domingo, 18 de septiembre de 2016

Fabricio Castañeda: de Borges a su aldea

La charla con Fabricio Castañeda (1974) presenta, a poco de andar las palabras, una conclusión: se está frente a una persona transparente, que de manera simple enumera las estaciones que lo llevaron hasta su quehacer cotidiano, que está repartido en dos veredas, a primera vista diferentes en esencia, pero unidas en el trabajo de este gualeyo por una misma pasión/guía. Fabricio es, por un lado odontólogo, y por otro, escritor, autor de, ante todo, muchas canciones. En su relato de vida aparece una constante, claramente identificada en su hacer creativo, pero que uno imagina correspondiente a todos sus quehaceres terrestres, y tiene que ver con la “suerte”, que bien puede entenderse desde su costado azaroso, pero que a su vez queda entrecomillada porque no se puede llamar suerte, solo suerte, a las bondades amanecidas entre Fabricio y sus semejantes. Sin duda este gualeyo ofrece trato destacado al otro, y llega a felices devoluciones de amigos y de apenas conocidos. Hay transparencia en Castañeda, respeto y emoción por el trabajo propio y por el del otro. Castañeda puede admirar con felicidad. Prueba mayúscula de esta manera de andar los días es su disco, la grabación y demás coordinadas: “Milongas Borgeanas” (2014).

Avisa Fabricio: “Nací en Gualeguay, y viví toda la vida acá, excepto los 5 años que me fui a estudiar odontología a La Plata”.
No existe escritor que no lea, pregunto: “Leo mucho, en este momento menos, porque fui padre, ya con dos chiquitos tenés menos tiempo. En la secundaria también leí poco, pero interesado siempre. Cuando fui a la facultad sí, ahí se despertó la lectura por necesidad. Caminaba unas quince cuadras hasta la facultad, y había dos librerías grandes de libros usados, así que en idas y vueltas empecé a comprar libros, los más baratos, y de forma azarosa fui descubriendo autores, los que me parecían, después esos autores me llevaron a otros. Llegué a algunos como pude. Leyendo mucho”.
Pido alguna precisión, algún nombre: “Había escuchado hablar de Edgar Allan Poe, pero no había leído, entonces traté de leer todo lo que pude; tuve suerte de ir uniendo caminos entre autores. Leí muchos cuentos, y me volqué a la poesía. Recuerdo haberme encontrado con la poesía de Pedro Salinas, años después, haciendo un curso con la profesora amiga Alejandra Cordero, ella me presentó la obra del poeta, ese encuentro me deslumbró. Después encontré a Alejandra Pizarnik, leí, y leí sobre su obra”.
El ejercicio de la maravilla de la lectura puede tener diversas y felices consecuencias, una es el intento de la escritura. La sustancia llega a nuestras almas, esas que serán las encargadas de fundar identidad, personalidad, y entonces la palabra arribada encabrita la propia, y puede nacer el intento sincero de querer escribir; después se verá si el impulso se mantiene en el tiempo y nace con espíritu de oficio. Fabricio coincide: “Había esbozado algunos poemas, de manera natural, porque tampoco me lo propuse, fue una necesidad de decir algo, y de decirlo de alguna forma; dentro de mis posibilidades traté de reflejar lo que sentía. Escribí algunos poemas, cuentos, y canciones. Hoy mi escritura está enfocada a las canciones. Siempre fui muy musical, mi viejo es tanguero, le gusta Magaldi, Ignacio Corsini, Julio Sosa, había tango a cada momento, también chamamé, y quise hacer algo sobre el tango. Cuando iba a Buenos Aires siempre escuchaba a algún cantor. Y a la vez disfruto la música de mi provincia, tenemos varios referentes a nivel local y provincial”.
Mario Alarcón Muñiz y Fabricio Castañeda
La consulta hace centro en un nombre: Jorge Luis Borges: “Compré un libro de cuentos de Borges en la librería de usados. Después de recibirme me compré una colección con la obra completa, y leí y releí. También leí distintos autores que hablan sobre su obra. Quedé fascinado, y traté de conocer los autores que Borges me fue sugiriendo”.
Milongas Borgeanas en el Club Social (foto: Marina Monasterios)
Tiene claro Fabricio Castañeda que este primer movimiento, su disco “Milongas Borgeanas” se apoya en un referente de la ciudad/ puerto; puede afirmarse que Borges es uno de esos escritores que pueden citarse como sinónimos de Buenos Aires, las distintas ciudades, la de arrabal y tango, y tantas otras, todas alejadas de la aldea gualeya: “Trabajé sobre un poema “La Luna” (cantada por Catherine Jabbour y Juan Villarreal) y cuentos; la primera canción fue sobre “La Intrusa”. Respeté el argumento y la esencia de los cuentos, y busqué trabajar sobre lo que me seducía, a veces una partecita del texto, trabajé sobre eso con mi palabra. Escribí con la idea de escucharlo, pensaba en la palabra e imaginaba la música, y hasta el cantor que quería. Al escribir el primer tema no tenía compositor. Consulté con mi amiga Melina Tempelopoulos, y me dijo que lo viera a Juan Martín Caraballo. Hablé, nos pusimos de acuerdo, y trabajó con libertad. Talentoso y aplicado, terminó haciendo varios temas del disco; después me encuentro con una amiga tanguera Pauline Nogués, francesa, pianista que tenía una orquesta típica: Andariega. Ella hizo 4 temas del disco. Para “Milonga del traidor”, basada en “La forma de la espada”, pensé en Giovanna Facchinelli para cantarla; ella quiso buscar el compositor y me contacta con José “Pepo” Ogivieki -yo lo conocía de cuando iba a escuchar a Rubén Juárez, él fue su pianista-, que hizo música, arreglo y dirigió el tema. Me encontré en la noche del tango a otro amigo: Andrés Drimer, compositor, cantor, arreglador, que trabajó sobre la “Milonga de los cuchillos” (El Encuentro), esa la pensé para María Belén Rivarola, una cantante lírica que nunca había cantado tango. Tengo la suerte de tener buenos amigos y la amistad se mantiene, como Jacqueline Sigaut, ella canta la “Milonga del destino” (La intrusa). Después cantores como Juan Villareal, Agostina Pagella (“El cautivo”), el Chino Laborde, que me llega a través del guitarrista Diego “Dipi” Kvitko, que me cantó dos temas: “El fin” y “Historia de Rosendo Juárez y ‘El Corralero’” (Hombre de la esquina rosada/Historia de Rosendo Juárez); al Chino no lo conocía, y tampoco a Karina Beorlegui, la llamé, le expliqué y dijo sí: grabó “Otra milonga de Juan Muraña” (Juan Muraña), como era un proyecto autogestionado nunca me cobró. El disco lo dirigió musicalmente Javier Díaz González, un guitarrista amigo, en el estudio Triada de Sirso Iseas, que ayudó mucho en la grabación, fue el técnico. Eran temas nuevos, hubo sugerencias de músicos y cantores, la mayoría fueron aceptadas, y se nota su impronta. Algunos cantores agregaron el tema a sus repertorios, y por ahí hoy andan sonando hasta en Europa”. Completan la obra: “Milonga del odio” (El otro duelo, cantada por Facundo Radice), “El muerto” (cantada por Marina Ríos), “Milonga para Cruz” (Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, cantada por Cintia Barrionuevo), “La otra muerte” (El Sur, cantada por Solar Martínez).
Castañeda anotó en “Milonga de los cuchillos”: “Los recuerdos son fugaces, / esto lo sabe la gente, / todo destruye el olvido, / manda a perpetua el presente...”, y en “El fin”: “El vértigo de aquel día, / se repite en mi memoria, / a usted, Borges, hoy le muestro / la otra cara de la historia”.
Fabricio junto al Chango Ibarra
Regresa Castañeda de su ida a la gran ciudad del egregio escritor hasta este presente en la ciudad/río, su Gualeguay natal. Sus palabras ahora dan noticia de la esencia que nutre el proyecto en marcha junto al Chango Ibarra y su Banda Pueblo, el disco “Orillas”, obra que se espera para diciembre de este año: “Ahora estoy trabajando sobre sonidos litoraleños, creo que es un acercamiento a cosas muy íntimas, como el río, sus sonidos, paisajes, su soledad, y pensando en ritmos más nuestros. He ido tardes enteras a Puerto Ruiz a tomar mate y a mirar los movimientos de la gente, a imaginar cómo fue en la época de esplendor, cuando había trabajo, y cómo fue cambiando, incluso hasta el ánimo de la gente… y también tiene que ver la literatura, mucho de eso lo leí en Juanele, ese amor por el paisaje y todo lo que conlleva el río, la naturaleza, la soledad que no es soledad de persona, porque se puede vivir al lado del río mamando realidades. Por eso el nombre ‘Orillas’, que con respeto habla de todo aquello que circundaba al poeta. Tema que va a cantar Jacqueline Sigaut. Y también en ‘Puente viejo’, que canta María Graña, hay una referencia a Juanele”.

Fabricio Castañeda entonces, como si volviera al barrio, pero no, al igual que Troilo, puede hablar de que las estrellas siempre lo guían, lo llevan y lo traen en intereses genuinos; porque nunca se fue de Gualeguay. Con el disco junto al Chango Ibarra -todas son letras de Castañeda-: “Orillas”, Fabricio trabaja en sus canciones con historias, vivencias, imágenes, provenientes esta vez de la experiencia propia o de esas anécdotas, trascendidos o “sucedidos” que la mayoría de las veces vienen del relato de la gente. Historias de trabajadores, de oficios al borde de la desaparición. Esta vez no hay autor de renombre entre las bambalinas de su cancionero, sí presencias como la de Juanele, inseparable de la ciudad/río, o como la de Juan José Manauta, pienso, porque cada vez que Castañeda hable de hambre, o todavía más, cada vez que cualquier gualeyo hable de hambre en este lugar en el mundo, es como citar al Chacho en sus poemas o en su famosa novela: “Las tierras blancas”. Es el trabajo de la memoria el que lleva adelante Castañeda, el trabajador de la cultura, junta esta vez retazos de vidas de gente conocida o imaginada a partir de esos conocidos, para contar una memoria de su aldea.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Rolando Menescardi hace memoria

Hace tiempo que tenía pendiente una charla con Rolando Menescardi, actual presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de Gualeguay. Hablar con Rolando es abrir la puerta a un mundo interesante, a una vida transitada a conciencia. En su relato hay memoria, compromiso, pensamiento, así se construye ese mundo interesante que menciono, un mundo repartido en distintos paisajes. Todo llega, me dije, mientras escuchaba la palabra de Rolando.
La voz de Rolando se hace notar en cualquier ámbito: clara, una dicción perfecta, palabra con énfasis, porque siempre la asiste el pensamiento, y con el volumen necesario para pedir permiso entre los escuchas. Como si hablara desde una radio amiga, como si el artilugio transmisor se encontrara en la altura de la primera horqueta de un árbol de cepa gualeya, y que el fenómeno en el éter sucediera a media mañana, durante una mezcla perfecta de otoño y primavera.
En efecto, la voz de Rolando Menescardi no es cualquier voz, y tiene que ver con la historia de Gualeguay. Fue muchacho y trabajó en la Difusora Popular, y era muchacho cuando también realizó su experiencia en Radio Gualeguay, me cuenta: “La Difusora Popular, sus últimos años, fue una escuela de perfeccionamiento para locutores que luego trabajarían en Radio Gualeguay. Yo fui empleado y practicante de la Difusora. Recuerdo que se pasaba mucha música folclórica, también jazz. Entré en 1969, la radio apareció en el 73. Durante el último año y pico ya enfocamos hacia la radio. La Difusora había arrancado en 1939, constaba de una vivienda y una consola de transmisión: una magia que se hacía con un cableado por las cornisas de las casas. Cada dos o tres cuadras había una bocina o parlante conectada para poder difundir la programación. El horario era de 10 a 12 y de 18 a 20.30, así funcionaba de lunes a domingo. Una vez que aprendí locución, que le perdí miedo al micrófono, trabajé de mañana, por la tarde había otro locutor porque yo estaba haciendo la secundaria. Estuve unos 4 años y medio. La radio salió al aire en el 73. La Difusora siguió unos dos meses más y cerró, porque la gente hacía publicidad en la radio”.
El aroma a felicidad será una presencia durante la mañana en que Rolando viaja al pasado: “Fue una etapa muy linda, éramos muchos, unas 30 personas capacitándonos. Recién a mediados de julio del 73, se pensaba que en enero, empezó la radio de forma experimental, y oficialmente el 1 de septiembre del 73. Qué ansiedad, salió con muchísima publicidad. La radio tuvo un apoyo enorme del comercio, la industria, de toda la vida económica; y una programación muy buena. Claro que lo teníamos al periodista Mario Alarcón Muñiz, de sólida formación y de una cultura destacable. Fue un gran profesor. Estaba Luis Garibotti, que también nos daba charlas, y que también había sido de la Difusora. Pero él cursó la carrera oficial de locutor en el ISER”.
Recuerdos, y el porqué de un final para la carrera de locución: “En la radio estuve por la tarde, anunciaba los programas. Me acuerdo del programa que estuvo corto tiempo: “Miguitas sobre el mantel” de Derlis Maddonni y Carlos Alberto Montella, “Discoteca 38”, que la gente pedía los temas por nota, duraba como dos horas; había un radioteatro que venía envasado de Buenos Aires, y música del Litoral. Era muy buena la programación. Con los años pasé al turno mañana como locutor de noticieros, que también me gustó, y fue lo último que hice porque después me atrajo la docencia fuertemente. Contando Difusora y Radio fueron unos 9 años”.
Así se fundó, fue el inicio de Rolando docente. Las elecciones del maestro, su formación: “En el 78 me fui de maestro un año al Delta entrerriano. Mi primera experiencia como docente en una escuelita rancho. No son gratos esos recuerdos, era vivir de manera muy primitiva, pero me lo banqué, un lugar con mucho éxodo; familias que se iban a la provincia de Buenos Aires, y la escuela se quedaba sin alumnos; la querían cerrar y yo no quería; entonces renuncié y me fui a Río Negro. Quise conocer la Patagonia, había ex compañeros de Radio Gualeguay trabajando allá, me informaron que tenía la posibilidad de ejercer en dos cargos, había mucha demanda de maestros, y también de locutor en la radio, ya que había varias y entonces se abrían posibilidades de trabajo”.
Pregunto a Rolando por su relación con la lectura, y quizás en esta respuesta se encuentre el inicio de su rol de maestro: “Mi relación con la lectura viene desde joven, yo era socio de la biblioteca, porque posibilidades de comprarme libros no tuve nunca mientras fui joven. Empecé con recomendaciones, con cosas que me motivaban la curiosidad, y que tenían que ver con el momento histórico del 60/70. No vengo de una casa con padres lectores, para nada, eran gente de campo con una primaria incompleta. La escuela primaria me encantó, había cantidad de libros de cuentos, una biblioteca entera, y era una escuela chiquita, seríamos 30 alumnos y dos maestras, una atendía 1°, 2° y 3° grado, y la otra 4°,5°, 6° y 7°, así terminé la primaria. Fue buena, porque el tema de la lectura me gustó, dominaba las operaciones básicas de matemática, seguro tendría fallas en geometría o ciencias naturales, pero fue buena. Cuando era chico me desvivía por leer un libro. Vine a la ciudad a estudiar y a leer en la biblioteca; si no entendía, en la ciudad preguntaba, en el campo no te pasaba eso, salvo que estuvieran las maestras”.
Entre mate y mate, Rolando se asoma aún más a su pasado: “Tuve una linda historia, una linda vida, yo estoy conforme. Es verdad, me tocó mucho sacrificio, pero pude hacerlo. El problema es cuando la gente queda a mitad de camino, cuando quedan al margen de la posibilidad de progreso. Porque el camino del progreso es el camino al conocimiento, sin lugar a dudas. En los concursos siempre elegí escuelas rurales o de periferia de las ciudades porque es ahí donde uno tiene que poner toda su convicción para lograr que los chicos, al menos, terminen un primario, que estamos de acuerdo, ya no alcanza desde hace varios años. Mi último puesto fue supervisor, el cargo más alto del escalafón docente; tuve esa convicción, y sigo teniéndola, por más que uno ya esté jubilado”.
En números, nombres y fechas Rolando Menescardi se define de esta manera: “Nací en 1951 en Galarza, vivíamos en el campo, 3° distrito, a 15 km. de Galarza y a 40 de Gualeguay. Hice la primaria en la escuela n° 19 José Manuel Estrada, en el campo. La familia vino a la ciudad a fines del 67. Estudié en la entonces Escuela Nacional de Comercio Celestino Marcó, de noche. Después hice el magisterio, el profesorado para escuela primaria en la Escuela Normal. Simultáneamente aprendí en forma empírica la profesión de locutor. En 1979 dejo Gualeguay, voy a Cipoletti, como maestro de escuelas primarias públicas. Regresé en el 86. Y seguí en la docencia en escuelas rurales, estuve unos 15 años; después me vengo a la ciudad y estoy 3 años como director de una escuela; luego 5 de supervisor hasta jubilarme”.
Hay en el relato de vida de Rolando Menescardi la presencia de una besana decisiva. Corría 1969. Rolando tenía 18 años cuando en la parroquia San Antonio conoció a Juana Armelín, que todavía figura en la lista de desaparecidos por la última dictadura cívico-militar. Ella venía de dejar sus estudios de Matemática en La Plata. La razón: no soportó seguir estudiando mientras otros compañeros debían abandonar la carrera porque tenían que ir a trabajar. Rolando habitaba feliz la ciudad, no solo trabajaba, había empezado a estudiar el primer año del secundario, de noche. Juana Armelín habló de injusticia social. Cuenta Rolando: “Ella decía: No. Se ofreció a ayudarme en matemáticas, y ni soñar de cobrar. Había jóvenes así en aquella época, no se bancaban el sistema. Yo era 3 años más chico que ella; para mí era natural, y para ella terrible; me decía que yo tenía que estar egresando, no empezando el secundario. En mi casa no se podía pensar en estudiar, no es que no quisieron, no podían, solo una hermana mayor, a la que pudieron becar, pudo estudiar; y yo lo viví naturalmente, es cuando vos aceptás el sistema tal cual es. No sos lo demasiado inteligente o crítico, ella sí tenía las herramientas. Y ella, al tener esa postura, me movilizó interiormente. Mi cabeza ya funcionó distinto, no con la obediencia y aceptación del sistema. Y tuvimos poco contacto, fue un corto tiempo; no desarrollamos una amistad, pero me hizo disparar cosas que yo no tenía en la cabeza”.
La aparición de Juana Armelín en la vida de Rolando Menescardi fue fundamental en su desarrollo como persona que piensa, que vive a consciencia, y como persona que se reconoce en el lugar que ocupa en el mapa social; dice Rolando que es, antes que maestro, un asalariado, y que como tal sabe muy bien dónde se levanta su vereda.
Rolando Menescardi es el hombre que se formó desde la mirada del muchacho que fue, sobre el mundo que se fue abriendo desde su llegada del campo. El hombre después fue maestro y eligió ciertas escuelas; y un día fue presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Gualeguay, que no deja la memoria para mañana, la practica hoy, y por eso sigue preguntando dónde está Juana Armelín.

Le pregunto a Rolando qué significó estar en la APDH: “¿Qué significó?, sentirme bien encuadrado en un compromiso con el que me identifico plenamente. Esto soy yo”.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Las sintonías del lector

Hay oscuridades que aterran, que condenan al peor de los silencios: el del pensamiento. Y cuando anoto oscuridades no me refiero a las noches malas que todos deberemos enfrentar a lo lago de la vida, a las oscuras tormentas, ocasionadas por cuestiones diversas, por las que atraviesan los hombres, y que puede muy bien ser usada, la experiencia o la enseñanza, para crecer, para entender más sobre los días. Hablo, tengo intención de hacerlo, de esa oscuridad que funda el silencio entre las diversas almas que pueden vivir dentro de cada hombre. Hay silencio porque no hay palabra. ¿Dónde nace la palabra que sabe de distintos aromas?, por ejemplo en la charla atenta. ¿Dónde, en qué lugar del espacio y del tiempo, es posible encontrarse con la floración de las palabras?, dentro de un libro. Para llegar a este paisaje sin límites que puede guardar un libro, es necesario fundarse como lector, asumir a conciencia el derecho a la lectura, y es más, asumir, dado los tiempos que corren, el compromiso con la lectura. Es este mundo globalizado un lugar donde hacen falta los lectores, esa gente atenta y arriesgada que elije ejercer la práctica de la mirada en profundidad. La oscuridad, el silencio de pensamiento, corresponde, encaja de maravillas en la vida de la sociedad de la cáscara, ese lugar nefasto donde tantos patinan, rebotan, y en el que finalmente se quedan a vivir.
El pensamiento tiene que ser una presencia cotidiana, debe ser parte del intento sincero de vida a conciencia en cada día que nos toca. El pensamiento es claridad, es pulsión de búsqueda: de más palabras, de más ideas; es la posibilidad de salir de la repetición insípida de los momentos. En erigirse como lector atento puede estar el génesis creativo que ayude a romper las cadenas que nos anclan al facilismo de ver transitar la historia sin preguntarnos por qué sucede lo que se sucede, a quién beneficia la sucesión de la bulla, qué hay detrás de cada frase hecha, quién detrás de cada careta. Al mismo tiempo que se alumbra la lectura, el lector disfruta de un viaje cierto al placer. La lectura es placer, información, pilar del pensamiento, pilar del costado soñador, que contiene al famoso niño que, se afirma, todos llevamos dentro, y del que digo que todos deberíamos alimentarlo para así llevarlo con nosotros, los grandes, porque siempre es necesaria la compañía/presencia/abrazo del niño que fuimos cuando era el tiempo de los juegos para divertirnos y aprender, ese tiempo en que siempre se quería más.
Soy lector, diría, que desde la cuna, desde esa cuna que me obsequió la escuela primaria pública, a ella, a mis maestras, el primer agradecimiento. Conté con la oportunidad de la educación, y conté, además, con la oportunidad de una casa, con padres que se pudieron ocupar de mis necesidades. No sobraba, pero es justo decirlo, nunca me faltó palabra, compañía, abrigo y comida.
Si miro hacia el pasado, contando ya con la herramienta de la lectura, veo a mi padre arrimando libros, abriendo puertas, enseñando que había otros paisajes a visitar. Diría que aquellos días se afirman en lecturas como “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain, “Colmillo blanco” de Jack London, las “Fábulas” de Esopo, y títulos varios de la Colección Robin Hood. Y digo que esas lecturas fundantes, esos libros, más los que ya no recuerdo, se daban, aparecían enmarcados en la gran herencia, la única posible en una familia obrera, que fue la presencia de dos bibliotecas. Mi padre es artista plástico, entonces había libros de pintores con láminas a todo color; Rolando también se interesaba por la historia universal, y entonces la magia de la claridad se fue haciendo en el tránsito de las lecturas. Hubo otro elemento relacionado con la lectura, y era la visita regular de mi abuelo paterno, Julio Martín, que sin haber ido un solo día a la escuela (tenía 12 años, allá por 1910, y dormía en el carro de una panadería), había terminado escribiendo poemas, además de pintar cuadros y haber dirigido una agrupación de teatro independiente. Yo, el nieto orgulloso, decía a los 10 años que iba a ser poeta como el abuelo.
Además de este detalle que tiene que ver con mi abuelo, quiero anotar que una de las consecuencias posibles (feliz consecuencia), mientras el lector se va fundando en la claridad, el pensamiento, la presencia de la palabra, es, diría, el casi inevitable impulso de intentar la escritura. No hay escritor que no lea. La lectura es fundadora de escritores.
Hubo en mi vida de lector una época en que no quería leer -afirmaba el muchachito- nada que no fuera verdad, y entonces me dediqué a analizar enigmas de la antigüedad, fenómenos misteriosos como los ovnis o los fantasmas. No me quejo de aquella época, y mucho me informé sobre asuntos varios; sí descreo de la cerrazón amanecida. Pero se abrió otra puerta. Mi papá, pintor de obra, tenía una pequeña empresa de pintura, encontró en una casa vacía, dos libritos abandonados en un ropero: “El gato negro” de Edgar Allan Poe y “La garra del mono. Antología de cuentos de horror”. Ediciones baratas impresas en Chile a principios de los 70. El librito de Poe contenía otros cuentos del autor, y en la antología encontré “En la cripta” de H. P. Lovecraft, además de “La garra del mono” de W. W. Jacobs, y entonces, desde estas historias, mi concepción de la vida cambió, porque en ella entró o regresó la fantasía. Digo que estos libritos me salvaron la vida, porque con ellos afirmé el costado fantástico y lo mezclé satisfactoriamente con lo entendido como realidad. Resultó un cóctel sustancioso. Leí a los autores clásicos del género fantástico y del horror, anduve de lector por las novelas góticas; el miedo, el terror, me llevaron hasta algunos cuentos de Horacio Quiroga: “El almohadón de plumas”, “La gallina degollada”. Y el paisaje comenzó a abrirse, a salir el sol cada vez con mayor intensidad.
Hasta aquí una apretada memoria alrededor de mis primeros pasos como lector. Después llegaron visitas, muchas, variadas, en distintos formatos: poesía, cuento, novela, ensayo. Llegó la literatura, y también la historia; algo necesario, en la claridad aparecida, es saber de la historia de nuestro lugar en el mundo, y lugar significa, aldea: en la provincia, en el país, en la región, en el mundo. Una de las lecturas determinantes fue “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano, un paso a la mano para empezar a desentrañar los pliegues de ciertas maneras de proceder del señor Capital y sus hacedores.
Hubo y hay hambre en América Latina, como hay hambre en la novela “Las tierras blancas” de Juan José Manauta, y de esto se trata: las tierras blancas -donde fue pobre el amigo Deolindo Romero como fue pobre Odiseo, el personaje de Manauta-, la zona, queda en Gualeguay, y esta ciudad, la que muchos de sus habitantes la sienten o la quieren escindida del mundo, es provincia, país, región y sí, también mundo.
Volví a “Las tierras blancas” de Manauta, que había leído cuando era joven; esta segunda vez leí desde la aldea del Chacho, a poco de saber que habían tirado sus cenizas al río desde el puente viejo. Desde que vivo en Gualeguay he seguido como lector, construyéndome como persona, pensando (sí, el pensamiento) en las historias que leo, en la poesía, en los recuerdos de tantos. Destaco “Memorias de un provinciano” de Carlos Mastronardi, la presencia de Emma Barrandéguy, y otra vez, Manauta, es que poco conocía de sus cuentos, y es, me atrevo a afirmar, una lectura obligada para el lector. A través de Manauta se aprende a mirar la vida, se aprende a valorarla.
Leía la clara información que el domingo pasado el profesor Daniel Martínez daba en este diario a propósito de celebrarse el Día del Lector el 24 de agosto, día del natalicio de Jorge Luis Borges, y sí, también Borges llegó hasta mi escritorio, y fue otra de las suertes; y como fantasía, como mundo de luz, nombro su “El libro de arena”, y elijo al Borges poeta.
Cuando se habla de lectura y lectores, se habla del amigo libro, se habla del trabajo silencioso de los escritores, se habla de una educación que se traduzca en igualdad de oportunidades frente al mundo para el alumno, se habla de una política que sea hermana de una educación pública para todos, se habla de una sociedad que no se deje arrastrar al barranco de la facilidad de acariciar lucecitas para “subir” fotos que pretenden probar que hay vida cuando solo existe el simulacro.
No hay vida sin conciencia de los actos, sin compromiso con la historia: desde la chiquita hasta la grande. Los amigos que desean el naufragio a los verdaderos intereses que deben ser prioridad en la sociedad, por ejemplo la solidaridad, no quieren lectores, fomentan la oscuridad, el silencio, la siesta continua, el desinterés. Hay presencias que trabajan la sola existencia de lectores de zócalos de tv, lectores que leen cruzado para no perder tanto tiempo, lectores que como mucho leen título y copete de la nota, jamás el contenido; lectores que no lleguen al pensamiento propio, que se queden en la repetición; esos que eligen no practicar la pregunta, el análisis de aquello que se está leyendo. Hay muchos lectores que no tuvieron oportunidad, pero hay otros que sí, que cuentan con las herramientas para saber de qué trata la historia que cuenta uno u otro escritor.

Facetas de la lectura, distintas sintonías para todo lector que sepa de la fantasía y de la realidad, y para que después sepa, a conciencia, construir su propio relato de vida.

domingo, 28 de agosto de 2016

Ibarra: "Asoliáu" en la memoria

Tengo intención de escribir sobre uno de los caminos posibles para emprender viaje hacia la memoria. La memoria es el paisaje que se extiende más allá de la vista, y puede ser una posibilidad para entrarle a alguna de las sintonías esquivas del arte; cuando alguien practica, respira, habita la esquina, la chacra, el pueblo, la mesa de café, la reunión con amigos, y en estos lugares le saca punta al lápiz de la palabra y el pensamiento, comienza el tránsito por la memoria: una maravilla que se da en tiempo presente, que apunta al futuro, y que se escribe y nutre en los sucedidos de ayer.
La memoria, vivir en la memoria, significa para el hombre asumir la figura de médium como feliz destino, ser el nexo entre los vivos y los muertos; ser médium entre aquellas personas que, por ignorancia o desinterés, no prestan atención al nacimiento, vida y final de las pequeñas historias, esas que fundan personas y personajes, paisajes, barrios, ciudades, familias, señales que pueden encontrarse a la vuelta de cualquier esquina, en las orillas de todos los ríos. Claro que hace falta verlas, y para ello, el fenómeno, la conexión, sólo se dará luego de la toma de conciencia.
Chango Ibarra
Tomo por caso, como ejemplo, el trabajo musical que propone el Chango Ibarra y su Banda Pueblo. Ayer tuve la oportunidad de presenciar su recital en el Club Social de Gualeguay; hace unos meses había tocado en la Cooperativa de Artistas Entrerrianos. En ambos recitales presentó su primer disco solista: “Asoliáu”. En la propuesta de anoche además interpretó adelantos de su próximo disco: “Orillas”, cuyas letras pertenecen en su totalidad a Fabricio Castañeda, otro gualeyo que se le da por andar de ronda por la memoria. Agregó además Ibarra la proyección de un corto realizado por Mauricio Echegaray y que es el primero perteneciente a la serie “De Acá”, y que está dedicado a los luthiers de Gualeguay, en este caso Vescina. El Chango interpreta con una guitarra de Vescina de 1990 el tema de Asoliáu: “Regreso” (chamamé). Banquito sobre el pasto, verde de fondo, planos cortos, y luego la mirada que se abre, se hace general, y entonces aparece el árbol, la mora vieja en el camino de la costa, el sol dando señales entre sus ramas, entre las cuerdas de la guitarra, entre las voces de los pájaros; una toma, un extracto de la naturaleza, y una de “las músicas” del Chango hablando del tiempo. Cuando termina la interpretación, una de sus manos, la izquierda, hace un gesto, parece gesto propio, se cierra y abre como si la mano estuviera despertando del viaje en el tiempo, porque de esas cuestiones trata el quehacer musical del Chango. Saber del tiempo, de su implacable paso, tiene distintas bondades y costos. Porque uno contempla la absoluta presencia de la vida desde una perspectiva poética, y esa sensibilidad es la que promueve un mayor disfrute, digo que es necesario saber de la finitud cuando se habita el paisaje, y es esa sintonía la que a su vez permite, a quien contempla, descubrir bien nítidas las ausencias. Entonces será maravilloso recordarlas, y a la vez doloroso, quizás este ejercicio a través de los días sea la representación más certera de la vida toda. En uno de los textos de su autoría que Ibarra dice entre “sus músicas” habla precisamente de la desaparición de lugares de referencia física/emotiva, allá, cuando era gurisito; y sentencia: “Todo es un regreso a lo que definitivamente somos, la infancia…”. Una verdad poética la que juega el Chango, y a uno le dan ganas de sumarse al acierto anotado. Lo compruebo a cada paso en mi trabajo, esa necesidad entre mis entrevistados, aquellos gualeyos que felices ofrendan sus recuerdos, porque se vuelve, siempre se está de regreso, y ese retornar se acentúa cuando el hombre ha asentado confusiones varias, y entonces mira, comprende, funda el principio de la vuelta a casa.
“La casa de la abuela Teresa”, tema de Asoliáu lleva el siguiente texto del Chango, que lo dice, no lo canta, lo cuenta para quien tenga abierta la puerta a la memoria: “Gualeguay, Carmen Gadea 614, la casa de la abuela Teresa. Mi abuelo se fue cuando yo era bien gurisito, por eso le quedó la casa de la abuela Teresa. Fue la casa que sentí mía, aunque solo la anduve habitando, transitando, viviendo de a ratos en un deambular de cama en cama, de pieza en pieza, sin saber cuál era la mía; pero la casa, la galería y ese banco fueron míos, el patio de atrás y el galpón con pedazos de pasados, esas cosas que se guardan más por lo que significan para la vida de recuerdos que por su útil utilidad, fueron míos…
Porque ahí construí mi memoria. Lejos de aquellos tiempos, pienso cuanto necesitaba de esos guardados recuerdos para armarla. Yo, en ese galpón de chapas, con mi imaginación indomada, indomable de niño y sus formas herrumbradas inventaba, guaridas, aventuras, máquinas, historias, deseos y más…
De ahí me quedó algo, algo que había oculto entre todo eso en el rincón más rincón, en el lugar más lugar.
Resulta que los recuerdos toman cuerpo en los objetos del pasado y al mezclarse entre ellos se hacen permeables, así es como pueden absorberse, chuparse los momentos agarrados a una vieja chapa, esa que fue de la casa del campo donde se formó una familia al amparo de ella.
La misma chapa que después fue del gallinero que alimentaba a esa familia y un día se fue en un camión a la ciudad por si hacía falta para terminar en un rincón del galpón. Ella que fue casa gallinero, útil objeto y luego un pedazo de ayer herrumbrado.
Lo que dejan los recuerdos, Carmen Gadea 614, la casa de la abuela Teresa”.
Otro ejemplo de memoria, “Los abuelos”: “He de regalar los versos más justos para aquel hombre y esta mujer. / Él se fue aferrado a un infinito regreso. Ella está, ella anda… / Los dos criados a madre sola, y no pregunten más… / pero, se animaron a una familia, de las grandes en serio. Catorce gurises pa dar de comer! / Dieron tanta, tanta vida, que el silencio y el olvido andan renegando. / (…) / Tal vez en la verdad no haya palabras / Solo creer, solo vivir, nada más / Y fueron en silencio a su encuentro / Para creer, para vivir, nada más… / (…)”.
Hasta aquí el soporte de la palabra propia del Chango en referencia a la memoria, pero también se apoya en otros autores para mantener su esquina. En Asoliáu hay letras de Fabricio Castañeda, Cecilia Méndez, y letra y música de Japo Vela. Pero la música, su trabajo íntimo, es la materia que define el lance de Ibarra con el paso del tiempo. Hay en “las músicas” del Chango, un aire aromado, a cedrón; hay una cofradía de buenos fantasmas que llega unida desde los intersticios de las historias de la naturaleza y el hombre. La música tienta al viaje en el tiempo, es la música la que detiene el presente y transporta a otro escenario; la palabra apoya certera el sonido: el primer puente a la vista. El Chango transporta almas en la guitarra, en cada mapa organizativo de su quehacer acomoda los utensilios y parte, invita, porque trabaja pensando en la gente. Guitarra que es barco, que parte y regresa a su Gualeguay. Su mirada busca, vuelve, a su infancia, y a través de ella, muchos retornan a la propia. Él a su niñez en su barrio 9 de Julio, con sus amigos, con las riquezas típicas de barrio pobre; y yo, gracias al convite, me voy y llego certero hasta mi barrio, en Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires: ahí sigue la calle de tierra, la canchita de fútbol al costado de las vías del ferrocarril Urquiza, el caminito hecho de durmientes que lleva hasta la estación, el sonido nacido del paso del tren, idas y vueltas de día y de noche. Hoy quedan las vías. No hay más que metal, sin embargo hasta ahí me lleva la música y entonces nos encontramos otra vez: la gente sobre el paisaje, eternos de eternidad limitada volvemos a ser como alguna vez fuimos, o como alguna vez quise que fuéramos, que para eso sirven estos regresos, para imaginar más vidas y mejorar momentos; y esto que anoto no significa valor imperfecto, porque las realidades, y aún más las soñadas, llegan todavía más alto cuando la que sostiene es la sustancia base del recuerdo, su aceite esencial.
Ángel Ponce
La música del Chango Ibarra y su Banda Pueblo (notable Ángel Ponce) tiene un toque melanco, una pizca de saudade; es una música, “sus músicas”, como él la denomina, que se nutre de otros ritmos, y otra vez, de otros tiempos y regiones, todo macerado a voluntad bajo la sombra de su música de pertenencia, la música de su aldea y de su provincia. Es necesaria la identidad en todo creador, y a la hora de hablar del Chango, es necesario decir que su relato sonoro está siempre del lado del pueblo, de su origen, de su clase laburante; sucede en Asoliáu, y sucederá en el próximo trabajo: “Orillas” junto a Fabricio Castañeda, autor que también enfoca la mirada, quedó claro con los temas adelantados, sobre los trabajadores y los distintos oficios, ayer y hoy el arte que permita sobrevivir en una sociedad injusta.

Ibarra es un trabajador de la cultura, lo sabe, no es magia su arte, es el trabajo de un hombre que tiene en claro hacia dónde va, porque sencillamente sabe quién es y de dónde viene. Después el trabajo, la única llave que permite el encuentro, adentro y afuera del hombre.

domingo, 21 de agosto de 2016

Consejos para el joven Mastronardi

Leer a Carlos Mastronardi (1901-1976) en “Memorias de un provinciano” (1967) puede traer consecuencias, felices consecuencias, como por ejemplo, el viaje en el tiempo: por el propio relato, un verdadero viaje en el tiempo y la memoria de parte del autor, y además un viaje propio de parte del lector.
Así fue como me encontré otra vez frente al Profe Ricardo en el café Margot de Boedo; recuerdo esa tarde en que contestó sobre su dieta alimenticia: No, pollo no como, pollo comen los suicidas. El Profe llevaba desplegada su pipa y su pensamiento de filósofo y poeta. Dio aquella vez su explicación sobre el significado aciago que encierra la ingesta de pollos, razones incuestionables porque eran todas nacidas de su veta de poeta, fantasías verdaderas. La última vez que vi al Profe estaba internado, le faltaba poco para mudarse al otro barrio, me dijo: Edgardo, sabés, me dan de comer pollo, y se reía. Me quedé con la sonrisa, y esa sonrisa pudo más que su imagen recortada dentro del ataúd.
El Gallego en la barra del Cao (foto: Mario Bellocchio)
Así fue como me encontré, gracias a Mastronardi, sentado a una mesa del Cao de San Cristóbal, en la vereda, sobre Matheu, compartiendo la tarde, la charla, la palabra calma, con el Gallego, Manuel Guillermo Pérez Bravo, momentos después de haber dejado su trabajo en la barra del mismísimo Cao, en el preciso momento en que disfrutaba su fernet con coca como solo saben hacerlo los poetas: su poesía estaba en sus dibujos y fileteados, en sus ideas, en su comprensión del paisaje, en su sabiduría. ¿Cómo es que disfrutan los poetas?, es muy simple, hacen todo sabiendo, sintiendo, experimentando la finitud de las historias, de todas ellas y de todos los momentos, por chiquitos que estos sean. Con el Gallego hablábamos de la vida en nuestra ciudad, a esta altura, una Buenos Aires de ayer.
Entre tantos temas charlados con el Profe y el Gallego, inevitable que saliera uno de los desafíos mayores que contienen los días: la relación con la mujer. Ambos personajes citados tenían su rodaje callejero y vivencial, y siempre fue interesante escucharlos. Tuve la suerte de conocer sus puntos de vista, resultantes, como siempre, de las historias transitadas con suertes y ausencias de la susodicha; ambos hablaron de la mujer desde su veta poética. Tuve esa suerte, algo que no le pasó a Mastronardi con el señor Teghizzi: “(…) En una pensión de la calle Piedras al 300, en la cual viví dos años, me fue presentado un viajante de comercio que se llamaba Mario Teghizzi, quien formuló preguntas acerca de la posible duración de un juicio contencioso que se proponía iniciar. Calvo, menudo, secundario, Teghizzi me dijo que era casado y que tenía una cuestión pendiente con su suegro. Frecuentaba la casa de la calle Piedras porque en ella vivía un muchacho, comprovinciano suyo, a quien pedía mínimos favores. Sin embargo, cuando no lo encontraba, su fastidio crecía hasta la procacidad. Lo juzgó un insensato el día en que, no obstante haber pagado todo el mes de pensión, avisó por teléfono que almorzaría en otro lugar. Teghizzi, como tantos hombres de su condición, había perdido todos los sentidos, excepto el sentido práctico. Cuando el trato que mantenía conmigo creó cierta confianza unilateral, me hizo conocer lo que podría llamarse su concepción de la vida. En realidad, se trataba de algunas sórdidas habilidades que le permitían sortear lo imprevisto. Luego de hablarme de los problemas que debe resolver el hombre casado, bosquejó una suerte de filosofía del matrimonio. Me dijo que su mujer era más bien fea y que ello le daba tranquilidad. Recuerdo sus palabras:
-Es mejor una mujer insignificante, como la mía, pues siempre pasa desapercibida y uno se libra de jodiendas y conflictos. Las mujeres lindas, además de rendir poco en su hogar, tarde o temprano ocasionan líos. Yo vivo con los pies bien asentados en la tierra y no me dejo arrastrar por lo vistoso. Busco lo seguro, porque todo el resto es papel pintado. Como soy viajante de comercio, paso muchos días lejos de mi casa. Y si dejo en mi casa una mujer poco llamativa, estoy más seguro de su fidelidad. Nadie la codicia y es difícil que abandone a su marido. Yo tengo organizada mi vida y no quiero cambios ni porrazos a estas alturas. Cuando posea mi experiencia, me dará la razón. Créame, amigo: es buen negocio una fea”.
Carlos Mastronardi
El poeta cuenta, se mira, piensa, todavía impresionado por la “filosofía de vida” de semejante pensador, que Mastronardi califica de “secundario” y de personaje “práctico”, una especie que hoy anda de parabienes en la superficie de este mundo globalizado: “(…) Teghizzi y sus muchos iguales me mostraban una realidad que no era la que yo había imaginado. Cierta propensión romántica me impedía sentir el mundo como un inmenso prosaísmo donde todo tuviera valor de uso. Y un vago sentimiento estético, acaso estimulado por los poetas de la segunda mitad del siglo XIX (según Regnier, ‘vivre avilit’), me apartaba con fuerza de lo inmediato y me inducía a creer que nada oprime tanto el espíritu como la imperiosa noción de provecho. No era el mío, juzgado con estrictez, un principio moral; más bien sospechaba que todo empeño posesivo y todo afán tendido hacia las cosas engendran opacidad y aburrimiento. Pensé que esas direcciones del ánimo no operan ninguna modificación interna, decisiva, pues su fin no puede ser otro que producir un ‘efecto’ social, externo. En grado apreciable, perduraba en mí esa intuición mágica del mundo que es propia de la infancia. Como tantos muchachos provincianos que dejan su medio natal, imaginé que la ciudad era la fiesta, la negación de la chatura y la monotonía. Por eso, cuando cerca de la medianoche, después de haber pasado unas horas en la biblioteca de la Facultad, regresaba por la triste calle Moreno sin encontrar otra cosa que sombra y viento, cerradas las puertas y apagadas las voces, me dominaba una sorpresa parecida al desengaño y me decía que la vida es la misma en todas partes. Pese a mi candor, advertí que las convenciones suelen ser más visibles que la realidad”.
Es cierto, la vida transita altiva o rastrera en todos lados, está en uno tratar de hacer la diferencia, de componer, cada día, el mejor poema que se pueda para escaparle a la chatura de sentimientos, a la sequía aromática en los caminos, a la ausencia de sueños, y con ello colaborar con la construcción de un mundo con justicia, una sociedad donde importa la suerte del hermano, donde se respeta a las personas.
Mastronardi iba de visita a la casa del tío Ricardo, un especialista en dar alojamiento a los amigos. Cuenta el poeta: “(…) Esa costumbre generosa de mi tío me permitió conocer algunos curiosos huéspedes, algunos caracteres singulares. Hago memoria de cierto doctor Centeno, hombre amable y profesor erudito en casi todas las materias ajenas a su especialidad. Me parece que enseñaba Derecho Civil sin mucha dedicación, pero sus conocimientos de botánica, arqueología, semántica y arte incaico eran impresionantes. Le debo muchas sobremesas amenísimas a ese sabio que se aventuraba a conversar conmigo. Solía decirme que para gustar de la vida es preciso adoptar previamente, una posición escéptica: todo lo agradable que pueda ocurrirnos será dádiva inesperada, sorpresa venturosa”.
Queda claro, hay maneras y maneras de entrarle a la vida, hay maneras y maneras de construir nuestro mapa interior. Me gusta fundar la tinta para la escritura de la vida manteniendo la respiración del trabajo en equilibrio, ni en las alturas por donde acostumbra andar el señor Gardel, ni en las profundidades del último tacho de basura. ¿Por qué?, porque, creo, que la vida se da un tanto mejor si nos reconocemos trabajadores de los días, y es sabido, tratándose de días, los hay de muy distinto palo; entonces, siendo un trabajador se está atento al oleaje, ni muy arriba ni muy abajo, en la debida línea de flotación que se ha ganado con el trabajo, porque, eso sí, si hay algo seguro es lo que deja a la vista ese trabajo: el rastro, las señales del tránsito, el relato vibrante: las ganas se notan, se suman, definen muchas veces la mejor cara de la moneda. Después, se puede, cómo no, transitar como el señor Centeno anotando la buena como un extra, una gracia del destino, algo que no lo mareaba al extremo de creer que tenía la vaca atada; y que de ninguna manera la ausencia de premios quiere significar que todo era una reverenda porquería. En todo caso su método hablaba de un hombre atento, cuidadoso, y mucho más evolucionado que el señor Teghizzi, el secundario.

Mientras buscaba encontrarme conmigo mismo, allá lejos en otra Buenos Aires, y hasta lejos todavía de mis encuentros con el Profe Ricardo y el Gallego, viví unos años en San Telmo, y trabajaba en una oficina en Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen. Casi a diario caminaba por la calle Piedras, y entonces pasaba frente al lugar donde vivió Mastronardi; en mi refugio sobre avenida Independencia, estaba a unas cuadras del edificio donde funcionaba la biblioteca de donde Mastronardi salía a la noche para enterarse de la realidad. Y andaba mi muchacho, aquel que fui, aguardando que pasara el tiempo, construyendo alguna idea, una sospecha en torno al universo en el que empezaba a otear con cierto interés romántico. Digo, fue una suerte haber caminado por calles donde siempre transitó la poesía.

domingo, 14 de agosto de 2016

Cachete González: sentirse angélico

Roberto “Cachete” González siempre se las arregla para volver a su patria primera, la ciudad de Gualeguay. Además sabe, a esta altura de mis días gualeyos, que me intereso por su vida y obra. A través del paisaje nos hicimos amigos. Y de esta relación sabe su hija, Marisa, que me sigue acercando material, pistas sobre el andar de su padre cuando creaba desde uno de los mundos posibles. El buen fantasma de Cachete sabe de esta, mi búsqueda, y de este encuentro con su hija, y entonces él también colabora, abre puertas, invita a aquellos que todavía recuerdan desde la vereda de la vida, para que relaten una anécdota, una imagen, y si bien en toda la ciudad circulan sus historias, sus señales, creo, o mejor, me gusta creer que a veces agrega a sus ya mágicos modos, acentos y direcciones para que las historias lleguen hasta mi escritorio de cronista de la memoria.
Fue así que llegué hasta su anécdota como “serenatero” enamorado: en vez de pincel a la mano, llevó en la de pintar: un guitarrero. Era noche de diciembre, como anoté, a la hora preferida de los fantasmas. Cuanto más me interno en los quehaceres terrenos de Cachete, más me convenzo de que sus movimientos en la tierra tenían que ver con su presente de hombre y con su futuro como fantasma. Sospechaba a veces, me digo, que la Parca no iba a poder con él, y como al final de cuentas, la susodicha es una dama, de caballero le jugó los pasos necesarios para que los descuidados compraran la noticia de su muerte, pero no fue más que un gesto galante; se hizo a un lado para que la dama, ella sí, pasara hacia el otro barrio.
Cachete González
Fue a través de las publicaciones y catálogos que me acerca Marisa, que llegué hasta la publicidad de una exposición de Cachete en la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos) en 1990. Ahí descubrí el título de una obra que considero fundacional en el hacer mágico del artista, tanto en la vida como en el arte, dos cuestiones que para muchos puede corresponder como nombres de elementos distintos, pero que en el caso de Roberto González definitivamente significaban lo mismo, un todo, su volcán filosofal. El título: “Hay veces que me encanta dibujar como se me canta”.
Estoy trabajando junto a Marisa en el armado de un blog sobre su padre artista (https://cachetegonzalez.blogspot.com.ar). En medio de este quehacer recibo la fotocopia de una nota sobre una muestra homenaje a Cachete, a poco de su “aparente” muerte, realizada en el Museo de Artes Plásticas Dámaso Arce de Olavarría, en mayo de 1999. En la nota (17 de mayo) del diario “El Popular”, firmada por Guillermo Del Zotto, se informa que la muestra se compone de 10 pinturas de González, y obra de otros plásticos; entre ellos nombro a Carlos Alonso, quien junto a Cachete y Freddy Martínez Howard, son los principales hacedores del movimiento de La Nueva Figuración.
En dicha nota leo: “(…) hay también un retrato del artista plástico realizado por Carlos Alonso”. Una de las fotos de la nota muestra este cuadro, con toda la definición de la que es capaz una fotocopia de una hoja de diario. Pero ahí está, es Cachete. ¿Dónde, cómo conseguir una imagen válida de la obra? Busqué en la red, no está. En esta obra pensé durante una semana.
Recibí entonces una llamada telefónica de una mujer, Elena, de Paraná, interesada en la obra de Cachete. Pude hablar con ella en el Club Social durante esta semana. Ella posee un cuadro del artista, una posesión muy especial. Es del año 1957, y fue un regalo de sus padres. Pasaron los años, la conserva, y esta posesión, su carga afectiva, es la que hoy lleva a Elena hacia una revisita de su pasado, un encuentro con la memoria y su sustancia primera. Para ello realiza una búsqueda sobre la obra de Cachete y otros artistas. En medio de la charla, Elena me cuenta que estuvo en Unquillo, Córdoba, en la casa de Carlos Alonso. El artista la recibió, y en un momento Alonso recordó a Cachete, su amigo. Elena ofreció pasarme el contacto con Alonso. Qué mejor que preguntarle sobre Cachete, y sobre su retrato.
Es a partir de estos “sucedidos”, diría el amigo Deolindo Romero, que pienso en que el buen fantasma de Roberto González anda juntando imágenes, historias, y trata de arrimarlas a mi escritura.
De manos de Marisa recibí un ejemplar de la revista “Plaza Magazine” de 1976, una publicación del hotel Plaza. La revista, dedicada a la difusión de temas referidos a la Argentina (turismo, arte, personalidades) tiene una peculiaridad: sus notas no están firmadas. Una lástima, me digo, porque contiene la nota “La pintura angélica”: “‘La creación se me presenta como la tarea de amalgamar visiones, sensaciones, vivencias ancestrales que uno tiene adentro, con el material que se ha escogido para hacer la obra de arte. Se da en un secreto proceso de elaboración mental, ajeno a nuestra conciencia’.
Así reflexiona sobre su oficio de pintor, Roberto González, un hombre de 59 años, de aspecto campesino y gestos bondadosos, que vive atrincherado con su familia en una amplia casona de Palermo, custodiando decenas de cuadros y recuerdos entrañables de las chacras de Entre Ríos, su provincia natal. ‘Ante su propia obra algunos artistas se asombran y piensan que no han sido ellos los que la han realizado, pues la gestación de esa creación ha sido más inconsciente que consciente’.
González es hoy una de las figuras principales de la plástica argentina.
‘Pintar con óleo es lento, hay que darse un tiempo mayor. En cambio la acuarela es rápida’. Las técnicas que usa González están determinadas por las tensiones de su conciencia de creador. ‘Creo que me ocurre como a todos los pintores. Lo que no puedo hacer en cuatro años de pronto lo hago en dos días. La presión interior ha encontrado salida y entonces uno, ante su propia obra se siente angélico’.
Su producción sigue esos ritmos: a veces profusa, en acuarelas sobre tintas precisas, coloreando los ámbitos en los que se mueven extrañas viejecillas, gatos inigualables, muecas inéditas de Charles Chaplin; otras veces su obra es esporádica, con todo el tiempo propicio para la reflexión de los óleos, profundos, aptos para la espesura de los rasgos campestres.
Sus dibujos y acuarelas se pueden conseguir a 500 dólares; los óleos a 1.000 dólares por lo menos. Sin embargo, no todo es cuestión de precios. La tarea del comprador puede resultar ardua, porque González pinta para sí mismo más que para los demás. ‘Cada vez que tengo que vender un cuadro me pongo de mal humor. Quienes tienen cuadros míos son testigos’.
Nació y vivió toda su juventud en Gualeguay, Entre Ríos. Allí logró hacerse pintor ahondando como pudo la vocación que le venía desde niño. Cumpliendo con un rito casi inevitable de los provincianos, emigra a Buenos Aires donde tiene la suerte de encontrarse con el célebre Emilio Pettoruti, a quien él reconoce como su verdadero maestro.
A las imágenes del campo entrerriano se suman las de una metrópoli complicada, plena de agitaciones intelectuales. Inicia una entrañable amistad con el maestro Carlos Castagnino, quien también influirá marcadamente en su obra. En el año 1959 viaja a París, Bruselas, Ámsterdam, Roma, etc., visitando catedrales, museos y monumentos de artes. ‘En Francia –recuerda- viví dentro del Louvre’.
Actualmente González trabaja en una serie de dibujos inspirados en los personajes del Martín Fierro y en la preparación de una gran muestra de su pintura de los últimos 8 años. Quizá muchas de estas obras vayan a engrosar pinacotecas de Brasil, España, Estados Unidos y Francia, los países desde los cuales recibe pedidos con mayor frecuencia. Ninguna de estas contingencias alterará sin embargo el ritmo de una vida que tiene un objetivo central: la incesante creación y el cultivo de la arrogancia de ser artista”.
Es la primera nota de todas las leídas hasta ahora sobre Cachete González que guarda varios testimonios directos del plástico. Una especie de mínima entrevista.

“Sentirse angélico”, o sentirse feliz, realizado, a través de la tarea en tránsito o terminada. La primera vez que escuché la palabra “angélico” utilizada en relación al arte que algunas personas pueden desarrollar a lo largo de sus vidas, fue en el disco del Tata Cedrón: “Cuarteto Cedrón canta a Raúl González Tuñón”, entre los temas musicales discurre una entrevista que el Tata le realizara al poeta. Ahí, desde ese lugar en el tiempo, en mi memoria, supe de los seres angélicos, referido el calificativo a existencias apasionadas por la escritura del poema necesario que nos lleve a ser personas, artistas de la vida. Es el caso de Cachete, un ser angélico que va y viene entre los dos barrios.

domingo, 7 de agosto de 2016

Otro ayer de Mastronardi

El dios Tiempo permite a todo mortal que así lo desee encontrarse con el rastro de la memoria, propia o ajena, a través del ejercicio de, por ejemplo, la lectura, que puede ser sobre uno mismo, se lee muy bien parado frente al espejo del baño, o bien depositando el interés sobre la mirada de otro, y en este caso es recomendable leer sobre libro, mirando una foto o escuchando un relato oral a orillas de un churrasquero.
Fue el dios Tiempo quien me propuso una nueva incursión sobre “Memorias de un provinciano” (1967) de Carlos Mastronardi (1900-1975). En la última nota, salida de mi diario, de mi ruta de lectura concebida a partir de libro tan sustancioso, había dejado a don Mastronardi cursando estudios en el colegio nacional de Concepción del Uruguay.
Desde aquel tiempo y lugar, el muchacho que todavía no era poeta, regresaba en la escritura del hombre, al que tanto le gustaba preguntarse por su identidad, por sus estados de ánimo, como si la escritura misma, allá en los 60, le abriera la puerta para saber más de él; y esto, más allá de todas las consideraciones que, como se verá, hacía con referencia a la susodicha escritura.
Anota Carlos Mastronardi: “(…) ¿Quién fui? Intento recordar cómo era entonces, pero nada recupero de mí mismo que posea algún interés. No veo ningún rasgo singular en ese pasado, pues no hice otra cosa que dejarme vivir. Sacrificaba en el ara de la desprevención y el abandono. El pelo inculto caía sobre la nuca. No tenía novia ni frecuentaba bailes. (…)”. Afirma el poeta que “no hice otra cosa que dejarme vivir”, y entonces, creo, dice mucho sobre su esencia primera al momento de iniciarse como caminante atento a la vida. Me ocurre con este escritor lo siguiente: de alguna manera y en diferentes pasajes, me encuentro con la sensación de que con Mastronardi nos conocemos mucho; me identifico con su fantasma memorioso, hablo de sensaciones aparecidas: creo que podría afirmar que no hice más, en todos mis años, que dejarme vivir.
Pienso que la vida toda se nutre de regresos; vienen a mi memoria unas líneas de un poeta amigo: Víctor Pajarito Cuello: “se vuelve de los ojos / se vuelve de los abrazos / siempre se vuelve // (…)” (Se vuelve de los ojos de “Ladrillo escrito y otros poemas”(2015)), y Mastronardi siempre vuelve, siempre va de regreso, hasta el muchacho que fue, hacia el hombre que es y escribe, y otra vez, hacia aquel muchacho que volvía a Gualeguay en vacaciones: “(…) Venían las vacaciones y, como es natural, las pasaba en mi pueblo. Los estados y las experiencias que viví en esos períodos, vistos desde lejos parecen homogéneos y simples, pero a medida que intento reconstruirlos compruebo su diversidad y sus muchos niveles, es decir, me parecen intransmisibles. En toda forma literaria hay una simplificación y un escamoteo. Ahora bien: cuando se trata de años y no de horas, cuando se renuncia a la sucesión prolija para decir conjuntos, la realidad así tratada se empobrece y reduce en grado lamentable. De ahí que toda expresión de esta índole tienda necesariamente a la caricatura. Sin embargo, el hábito ‘naturaliza’ deformaciones y sinopsis, de suerte que la caricatura acaba por parecernos retrato”.
Lo afirmado por Mastronardi referido a la escritura es una verdad, una de ellas, porque muy cierto puede ser la simplificación y el escamoteo, pero en cuanto a la caricatura naturalizada que deviene en retrato, digo, pienso, ¿acaso no es una manera de definir la literatura con algún tipo de distancia enojosa?; la aparición de las bondades literarias puede establecer la relatividad del recuerdo, quien hace memoria sabe que no era tan así, pero a la vez que decreta la imposibilidad del regreso certero, habilita toda escritura a la reconstrucción a través del aroma de una esencia que va más allá de las certezas históricas; es el nacimiento del maravilloso reinado de la sospecha, de aquello que pudo haber pasado y que tan bien complementa el esqueleto de esa memoria. Luego, bienvenida la verdad literaria que me acerca, tal vez, a lo más valioso de la experiencia del recuerdo.
Entonces, de vacaciones: “(…) El recuerdo de los veranos pasados en Gualeguay, al término de las clases, me devuelve horas alegres y sombrías, animosas y desganadas. No puedo reducir esos largos períodos a un estado firme y único, a un común denominador. Volvía después de mucha ausencia, y esos retornos se sucedieron durante cinco años; por tanto, siempre llegaba un desconocido. Unas veces padecí soledad; otras, anduve con amigos. Durante las primeras vacaciones me sentí marginal y solo. Los copoblanos de mi promoción también habían regresado, pero eran muy pocos y estaban en el campo. El hecho de no tener compañía generaba en mí una absurda vergüenza, como si me reprochara el verme desasido y fuera del mundo mientras los otros conseguían la fiesta. Para sumarme a los demás era preciso que resolviera un problema de estilo, una cuestión de procedimiento. Incapaz de soluciones, salía lo menos posible y entregaba el tiempo a la lectura. Contrariamente, en el internado anhelaba la soledad. Compruebo con extrañeza que, traspuesta la adolescencia –quizá más lastimosa que la vejez- el sentimiento represivo que rememoro desapareció para siempre, como si la afición al retiro y al silencio se hubiese fortalecido con los años. Empecé a bastarme cuando ya podía establecer vínculos con todo el mundo. (…)”.
Hasta aquí el regreso al muchacho y sus estados de ánimo, ahora el regreso a dos lugares del ayer gualeyo: “(…) Una tarde salí a caminar con un muchacho que también había vuelto del colegio, donde brillaba en las clases de anatomía como si la medicina ya fuera su destino. No teníamos rumbo fijado; el azar nos llevó hacia las afueras pobladas de quintas. Al bordear el paredón del cementerio, se nos ocurrió entrar en el recinto luminoso, tranquilo. Era grata su paz, pero al llegar a los fondos nos enfrentamos con el osario rebosante y anónimo. El colmado pozo estaba a nuestros pies, expuestas sus reliquias a las miradas de todo el que quisiera repetir la escena de Hamlet. No habíamos salido en busca de esa experiencia; antes bien, nuestra visita a la muerte fue casual, imprevista. Para olvidarla, durante algunos minutos buscamos inútilmente un tema trivial que pudiera devolvernos al mundo.
La plaza Constitución era el sitio donde regularmente se juntaba la gente moza, pero en aquellas vacaciones solitarias en que yo andaba como apabullado, la caminé pocas veces. Frente a ella relucía el café más importante del pueblo, en cuyo tablado, tendido sobre la calle, había una docena de mesas. En las noches de enero y febrero ese ventilado lugar se llenaba de parroquianos, en su mayoría hombres de mediana edad. ‘El Cóndor´ se llamaba aquel tradicional comercio donde los ‘habitués’ solían ocupar las sillas durante cuatro o cinco horas. Vacaciones tras vacaciones, al pasar por allí, reconocía a don Pedro Nolfi, a don Manuel Ogara, a don Amadeo Boursuy, todos ellos pequeños rentistas que mataban el tiempo, pero que sólo herían a los vecinos ausentes. Respecto de los hechos locales, su versación era óptima. Ajenos a los problemas que escapaban a su observación directa, concedían una atención verdaderamente honrosa a los copoblanos. Los vi en ese tiempo y los volví a ver mucho después, siempre locuaces y gesticulantes en el tablado, pues se mantenían fieles al lugar y encontraban goce en el cultivo de la costumbre. Era perfecta su información acerca de las operaciones hipotecarias o de venta que se realizaban en el pueblo. Antes que individuos me parecían símbolos del ambiente sobre el cual gravitaban de manera sutil y paulatina. (…)”.

Mastronardi cuenta una aventura de muchacho que lo llevó hasta uno de los territorios de la muerte y el olvido, o más que aventura, una imagen; y de imagen también se trata cuando señala a los habitués al comercio en plaza Constitución. Es la primera vez que en mis lecturas y aprendizajes gualeyos aparece el nombre “El Cóndor”, ¿frente a la plaza como estaba El Águila? Me prometo investigar al tiempo que esta última imagen, me digo, encierra mucho más. Se trata de la mirada, sí, primero la de Mastronardi para fijar el recuerdo, la foto, pero después se trata de la mirada de estos personajes sobre todo lo que veían en Gualeguay. Si bien Mastronardi aclara que “mataban el tiempo, pero que sólo herían a los vecinos ausentes”, todo esto basado en el manejo discrecional de la información que la misma sociedad gualeya generaba en el paisaje. Una práctica poco feliz de estos hombres de mediana edad del pasado. Mucho cuento andaría por Gualeguay en esos días para tener estos faros vigías en la plaza. Por suerte, pienso, hay muchos temas sobre los que supongo se ha mejorado en la ciudad y su gente. No sería una buena práctica esta manera devaluada del recuerdo sobre la vida de los vecinos. No estaría bien, porque si esto sucediera hoy haría falta una pluma que atenuara, todavía con más humor y cariño, las figuras de los hacedores de juicios y chimentos.