domingo, 15 de enero de 2017

El camino hacia la luz

Hace unos años tuve la suerte de compartir una mesa en el hall de un hotel en Buenos Aires con el escritor portugués José Saramago, su compañera Pilar del Río, y el poeta Hugo Ditaranto, mi amigo y maestro (fue quien me invitó a compartir ese momento, era amigo de los Saramago). Aquella vez escuché a Saramago hacer referencia a una instancia que creo fundamental en la vida de las personas. Conocía su reflexión, ya la había leído. Claro que en directo fue otra cosa. El escritor señaló la acción necesaria de hacerse tres preguntas ante los hechos, la información: ¿por qué ocurre lo que ocurre?, ¿para qué ocurre lo que está ocurriendo?, y ¿para quién, a quién beneficia lo que ocurre? La propuesta tiene relación directa con prestar la atención suficiente, es decir, moverse a conciencia por los dimes y diretes que circulan por este mundo, a “diario” acomodado por los poderes que saben del chamuyo y la careta, y entonces sí, todo el año puede ser carnaval.
José Saramago
Me dije aquella vez que la propuesta del escritor lleva como marca la intención de acercarse a los barrios centrales de la sabiduría. Releyendo en estos días “Dios, el mamboretá y la mosca” (1974) de Thomas Moro Simpson, leí unas líneas que me volvieron hacia el recuerdo de Saramago: “(…) Era evidente que en ese momento me estaba dominando el animal metafísico, el mono ‘enfermo’ que, de pronto, entre una banana y un maní, empieza a preguntar por el ‘cómo’, el ‘porqué’ y el ‘para qué’ de las cosas”. Agregaba Simpson como nota al pie lo siguiente: “Si alguien se pregunta por el sentido y el valor de la vida es señal de que está enfermo”, frase que dijo Freud. Entonces, pienso, bienvenida la enfermedad, al menos la de este mono, que cada dos por tres se pregunta sobre estas cosas raras. Y aclaro que sigo preguntándome aun teniendo la certeza, más de una vez, de que esta vida no tiene ningún sentido.
Todo sea por mojarle un poquito la oreja a la sabiduría, un término que se podría ilustrar tomando como referencia a un hombre que posee un buen número de conocimientos, una buena cantidad de calles recorridas, un tipo pensante, prudente, atento a las señales. Se nace lejos de la sabiduría, a la damisela hay que alimentarla, cosecharla, darle luz y sombra, un poco y un poco para que la fantasía no te gane los días con eternas fiestas de cumpleaños, ni para que tampoco la lágrima se pavonee sin fin por los barrios interiores. Mirada y reflexión. Memoria de los días, de las palabras, de las sensaciones. Memoria de los aciertos, memoria de los errores. Hay que saber de lo oscuro para poder disfrutar a conciencia de la luz del día, y hay que saber de algunas señales que se dan entre las sombras para también poder disfrutarlas al tiempo que las hacemos también luz. Transitar la vida con sabiduría tiene que ver con andar por el barrio tratando de hacer bien las cosas, ser un buen tipo, una buena mujer, y antes de esto haber sido: un buen compañero, un buen hijo. Le digo a Julia, mi hija, que es muy lindo ser bueno. Ser bueno te acerca a la luz que dan los viejos faroles del mejor de los barrios. Es con la búsqueda de la sabiduría cuando mejor se mueve el hombre en los terrenos del arte y los oficios.
Thomas Moro Simpson
Empecé a descubrirme en el tema hace varios días, desde que el calor aprieta con ganas de alta temperatura en el cielo y en la tierra, pero no fue hasta hace pocos días que las imágenes de lo entrevisto me llevaron a mirar con detalle sobre el paisaje y el pensamiento.
Sucedió, sucede, una vez más en la chacra gualeya, en casa, dentro del mapa de Gualeguay, la ciudad/río. Todo parece silencioso en la escena, nada hace presumir la llegada de los náufragos. Tantos náufragos en estos tiempos. Me pregunto desde dónde vendrán, cuáles son los lugares donde aguardan la señal. ¿Expulsados del paraíso? ¿Atrapados por la pulsión de vida? ¿Ansiosos por cumplir con la marca destinal?
Dos paisajes. Al frente de la casa, sobre las paredes de revoque fino y sin pintura, sobre dos de las paredes del dormitorio, y sobre la vereda rústica del exterior que sigue el ángulo en el extremo de la casa. En el fondo: sobre la ventana que da al churrasquero, otra vez sobre la pared sin pintura, y sobre el vidrio de la ventana, y también sobre la cerámica del piso de la galería.
La sabiduría, la luz, que baña el frente de la casa está sujeta, a cierta distancia, sobre un poste del tendido eléctrico. La noche es recién llegada. Colabora una lamparita desde la entrada de la casa, pero su presencia no es decisiva. El foco en el aire, sobre la calle de tierra, sí lo es. Ahí está Dios, el de la sabiduría; al final existe, como si fuera un caserito, sobre un palo, pero con otro ego.
La sabiduría, la luz, que toca al fondo de la casa está sujeta al portalámparas que porta lo obvio y se apoya en la pared. Puede ayudar la luz del interior, la de la cocina, pero como la luz de la entrada, tampoco es decisiva.
Dos paisajes, dos veces la sabiduría, dos veces la luz, y dos veces la multitud de náufragos, de seres vivos que se llegan hasta La Meca, también dos en casa.
Desde mi infancia las llamo “cotorritas”, los famosos bichitos de la luz; su presencia es arrolladora, casi una nube oscura se asienta sobre las paredes del dormitorio, y la misma nube une el cielo y la tierra, como si se tratara de una lluvia. Bajo las dos luces de mercurio que iluminaban la calle Manuela Pedraza en el Martín Coronado de infancia, era común escuchar el rebote de los “cascarudos”, plenos de armaduras oscuras y relucientes, pero claro, en la chacra gualeya descubrí a los “papás” gigantes de aquellos. Distintos calibres de arañas. Mariposas oscuras, y algunas, de tan oscuras, con pelaje blanco, con si llevaran pesados vestidos de fiesta. Por la zona de la casa, sabe sobrevolar un loco lindo (porque para frágil ya está la vida, y si golpeás la puerta, un día te van a dejar entrar) en un artilugio mecánico hecho en tela de colores, hierros y motor; el señor hace su ronda ruidosa, más alto o más bajo en el cielo; en este visitante pienso cuando veo a una especie de cascarudo, más claro que los anteriores, más pequeño, y que tiene la apariencia de un pequeño helicóptero. Se queda en suspensión frente a los focos, o frente a las superficies donde rebota la sabiduría. Hay una cantidad de visitantes que conozco desde que llegué a la chacra gualeya; en Buenos Aires, ni siquiera en la provincia: nunca había visto semejante catálogo de bichos.
En los años de infancia es cuando a flor de piel se practican ciertas crueldades. Recuerdo la costumbre de emprenderla contra las hormigas con un chorro de tiner y un fósforo. Y fue frente al mar de bichos que parecía brotar de una rajadura de la vereda, en la esquina del dormitorio que, sin pensar en nada, siendo un mayor imaginando las profundidades donde se apoya la casa o simplemente un niño cruel que está de regreso, derramé un nuevo chorrito de tiner y un fósforo. La luz encendida, además de sabiduría, cargaba con el secreto de los dioses, el fuego, y salvo los que no se enteraron de nada, los que no tuvieron tiempo, cantidad de bichitos se arremolinaban en torno al fuego, para entrar, para pertenecer, para saber, aun a costa de la vida. Vi llegar desde lejos un cascarudo de gran porte, recorrió casi un metro para quemarse las antenas, y ponerse a morir a un costado del camino. El fuego, la luz, casi desaparecía, y los bichitos seguían llegando para saber y morir.
Al principio, cuando descubrí lo que sucedía mientras se encendía la luz, solo vi en la escena el destino de ignorancia y muerte de muchos, y esos muchos eran tanto bichitos como seres humanos. Pensé en algo negativo, pero después la mirada se abrió un poco más. Es decir, es cierto, cientos, miles, podían marchar al matadero sin saberlo, pero en esa búsqueda hay una pulsión de vida. Me digo, todos vamos detrás de algo, buscando una guía, o avanzando con ideas propias porque ya tenemos la susodicha guía, ya hemos elegido. Cada uno con su luz. Con Dios o sin Dios, toda vida no es más que un camino. Adhiero a la idea de que es mejor cuando, como dice Saramago, o como se pregunta el “mono enfermo” de Simpson, se va a conciencia despierta mientras se trata de entrarle a los barrios centrales de la sabiduría, de la luz. Vamos en busca de algo, y en esto, además, se agradece, y se espera la existencia de la pasión. Mejor a conciencia, peor para los que nada más vieron la luz y subieron, aunque repito, creo que juega también la pulsión de encontrarse con algo, con alguien, en algo, en alguien: el impulso nos lleva. Después están otras consideraciones posibles en torno a la sabiduría, como los riesgos que implica acercarse demasiado a la luz; correr el riesgo, un juego peligroso, pero qué es la vida sin riesgo. Ida y vuelta, a qué perderla por meter de manera alocada las antenas en el fuego, y si no preguntarle a Ícaro cómo es venirse abajo desde la altura. Ícaro, el griego, por curioso terminó en el mar, por ignorar alguna distancia prudente en torno al sol, y se quedó sin alas, como tantas cotorritas.

Nos lleva la vida, su pulsión, salvo algunos que eligen un exceso de siesta. Mejor a conciencia despierta, como recomienda la gente que piensa en la amiga sabiduría, algo así como ir de la mano con ella y estar atento a los pozos en la vereda, para que nadie se queme con el charco burlón que hacen los fabricantes de charcos, que ahí también se refleja la luz. Un desafío, los perdedores, como siempre, serán mayoría; mejor hacerlo siempre a conciencia. Hace un tiempo escribí: “Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro rebotar contra la lámpara”. Me pasó en Buenos Aires, me pasa en Gualeguay.

domingo, 8 de enero de 2017

Es lo que hay

El corazón de la zona de chacras gualeya es un lugar, un tiempo/espacio que presenta algunas señales propias del territorio de lo fantástico. Por ejemplo, a cinco minutos de camino desde mi refugio, un vecino construyó su casa flotante en el parque de la casa; dicha construcción podía haber tenido muchas formas, pero la elegida es la de un barco, pero no la de cualquier artilugio flotante; Daniel Guillén recreó la forma de un galeón español, ¿por qué?, porque este señor figura en la historia grande y ha descubierto varios naufragios, el más importante: la nao Santiago de la flota de Magallanes (1520). Otro ejemplo de lo fantástico en la chacra es aquello que se me ocurre pensar como una vuelta de tuerca sobre la historia de Pinocho, sí, el muñeco de madera. Puede parecer exagerada mi asociación, pero paso a explicar. En mi biblioteca hay una edición de las “Aventuras de Pinocho” de Collodi, edición de José J. de Olañeta de 1992, que reproduce texto y dibujos de la edición española de 1901. Julia, mi hija, descubrió el libro, y ofrecí leerle unos fragmentos. De esta manera volví a tener contacto con aquel trozo de madera que se quejaba de los golpes que le propinaba el carpintero, que luego le daría forma al muñeco que terminaría siendo como un hijo.
¿Acaso en la chacra gualeya camina un muchacho de madera?, no lo sé, pero de lo que sí puedo dar fe es del efecto que la voz de un pedazo de madera puede producir en las personas que se permiten un tiempo para la observación total del paisaje.
A media cuadra de mi casa hay un pequeño almacén. Nos hemos hecho amigos de Roxy Meoniz y Luis Curvale, los anfitriones. Compartir un almuerzo, una cena, charlar, darnos una mano, en especial ellos a nosotros: pistas comunes en la vida entre vecinos. Creo que desde hace aproximadamente un año, el negocio, o mejor, la casa y el negocio, exhibe al frente un cartel de madera de forma irregular y plantado en tierra sobre dos patas. En el susodicho cartel se lee una frase: “Es lo que hay”.
Dicha expresión empezó a hacerse un lugar, a hacer nido en el cotidiano. Empecé a notar que la cita aparecía entre las palabras de Roxy y de Luis, pero luego de alguna utilización de mi parte como juego, me di cuenta de que, a medida que pasaban los meses, la frase se iba afirmando en mi vocabulario, en nuestro quehacer diario. De esta manera es que digo que la voz nacida en ese pedazo de madera, nuestro muñeco afecto al pensamiento, se ha instalado en la chacra gualeya, donde repito, pasan cosas un tanto diferentes. Por ejemplo la escritura de este cronista, esta nota, desde el lugar de los hechos, en la ciudad/río donde, es sabido, nos conocemos todos y entonces “Mejor no hablar de ciertas cosas” (gracias, Luca).
En este proceso de crecimiento de la voz de nuestro Pinocho que solo dijo una frase, es que me descubro pensando una y otra vez la cita. Ciertamente lo que señala no es ninguna pavada. Los muy identificados con la mecánica del éxito a cualquier precio podrían tildarla de conformista, cuando en su aldea se suspira por todo lo contrario. En cambio, aquellos que viven teniendo en cuenta bondades y sinsabores de la vida, aquellos que se interesan por el valor de los pequeños momentos y acciones, y no hablo de moneda, puede significar una clara advertencia, un cable a tierra que tiende, que ayuda a encontrar cierto equilibrio en el camino. Porque es sabido: hay carreteras y caminos.
Me digo “Es lo que hay” y nunca pienso en que no hay nada, nunca tiene un aroma negativo. Siempre “hay”, y aquello de lo que se señala su presencia pide al testigo, al que ve y oye, el compromiso de esa “mirada”. “Es lo que hay”, y entonces me pasa que trato de no perder detalle de lo que contemplo, me alejo de todo tipo de deseo que apunte a una mayor perfección. El hecho señalado está sucediendo, consta de los elementos necesarios para ser percibido, y si nos agrada, nos importa o impresiona, será guardado en la memoria. Aquello que “hay” alcanza.
Y ocurre que con la misma frase procedo a eliminar basuritas sin importancia; frente a los pequeños problemas que se presentan en el costado chato del cotidiano, la frase actúa como goma que borra intrascendencias. O sea, todo gira alrededor de la mirada de la persona, de las claves sobre las que se fundan sus almas. Esos pilares son los que ayudan a decidir por dónde entrarle al destino: si por la carretera o el camino.
Una tarde pasada nos sentamos, Julia y yo, en la galería del fondo. Julia me pidió que le contara una historia. Soplaba un lindo viento fresco. Qué contarle, fue el pensamiento. Miré hacia un grupo de árboles bastante cercano, y señalé el más alto. Le dije que arriba de ese árbol vivía un bichito que no era muy grande, mezcla de humano, perro y gato (Un bosquejo rápido del hombre actual, o sea pelea adentro y pelea afuera, más un puñado de buenas intenciones que a veces sí, y otras, no (línea fuera del relato a mi hija)). Julia me preguntó por la historia. Tenía el personaje, pero me faltaba algún hecho. Le conté entonces que el bichito se había hecho una casa en el árbol con palitos, y que después le había pedido a los caseritos amigos que la cubrieran de barro. La casa parecía bañada en chocolate. Pero el bichito quería vivir cerca del río, entonces le pidió a cuatro teros, también amigos, que llevaran la casa hasta otro árbol. Julia escuchaba maravillada mientras miraba el grupo de árboles. Los teros buscaron cuatro hilos que ataron a las puntas de la casa y la llevaron con bichito y todo. El bichito les indicó dónde apoyarla, y de esta manera vivió cerca del río. Julia me preguntó: ¿Se puede ver la casa? Contesté que: No, porque está en el árbol más alto del Parque. En ese instante fantástico Julia, que estaba de pie, me miró, y explicó que cuando le crecieran las alas de hada iba a poder ir a ver la casa del bichito. En ese momento de mirada y palabra no había lugar para nada más. Luego: “Es lo que hay”, y el valor de haberlo visto.
Julia dice desde hace un tiempo, tiene casi 5 años, que cuando sea grande va a ser pintora, como el abuelo Rolando, y ahora hizo un agregado: hada pintora, y además quiere ser sirena.
En otra tardecita y en el mismo lugar, mirando hacia el fondo con jacarandá joven y espinillo, y ya no en una tarde de viento apacible, sino en una donde las ráfagas anunciaban tormenta, Julia se pone de pie y me pregunta si quiero que ella haga soplar más fuerte al viento. Como si estuviera parada en la cubierta de un barco a velas, como si estuviera en la torre de un castillo, empezó a ejecutar movimientos mágicos con sus brazos. Manos al aire de la tarde noche, llamando, atrayendo al señor viento. Mientras duró la conjura de la joven hechicera, soplaba un viento a velocidad estable, pero para mi sorpresa, la velocidad fue en aumento, tanto que Julia misma me miraba asombrada. Cuando consideró terminada la invocación a los dioses otros, bajó los brazos, giró hacia su derecha y me dijo: Papá, tengo poderes. No me quedaron dudas, y otra vez: “Es lo que hay”. Dónde buscar otra respuesta, cómo comprar confusión, ansiedad, velocidad, y perder de vista mundos como estos, mundos que están (que “hay”) a la mano cuando se puede mirar con cierta calma.
Claro que la susodicha calma de la que hablo hasta aquí, no entra en juego cuando un trabajador afirma: “Es lo que hay” y la frase en cuestión enfoca directamente sobre la condición económica y su reflejo sobre la cantidad, por ejemplo, de  comida que hay sobre la mesa. Ahí la expresión juega el rol de resistencia ante la situación impuesta por los que históricamente han pateado los números de los que menos tienen hacia las bolsas de los que más tienen. No todos los viejos sonrientes que cargan bolsa deberían guardar un lugar en el imaginario popular. Sin embargo, se sigue escuchando por ahí: qué educado, como ya tiene plata no va a robar, es partidario de la unidad y felicidad de los argentinos.
Porque todo bien con la necesaria mirada sobre el estado de desenfoque en el que vive esta civilización globalizada, mundo en el que se globalizaron las miserias y no las riquezas, hablo de moneda y espíritu; y todo bien con la necesaria visita al mundo poético que cualquiera puede encontrar, mirando con atención, hasta en el último rincón del paisaje; pero no por ello hay que descuidar el mundillo político-económico que puede decretar la condena de millones a vivir sin las necesidades básicas cubiertas. “Es lo que hay” vale en este mundo, en esta región, y en este país donde hay ideas, con desarrollo bien ilustrado en la historia argentina, que definitivamente conducen al hambre y la desesperación.
En el almacén “Es lo que hay” de Roxy y Luis hablamos de muchos temas, y como dije, aparece la cita, la frase, la línea, y desde ella, desde la palabra dicha por esta especie particular de voz salida desde la madera, es que siempre le estamos dando vueltas a las cuestiones de la vida y los días.

Recuerdo que hace un tiempo Luis me dijo: “La felicidad se come a pedacitos, como las rodajas finas de salame”. Y es cierto, la felicidad verdadera respira así, y por lo tanto hay que estar atentos a esos recreos. La felicidad pasa también por estar bien ubicado en relación a la frase: “Es lo que hay”. Me encontré con ella en la chacra gualeya, me hice su amigo; la pienso, y cada vez que paso frente al negocio miro y escucho la voz que obsequia un pedazo de madera que hace pie sobre esta tierra.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Apodado en Gualeguay

Gualeguay es un lugar con ciertas particularidades. Ya casi sumo cuatro años de ciudadanía gualeya, y aprendí, por ejemplo, a no preguntar la dirección exacta del lugar donde necesito llegar; puede ser que más o menos logre el nombre de la calle, pero de ninguna manera el número: San Antonio ¿a qué altura?, mandaba a preguntar mi lógico plan porteño para acariciar metas deseadas, y me respondían: Haciendo cruz con… y entonces aparecía en escena un negocio, la casa de una familia acomodada: lugares de apoyo básicos para esta práctica de la búsqueda del tesoro. Es en este establecimiento de las señales donde también me encontré con otra práctica que tiene que ver con la identidad del gualeyo: el escaso uso del nombre real del semejante con cara de vecino o ciudadano. Pocos son los habitantes de la ciudad/río que son identificados por su nombre y apellido. Y dentro de esta manera de nombrar se genera una vuelta de tuerca sobre el apelativo, elemento que es tomado del cuello y amañado fuertemente junto a la sustancia del portador por el arte y práctica sana (y a veces no tanto) de la burla, otra de las bondades del gualeyo. Esta acción vital, inevitable, casi un mandato de la sangre, una comprobación de estirpe en la aldea, termina pariendo el apodo o sobrenombre del susodicho: el desdichado en el juego de esta historia. Dice el diccionario de la Real Academia Española: “Apodo”: nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia, y también: chiste o dicho gracioso con que se califica a alguien o algo, sirviéndose ordinariamente de una ingeniosa comparación. También dice la Academia de “Sobrenombre”: nombre calificativo con que se distingue especialmente a una persona. Al gualeyo medio no le interesa demasiado lo que diga la Academia, sí, se interesa sobremanera por este arte de designar que lo lleva a un momento maravilloso: el encuentro con el placer, cuando capta los resultados o consecuencias jocosas en el público cercano. Porque al gualeyo mucho le importa su público.
El cronista elige un bocado destacado para iniciar esta recorrida mínima por ciertos apodos o sobrenombres gualeyos. Entre las especies nacidas en el ejercicio filoso de la palabrería certera, hay uno que refiere al mundillo en que este cronista se mueve, el de los libros; pienso en autores y lectores que, siendo celosos caminantes y aplicados adoradores del juego de la lectura, pueden muy bien encajar dentro del apodo aplicado a la figura de un  profesor anónimo de esta ciudad: “Sobaco ilustrado”. El profesor se paseaba siempre con un libro bajo el brazo. La ocurrencia, realmente una pinturita. Estoy tentado a consignar en los alrededores de la cultura, los libros y los pensadores, un tema como el de la inmortalidad. En toda historia de este calibre hace falta un personaje central: “El inmortal”, claro que, en este caso, la figura fantástica se ve un tanto devaluada, este inmortal era un hombre rengo, y por lo tanto: nunca iba a estirar la pata.
En relación al mundo de la bebida destacan aquellos hombres degustadores de la ginebra, pero no de cualquier marca. Hay una ginebra de botella muy bonita: altura justa, color verde como dicen tiene la esperanza; tiene relieve sobre su cuerpo, letras iniciales, nombre (apodo no), y un dibujo: una llave que tal vez autorice la apertura de la puerta que lleva hasta el reino de la felicidad. Llama la atención la forma de la botella de tapa roja, es de base cuadrada, y aunque luego crezca hasta la “rectangularidad”, los hombres que saben de tratarla y besarla con cierta asiduidad, son conocidos como “Los mano cuadrada”.
Cuando se habla de bebida siempre aparece la pista de las medidas, o porque se las respeta o porque, de modo contrario, se las desprecia. Medida cúbica fue sinónimo de altura, al menos en el caso de un famoso cobrador que siempre andaba en bicicleta por estas calles gualeyas. Era bajito el hombre, por eso la poética ciudadana lo inmortalizó como “Cuarto litro”.
Llama la atención el apodo con toque femenino que recibiera un hombre que además de estar a los besos con su amante, la bebida, vivía lejos de los sabores de su compañera. Este apodo puede muy bien erigirse como una categoría social, ah, la criatura humana, y ay de los aciertos del animal. Lo llamaban “Rodilla de yegua”: el hombre alejado del centro del universo y la vida que atesora toda mujer orgullosa de serlo, y por lo tanto más cercano al vaso, o sea, tan cercano al barro, la pata(da) y el olvido.
Sigo aferrado al vaso, pero marcando un alejamiento de la bebida apuntada como medio ambiente propicio para la vida del alcohol. En este caso, la imagen del vaso está relacionada con aquellos hombres poco afectos al trabajo. Y todavía más, a toda clase de trabajo o actividad que signifique movimiento, en esos días del verano gualeyo, esa mezcla de calor y humedad que tiene ese no sé qué de tango, y que tanto me hace recordar mi Buenos Aires a fuego lento: “porque ella es tan húmeda”. Ah, las palabras, las frases que siendo una, pueden significar infierno y paraíso. Entonces, se le dice al hombre que no trabaja: “Vaso de madera”, porque este semejante afecto al ocio: nunca transpira.
Hay hombres y hombres. Están los llamados “Dulce de leche” por lo repugnantes; el famoso Sapo del mateo en la plaza, por lo fiero; el hombre “Dólar colorado”: el espécimen para nada confiable: de lejos se nota que es falso; o los hombres “Casimiro”: aquellos cortos de vista que utilizan cristales muy anchos, y para mirar entornan los ojos.
El aspecto de la persona, el escalón estético en que la mirada del otro la ubica, se lleva mucho del interés en el “arte” de apodar. La mujer puede ser nombrada como “Arroz carolina” cuando se le dio por participar en un concurso de belleza y no recibió voto de ninguno de los tres jurados, o sea, calidad triple 0. Hay hombres que pueden presentar ausencias en el “comedero”, y entonces, ahí no tanto el arte sino el filo mellado de la palabra, señalarlos como “Sonrisa de víbora”: a puro colmillo, o “Cadena de motosierra”: un diente cada dos centímetros. Lo mismo vale para el que no calificaba como lindo: “Vaca con aftosa”, y quien refiere el caso hace hincapié en el rol que jugaba la lengua fuera de la boca. “Viento y lluvia”: dícese del peor de los días, claro que habría que ver de cuál de los días de la familia que es toda semana. Y marche un especial en pan francés para “Mortadela”: el hombre obeso de pocas luces que contiene 70 % de caballo y 30 % de chancho.
A la hora de la referencia a la moda, un lugar especial para un clásico de todos los tiempos y lugares. Es el caso del “Oveja ensillada”: dícese del hombre que usa el pantalón bien arriba, con el cinturón a la altura del pecho.
En el ámbito de la política, dos figuras también clásicas. La primera avisa de un modelo de tracción a sangre (la del otro): “Bicicleta playera”: el hombre que no tiene freno en las manos a la hora de quedarse con lo ajeno. Y “Papa verde” al hombre que no sirve ni para ñoqui.
Relato aparte merece la designación de “Perro embarrado”: el hombre, que separado de su mujer, todavía permanece en la misma casa, o sea, bajo el mismo techo. Esta situación de exilio lo lleva a dormir en distintas habitaciones, ya que no lo dejan subir a la cama.
Hombres con problemas de aseo personal hubo en todas las épocas y lugares, pero en ninguno fue observada la especie como en esta ciudad de Gualeguay. El hombre sucio, para terminar con palabras livianas que intentan atenuar el horror, y que siempre anda vestido con la misma indumentaria, se lo llama “Labruna”, designación que recuerda al histórico jugador de River Plate: Ángel Labruna, que vistió por 20 años la misma camiseta.
En estos tiempos veloces que corren, es muy común encontrarse con gente apurada que, por lo general escudados en una notoria ignorancia, se suben a la primera conversación que les pasa cerca y opinan, con total impunidad, sobre temas que desconocen, y sobre los que ni siquiera tienen una posición tomada por sí o por no. Creo que se animan a la chamuyeta porque saben que es su propia ignorancia la que los hace, en el después, inimputables. En este tipo de “homo qualunque” el apodo “Manada” se hace necesario: es la persona habituada a decir disparates: es mucho más que un caballo.
En relación al tema, la ignorancia, llama la atención la presencia de aquellas otras personas que haciendo cierto alarde de compromiso y conocimiento, despliegan lo que ellos creen es: una posición clara, y esta puede estar referida a la política, la historia o la ética; digamos, temas importantes que tienen que ver con la cultura y la inteligencia -porque saber de esos temas queda muy bien-, y poco o nada es el contenido evidenciado a poco de andar la charla. Ahora bien, me pregunto, quién será el menos dañino, aquel que charla con pretensión desde la lectura cruzada de dos notas obsoletas de la prensa, porque nunca un libro, nunca una exigencia para la cabecita, o el otro “homo qualunque” (ironía utilizada por el escritor Thomas Moro Simpson) que nunca está informado de nada, que no le importa nada más que las últimas bobadas entrevistas en la tv, esos animalitos del señor que en Gualeguay se conocen con el apodo de “Isabel Sarli”, o sea: persona que nunca tiene idea de nada, que no entiende de lo que se está hablando: porque vive siempre en bolas.

“¿Qué pretende usted de mí?”: el conocimiento real, el fin de la siesta mala en la cartera de la dama y en el bolsillo del caballero. Veamos si se puede a través del órgano más sensible.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Aviso de mamboretá

Avisa el calor sobre la chacra gualeya. La chacra, mi lugar en el mundo desde hace dos años, goza de una ventaja sobre las calles de la ciudad/río de Gualeguay: cuando febo le pone énfasis a su presencia veraniega, la zona de chacras, hacia el final del día, respira dentro de un apreciable registro con varios grados centígrados menos. Digo que el paisaje es mucho más fresquito, y silencioso, y amigo, y que posee una marcada intensión para convocar el pensamiento, la reflexión, y la mismísima contemplación que puede llegar al ensueño: el viaje en el tiempo.
Hacia el final del día, en verano, reposera a gusto, tomo asiento en la galería del fondo y enfoco la mirada hacia el centro del espacio que separa el jacarandá joven y el espinillo. Así dispuesto, recibo el susodicho fresquito, y comienzo a ejercer el pensamiento y la memoria. La luz del día va guardando su respiración, y nace la lamparita sobre la ventana que da al churrasquero.
Sucedió un viernes de diciembre. Miré hacia la luz, recordé un asado lejano. Fue cuando vi su figura sobre la parte superior del churrasquero: un mamboretá. Era la primera vez que veía uno en una actitud que no era la natural. Parecía abismarse sobre la boca del churrasquero: dirigía su cabeza hacia la tierra, hacia la ausencia de asado; como si mirara al sur extendía su rezo en dirección contraria a lo que comúnmente se entiende como la casa de Dios: el cielo. ¿Reza por nosotros?, me pregunté, o nos sugiere que no esperemos tanto de Dios, y que entonces “nos recemos”, sí, nosotros mismos, como ciudadanos y como especie. Un mamboretá cabeza abajo como cabeza abajo está este mundo.
Recordé una línea con pregunta incluida: “Mamboretá, ¿dónde está Dios?”. La línea me llevó al recuerdo de un libro: “Dios, el mamboretá y la mosca” (1974) de Thomas Moro Simpson (1929), un hombre que sabe de mezclar en buenas dosis la filosofía y la literatura, autor además “Formas lógicas, realidad y significado” (1964), “Semántica filosófica: problemas y discusiones” (1973). Busqué en la biblioteca, costó, pero apareció el libro, leí: “Los griegos lo llamaban ‘El profeta’. Y el entomólogo Fabre, a quien debo esta información erudita, lo llamó ‘el tigre de los insectos’.
Con tales antecedentes acerca de su condición entre criminal y sagrada, lo encontré un día sobre la mesa de un bar próximo a la Boca. Me senté y estuve a punto de preguntarle, con la voz crédula de los niños: ‘Mamboretá, ¿dónde está Dios?’.
Leí con atención: “(…) El mamboretá responde a esta pregunta señalando el cielo con las patas delanteras. Algunos sospechan, sin embargo, que su respuesta contiene un elemento de ironía satánica. Sea como fuere, yo no hice la pregunta; la edad me ha vuelto reservado y prudente, y opté por limitarme a observar.
El mamboretá se hallaba inmóvil. Sus cuatro patas traseras, como finas y tensas ramas verdes, sostenían un largo tallo del que surgían dos brazos -o patas- laterales, y en cuyo extremo vigilaba una cabeza impasible. La cabeza me recordó que el mamboretá es un animal; pero su cuerpo verde y ramificado sugería un vegetal en acecho.
De pronto extendió una de sus patas delanteras con el propósito de atrapar una mosca fugitiva, y a partir de entonces reiteró el ataque hasta que sus garfios sujetaron la presa. En esta operación movía solamente su pata izquierda; el resto del cuerpo continuaba inmóvil, lo que añadía a la hibridez biológica del mamboretá un tercer elemento de frialdad mecánica.
Lo vi con mis propios ojos, en la esquina de Montes de Oca y Suárez: el mamboretá, que tenía agarrada a la mosca con los garfios de la pata izquierda, la colocó en seguida sobre la parte interior de la otra pata. Me acerqué y vi que la infortunada mosca yacía sobre una hilera de filosos dientes; la sierra se dobló hacia dentro, y la mosca dejó instantáneamente de pensar. En efecto: la cabeza de la mosca quedó separada del cuerpo en forma definitiva. Entonces el mamboretá comenzó a devorarla lentamente, sosteniendo el manjar con las dos patas. El festín duró largo rato, hasta que la cabeza del díptero fue deglutida íntegramente por el dinámico profeta. Cuando éste acabó su obra unió con devoción las patas delanteras, y en postura de caníbal creyente pidió perdón a Dios por sus horrendos crímenes.
¿Y Dios, mamboretá, dónde está Dios?
Probablemente –me dije-, mientras el mamboretá deglute a la mosca Dios revisa con angustia los mecanismos del universo. Esta hipótesis ha sido confirmada por Darío, quien relata el infortunio de una paloma devorada por un gavilán ‘infame’ (sic), que ‘con furor se la metió en el buche’ (sic). De acuerdo con la versión del poeta, en el instante en que el gavilán consumaba el palomicidio el Autor del Universo tuvo la sospecha de un error inicial: ‘Y entonces el buen Dios, allá en su trono, / mientras Satán, por distraer su encono, / aplaudía a aquél pájaro zahareño, / se puso a meditar, arrugó el ceño, / y pensó, al recordar sus vastos planes / y recorrer sus puntos y sus comas, / que cuando creó palomas / no debió haber creado gavilanes’.
Thomas Moro Simpson
Pero Leibniz ha negado hace mucho que Dios sea capaz de arrepentimiento, como lo sugiere el relato de Darío: según el filósofo alemán, éste es ‘el mejor de los mundos posibles’ (sic), y Dios no pudo haber creado otro mejor, de igual modo que no puede crear un triángulo redondo. Y si creó lo mejor, no puede arrepentirse.
Los argumentos de Leibniz son completos y sospechosos; basta observar que su punto de vista es quizás el del mamboretá, pero nunca el de la mosca. Queda otra alternativa: Dios sabe que éste no es el mejor de los mundos, y es incapaz de arrepentirse. En tal caso, una oscura complicidad uniría el mamboretá con Dios, lo que es suficiente para explicar el elemento de ironía que hallamos en el gesto del profeta, y la reiterada vacuidad de su acto de contrición. ¡No hay salvación para las moscas!
Estas reflexiones algo inconexas habían apartado mis ojos del mamboretá, pero comprobé que éste se hallaba todavía en mi mesa, con las patas unidas en dirección al cielo. Lo miré, vagamente espantado, y renuncié a pedir el apetecido café con leche, sagrado manjar de un porteño en horas de la tarde. Me alejé con el sentimiento de que alguien me observaba, y huí del Gran Mamboretá que nos acecha en cada esquina del fatigado universo”.
El libro quedó sobre mi escritorio. Quedé pensativo. Esperé con ansiedad la llegada del fresquito en la noche. ¿Volvería a mi churrasquero el mamboretá abismado? Mientras llegaba el fin del día, pensé varias veces en que gracias a una imagen y un recuerdo aparecido en Gualeguay, yo había llegado hasta el corazón de La Boca, hasta el corazón de un café detenido allá lejos en el tiempo, y a uno de esos momentos de maravilla en que un escritor sabe que efectivamente ha saltado un conejo de su galera a la cocina de su hoja en blanco.
Encendí la luz sobre el churrasquero y me dispuse a esperar al mensajero. Noche fresca. Dos piedras de hielo en el vaso pequeño y cuatro tragos de whisky. En el silencio del paisaje, entre las estrellas, un avión iluminado como arbolito navideño dejaba escuchar su letanía. Lo seguí con la vista unos minutos, hasta que de manera imprevista fijé la mirada sobre la pared del churrasquero: el mamboretá no estaba. Supe así que no volvería, que no habría otra señal para este observador.
Entonces me quedé con lo visto, con las puntas de mi pensamiento luego de la visita, y con lo leído en el libro de Simpson.
Miraba el universo por la ventana que hay entre mis árboles; pensaba en el profeta y en el tigre, en la condición “criminal y sagrada” de este insecto/animal/vegetal: el “caníbal creyente” en su “frialdad mecánica” y me decía por lo bajo: te desayuna/te almuerza/te cena la cabeza, y cuando desaparece la cabeza: dejás de pensar. Luego reza por él, no por vos, como si fuera en domingo y lavara su culpa sin mucho esfuerzo.
Nos observan, y si no estamos atentos, de manera segura nos ganamos el turno como alimento del Gran Mamboretá, un asociado, un profesional que acondiciona su imagen para así poder lavar/cortar más cabezas.
Había, me digo, en el abismarse del mamboretá sobre la tierra de los hombres, una cuota de burla; no rezaba por nosotros; quizá sí nos mandaba a que “nos recemos”, pero avisa tarde.
No adhiero a la lógica de la injusticia en el mundo de Dios, que será el mejor para muchos analistas de la mecánica de los misterios, pero que sigue dando desierto en las copas de casi todos.
“¡No hay salvación para las moscas!”, escribió Simpson en un café de La Boca.

Mamboretá, ¿dónde está el poder? No me contestó. Miró hacia el cielo. Sólo afiló sus brazos de rezar.

domingo, 18 de diciembre de 2016

En el cielo y en la tierra

Siempre me gustó mirar el cielo en la noche. Desde pibito. Durante el día lo he mirado, lo miro, con el solo fin de saber si hay nubes; estas siempre me atrajeron, además del capricho de sus formas, las considero fundamentales para protegerme de los excesos de febo que, para suerte y desgracia, siempre asoma; prefiero las nubes con la cara sucia, imperfectas, enigmáticas, cargadas de historias y de lluvia; con la lluvia tengo una relación: ella, una de mis buenas amigas. Ahora que lo pienso, hoy, desde que habito la chacra gualeya, también miro al cielo de día para seguir el vuelo de algunos pájaros. Pero nada como mirar el cielo de noche. Y no hablo de los maravillosos paisajes de tormenta a la hora en que llegan los fantasmas. Hablo de cielo, noche, estrellas, y la Luna que se prefiera. Un paisaje vital de misterio y abismo. Casi como una mujer, diría sobre una mesa de café en Boedo, mi barrio.
Desde pibito soñé con tener un telescopio para mirar con mayor profundidad en el alto océano que nos rodea, pero el sueño, sueño fue; a lo máximo que llegué fue a poseer unos binoculares, que montaba sobre un pie, que para ese fin construyó Rolando, mi viejo. Tacho de pintura lleno de cemento en la base, un caño rectangular que llegaba hasta la altura indicada, y en el extremo, un artilugio de madera que servía para sostener mis binoculares. Luego, espiaba el cielo. Buscaba vida de otros planetas: ovnis en la noche. Soñé con llegar a ser astrónomo, pero los números nunca fueron lo mío, y hasta ahora solo supe de llegar hasta tres galaxias con pinta de aldea: Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, la ciudad de Buenos Aires, y esta ciudad/río de Gualeguay. Siempre, en todos los cielos de estas galaxias, busqué vida dentro del misterio.
La oportunidad de la lectura fue mi herramienta para mirar hacia otros mundos. Formé una biblioteca especializada en Objetos Voladores No Identificados; fui, siendo muchacho, a conferencias de especialistas sobre el tema.
Hace unos días el amigo gualeyo Gustavo Gandini señalaba en las redes sociales una nota publicada por el “Diario Uno” y escrita por Gustavo Fernández, su título: “El primer ovni en Entre Ríos”. A continuación un fragmento: “Circulan relatos orales que dicen que las etnias indígenas propias de estas regiones habían sido testigos reverenciales de luces nocturnas de extraño comportamiento en épocas prehispánicas. Pero debió esperarse hasta mediados del siglo XIX para que quedara registro escrito de la primera observación de un Objeto Volador No Identificado sobre territorio entrerriano. Con el ‘bonus’ de haber sido una observación colectiva.
El 20 de noviembre de 1855 fue un día muy particular en la ciudad de Gualeguaychú. Según el diario ‘Ecos del Litoral’ del día siguiente, en horas de la mañana, numerosos vecinos vieron aparecer una ‘luz muy brillante’, que a medida que pasaron los minutos definió su aspecto y forma. Su luminosidad no era eclipsada por el sol, sino, por el contrario, en tanto pasaba el tiempo se acrecentaba aún más. Un par de telescopios en poder de vecinos intelectualmente inquietos, permitió observar en detalle al objeto que –según relatan quienes exhumaron este curioso informe de las brumas del tiempo, el investigador local Carlos Atilio Rieger, el doctor José Brunetti y el señor Luis Luján, sobre archivos del Instituto Magnasco, de esa localidad- ‘adoptaba la forma de una medialuna en menguante, alrededor de la cual giraba un disco, como los anillos del planeta Saturno’.
Café Dutte
El extraño objeto continuó desplazándose por el cielo hasta perderse en el horizonte (lo que, teniendo en cuenta la baja construcción de entonces, permite suponer que la observación fue prolongada) y durante el resto del día fue la comidilla del pueblo, dando lugar a las más extrañas especulaciones; desde quienes, con cierta formación cultural, lo suponían un extraño fenómeno atmosférico o astronómico, hasta quienes quisieron ver en él un signo profético de naturaleza religiosa.
La anécdota quizás hubiera quedado reducida, precisamente, a eso, de no ocurrir a la noche un giro fundamental: llega a la ciudad la noticia que –en plena guerra de Crimea, que por entonces enfrentaba a las potencias europeas con Rusia, aquella que inmortalizara la ‘Carga de la Caballería Ligera’, a la que el poeta Kipling evocara con sus versos: ‘Cañones a la izquierda / cañones a la derecha / hacia el valle de la muerte / cabalgaron los seiscientos...’- las tropas aliadas, francesas, italianas e inglesas habían tomado la ciudad de Sebastopol.
Por cierto, la caída de Sebastopol había ocurrido el 9 de noviembre, y la noticia demoró todo ese tiempo tanto en virtud de las comunicaciones intercontinentales de entonces como del aislamiento de Gualeguaychú respecto a los grandes centros poblados (recordemos que la provincia de Entre Ríos fue ‘insular’ hasta 1969, y el cruce en barcazas no sólo demoraba el tráfico comercial sino también la celeridad informativa). Dado que en la localidad había una muy fuerte colectividad de esas tres nacionalidades europeas –al punto de justificar la presencia de sus respectivos consulados- buena parte del pueblo se lanzó esa noche a las calles, –según relatan los citados investigadores, a tenor de los periódicos de la época- en espontánea manifestación, ofreciendo informales ‘serenatas’ a las autoridades y (según la adjetivación propia de esos tiempos) a los más ‘caracterizados vecinos’. Una orquesta filarmónica local, dirigida por don Luis Giuffra, y una banda militar se instalaron frente al popular ‘Café Dutte’ (propiedad de un francés de apellido homónimo) alternando ‘La Marsellesa’ con el Himno Italiano. Seguramente fue en esa animada tertulia donde los más entusiastas arriesgaron que el ‘extraño evento cósmico’ de la mañana había sido un anticipo, un ‘aviso’ del júbilo que experimentaban en ese momento, como si desde alguna ignota esfera celeste poderosas potestades enviaran a un pequeño pueblo de aldeanos sudamericanos un anticipo de lujo. Parecer que, reflejado en tono altisonante y pomposo por el diario ‘Ecos’ al día siguiente, hizo perdurar por muchos años en el ideario colectivo el recuerdo del ‘aviso de los cielos sobre la batalla de Sebastopol’. (…)”.
Recién llegado a Gualeguay percibí una primera presencia: la llegada de la noche a su cielo. Hice mía la referencia desde los primeros días en la casa de la calle Gadea. Un cielo misterioso, me dije, como aquel visto durante tantos años de visitas en Merlo, San Luis. Llevo dos años mirando el cielo gualeyo, esta otra sintonía del paisaje entrerriano, desde mi lugar en la zona de chacras. Visto desde el jardín, parado entre el jacarandá joven y el espinillo, es este, mi cielo, de los más impresionantes que he tenido la suerte de poseer. Hablo de posesión porque así se nombra al egoísmo humano, quizás el único recomendable, cuando este se ocupa de una obra de arte.
Aquellas lecturas de muchacho quedaron en mi memoria. Entendí a edad temprana que, más allá de la cantidad de mentiras que se hayan podido elaborar en torno al tema, hay una base de hechos inexplicables que dejan picando casi una certeza: sí, hay alguien ahí afuera. Este enigma llamado naturaleza es más que lógico que se haya repetido en muchos lugares de este vasto universo repleto de mundos. Entonces, si el hombre hoy explora su sistema solar, y escudriña el espacio sideral desde, por ejemplo, el telescopio Hubble, ubicado en la órbita de la Tierra desde hace años, qué es lo que no hará mañana, hasta dónde llegarán sus viajes, y esperemos que no sean con carabelas y espadas. Si nosotros vamos, es lógico que ellos también se lleguen hasta nuestra gran aldea.
Recuerdo una lectura del pasado: “El libro de los condenados” (1919) de Charles Fort, un escritor e investigador norteamericano. Este libro es un catálogo de hechos extraordinarios: lluvias extrañas, de colores, portando animales menudos como ranas o peces; crónicas de diarios de distintas épocas y lugares del mundo, dando cuenta del avistamiento de luces extrañas y objetos de formas diferentes en el cielo. Para Fort había tantos misterios en la tierra como en el cielo.
El avistamiento de Gualeguaychú encajaría muy bien en este libro raro, sería una historia, un enigma más. Los parroquianos del café Dutte podrían haber sido personajes de “El libro de los condenados”.

Cada vez que salgo a la noche en el jardín del fondo, cada paso que doy hacia el lugar desde donde remonto la pandorga de mi pensamiento hacia el cielo, me gana un instante de felicidad; digo, me pasa cada vez que me abismo en uno de mis paisajes preferidos. En él encuentro luz, ideas, y silencio, un silencio que llega a través de millones de años luz, desde mundos entrevistos en sueños, en lecturas, en alguna película donde el arte juega lo suyo. He llegado lejos en el universo a través del arte. Eso sí, siempre sabiendo con claridad que uno mira desde esta tierra, y este planeta Tierra, donde muchas veces no hay ni tiempo ni espacio para las buenas historias. Nosotros mismos somos los visitados: siguen llegando hombres montados en infames carabelas. A veces pienso que también esta tendencia a buscar con la mirada vida en otros lugares, se deba a que en muchas oportunidades tiembla la posibilidad de futuro por estos lares. Me digo que sí, que quizá por esta manía humana de montarse en carabelas y ofrecer espejitos de colores y espadas, es que desde pibito busco con la mirada a los otros del universo, en este barrio y en los de más allá, porque en el otro, el hermano, está la vida: el otro es la aldea, en el diálogo con el otro se puede lograr el mejor contacto en el “todos” que nos rodea.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Basureros de Gualeguay de Mauricio Echegaray

La mirada hace foco sobre dos contenedores plásticos con rueditas, cajas y cajones, cartón y madera: dentro de los envases, las sobras de un día más: las sobras provenientes de unas cuantas historias que transitan cerca de la Plaza San Martín. Toda sobra guardada en contenedor se convierte en basura, toda altura de descarte en cordillera. Detrás de la basura de los hombres, se ve el monumento del padre de la patria. San Martín sobre su caballo se mantiene alejado de la basura amontonada en la cercanía. Tres focos de iluminación al fondo alcanzan para dibujar árboles y plaza. Llega el camión de la basura, se lee en su costado: Municipalidad de Gualeguay. En un momento, San Martín y su caballo parecen salir de dentro del camión, limpios a pesar de los tiempos. Dos hombres pisan tierra, saltan desde el estribo trasero del camión. Mauricio Echegaray dice que no son recolectores de residuos; los llama basureros, y los filma como tales: hombres corriendo tras el sustento diario, trabajadores; ellos también miembros de la sociedad. El paisaje filmado está encerrado en una clásica noche gualeya: silenciosa, deshabitada. Los basureros comienzan a remontar las hilachas del día, nada de pandorgas: basura al pie, mano con guante, olfato y mirada atenta.
Mauricio Echegaray
Para esta secuencia, Mauricio Echegaray, fija la cámara sobre un trípode, y la deja respirar; la cámara quieta comienza a alimentarse del trabajo de los dos hombres. El sonido ambiente es marcado por la voz de los mecanismos que viven en el camión: contenedor que va alta en el cielo, cajas en las manos de los hombres, revoleo de los bultos hacia las sombras donde continuará la vida en salud de la basura. La cámara sigue quieta: el paisaje y sus criaturas son los que se mueven, como en cada noche. A poco de iniciada la labor, aparece, a la izquierda del cuadro, la proa de un auto. Luces nerviosas, el auto avanza unos centímetros, se detiene, vuelve a avanzar, se detiene. Su conductor se siente atrapado, ha sido escindido del tránsito seguro de su vida. Quiere escapar, pero el camión y los trabajadores tienen todavía para un rato. Vergüenza por el apuro: el auto retrocede hasta salir del cuadro, solo sus luces avisan que sigue allí. Los trabajadores colocan los dos contenedores, uno al lado del otro, sobre la orilla de la plaza, dan la voz de aviso al conductor y se montan sobre el estribo trasero. El camión sale de cuadro, y antes de que pueda pasar el auto con conductor escindido, se lee el título de la película: “Basureros de Gualeguay”.
Esta larga toma de inicio es una declaración de principios, con ella el director avisa que la película tiene sus tiempos, que hay una voluntad y una elección en la persona que respira en el fuera de escena. La cámara quieta avisa que es una película poco conveniente para apurados, para aquellos que no saben de bajarse del auto que los lleva seguros y distraídos por la vida rutinaria de todos los días. Echegaray invita a bajarse de esa nave y tomarse un tiempo a conciencia para mirar las historias otras. Invita a bajarse de la nave embarullada, y a subirse, durante 45 minutos, a la nave en la que, una noche, decidió subir con cámara en mano.
Existen diferentes tipos de naves, diferentes apariencias, pero el valor supremo de la nave está dado por la dimensión del puerto al que nos ha acercado. Cuando vi por primera vez el documental, mi memoria salió disparada hacia distintos destinos, y uno de ellos fue el espacio sideral. Recordé la película “Alien” del director Ridley Scott. Sus personajes, trabajadores, viajan en la nave Nostromo. Reciben un pedido de auxilio desde un planeta desconocido. Se dirigen hacia el lugar, y sobre su superficie se posa la Nostromo. Esa escena vino a hasta mi presente cuando vi la llegada del camión al basural. Ese era el nexo, la llegada a otro mundo: el paisaje visto por Echegaray: fogatas, perros, chicos, caballos, humo, y basura, y el límite salvaje, inconmensurable, que en colaboración construyen los desperdicios, la noche y el olvido. Más allá de ese mundo están las luces de nuestra Gualeguay, y más allá de los habitantes del vaciadero, nuestras cómodas y civilizadas existencias. El camión de los basureros habita la noche, es una nave espacial que recorre las calles de la ciudad/río, de esta galaxia con apariencia de aldea. Y pensé además en que la nave misma es un planeta a descubrir: porque en ella está el trabajo de cada noche; y es entonces ese planeta el que a su vez se abisma ante otro universo, que se presume vasto, eterno y doloroso: pienso en las almas que viven en el basural, en las sombras que se mueven entre la basura. Otros planetas se iluminan cada noche, lo señala el documental de Echegaray, y hacia ellos se desciende cuando se mira sin apuro y con atención.
Es Mauricio Echegaray un trabajador que ilumina historias mientras viaja entre mundos. Su manera de mirar, y de contar, me llevaron hacia otro recuerdo, esta vez una lectura. Echegaray se preocupa, en los otros mundos señalados, por vislumbrar y registrar la vida de las criaturas, y me digo, lo hace a la manera de Ray Bradbury en sus “Crónicas marcianas”, donde el egregio escritor hace centro una y otra vez en la eterna necesidad de los hombres: establecer su propio relato, la construcción de una memoria de los hechos, la prueba de que, en efecto, estuvimos en este paisaje. Bradbury cuenta historias de los hombres habitando el planeta Marte. Echegaray cuenta de los habitantes de algunos de los planetas que hay dentro de este planeta.
“Basureros de Gualeguay” trata de tres hombres que hacen un trabajo al que muchos miran de costado. Una de esas tareas que remiten a palabritas como: sucia, desagradable, feíta, o sea, una tarea de dudosa buena prensa entre la gente linda que precisamente mira casi todo a la distancia. Ser basurero es un trabajo que, como tantos otros, exige, además, un extra: hay que tener la suficiente entereza para subirse al camión cada noche. Que la verdad sea dicha: se los mira torcido. En un momento aparece la cuestión en el relato de Marcos. Correa y Marcos son los muchachos que corren detrás de la nave, y Mico, el capitán. Echegaray, que es de los prefieren observar el paisaje y ver qué colores encuentra, toma su decisión, y cuenta a los tres basureros, los personajes de esta novela documental, de manera acertada y utilizando caminos diferentes. Desde que sube por primera vez al camión, sabe, percibe, que Correa no está muy dispuesto al diálogo. Entonces lo cuenta en imagen: detalles del laborar de Correa en el silencio de las noches; Correa en movimiento: contado desde distintos ángulos y perfiles. Para el relato de Mico, Echegaray suma imagen y palabra en la cabina, el refugio del conductor; el director usa además su panorámico mirador: todo lo ve Mico, quien da pista de algunas sensaciones, y mucho dice con sus silencios: sus manos sobre el volante del destino cercano. Finalmente es Marcos el que deja lugar para una entrevista en su casa. Entra mucha luz de la mañana por la ventana que está sobre su cama. Marcos cuenta, se cuenta, entre mate y mate; de a poco habla de su pasado, el presente, el futuro, el trabajo en la noche. Su palabra se suma al testimonio fílmico de su quehacer como trabajador. Hacia el final de la película, una voz en off dará unas pocas pinceladas más sobre la biografía de los tres basureros.
Hay en la mirada de Mauricio Echegaray (1979, Gualeguay) una búsqueda poética. Dicha búsqueda tiene que ver con el punto de vista elegido para registrar, y el tiempo que le dedica a cada mirada: como si lo convocara el paisaje, el personaje o el plano de detalle, y como si conectara desde otras razones, no puramente fílmicas; prueba de ello es el corto “Serenata por los bares de Gualeguay” (2015). En todo universo las invitaciones a mirar y registrar son muchas, es entonces cuando se establece una relación directa entre lo elegido y el resultado de la incursión. Echegaray se detiene en el paisaje de los bares gualeyos, y se detiene, por ejemplo, en este, su primer documental, en los planos majestuosos de la tragedia que se vive en el basural. Reitero: la Nostromo llegando al planeta desconocido. Dos incursiones: dos aciertos que quedan en la memoria. Echegaray muestra, pero lo hace desde detrás de la humareda, para que espiemos, para que la gente linda vislumbre las dimensiones apocalípticas del paisaje. Muestra lo necesario, no hay palabras que lo describan. Sabe el director que para entrar a ese otro universo, deberá acondicionar otro viaje. Él se montó sobre el camión y trabó relación con los tripulantes, sabe que lo mismo deberá hacer en un próximo desafío: esta vez no tratará de subir, en esta segunda travesía deberá bajar, y para ello, como los mismos basureros, deberá de aceitar su entereza para enfrentar un mundo en el que casi nadie piensa, salvo sus habitantes.
“Basureros de Gualeguay”, el documental de Mauricio Echegaray, invita a conocer, a través de distintas sintonías, los paisajes alumbrados. La película es de andar silencioso y certero, contiene las palabras justas. Interesa la mirada del director, su decisión de forma y contenido, sus permisos con el tiempo.

Con entrada libre y gratuita, se la podrá ver el viernes 16 de diciembre, a las 21.30, en el Museo Quirós.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Orillas: Ibarra-Castañeda

El Chango Ibarra (el músico) y Fabricio Castañeda (el autor de las letras) acaban de parir una obra que es, en apariencia, un disco. Digo “en apariencia” porque la imagen que se desprende de “Orillas” es la de una llave mágica que sirve para encender en amigable vuelo un aparato artístico, una especie de nao, quizá como la imaginada por José Saramago en su novela “Memorial del convento”. Una estructura de arte que viene a posarse sobre el corazón de Gualeguay, la ciudad/río, el sábado 10 de diciembre en Barrio Norte (21.30 hs.). Hablo de una suma de voluntades, y de una suma de sintonías artísticas. El músico y el letrista nacieron un disco: música y escritura, pero ese disco se transforma en noche de recital y presentación en sociedad, y todavía más, esa misma noche es velada para bailarines, y aún más, es tiempo para una muestra de artistas plásticos. Todo en directo, y todos formando el mecanismo de la nave alumbrada después de la llave mágica creada por estos dos trabajadores de la cultura: Ibarra y Castañeda. Este convite al arte de muchos, los aleja de los territorios donde transita el egoísmo, y los acerca, por lo tanto, al quehacer poético del otro.
Castañeda cuenta detalles del “mientras tanto” de Orillas: “El Chango tenía algunas melodías en la cabeza y yo algunas letras, empezamos a charlar y a hacer algunos temas. Fue luego que pensamos en una obra integral con un hilo conductor. Trabajamos en más de 20 temas, y quedaron 15. Los temas tienen que ver con Gualeguay, el río y su gente, los trabajadores y sus creadores, y los oficios, algunos casi desaparecidos. Me gusta, cuando escribo, pensar en el cantor, pero esta vez el Chango sugirió intérpretes, que nos gustaron mucho, y yo me encargué de la mayoría. Siempre charlamos y nos pusimos de acuerdo, yo tenía contacto con algunos de los convocados por mi disco anterior: Milongas Borgeanas. Pero hubo el caso de Mario Suárez, cantor de Villaguay, que no lo conocíamos personalmente, y que terminó cantando tres temas. Con Chango nos manejamos en libertad, los dos atentos a las modificaciones posibles, atentos a escuchar, porque también están las sensaciones del cantor, la opinión de los músicos sobre los arreglos. Incluso hay un tema ‘Qué extraño lo que quedó’, que es una idea de Chango que no sabía cómo plasmar en una letra, y entonces la trabajé. Estuvimos de acuerdo con el resultado. La canta Juan Villarreal. Chango venía a casa con la guitarra y me enseñaba sus músicas, y empezábamos a imaginar los temas. La sensación es que el trabajo fue fluyendo, y logramos hasta algo superior a lo imaginado”.
Yamila Cafrune y Chango Ibarra
En referencia a los artistas plásticos, Fabricio refiere: “Se invitó a colaborar a los plásticos, no podíamos pagar las obras, así que la invitación era para aportar la obra, que es del autor, para la muestra. Invitamos artistas amigos, todos aceptaron. Se involucraron; a los que pudimos fuimos a visitarlos con el Chango y la guitarra para cantarles el tema. Trabajaron con distintas técnicas. Hay un hombre, Jorge Imán, con más de 80 años, anda con problemas en la vista y hacía años que no tallaba, y sin embargo, quiso hacerlo y está su obra. A Atilín Daneri, artista que hacía tiempo no pintaba, le tocó ‘Poblador de Puerto Ruiz’, ella fue varias veces al Puerto a sacar fotos, a hablar con la gente; o el trabajo de Martín Lucero, que hizo el tema ‘Ramoncito Muñoz, El angelito del monte’, que investigó entre los familiares del chico. Todos se comprometieron, y todos los artistas van a estar el día de la presentación. La diseñadora del disco es Gisela Beer, también se sumó con muchas ganas al trabajo: escuchó los temas en directo, habló con los intérpretes, un compromiso integral”.
Fabricio Castañeda y Pepo Ogivieki
A continuación el orden de los temas con su intérprete, el artista plástico y la técnica utilizada: 1.Puente viejo (María Graña) (Cristina Gómez) (acrílico) / 2.Artesano de tu río (Agostina Pagella y Damián Lemes) (Jorge Imán) (talla en madera) / 3.Poblador de Puerto Ruiz (Mario Suárez) (Atilín Daneri) (óleo) / 4.Ramoncito Muñoz, “El angelito del monte” (Esteban Sarlenga) (Martín Lucero) (lápiz acuarelable) / 5.Orillas (Jacqueline Sigaut) (Quita Piquet) (óleo) / 6.Encuentro (Karina Beorlegui) (José Espinoza y Pablo Jofré) (fileteado) / 7.La tregua (Esteban Sarlenga) (Juana Saldaña) (mosaiquismo) / 8.Tres besos (Yamila Cafrune) (Liliana Khoury) (collage sobre acrílico) / 9.Zamba para Helvecia (Juan Villarreal) (Néstor Medrano) (técnica mixta) / 10.Estación Dolores (Marilina Mozzoni) (Juancho Montefiori) (plumín y tinta) / 11.Angustia (Hernán “Cucuza” Castiello) (Carla Bur) (tinta y óleo pastel sobre papel madera) / 12.Qué extraño es lo que quedó… (Juan Villarreal) (Evangelina Pérez) (acrílico) / 13.Peón islero (Mario Suárez) (Marta Líbano) (acrílico con espátula) / 14.Gurisito pescador (Mario Suárez) (Julia Benítez y Malena Albornoz -Cooparte-) (mural pictórico) / 15.Dulces sueños, Agustín (Marilina Mozzoni) (Facundo Lesso) (acrílico).
Junto a María Graña
Chango Ibarra habla de Orillas en el estudio de grabación: “Sin dudas todos los discos son un aprendizaje, más para mí que he aprendido de los procesos haciendo discos. Orillas tiene la particularidad de ser un disco de canciones donde el autor y el compositor no cantan sus propias canciones, y eso ya es un desafío interesante, no solo por coordinar diez cantoras y cantores, y los horarios, también porque el bautismo de la canción se hizo en el estudio y con la voz y la interpretación de cada uno de los artistas. En ese sentido fue revelador y planteó una consigna: cada cantor o cantora elige la que entiende que es, en ese momento, su  mejor interpretación, y con esa nos quedamos. Ha sido un placer descubrir en el estudio las voces de tantos, y encontrar, desde la técnica, la manera de captar fielmente lo que salía de cada uno; eso no es tarea fácil, así que el trabajo de los técnicos Marcelo Suraniti y Gabriel Biuso ha sido impecable. A la hora de los músicos, pudimos contar con una base de lujo: Raúl Gutta en la batería y percusión, Javier Ordoñez en el bajo, Tato Ibarguren en bombo legüero, y Ángel Ponce en el acordeón. La sonoridad del acordeón predomina en el disco, y de forma majestuosa de la mano de Ángel. También tenemos de invitado a Ovidio Velázquez en piano. Gracias a Gabi Biuso sentamos otra consigna: somos personas tocando nuestros instrumentos, entonces, tienen que estar las respiraciones, los cambios de registro del acordeón, las sonoridades extras que se generan en la guitarra, etc., siempre pensando en la música, obviamente, y no entendiéndonos como máquinas;  lo demás puede hacerlo algún instrumento virtual. Eso ha hecho que sea una música viva, y que el proceso haya sido muy divertido, intenso y descontracturado”.
Chango y Fabricio
Descubriendo caminos, cuenta el Chango: “Trabajar con las letras de Fabricio me llevó a lugares impensados; lo digo por cómo estaban construidas, si bien hay una zamba y una chacarera que llevan una estructura bien definida, con el resto me manejé con mucha libertad a la hora de no atarme a estructuras preestablecidas como estrofa, estrofa, estribillo. Eso hizo que me fuera siguiendo cada palabra hasta llegar a resultados de canciones que se cantan una sola vez como si fueran casi poema; otras con algunas partes instrumentales al principio y al final; también canciones que se van sucediendo sin repetir partes, tratando de lograr el clima de lo que la letra dice en cada momento, hasta que es necesario volver. Sin dudas esto es un reencuentro en donde la libertad que nos dio este pueblo, la calle y la canchita del barrio 9 de julio, que transitamos en nuestras infancias, no se borró para poder decir y hacer lo que nos toca decir y hacer”.
Los cantores invitados en la noche gualeya del 10 de diciembre son: Yamila Cafrune, Mario Suárez, Esteban Sarlenga, Jacqueline Sigaut, Marilina Mozzoni, Juan Villarreal, Agostina Pagella y Damián Lemes. Banda Pueblo: los músicos: Chango Ibarra, Ángel Ponce, Raúl Gutta, Javier Ordoñez y Ovidio Velázquez. Los bailarines: algunas parejas del Ballet Amanecer Gualeyo de Ángel Cichero (Patricia y Oscar: Patricia Milesi y Ángel Cichero), más los alumnos del Taller de Folclore de Cichero; Aranzazú DeLucca Maye y Fernando Martínez; Belén Larrivey; Eugenia Quintana y Javier Garcén. Walter Testa será el encargado de la decoración del salón. Completan la grilla de los músicos intervinientes en Orillas: José Ogivieki, Nicolás Perrone, Jorge Giuliano, Gastón Ibarguren. El valor de las entradas es de 100 pesos (a la venta en 25 de Mayo 1511 o en los teléfonos: 427573 y 15621887).
El Chango Ibarra leyó Orillas, la canción (que habrá empezado por unas primeras líneas de Fabricio, o bien por una de esas músicas guardadas en la memoria y entonces luego vino la palabra). Digo que no es bueno andar preguntando sobre todas las cosas del mundo, dejemos al misterio ser y respirar: “I Transité por olvidadas, anheladas orillas; / fui río y también el sueño de ese río; / fui los pájaros que antes quise ser y no había sido; / fui el llanto contenido de aquellos sauces que no sabían llorar… / De aquellos sauces que no sabían llorar… // II Transité por olvidadas, anheladas orillas; / fui río y también el sueño de ese río; / fui los pájaros que antes quise ser y no había sido; / deambulé por el hastío, cultivé la soledad; / destierro y vela yo fui. / Pero también fui el otro, el que quería. / Tuve la palabra (ella la poesía)”. Y Fabricio Castañeda escuchó. Fue la señal, sucedió: bienvenido Juan L. Ortiz a Orillas; bienvenida la nao a Gualeguay, nuestra ciudad/río; bienvenido el abrazo que cuenta de la unión de voluntades.