz; él se estaba quedando ciego y me pedía que le leyera; así empecé a conocer historias, libros; y después en la escuela de Comercio descubrí que estaba la biblioteca, donde me presentó don Vico para poder ser socia. Memoria es Susana Heinrich, que fue profesora, ella me llevó al teatro. María Elena Pérez Petre. Mujeres muy fuertes. Emma Barrandéguy, por supuesto, de ella aprendí muchísimo, porque nos hicimos amigas de grandes, fuimos grandes compinches, con ella y con Eisito Osman, atesoro mucho esos encuentros; Emma era otra Emma, no la escritora, la del libro, sino la que se permitía jugar. Unos personajes fantásticos; Emma me llamaba y me decía: ‘Vení a buscarme porque la próxima vez me vas a encontrar horizontal’, entonces íbamos a buscarla con Eisito, dábamos vueltas en el auto y fumábamos, o nos tomábamos un whisky, esa cosa cotidiana que teníamos con ella. Extraño mucho a Emma y a María Elena. Memoria es Socorro Barcia, otra gran mujer, gran luchadora, maestra de teatro, de Gualeguaychú, ‘mi maestra’; tuve muchos maestros y lo agradezco, pero lo fundamental del teatro al que aspiro, el comunitario, el del Tercer Mundo, lo aprendí de Socorro. Y memoria es mi madre, más allá de nuestros grandes desencuentros, creo que ahora, a través de mi hijo, me he vuelto a encontrar con ella. Lo que mis padres hicieron con mi hijo no lo hicieron conmigo, a través de él he logrado perdonar y perdonarme”.
Quizá la única diferencia a alcanzar entre los días de la vida, esté dada en la oportunidad de fundar en nuestro interior un puñado de almas, y ser así una saludable comunidad de personas, oficios, intereses, emociones; hablo de fundar patrias internas, un espacio/tiempo no negociable por moneda o conveniencia, desde donde de manera natural se muestre una pasión, un puñado de intenciones en clave poética que nos aleje lo suficiente del oleaje más chato que puede hallarse en el cotidiano. Fundar, encontrarnos con la llave de las puertas que pueden llevarnos a jugar tanto adentro como afuera de nuestra identidad. Nora Cosso acuñó la llave que abría la biblioteca del vecino, y se fue por ese sendero, y por él, aún hoy, transita en felicidad, en libertad: Nora desconfía de los juicios y verdades absolutas; Nora elige la mesa a la que se sienta, la compañía; Nora sigue en contacto con Eisito Osman, porque además de la amistad, el amigo, mejor, los amigos siguen siendo un nexo con la poesía.
Sabía que tenía una charla pendiente con Nora Cosso, que nombrarla es decir teatro, pero claro, ella se funda en muchas otras palabras.

domingo, 22 de octubre de 2017

Carlos Squivo: pintor clandestino

El mundo de lo clandestino es mucho más grande y sustancioso que aquel que identificamos con la luz, con la vidriera, la exposición, el reconocimiento oficial. Clandestino es pertenecer al silencio, a la sombra; algo cercano a vivir en el misterio, como proponía Homero Manzi. Artistas clandestinos, corridos del centro, habitantes de los barrios aledaños, de las afueras en penumbra. Digo que mi padre con su pintura pertenece a la sombra, como así también mi escritura. Será por eso que me interesé por la historia de Squivo.
Debo la totalidad de la información a transmitir al trabajo de investigación, de militancia en relación a la memoria de su aldea natal, del escultor Mario Morasan. Hace un puñado de días lo entrevisté por su quehacer artístico, y su presencia en Gualeguay en el segundo encuentro de escultores. Una de las sintonías de Morasan es la investigación y divulgación de obras y artistas, vale como ejemplo su libro: “La Histórica. Patrimonio, monumentos y escultura pública de Concepción del Uruguay 1783-2011” (2013). Mario realiza publicaciones en el ciberespacio, toda una herramienta de difusión; fue cuando me encontré con un personaje que no conocía: un pintor y su manera de entender el arte y la vida. La sorpresa abrió la puerta.
Squivo por Eduardo Amaral (izq.), y Squivo en su taller.
Cuenta Morasan que con el título de “Pintor clandestino” se publicó el 25 de febrero de 1973, en la revista Clarín, una nota sobre Squivo (más conocido como Esquivo en su ciudad), nacido en Concepción del Uruguay el 16 de octubre de 1920. Fragmentos del texto: “Carlos Squivo comienza a pintar desde muy joven; gente, paisajes, ranchos de los alrededores de Concepción van llenando sus telas. Su primer atelier es una buhardilla, ‘La torre de los murciélagos’, lugar donde se cita la media docena de artistas noctámbulos de esos tiempos. (…) Enviado por amigos comunes, una de esas noches llegó hasta ellos el poeta Carlos Latorre; iba de paso, pero permaneció en Concepción y en la buhardilla todo el verano. Comienza entonces la amistad de Squivo con los surrealistas. Alrededor de 1950 viaja a Buenos Aires y se une al grupo formado por el mismo Latorre, Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Madariaga, Llinás y otros. Comparte con ellos, más que una estética, una concepción y un modo de vida. Tardes, noches y amaneceres de los bares de Florida y Viamonte, y ‘estaños’ del Bajo testimoniaron polémicas y creaciones, dando origen a libros y revistas, entre éstas de la importancia de ‘A partir de cero’ y ‘Letras y líneas’. (…) Aunque sus obras no adhieren al surrealismo, éste dejó huellas en su vida y creación. De las épocas de su pintura, el puntillismo, el realismo mágico y el expresionismo, es el segundo el que más lo atestigua.
Por esos tiempos estudia con Carlos Castagnino, realiza muestras individuales en Peuser, Rubío, Riobóo y otras salas, y obtiene en 1960 el Segundo Premio de Pintura de la Sociedad Hebraica Argentina”.
Reflexiones de Squivo sobre Squivo: “Ocupado, casi recluido en mi taller, muchas veces olvidé exponer a tiempo el resultado de mis experiencias plásticas. He buscado siempre el misterio, lo que no puede decirse. Creo que cada vez que termino una obra me siento decepcionado, quisiera empezar de nuevo. Esta es la única razón por la que temo la brevedad del tiempo que nos toca vivir, que nos impone un plazo para la profesión creadora”.
“Crear es solo una tarea, un mandato interno y profundo que surge de mí y del mundo que me rodea. Un mosaico de quince por quince centímetros se me presenta como un punto de partida. Alguien lo hizo, tiene una existencia y una finalidad. Yo siento que mi obligación como artista es poblar ese mosaico de imágenes, hacerlo llegar hasta sus posibilidades más distantes. La obra plástica nos espera en todas las cosas, en la textura de una piedra, en la corteza de un tronco, en el hueso pulido y calcinado de un animal, en la huella de una vertiente”.
“Quiero pintar la figura humana como es, con sus contradicciones e innumerables facetas; por eso cada una de mis figuras no está sola, no es única, se desdobla, se proyecta hacia adentro, se multiplica”.
Me produce alegría encontrarme con la presencia amiga de los surrealistas, pienso en dos de mis notables: Aldo Pellegrini y Enrique Molina; pienso en la pulsión de Squivo, su laborar, mientras sigue atento a la mirada profunda.
En otra nota, titulada “Carlos María Squivo: un artista cabal”, Carlos Latorre se detiene en:
(…) “La entrañable ternura de Squivo obra el prodigio de convertir lo irrisorio en hermoso milagro de amor, compasión capaz de transfigurar los contenidos de la promiscuidad y la deformidad. (…) Dibujante a la altura de los mejores, Squivo cuenta también con la riqueza inagotable de su sabiduría técnica. (…) Se suman a estos bienes naturales de su dote artística, su despiadado humor, el aliento creador de su fantasía, la dimensión desconcertante de su inocencia capaz de asomarnos subyugados tanto al espectáculo de la gravidez de la vida, como al milagro del amor sublimado o escarnecido, a la misma crueldad en él, inconscientemente purificadora. Y sobre todo, la poesía”.
Morasan en Gualeguay (2016)
Mario Morasan informa que el reconocido crítico de arte Córdoba Iturburu también se refirió a su pintura: “(…) Sugestiva, de rica fisonomía, en la que el color y la materia se funden en la realidad de una expresión calificada”; y otro crítico notable, además de notable poeta, Aldo Pellegrini, señaló: “La materia vibra, el color reverbera, transportándonos al mundo resplandeciente de los hechizos. La superficie pintada misma, incapaz de ser contenida por el cuadro, se proyecta hacia el espectador para iniciar la ceremonia sagrada de la comunicación”.
Carlos Squivo murió en Martínez, provincia de Buenos Aires, a fines de 1986. Llegó a transitar tiempos duros -de manera inevitable pienso en las carencias de Antonio Castro- en los que solo pudo realizar su arte utilizando crayones.
En la publicación de Morasan aparece un personaje determinante: el gualeyo Eduardo Amaral (1926-1989), quien a unos meses de la muerte de Squivo escribió en el diario “La Calle” de Concepción del Uruguay, el 11 de enero de 1987:
“Aparte de los familiares y del grupo de amigos de siempre, no hubo en esta ciudad el eco de la infausta noticia. Es que la labor pictórica, la profunda obra de Carlos Esquivo fue silenciosa permanentemente. Buceador incansable, nunca creyó que el éxito fuera el objetivo de su obra. (…) Si Carlos María Esquivo alcanzó las metas que a sí mismo se propusiera, sólo él lo supo. Sus silencios, sus angustias, sus risas y sus lágrimas caminaron por dentro de su personalidad y se fueron como embarcadas hacia el infinito. (…) Y algunos de los pocos que vamos quedando de aquella barra de los años 40, sentimos seguro, el abrazo de la nostalgia al cruzar frente al edificio de España y Almafuerte. Porque allí, en una bohardilla ocurrió el desfile de otros bohemios maravillosos como Yamandú Rodríguez, Carlos Latorre, Luis Alberto Ruiz, Cesar Schepens, Mario Loza y otros.
Y esas sombras, esos perfiles de ceniza, caminan aún por aquel ‘cuartito azul’ donde soñara ese dibujante maravilloso, extraordinario pintor y mejor amigo que fue Carlos María Esquivo”.
Eduardo Amaral
La memoria, estoy convencido, tiende, funda, sus propios caminos, o pensaba en una imagen: cada historia corporizada en una piedra y disparada sobre la superficie de un río; la piedra se hace visible en cada rebote sobre el agua, luego se duerme hasta el próximo toque sobre la superficie del río del tiempo. Morasan cierra su publicación contando algunos detalles: “Las dos primeras notas periodísticas me fueron cedidas en mano por Eduardo Amaral, allá por los años ochenta y tantos; años en los que manteníamos largas charlas en mi taller de escultura.
En ese entonces, además de tener una hermosa amistad, compartíamos el mismo espacio de trabajo en aquel primer Canal 2 ‘video imagen’ en el que Eduardo era gerente.
Excelente dibujante, gualeyo de nacimiento y uruguayense por elección. Dibujante del diario local, ilustrador de libros, autor del escudo de la localidad de Caseros (E.R.), Eduardo hacia un culto de la amistad y disfrutaba haciendo caricaturas de sus amigos... vaya para él también este merecido recuerdo”.
Es en este momento donde la maravilla alumbra el día, porque la piedra rebota sobre el río en esta tarde gualeya, en este momento de escritura en mi casa en la zona de chacras. Uno agradece las presencias, las fundaciones. Se da gracias a Carlos Squivo, y me lamento no tener a la mano la posibilidad de ver su obra; se agradece el trabajo comprometido del escultor Mario Morasan; y se agradece la presencia de un puente fundamental en esta historia: Eduardo Amaral. Un hombre a quien no conocía, hombre que alguna vez caminó las calles que hoy camino en esta ciudad/río de Gualeguay. Es en estas pequeñas historias, presencias, cuando la ciudad es más río que ciudad, sucede cuando el cauce se nutre en la memoria.
Escribo en esta tarde gualeya sabiendo que este entramado, publicado, en este 16 de octubre, 97 años después del nacimiento de Squivo, por el amigo Morasan, y de la mano de su amigo Amaral, es prueba irrefutable de las magias que trabajan en torno de la memoria. Pienso en las bondades que encierra el intento de “ser” a través del trabajo en la memoria. Fue por esto que decidí sumar mi contribución en este espacio del diario del domingo. La vida es habitar la mayor cantidad de historias, y recordarlas.

Va entonces mi agradecimiento a los personajes de esta publicación.

domingo, 15 de octubre de 2017

Alzaprima

Hubo una primera vez para este lector en tantos tragos sustanciosos, hallazgos de hermano beso corto -que tan bien invita a la reflexión- en buen tinto, en buena tinta tomada desde la forma libro, porque de los libros también se bebe. Hubo una primera vez, decía entonces, que leí: “alzaprima”; una palabra nueva, un presente me llegaba desde este, mi nuevo paisaje entrerriano orbitando la ciudad/río de Gualeguay; una palabra desconocida que me sugería un lugar: una música tranquila, amigable, profunda, y otra vez la profundidad, esta vez la de una jarra sustanciada en la más sugerente arcilla del paisaje por donde vuelan las palabras. Pregunté al poeta: ¿alzaprima?, y el poeta dijo sí: “Alzaprima”, así se llama mi último libro. Dijo seguro y feliz, el poeta; ¿su nombre?: Ricardo Maldonado. Entonces supe del significado de dicho término, y de los sueños que encierran las sintonías de su libro.
Me cuenta el diccionario, desde distintas ventanas, sobre “alzaprima”: un pedazo de madera o metal que se usa como cuña para realzar algo. Me cuenta también del puente, la tablilla en los instrumentos de arco. También aprendo que así se llama a la cadena o cadenilla que sirve para levantar y fijar al talón las espuelas pesadas. Fijar entonces la cuña, construir el puente, un tensar de eslabones para levantar ideas fundamentales.
“Alzaprima. Décimas del trovero y otros poemas” (2017) de Ricardo Maldonado es otro de sus libros para afianzar memorias y emociones; otro libro donde resguardar sustancias: vastedades del espíritu, una defensa férrea, porque así lo exigen estos tiempos del barullo y la velocidad. Y “Alzaprima” se planta desde su mínima presencia. Sabido es que la sustancia del libro se guarda en su interior, pero digo que también es necesaria su estética, un costado decisivo para presentar una mirada. La forma libro es el viento necesario, el nexo, que debe acomodarse de manera amigable en la mano del lector. Esto ocurre de manera explícita con el último libro de Maldonado; sigue la línea estética ya reconocida como marca inconfundible de Ediciones del Clé, pero agrego que la presentación, casi etérea, de “Alzaprima”, de apenas 12x22 cm., no más de 70 páginas, más la disposición de la susodicha y decisiva sustancia, hacen que desde su fragilidad se abra fuerte al desafío.
“Alzaprima” tiene distintas sintonías, diferentes maneras de presentarse, y por lo tanto puede ser leído de distintas manera. El mapa avisa que los tesoros a hallar están entre las: “Décimas que trajeron aquellos de la ‘intemperie sin fin’, y que en la poesía siguen brindando sus alzaprimas de sostén y apertura, sus cadenas de plata en cada pie, sus difíciles baquías” (anota Maldonado en la contratapa); estas décimas aparecen en letra redonda y en negro, se sujetan así también a una tradición fundacional en la forma libro; pero entre las décimas se mece otro cauce, otro registro musical representado en letra cursiva y en azul, el color que siempre señala los sueños de las almas en la escritura; es en este “azul cursivo” donde viven tres vibraciones, diferentes en forma, pero con los mismos intereses humanos y estéticos; ellas son: “Maderas de abril”: donde el autor hace gala de una prosa poética notable, fundando una mirada maravillosa sobre el mes de abril, y en relación a él, las emociones vitales en torno al guitarrero y su compañera, la guitarra nacida desde la madera; “La rebelión de lo distinto”: una manera de acentuar la mirada sobre la sociedad que nos toca en suerte, la misma que nosotros hacemos, y entonces a no distraerse; y “Nuevas empuñaduras”: Maldonado acuñó la forma “empuñadura”, ya había publicado un buen número en “Voz varia” (2015), y ahora agrega otro puñado generoso; es esta forma una vuelta de tuerca sobre el aforismo, llevan estas empuñaduras un giro personal que las alejan de lo explícitamente autorreferencial; el pensamiento llega desde la totalidad del paisaje.
Ricardo Maldonado
Transitan entonces por “Alzaprima”: poemas, décimas, prosa poética, pensamientos, pistas de ayer y de nuestro presente; las cartas se mezclan: pasa el poema, sigue la prosa, vuelta el poema, llega la rebelión, nuevo poema y una página de empuñaduras; me digo, como si fuera la calesita de mi infancia, diferentes presencias. Se puede leer “Alzaprima” mezclando sus colores y formas; se puede ir solo de décimas hasta el final, solo de empuñaduras al frente, o solo sabiendo de la notable: “Maderas de abril”.
Nada mejor de leer al poeta, elijo de “Maderas de abril” cuatro estoques:
I: “Abril, te sentaste sobre qué proeza, escondido de quién maduraste el cobre para corresponderte de pronto con mi rostro ya desempañado por tu mano; y así nítido y frágil me he quedado esperando una respuesta a la medida de unas maderas con forma de guitarra, provecho de madera para una voz ya en el otoño inexorable de estas lomas que sufren de arrebatos de sol y palpitaciones de aves en dormidera, y estás aquí comprendiéndome con tu aire, tu exhalación de levantar caídos en esta marcha”.
III: “Abril predica claridades desde el puente de una encordada, muestra su gallardía, afina y se precipita con esa luz que es un motivo a fondo blanco, se vale de una caja llamadora de ángeles, madera de guarda, sazonado tablón con seis décadas de espera. Una niña tan niña que en cada cuerda canta: ‘estaba la blanca paloma / sentada en el verde limón’, todo un desagravio de antiguos abriles, cuando las ‘Barbies’ de los supermercados todavía no esterilizaban la infancia. Se expresa a medida de su valía y a la hora de asomarse encantada bate plumas por doquier. Por eso suenan del mismo modo diapasón y pájaro, escala de otoño y clavijero; por eso rotan las cuerdas sus molinillos, se acomodan a mejor pasaje y sucede entonces la natural restauración del sentimiento”.
V: “Abril se toca en el fresco mural de un pétalo que acaba de pintar, y es una saludable altura la frescolera que lo cruza llevando el gorro frigio de la estación. Graves bandadas se despiden con dignidad. Parte abril con la mano en alto, como quien saluda a dos cuadras antes de perderse para siempre. Acontece un desmoronamiento y hay exequias dulces y pavorosas. Abril es un vado por donde se puede cruzar el año, se explaya entre dos orillas: el verano tardío y el otoño reciente. Apenas sucede el instante de su nombre una canción se dora a fuego lento bajo las estrellas. Olor a carpinterías solícitas tiene, mientras se desnuda en la nuda mirada y afuera pasa, ajeno, como carroza de aparecidos”.
XI: “Abril lo sabe, son estas las últimas maderas que cantan, las que tiemblan en el amanecer de los ausentes pájaros, las que son prendas de resistencia, las salvadas del fuego, las de radiante alma para la música; las que dieron boca, cintura y espejo a una guitarra y en ella se trascendieron. Costillas del monte que antes se multiplicaban hasta dar con un jacarandá, criatura de fábula para el labrado de una celeste luthería, el sustain de una nota que nos persigue hasta dormidos, fibra de retornos imposibles para afinar con las esferas. Dalbergia nigra que en beso último se despide de esta época. Luego despertará su carne de campana, de ‘tristes trópicos’ restaurada”.
Atravieso el vado de abril y abro un poema que dice de a diez versos: “Partió sin partir la Nona”: “Están cumplidos los soles / de una abuela allá en Mantero, / después de acopiar luceros / en su viva brasa de antes, / después de tejer constante / con hebras de su persona, / donde el pasado se entona / y vuelve a cruzar la historia, / con sus prendas de memoria / partió sin partir la Nona. // Supo del sulky en el barro, / del fuego a tientas con ramas, / del ave que al cuento llama, / del malvón cuidado en tarro; / del destino de guijarro / en su vida que ahora dona / un motivo a la bordona / para que suba en estilo; con desvelado pabilo / partió sin partir la Nona. // Saberes que son de antaño, / diente de perro y carqueja, / si hay torta criolla hay conseja / y dichos para afilar; / si habrá visto trajinar / trilla en chiripá de lona / y en el alba remolona / cuando hay niebla en el Gená / la décima es quien dirá: / partió sin partir la Nona. // ‘Ansina es la vida ansina / vivir soñando de gozo / y después del alborozo / jorobarse y tomar quina…’. / La copla que en la cocina / se jugó su redoblona; / sólo el tiempo es quien perdona / tanta luz desamparada. / Con ramos de suerte echada / partió sin partir la Nona”.
En “La rebelión de lo distinto I”, el poeta hace esquina: “La rebelión de lo distinto / empieza por esa bandera que no se entrega, / ni se deja arrebatar por el consumo a ciegas / o la usurpación del acto de vivir. / La rebelión de lo distinto / sucede cuando dan ganas de salir corriendo / de las redes sociales, / de las manos esclavas en los celulares, / del clima nocivo del jardín virtual, / de la pantalla encarnizada del facebook. / Entonces una piedra del espacio interior / irrumpe, vence la narcótica gravedad / de estos días, brilla a su albedrío. / Se incendia como roca del cielo / al entrar en la atmósfera cotidiana, / se hace presente con su razón de ser; / desde lo más profundo de cada uno / desbarata en ondas excéntricas / el orden establecido, / la dormidera colectiva, / la concéntrica dependencia. / Así se reinstaura el tiempo nonato, / el potencial perfecto. / La rebelión de lo distinto / urge, para el que se anima, / despertar con todos los sentidos”.
“Entonces una piedra del espacio interior / irrumpe, vence la narcótica gravedad (…)”, la repetición de un hallazgo, antes de hundir la mano en algunas empuñaduras:
“Hojas de olvido a merced del tiempo; / hay quienes de chicos se preparan / para ser solo eso, y pasan”.
“El ángel de la brisa insiste en despertar / al niño detrás de la frente”.
“Escribir es encontrar a veces la superación / a pesar de uno, fuera de uno”.
“Alegrías pasadas que se alambican, / maduran en guarda para cuando / haya celebraciones o convalecencias”.
“Un libro con lejanías es el mejor libro”.

“Alzaprima” con sintonías de alta en el cielo para las patrias internas de las humanas criaturas en su paisaje. Un libro para ir descubriendo en el tiempo, un libro de regresos mientras las lecturas se suman, y se completan las ideas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Mario Morasan en Gualeguay

El escultor Mario Morasan vuelve a la ciudad/río de Gualeguay. Aceptó, como el año pasado, la invitación a participar del 2do. Encuentro Provincial de Escultura que organiza el Municipio, a realizarse los días 11, 12, 13 y 14 de octubre en el Parque Quintana.
El año pasado tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, sí estábamos en contacto a través del ciberespacio, pero el apretón de manos se dio durante el 1er. Encuentro de Escultores. Aquella vez fue la primera en la que pude observar a un escultor trabajando fuera de su taller, frente al público. En los momentos en que Morasan detenía la motosierra, charlamos sobre algunas cosas. Después seguimos en contacto, y al fin llegó la oportunidad para consultarlo en detalle sobre el oficio que lo lleva de viaje por los territorios del arte.
Morasan en Gualeguay. 2016.
Pregunté por su oficio hoy, cuáles son los quehaceres creativos en los días de Mario Morasan: “La escultura es mi pasión. Aunque me gustan todas las disciplinas de la plástica, la escultura, es decir, las tres dimensiones, es donde más cómodo me siento. En este momento de mi vida estoy repartido en varias facetas relacionadas con esta pasión: dedico tiempo a mi obra; tiempo a dar clases en mi taller, me reparto en actividades que hago en Buenos Aires y en Concepción del Uruguay; hace 3/4 años que me dedico a la restauración de la escultura en espacios públicos; parte de mi tiempo también lo ocupo en hacer investigaciones, relevamientos, prácticamente ya tengo terminada la segunda parte de mi libro: ’La Histórica’. Así paso mis días”.
Sucede en la vida de los trabajadores de la cultura, en este caso, del arte: a veces las circunstancias del cotidiano ofrecen un paisaje distinto, una veta de mayor luz por donde redoblar la apuesta, el riesgo que significa “ser un puñado de almas” a través del intento artístico: “El camino de vivir de cualquiera de las disciplinas artísticas es bastante duro. Te puedo decir que soy un afortunado porque desde el 94 me dedico pura y exclusivamente a la escultura. Hasta ese año siempre tuve distintos trabajos. Estuve 10 años en un canal de tv. Lo que para muchos compañeros fue algo trágico, el cierre del canal, para mí fue un inicio, fue tomar la decisión ‘obligada’ de dedicarme a la escultura a tiempo completo. Con 40 años quise dedicarme a esto. No quería ir a buscar otro trabajo. Tenía familia, dos hijos. Con la indemnización compré herramientas y empecé a trabajar. Todo se dio rápido: en el 94 cerró el canal, y en el 95 gané el Salón Provincial por primera vez. Fue una motivación muy grande. Uno manda obra con la expectativa de ser aceptado, y fue primer premio”.
Mario Morasan recuerda: “Mi primera exposición individual fue en el 84”. Pero antes de la misma, sucedió que el mejor de los destinos le abrió la puerta: una marca decisiva en su historia, una presencia amiga que fundó un antes y un después: “Yo era un apasionado de los automóviles, venía del diseño industrial; había estudiado diseño y quería dedicarme a los autos sport. Da la casualidad de que me entero de que en la ciudad había un taller de un hombre que había diseñado un buggy arenero, y fui a pedir trabajo. No había para pagar sueldo, pero me ofreció ir de voluntario, y a tomar mate. Resultó que este hombre era escultor: Alberto Hugo Guinea, él tiene varias obras en Concepción del Uruguay. Mientras ayudaba en estos autos, a Guinea le encargan un monumento a Güemes, creo, para Paso de los Libres. Empecé a ayudarle, y a partir de ahí dije: Esto es lo mío; si bien no estaba alejado del arte, cerca de los 20 pintaba, y después dibujé mucho, claro, que apuntando a los autos, hacía planos, fue en ese taller, año 80, soy del 54, donde todo cambió. Yo hasta había viajado a Europa por el diseño de autos: en el 78 en Inglaterra fui a un taller donde me iban a hacer una prueba, pero no aguanté porque no dominaba bien el idioma. Decidí volverme, pero con la idea de regresar. Trabajaba en una fábrica de casas rodantes, e iba a ayudar al taller de Guinea, mi primer maestro en la escultura. Nos hicimos amigos. Él trabajaba por encargo, y cuando le salía algo yo iba de ayudante. Lo ayudé a hacer un busto de Nicolás Avellaneda, año 88, que está emplazado en esa escuela de Concepción del Uruguay. Conocer a Guinea fue decisivo”.
Serie: Los Guerreros.
Tuve la oportunidad de estar en el taller de algunos escultores, y luego de esta mi primera experiencia viendo escultores en directo, surgió la siguiente pregunta para Morasan: ¿Qué decir de dos paisajes de trabajo tan diferentes?: “Me llevo bien con las dos maneras de trabajar. El taller es distinto, uno no tiene la presión de terminar una escultura en tres días, como va a ser en Gualeguay; y si llueve o surge algún imprevisto, menos días. Uno llega con un boceto, con una idea, entonces el resto es técnica, no creación; la creación está más o menos planteada en el boceto, el trabajo en público es un despliegue técnico, entra a tallar cuál es tu habilidad para resolver la escultura en esos tres días. Sos un artesano. Un músico compone en soledad, la interpretación es otro tiempo. Yo voy con mi partitura, el boceto, y lo que hago allá es desplegar mi técnica”. Pregunto si hay lugar dentro de lo técnico para un creativo solo de instrumento: “Sí, desde ya; y hay algo muy importante: vos no sabés con qué tronco te vas a encontrar, si es madera buena, si tiene nudos; he tenido encuentros donde me ha tocado una madera desastrosa, y yo no podía aplicar mi boceto, mi idea. A veces te gusta una madera, pero se hace un sorteo, y entonces por ahí no te toca; y si tu colega no está dispuesto a hacer un intercambio, que muchas veces se da: las maderas de acuerdo a los intereses del escultor, te toca por sorteo, y te tocó. Es complicado encontrar buena madera y con las dimensiones necesarias, la mejor de la zona es el algarrobo. El año pasado en Gualeguay me tocó una de fresno, que tiene una veta característica, una belleza. Hay una cantidad de detalles que se tienen que dar para cerrar con un moñito tu proyecto”.
Serie Los Guerreros.
Los disfrutes de Morasan: “Me gustan los dos lugares, el taller tiene lo suyo, y también lo tiene un encuentro, un simposio, como el de Gualeguay: se comparte con otros colegas, se charla, se conocen herramientas. Por ejemplo Adrián Bois y Francisco Mateos vienen de Europa, llegan a Gualeguay después de andar uno por Rusia, otro en Italia y Francia; tuvieron la posibilidad de comprar herramientas que en el país no hay; en estos momentos no estoy viajando, entonces es muy valioso el intercambio de ideas y experiencias”.
Antes de su vuelta a Gualeguay: “Actualmente en mi escultura estoy trabajando en una serie totémica; y en otra que es una serie de esferas de gran tamaño, que hace unos años nació en pequeño formato y en cerámica y hierro; la de hoy es en hierro y poliéster. Las esferas son para exponer en espacio abierto, no hay puerta por donde pasen, tienen hasta un diámetro de 1,50m. El 6 de octubre inauguro una muestra en el Nuevo Salón de Arte en Concepción del Uruguay con dos de mis ayudantes, ellos muestran pintura. Estoy terminando para la misma el último de los tótems, de una serie titulada ‘Guerreros’”.
Esferas
Morasan y su boceto: “En estos momentos trabajo en el boceto para Gualeguay. El encuentro tiene una temática que está relacionada con sus creadores, su geografía; encontré un texto muy interesante: ‘¿Qué decimos cuando decimos Gualeguay?’ de Jorge Alberto Surraco Babino en su blog ‘La botica del Diablo’. Siempre me informo antes de los trabajos, antes de ‘entrecomillas’ entrar en la inspiración. Tengo varios apuntes, pero creo que me voy a inclinar sobre uno que tiene que ver con el río”.
Inauguración del 6 de octubre. A la derecha: Mario Morasan.
Mario Morasan me obsequió un ejemplar de “La Histórica. Patrimonio, monumentos y escultura pública de Concepción del Uruguay 1783-2011” (2013). Una investigación necesaria a realizar en todas las ciudades: cuáles las esculturas, quiénes los escultores, quiénes los recordados, pistas de tiempo y lugar que deben ser guardadas en la memoria. Su tiempo como investigador de las esculturas emplazadas en su aldea natal, tuvo una feliz vuelta de tuerca, una revisita que ya está lista para ser editada: “En esta segunda parte incluyo esculturas muy importantes que están dentro de instituciones; algunas de escultores muy famosos, otras de escultores olvidados; la gente desconoce el patrimonio que existe en las instituciones. Hago una referencia no muy extensa del cementerio, ya que existe el libro notable de Luis Alberto Salvarezza (‘De cruces, alas y mármoles’), pero agrego una serie de tumbas que no son históricas, pero que son de personajes que me interesa rescatar. Agrego datos inéditos, hablo sobre algunas esculturas del Palacio San José, incluso las robadas en el 91; di con el nombre del escultor y el lugar donde se hizo la escultura de homenaje a Colón. En realidad es una edición ampliada del primer libro, más una segunda parte. La idea de edición se la debo a Salvarezza; yo pensaba hacer un segundo tomo; pero creo que es mejor que todo sea reunido en un solo libro”.
Serie Los Guerreros.
De una resumida hoja de vida y labor de Morasan, elijo destacar que lleva realizadas 18 exposiciones individuales y 50 grupales. Fue seleccionado para participar en Salones Nacionales de Artes Plásticas (Buenos Aires, Santa Fe y Río Negro). Entre los premios obtenidos se destacan: el 1º Premio del Salón Anual de Artistas Plásticos de Entre Ríos en dos oportunidades (1995 y 1998), en 1998 el 1º Premio y el Gran Premio en la “IIº Bienal Internacional de la Costa” (Argentina-Uruguay), y el 1º Premio en el “III Concurso Nacional de Tallista”, Colón (2009).

La ciudad/río de Gualeguay recibe junto a Mario Morasan a los siguientes escultores: Alfredo Godoy Wilson (Paraná), Francisco Mateos (Paraná), Adrián Bois (Villa Elisa), Héctor Zucco (Chajarí), Marisa Núñez Caminos (Victoria).

domingo, 1 de octubre de 2017

En el Quirós: Paletas artísticas

Este último viernes de septiembre se inauguró una nueva muestra organizada por la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos) en el Museo Quirós de nuestra ciudad/río de Gualeguay. Por muchos motivos es una alegría la nueva presencia de SAAP. Mi viejo, Rolando Lois, a sus 86 años sigue acompañando a la Sociedad nacida en 1925 para velar por los derechos de los artistas plásticos. Ya hace un tiempo, la charla entre Rolando y Néstor Medrano, responsable de Cultura de Gualeguay, significó el primer paso en un fructífero acercamiento entre el Museo Quirós y SAAP. Se estrecharon lazos que, por ejemplo, se tradujeron en la posibilidad de que muestras de plásticos gualeyos y entrerrianos, tengan la posibilidad de realizarse en la sala de la Sociedad, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires; y que esa misma posibilidad tengan las muestras originadas en la gran ciudad con destino de museo gualeyo.
La muestra inaugurada lleva por título: “Paletas artísticas. Fragmentos de una colección. Parte 2”. Esta muestra plástica guarda un detalle de suma originalidad. La propuesta impulsada por SAAP en el inicio de esta historia, fue la siguiente: se le pidió al plástico que trabajara la obra sobre un soporte muy especial: la paleta del pintor, una de las herramientas del oficio: por lo general de madera: el espacio/tiempo donde el artista trabaja sus colores. Aquel primer movimiento dio origen al proyecto de publicación de un libro. La SAAP publicó en 2013 el libro: “Paletas artísticas”, y tuve la posibilidad, una gran alegría, de que la Comisión Directiva me invitara a escribir un texto de apertura para dicha publicación. Texto que comparto a continuación:
“La paleta del pintor: La paleta del pintor como apaisada retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la madera donde aguardan los colores.
La paleta del pintor puede descansar sobre una mesita, o un banco alto, y puede, alta en el cielo, habitar el aire del taller al compás de los vientos. El alma del mago también debe saber del viento. La mano como vela de mástil mayor, flameante, puro desafío ante el abismo de la luz o la de su ausencia. 
Pero el secreto mayor jugará sus cartas en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre, y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la paleta.
Hace cincuenta años que sé de la existencia de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible, explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta, luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos, intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el mago, el alquimista.
Hay en este libro una propuesta distinta para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la creación. Este libro de la SAAP funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: ‘Mirá, hermano, esta vuelta, el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que ‘sea’, que ‘haga esquina’ sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar’.
Como es de esperar, sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán lluvias, garúas y vientos”.
Entre las casi 70 paletas artísticas expuestas, se encuentran las de: Brachetti, Omar; Caldara, Ana; Canteli, Helio; Cañás, Carlos; Cárdenas, Ponciano; Chiaravalle, Daniel; Costanzo, Salvador; Crespo, Maximiliano; Dinzelbacher, Hugo; Fioravanti, César; Gaeta, Pedro; Gagliardi, Helios; Galluzzi, Natalio; García Cuerva, Zulma; Gualdoni, Eduardo; Kuperman, Basia; Lois, Rolando; Medrano, Néstor; Merellano, Isabel; Monferrán, Eugenio; Núñez Villalba, Cristina; Pagani, Ana; Pagano, Norberto; Poggi, Pina; Puebla, Adriano; Ramos, Pastor; Scannapieco, Carlos; Tarsia, Ana; Tessarolo, Carlos; Zucconi, Alejandra.
“Fragmentos de una colección. Parte 2” es una exposición original, distinta. Entonces en esta escritura aparece el recuerdo de una charla en el taller del grabador/plástico Juan José Cartasso (1925-2017): amigo de mi padre y mío, fallecido hace un puñado de meses. El recuerdo pidió permiso desde la memoria y se instaló en presente desde que supe de esta muestra de SAAP en Gualeguay. Una tarde de abril de 2009, terminé pidiéndole a Cartasso una paleta. Las vi en un rincón del taller. Hice la observación, y él me contó que utilizaba una paleta por cuadro. Recortes de madera fina de distintas medidas. Cada una de ellas: una galería de color y texturas, un mapa del tesoro; en ella la intención de un cuadro, de una historia; colores estirados, aplanados por el paso del pincel, y colores que semejan montañas terminadas en una pincelada con ganas de llegar al cielo del taller. Una comunidad de colores y formas, un maravilloso caos fundacional dentro de una tablita de 40x20 cm. La paleta de la que hablo, y que mientras esto escribo, está a mi lado, sobre uno de los estantes de la biblioteca, fue el obsequio que Juan José Cartasso me hizo unos días después de aquella tarde. La dedicó en su reverso. No volví a verlo desde que ensayo mi ciudadanía gualeya. Por años me llamó por teléfono, para festejar las notas que yo publicaba en el diario “Tiempo Argentino”. Siempre me alentaba a seguir trabajando, tenía la fuerza de un pibe, y ya tenía más de 90. Un apasionado. Recuerdo la vez que lo entrevisté para el periódico “Desde Boedo”, en 2008; me contó que en 1959 había ganado el tercer premio de dibujo en el Concurso Internacional de Leipzig, Alemania; en una carpeta guardaba una copia de su obra junto a una copia de la obra que se llevó el primer premio, ¿quién había sido el artista ganador?, un tal Pablo Picasso. El dibujo de Cartasso era mejor.
Paleta de Cartasso
Entonces aquí me encuentro, festejando una exposición plástica sobre original soporte, y al mismo tiempo contando del día en que pedí una paleta de pintor porque decididamente me llegaba como arte. Un arte, la paleta de Cartasso, que acompañó, muy cerca de la cuna, los primeros sueños de mi hija Julia, la misma que hoy afirma que ya es pintora. No me canso de anotar las bondades que puede obsequiar la cercanía del arte. Es una lástima perder oportunidades de mirar, de ver, y de escuchar a los hombres que eligieron vivir esta única vida en la sustancia de este camino, de esta labor, que quizá los lleve hasta la especie esquiva del arte. Nadie tiene asegurado el resultado; eso sí, para el que gusta, siempre hay una paleta esperando, una herramienta plena de colores, que puede ayudar, y mucho, a transitar los días.