domingo, 21 de enero de 2018

Acento de chacra gualeya

Un disparo certero de piedra en medio de la chacra gualeya. Un gurí poco atento al oleaje de la vida y de la muerte, tensó gomera y apuntó sobre el plumaje quieto dentro del paisaje de una rama. Llegó la muerte, me dije; y la carrera del gurí para contemplar su obra.
En el cotidiano de la chacra gualeya se vive un tanto más cerca de los elementos que hacen a la vida y a la muerte, un par de amigas que siempre van de la mano. Vuelvo a la imagen del pájaro, pero le recorto al gurí con gomera, y dejo un pájaro vivo, con su plena poesía en desarrollo, su misterio; y elijo descubrir en el cotidiano la presencia constante de un colibrí, como ejemplo de la maravilla de la vida y la naturaleza. Siempre hay un colibrí entre las flores del jardín. Como contrapartida, un perro elige un rincón en la chacra para terminar de morir, por viejo o porque comió lo que no debía en su hambruna desesperada; sabido es que los perros comen cada vez menos, cuenta que viene atada a la menor ingesta -por lo tanto un nacimiento menor de sobras- de los hombres capaces de la ofrenda al otro: sea persona canina o persona atrapada en destino salvaje. La chacra permite estas sintonías para quien está con ganas de mirar. En ella se pudo ver, por ejemplo, en estos recientes días de fiesta, la pulsión a que lleva el amor, que puede ser tan desesperante como el hambre, y digo amor como norte y búsqueda en una de sus sintonías: la compañía que mitiga la soledad, que tan desesperante puede ella también ser, y entonces sobre esta chacra donde se manifiesta toda vida, en días de fiesta, se festejaba el descorche de la botella que podía, por ejemplo, significar compañía, paréntesis en la soledad por un rato, compartir un momento casi irreal, pero tan necesario para la sed de tanto desesperado; porque la botella que invita a la palabra ligera puede descorcharse, y descorcharse puede la memoria, que tantas veces guarda sabor amargo, triste. Y todas estas posibilidades en la chacra gualeya, creo, aparecen subrayadas cuando se mira el acento, siempre presente -con él no hay errata u olvido posible-, hablo del acento que lleva toda vida: la marca de la muerte condiciona, juega barajas sobre toda existencia, hasta en el simulacro del más distraído, postura esta originada en la ignorancia cultivada y la mentira administrada, o en el más chato desinterés por el ejercicio del pensamiento. Hay distintas maneras de morir, y varias la muertes que pueden respirarse durante la vida.
Encuentro en la chacra.
La presencia de la muerte en nuestro futuro nos modifica, nos escribe, nos hace relato y personaje dentro de la novela que, cada uno, deberá escribir desde sus días. La muerte es escritura desde afuera y desde adentro. Revisaba hace unos días algo que escribí a partir de un poema: “Testamento”, escrito por Francisco Benítez (Kiko), destacado integrante, ya fallecido, de la APDH de Gualeguay. En el poema, Kiko anotó: “(…) No le temo a la muerte, ya es mi amiga, / vino junto conmigo al nacimiento, / ese marzo lejano allá en mi Sauce / y desde entonces anduvimos juntos. (…)”. Y entonces me preguntaba si Kiko habría leído la novela “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” de Rainer Maria Rilke. La pregunta apareció cuando Kiko señala a la muerte como compañera del nacimiento. Pensaba en que muy bien la idea pudo nacer desde una clara pulsión vital, a modo de revelación sensitiva.
Junto a la cercanía de la muerte, o a la proyección del hecho, aparece, creo, un impulso de soltar las amarras al puerto; se busca establecer y fortalecer la identidad y fijar una distancia emotiva con el paisaje. A mi memoria llegan un par de poemas escritos por Derlis Maddonni, artista plástico, pensador, poeta, habitante ineludible del cielo de la ciudad/río de Gualeguay. Luis Alberto Salvarezza, poeta, ensayista y plástico de Concepción del Uruguay es autor de “Derlis Maddonni” (2014). El libro guarda el intercambio epistolar entre estos dos amigos artistas. En este rescate de Salvarezza se hace referencia a Oliverio O., que era una de las almas que vivían en Maddonni, era el alma que firmaba la mayoría de sus poemas. Dice Maddonni en un poema fechado en 1996/97: “He intentado autorretratarme varias veces, de varias formas, por eso ‘en memoria de mis personalidades muertas’, escribí: Soy una asociación civil / de múltiples personalidades / sin fines de lucro. // Soy muchos que se reúnen en uno / que se activa al negarse siempre / para ser otros / para ser el mismo / para crearse. // Juego a que soy otros / impostor que se disfraza de lo que quiere huir / pero se desnuda ante todos y cualquiera. // Soy un club de admiradores de mí mismo / la vanidad me guía buscándome hombre / durante la luz y la noche / sin séptimo día. // Mis todos y yo / existimos en la confrontación / con la muerte virtual o real. / La muerte existe. // Para no mentir / quiere ser un eslabón / insoslayable de la vida”.
Maddonni también le dice a Salvarezza en diciembre de 1993: “Salvarezza, porque mi mundo, un pedacito, quedará a salvo por tu generosidad, te acerco ‘Fuera de mí’: Puesto que de mí / en mí queda poco / y todo lo mío lo he dado sin reservas, apenas moriré. / Moriré muy poco, casi nada. / Todo lo mío quedará / en los papeles de líneas tensas / tiernas o arremolinadas, / en las palabras mal escritas / sin sintaxis, ágatas combinadas. / Todo lo mío quedará por ahí / y el resto, ese poco / morirá conmigo. / Pero mi mundo estará a salvo / fuera de mí”.
El poema de Maddonni descorchó mi memoria, y fui en viaje directo a una respuesta, una línea, un pensamiento, que Troilo, el Gordo Pichuco, le dio a María Ester Gilio en la entrevista publicada en la revista “Crisis” en septiembre de 1974. Pichuco hacía referencia a un momento: “Estaba Perón en el teatro. Él había hecho posible que una orquesta típica llegara al Colón. Cuando voy a entrar, me encuentro en la puerta, esperándome, a Lunghi, uno de los músicos más viejos del Colón. Él sabía lo que significaba para nosotros tocar allí. Quería saludarme, que le presentara la orquesta. Pobrecito... Cuando se estaba muriendo, me mandó llamar. ‘Maestrito, no me deje morir’, me decía”. En ese momento Gilio desliza: “¿Y vos?”. Entonces Troilo contesta: “Y yo. ¡Qué querés! Uno se va muriendo con cada amigo que se muere. Uno no se muere de golpe, ¿sabés? Llega un momento que de Pichuco ya no queda nada. Se lo fueron llevando de a poco”.
Foto Mario Bellocchio
Desde esta tarde en la chacra gualeya pienso en mi viejo, Rolando, en su vida y memoria como artista plástico en su ciudad: Buenos Aires. Trato de imaginar aquellas reuniones de los viernes en el bar Florida, ubicado sobre calle Viamonte, donde hoy está el Centro Cultural Borges. En ese bar se juntaban un grupo de pintores, sucedió durante varios años de la década del ’70. Como ocurre siempre, hubo una primera vez y una última. De aquellos habitués voy a nombrar a uno en representación del grupo: el gualeyo Roberto “Cachete” González. De todo ese grupo de artistas, solo uno hoy sigue haciendo memoria, mi viejo. Rolando siempre me dice: “Soy el último que queda”. Y Rolando es el que sigue recordando a otros amigos pintores que yo conocí, a los que llegué a través de su amistad. Nombro a Eolo Pons, Rodolfo Medina, Juan José Cartasso. Aprendí a través de mi padre el significado de la palabra memoria, de aquello que significa el ejercicio cabal de la memoria. Siempre cuenta anécdotas, pequeñas historias, ideas y pensamientos que giran alrededor de su manera de entender el mundo, y proyectada esta mirada hacia esos otros pintores, esforzados artistas que durante toda la vida trabajaron su oficio. Mi viejo siempre contó estas pequeñas historias, pistas, señales. Pienso hoy que es la manera de cumplir con la responsabilidad de ser el que queda para hacer memoria. Claro que una memoria como esta, más allá de, por ejemplo, mi presencia que también intenta guardar memoria, él la realiza en soledad. Como se ha sugerido, uno se va yendo, y nunca es de golpe. Hacer memoria es un acto ético, una esquina a ocupar desde la valentía y, sí, cómo no, desde el llanto nacido en el cruce de la felicidad de haber estado con la melancolía por aquello que ya no es, y que de alguna manera sigue estando.
Calle 115. Foto Mario Bellocchio
Tener conciencia de la finitud de la vida es algo fundamental para el disfrute de los días. Saber cada día de la existencia de la Parca es, creo, una pincelada a favor de la buena salud mental; saber de ella no para andar llorando por los rincones, sino para no dejar la vida para mañana. Porque mañana bien puede no llegar. La muerte como motor de vida, porque si un día no voy a estar, debo dar hoy mi presente con todas las letras. Y después, claro, siempre la memoria. Supe de la muerte cuando fui al velorio de mi compañerito de segundo grado: Roberto Ferrazo; supe más de la muerte con Néstor Hugo Ortiz, mi amigo del barrio cuando andábamos por los 14; supe de ella con la muerte de los abuelos, y allí entonces se guardó en la memoria Julio Martín, mi abuelo paterno, el poeta a quien desde pibe quise emular. Y entre mis muertos como adulto nombro a mi amigo y maestro, el novelista Gabriel Montergous, y sus cenizas, las que llevé hasta la cima del Mogote Bayo, en Merlo, San Luis; y mi amiga Liliana Bustos, que todavía me mira desde la foto en mi biblioteca: desde su silla, a un lado de la estatua que recuerda al poeta Fernando Pessoa en el café donde fue habitué, en su amada Lisboa.

Pienso, en este final de nota, que el mismo Pessoa era un especialista en esto de ser varias almas en una; pienso en todas las imágenes e historias que llevo en mi memoria, como mi viejo; pienso en que tanto me identifico con las palabras de Kiko Benítez, Rilke, Maddonni y Troilo: en que soy tantos, en que nos vamos yendo de a poco porque nos fuimos con el otro, en el cotidiano amanecido desde la bondad de los relatos y los afectos. Pienso en que esta chacra gualeya acentúa, me acentúa, en esto de andar descubriendo pensamientos alrededor de los días de la vida y de la muerte.

domingo, 14 de enero de 2018

Julián Monzón y sus recuerdos

Nada sabía de Julián Monzón, cronista y trabajador de la memoria. Y quizá nada hubiera sabido sin el trabajo, en este caso, como editor y, también, trabajador de la memoria, que realiza Ricardo Maldonado a través de su editorial: Ediciones del Clé. Hasta mis manos llegó “Recuerdos del pasado”, el libro de Monzón, cuya 1ra. edición es de 1930, y de 2017 la del Clé. Se consigna antes del prólogo del autor tres cartas a Monzón: la primera del Dr. Delio Panizza de mayo de 1923, la segunda de Martiniano Leguizamón de junio de 1923, y la última del historiador César Blas Pérez Colman, que le recomienda lo siguiente el 2 de julio de 1926: “(…) me permito insinuarle la idea, de que coleccione estos sus trabajos y los publique en un volumen, ya que el cosmopolitismo va haciéndonos perder hasta los últimos vestigios de nuestro pasado tan poético como honesto y viril. (…)”. Creo que desde estas tres apoyaturas Monzón encaró el libro. Una acción que se agradece. “Recuerdos del pasado” es asomarse a otro mundo, uno que existió sobre los mismos lugares en donde hoy hacemos nuestra vida. Me sucedió que cada vez que aparecía nombrada Gualeguay, un cierto nerviosismo me transitaba, qué iba a conocer, qué era aquello que llegaba desde el más allá del pasado: hechos y lugares históricos, o la mecánica de la yerra: que me llevó a la que presencié de la mano del amigo doctor Rodrigo Ayala; lo mismo ocurría con cada nombre aparecido, tantos buenos fantasmas. Dice Monzón en su prólogo (escrito en Rosario Tala en abril de 1929) sobre la razón que sustenta sus páginas,: “(…)  En ellas se refleja la vida y costumbres de los viejos moradores de mi terruño, de todo Entre Ríos y de los mismos pueblos del litoral. (…)”. No conozco la fecha de nacimiento de Monzón, sus recuerdos rozan ciertos años, ya andaba a caballo en la década de 1870; era hombre mayor cuando publicó el libro. También desconozco la fecha de su muerte.
Pinceladas que dibujan la aldea natal: “(…) Recuerdo aún la rústica y escasa edificación que constituía lo que hoy, con énfasis, llamamos Ciudad del Rosario Tala, como a los principales vecinos y sus familias. (…) Estábamos muy vinculados con aquel pueblo que llamábamos ‘Gualeguay Grande’, donde se iba en excursiones de recreo y a buscar lo que aquí no se encontraba, como vamos hoy a las grandes Ciudades. (…)”. Destacan en la memoria de Monzón ciertos personajes o anécdotas que transitan la maravilla: “(…) Era párroco de aquella feligresía el cura Juan de Rosas y Escobar, porteño, rosista acérrimo, alcoholista empedernido y enemigo mortal de los gallegos. Tenía más de soldado que de sacerdote, y muchos actos se contaban, más que impropios, ofensivos a la sagrada misión que desempeñaba. (…) Un día le servía yo de monaguillo en la misa, y al servirle las vinajeras le eché agua en vez de vino; inocente equivocación que lo irritó tanto que mirándome con ojos centelleantes me amenazó con los puños cerrados, diciéndome con voz ronca, especie de gruñido: ¡Sino mirara Dios te arrancaba las orejas! Contaban que una vez, estaba muy enojado, porque se criticaba su conducta, culpando a las mujeres de esa irreverencia. Y que, aprovechando la misa de un domingo para desahogarse, increpó a éstas su mal proceder, concluyendo con el siguiente apóstrofe: ‘¿Quiénes son ustedes para censurar mi vida? No son más que unas chismosas, que no valen lo que vale mi moro viejo’. (…)”.
Alrededor de la escuela: “(…) la disciplina era rigurosa como en tropa de línea. El rebenque y la palmeta eran los instrumentos que se usaban para corregir las faltas, aplicando azotes por docena, según la gravedad del caso.
Los estudios se hacían en alta voz, formando una gritería infernal, que más parecía un lago de ranas que una sala de enseñanza escolar. Sin embargo, se aprendía pronto y bien, y con estudios tan limitados, algunos hicieron lucida carrera, ocupando elevados puestos públicos (…). La indumentaria era muy pobre; muchos iban de chiripá y descalzos, otros con calzón de cotín y mal calzados y pocos eran los que iban bien vestidos. El abrigo de los pobres en invierno, era el poncho de picote o de bayeta.
Solo tres quedan de mis condiscípulos: Florentino Barreto (a) Totón, Demetrio Pereyra y Gregorio Montenegro; vecino de Las Raíces el primero, de esta Ciudad el segundo y de Gualeguay el tercero. Los demás han muerto. (…)”.
Los muertos al cementerio: “(…) El Cementerio estaba en el espacio que mediaba entre el Templo y la Escuela. Pocos eran los que se enterraban con cajón; la gran mayoría iban a la fosa con una simple mortaja.
Los cajones eran de formas rústicas y forrados con zaraza negra, cuanto más. Los muertos en la campaña, se traían en carretas tiradas por bueyes o en pequeñas carretillas de un solo pértigo; únicos vehículos que había entonces y que sólo los tenían los ricos hacendados. O bien se conducían sobre caballos que traían de tiro; ya tendidos sobre el lomo o montados y vestidos, simulando cabalgantes vivos. (…)”.
La pobreza, presente: “(…) Los pobres iban con frecuencia a las estancias a pedir carne, que nunca se les negaba. No debe extrañarse ese desprendimiento, pues los novillos gordos de tres años arriba, sólo valían tres pesos bolivianos. (…)”.
Enfermedades, y remedios que asombran: (…) El Arte de Curar estaba en manos de simples curanderos, siendo los principales: don Francisco Moreno, don Juan Campodónico y la vieja Raimunda Cariaga.
No había boticas; los medicamentos se componían de yerbas, grasas y otros elementos naturales, sin mezcla ni adulteración artificial.
No había los medios que hay ahora para descubrir las enfermedades. Todo se hacía rutinariamente a la simple vista; por los informes que daba el paciente, por las observaciones que se hacían de los orines, por presunciones o por adivinanzas.
Muy pocas eran las enfermedades descubiertas por estos medicastros sugestionadores: la tisis, llamada también mal de calenturas; pasmo de frío o de sol; puntadas que llevan el nombre del lugar donde aparecían; erupciones cutáneas como sarampión, viruela, etc.; siendo una de las más temibles la puntada de clavo, o sea ataque cerebral, llamada también chabalongo. El célebre Moreno decía, que para el chavalongo (terminología de su propio caletre) no había mejor remedio que el gallo negro muerto y abierto; y así, con plumas y chorreando sangre, puesto sobre la cabeza del enfermo. (…)”.
Algunos de los Capítulos del libro: La yerra, La trilla, Corrida de la bandera, la corrida de sortija, Las carreras de caballos, Los troperos, Las diligencias, Peleadores y bandoleros, Las yeguadas alzadas-Grandes volteadas, Funerales en vida, Velorios e insepulturas de los angelitos. Cierra el libro Monzón, admirador de Urquiza, haciendo memoria de su participación en la tropa de López Jordán, con anécdotas y opiniones. También refiere situaciones que le tocó vivir siendo autoridad policial en Rosario Tala.
En “Velorios e insepultura de los angelitos” me encontré con costumbres sobre las que nunca había leído: “Era tradicional la costumbre de dejar sin sepultura los chicos que morían en la campaña, en los tiempos pasados; depositándolos en los árboles o en otro lugar al aire libre.
Cuando moría un chico, se amortajaba adornándolo con cintas de colores y así se velaba; muchas veces hasta que empezaba su descomposición.
Estos velorios no asumían el carácter serio y apesadumbrado del de los adultos; por el contrario, en ellos rebosaba la alegría con todas las manifestaciones de una gran fiesta.
Las familias vecinas concurrían a ellos ataviadas con lo mejor que tenían, para terciar en todos los alegres y chistosos actos que allí se celebraban.
Los homenajes con que se despedía de este mundo al angelito, empezaban generalmente con el baile. (…)”.
Hay otros mundos en el libro de Julián Monzón, mundos cuya ceniza forman los caminos por los que hoy transitamos nuestras vidas. Esta nota es apenas un esbozo de las riquezas a encontrar en su lectura. Las sensaciones van desde la comprensión del paisaje general y sus limitaciones, hasta la ruptura, a manos del asombro, de ese mismo escenario armado en el pensamiento. Era otra vida, otros destinos y quehaceres cotidianos. Y muy necesario es saber de aquello que ya no es. Aquello que “fue” gracias al accionar salvaje del tiempo y su paso seguro. El tiempo mismo es personaje del libro.
Como final para esta lectura recomendada para todo lector atento, cito las últimas líneas de “Lo que era mi pueblo a mediados del siglo pasado”: “(…) Todo era relativo en la vida de aquel pueblo; la sencillez y la ingenuidad reinaban en todos los actos, ya públicos como privados.
Las transacciones sobre bienes y obligaciones en general, que comúnmente se hacían de palabra, se basaban en esa moral típica y se cumplían honradamente y con exactitud.
¡Qué lejos estamos de aquellos tiempos! Entonces todo era elemental y pobre; pero giraba dentro de la franqueza y de la lealtad. Hoy vivimos dentro de la civilización, del progreso y de la riqueza, pero acechados por la doblez y la falsía”. Pensaba en Julián Monzón, cuál hubiera sido la percepción actual sobre “la doblez y la falsía”, y la posverdad. Pensar que Monzón señalaba el cambio allá cerquita de 1930, ahí nomás de la Década Infame.

Es “Recuerdos del pasado. Vida y costumbres de Entre Ríos en los tiempos viejos” de Julián Monzón un libro/lugar al cual regresar. Guardo el impulso de volver a sus historias.

domingo, 7 de enero de 2018

Una mesa de café en Gualeguay

En el barrio de Boedo me fundé dentro de una garúa luminosa: la memoria de la ciudad. Una memoria: desde mi Boedo, mi Buenos Aires. Y mientras escribo sé que hoy, de esta historia de amor, de estos amores, me separa cierta distancia. Hasta este cronista se ha hecho recuerdo: al fin maravilloso fantasma que vuelve siempre a casa. Desde una humana poética ciudadana construí la “urbanía” que me identifica. Soy urbano dentro de la chacra gualeya, desde donde escribo hace casi 5 años.
La memoria se funda en gestos. Es un gesto de mis almas, de mis patrias internas, el regreso a casa: a aquella que fue de infancia y primera juventud en Martín Coronado, donde nació el amor por la palabra en todos sus estados; a aquellos departamentos alquilados y sus historias en los que fui por la vida en los barrios de Boedo y San Cristóbal.
La memoria se funda en gestos, repito, y gestos decisivos tuvieron lugar en la órbita de innumerables mesas de café. El café, el bar, son referencias, pistas fundacionales luego de producido el big bang que daría inicio al gen ciudadano en la gran aldea de Buenos Aires. Lugares que fueron mutando, “haciéndose” en y desde los días de los parroquianos. Hace años escribía un pensamiento, una sensación de la que estuve convencido, y de la que hoy, como devenido fantasma, percibo como cierta: todo puede ocurrir alrededor de una mesa de café.
Café Margot. Acrílico de Rolando Lois.
Hace pocos días, en el café Margot de Boedo, ubicado en la esquina de San Ignacio, un pasaje, y la avenida Boedo, se colocó en una de sus mesas, una placa de bronce en recuerdo de un habitué especialísimo del lugar, y de la ciudad toda: el amigo Diego Ruiz. La placa dice: “A Diego Ruiz, porteño inclaudicable, barriólogo, presidente de Baires Popular, compañero entrañable, en homenaje y recuerdo de sus amigos. 16-11-1953/2-9-2016”. Diego, entonces hoy, un buen fantasma, llevó en sus maneras de andar por la vida -él mismo lo era- la prueba de la existencia de la ciudad, de los hombres que la hicieron, y de los lugares desde donde partieron para sus labores. Diego era un trabajador de la memoria, para prueba están sus notas publicadas en el periódico “Desde Boedo” dirigido por nuestro amigo el periodista Mario Bellocchio. A lo largo de un buen puñado de años nos encontramos entre palabras y cafés en las páginas del periódico, y en las mesas del Margot. Mientras pienso en Diego viene el recuerdo de su libro “Mascarones de proa de La Boca”. Y también el recuerdo de la entrevista que le hice para el diario “Tiempo Argentino” en el Museo Quinquela Martín de La Boca. Diego era memoria de barrio, de ciudad, de sus habitantes, de ayer y de hoy; porque su mirada establecía puentes entre épocas y entonces encontraba ideas que ayudaban a establecer la mecánica de los paisajes. Su memoria era prodigiosa, en sintonía de humor, lo llamaba: “la memoria que humilla”, como para ilustrar de manera liviana, porque jamás molestaba su saber, y sí, siempre, su manera de iluminar producía asombro. La impresión era que, por ejemplo, no necesitaba cotejar fecha alguna, los números junto a la historia o la anécdota necesaria para ilustrar, simplemente fluía, aparecía, casi magia.
Entonces, en el café Margot hay una mesa que lleva en su cuerpo, en su historia, en su aroma de tiempo, porque dentro del Margot se puede saber de ese aroma, una plaquita con el recuerdo de Diego Ruiz. Pero no es la única, también está la mesa que lleva la señal de vida del Gordo González, otro personaje para guardar en la memoria de mi barrio. El Gordo era un feliz exceso: como hincha de San Lorenzo, como buscador de señales físicas del Boedo natal: adoquines originales de la avenida Boedo, o el dato de estirpe poética que aseguraba que la creación de la “milonguita” (un clásico de las panaderías porteñas) se había llevado a cabo en Boedo. Recuerdo sus ojos apasionados, un día lunes, en la trastienda del Margot, cuando dio la noticia durante un encuentro del Alpedismo Boedense acuñado por el poeta Rubén Derlis (bajo esta designación, un grupo de personas se encontraba a hablar al pedo en el Margot).
Hay otra mesa con placa en el susodicho café, y en ella se homenajea a varios actores del quehacer cultural boedense, se trata de “La Mesa de Soñar: Aquí nacieron: Realizaciones Culturales Boedo XXI; Ediciones Papeles de Boedo; Periódico Desde Boedo; Grupo Baires Popular, no pocos libros del barrio hacia el mundo y otras aventuras espaciales del espíritu. Este lugar siempre acogerá los desvelos de los irreductibles ensoñantes. Abril de 2004”. En dicha mesa de sueños aparece el periódico “Desde Boedo”, un espacio/tiempo de encuentro, un alma a la que habrán de invocar aquellos que en el futuro quieran saber sobre cómo era la vida en el barrio.
Un bronce más se guarda entre las mesas del Margot, la que recuerda la presencia del artista plástico Juan Manuel Sánchez, un habitué notable, fue integrante del recordado grupo Espartaco, cuyo líder fuera otro notable: el plástico Ricardo Carpani.
Toda esta introducción centrada en el Margot tiene por objetivo señalar el valor del café como lugar de encuentro de la comunidad. Alrededor de una mesa de café puede nacer un libro, una amistad, un amor, puede nacer la sana costumbre de la reflexión, la mirada atenta a través de la ventana puede revelar, por ejemplo, durante una lluvia lenta, los grandes secretos del mejor universo, el que se reconoce en el alquimista que todos podemos llevar adentro, ese que sabe del diálogo entre sus almas, las patrias internas. Tomar asiento frente a una mesa de café es descubrirse, puede que a través de una lectura, una idea o los ojos soñados de la más hermosa de las damiselas. Me pasó en mi otro lugar en el mundo, el Cao, ahí miré a los ojos de Evangelina, gualeya de origen.
El cronista se fue de la gran ciudad, volvió en espíritu a Buenos Aires, y desde allá lo trajo de regreso a la ciudad/río de Gualeguay, una vez más, la presencia de su compañera. Lo dicho, hace casi 5 años que habito la ciudad, y entonces sigo el impulso y pregunto, ¿cómo es posible que no haya hoy un café en la ciudad/río? Y no hablo de algún simulacro al paso, como podía ser el ya casi olvidado “Las Margaritas”. Hablo de un café como el Margot, el Cao, donde, por ejemplo, un escritor pueda sentarse un par de horas a trabajar, o una pareja a arreglar su mundo, o dos amigos a charlar en un lugar neutral que a la vez les signifique su “casa”.
Me siento muy cómodo hablando con la poeta Tuky Carboni en su casa; igual con Aron Jajan en su oficina o también en su casa; cómodo en casa de Nidya Rampoldi, y voy a dar solo estos ejemplos de encuentro en la ciudad/río de Gualeguay; con ellos, cada uno de los encuentros pudo haberse dado entre las bondades del universo amanecido en una mesa de café. Y ahí la cuestión, cómo es posible, luego de haber conocido la tradición de bar, café, confitería, que guarda la historia de esta ciudad, y cito algunos nombres de ayer: El Águila, El Murugarren, Mayo, Irún; decía cómo es posible que huella semejante haya quedado escondida entre las sombras.
Esquina de El Murugarren.
En la ciudad/río de Gualeguay quedan adoquines en muchas de sus calles, la lluvia no falta, y más allá de que muchos de sus habitantes solo piensen en el dinero, hay también muchos gualeyos que, además de pensar en la moneda que necesitan para transitar este áspero presente, se aplican a tratar de entrarle a los diversos caminos que pueden conducir hasta el arte. Pienso, qué bien que les vendría un café, un paisaje corrido de la corrida, porque si no se está atento, la velocidad se lleva puesto paisaje y criatura, memorias y ceremonias. Tener un café a la mano es contar con la oportunidad de reforzar la identidad, los pensamientos, puede significar para cualquiera correrse de la imagen sagrada de la costeleta de la noche o del mediodía; puede significar para el que, por ejemplo, intenta escribir, un espacio de soledad acompañada, donde no interrumpa la tv, alguna necesidad cotidiana de la casa o la familia; hay en un café la posibilidad de la libertad trabajada en el murmullo hermano de los ahí presentes; todos ellos entendiendo los significados de ocupar un sitio alrededor de una mesa de café. Sentarse a habitar una mesa de café no es una pérdida de tiempo, nunca lo es, lo anoto para aquellos que todo lo miden por los frutos en metálico que depara toda acción. Sentarse a una mesa de café es la posibilidad de encontrar el camino para “ser” en la vida, o para reafirmar, siempre desde la reflexión, la identidad o el trabajo creativo que acompañará durante toda la vida.
La ciudad/río de Gualeguay necesita de un café, como los tuvo ayer, con la cultura y la gente haciendo la vida entre sus mesas. Una mesa de café acepta todas las sintonías, todos los destinos. Fue uno de los aprendizajes en mi aldea natal, y es, el café, algo que me falta en esta, mi nueva ciudad, el espacio/tiempo que aprendí a querer desde mi trabajo y los días de mi vida; ayer en la ciudad, en Carmen Gadea 222 (y cada vez que pienso en esa casa me encuentro con la sonrisa, el saludo, de Enrique Martínez, hoy un buen fantasma), y en este presente desde la chacra gualeya.

Pienso en que falta el café, en que me falta el café mientras espera nuevos vientos la novela en la que trabajo, una novela totalmente gualeya; y ahí está, duerme hace un tiempo; mientras tanto la pienso, pero a esta manera de pensar le falta algo, el tiempo de reflexión en un café; y además, digo, todo este tema referido a sensaciones sobre la escritura: ¿es que el periodista se comió al novelista?, sería para charlarlo en un café, en órbita a una mesa de café, y mirar por la ventana para ver una calle adoquinada de la ciudad/río de Gualeguay.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Lechuza al acrílico

Desde una noche verde y profunda, un espacio/tiempo donde “nacen” los relatos de la chacra gualeya que quizá se lleve el tiempo, llega hasta mí, en esta última nota de 2017, una lechuza. La que me visitaba, la que me visita, y a la vez, una lechuza otra, porque a esta la pintó mi viejo, el artista plástico Rolando Lois.
Pintó la lechuza en su taller de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Desde aquella aldea, mi paisaje de infancia, desde el caballete que veía el pibe que fui, desde sus pinceles, él alumbró para mí esta nueva lechuza. La pintó con acrílico, y me acercó la obra a casa hace unos días. ¿Por qué pintó una lechuza?, más que una rareza en Martín Coronado, pues, porque mi viejo es mi primer lector; él me lee siempre que mis palabras le den lo suficiente para convocar su interés, su compromiso. Nada de hipocresías. Hace un par de meses le hice llegar “Desde Gualeguay”, el Cuaderno del Señalero n°43 que acompañó el n°185 de la revista “El tren zonal. Por la identidad de los pueblos”, que hace tantos años publica el poeta Ricardo Maldonado. Vía este Cuaderno, Rolando volvió a leer mi nota “Lechuza en la encrucijada”, que ya hacía un tiempo había aparecido en “El Debate Pregón”. Nota que comenzaba de esta manera: “La otra noche, en la chacra gualeya, llegó con chamuyo de sorpresa. Es cierto que mi amiga lechuza ya es habitué de la segunda columna en el frente de mi casa. Es sabido para este cronista y sus lectores que su presencia desde esa altura propone la observación, el pensamiento: la posibilidad de una vida a conciencia despierta. De a poco ella se fue acercando a mi casa, paso a paso detectó los movimientos en la misma, cuándo la quietud, cuándo es que la espío por entre las barras de la persiana. La lechuza necesita de mi compañía como yo de la de ella. Nos acompañamos, nos pensamos.
Digo que la otra noche no fue una más, porque al fin detecté un mensaje de mi amiga. A través de las noches fui registrando su grito, su decir. Su palabra aparece como si se tratara de dos ráfagas de viento: inesperado, contundente, y luego el silencio. Todo se da de manera tal que quizás el primer grito sea un aviso, el prólogo al mensaje que se da momentos después. El grito, el canto, la palabra que hace un tajo en la noche, que hiela el espacio entre las estrellas cercanas del cielo gualeyo.
Ella sobre la columna. Ella y su palabra.
La noche en que escuché el grito/canto/palabra a conciencia despierta, esa primera vez, abandoné la lectura y me acerqué a la ventana. Ahí estaba la lechuza. La veía de perfil; más allá de los movimientos sobrenaturales de su cabeza, su cuerpo se recortaba en la noche apuntando a la esquina. La casa está separada por unos veinte metros de la esquina, hacia la derecha.
Salí hacia la noche. Ella abandonó su vista al frente para seguir mi avance. Cuando yo estaba a unos dos metros, emprendió el vuelo hacia la esquina, y entre las sombras que flotaban a baja altura perdí el rastro de vuelo de mi amiga. Fue inevitable terminar parado en la puerta de casa y mirando hacia la derecha, mirando la calle de tierra mientras se desprendía, sangre adentro, un gajo sustancioso de la memoria.
Anoté cuando volví a estar frente a la computadora: ‘Vivo en la chacra gualeya. Mi refugio, mi escritorio, desde donde ahora escribo, se encuentra a unos veinte metros de una encrucijada, un cruce de caminos. Una encrucijada en el paisaje de los días, es el dibujo de dos sintonías que se tocan, dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Una encrucijada es la presencia con que se inicia este juego de memoria y escritura’.
Incontables veces miré hacia la esquina, y hasta el aviso de la lechuza, nunca la había visto como una encrucijada. Y ahora no puedo dejar de pensar en ese detalle no menor. Es a la vez un aviso sobre el descuido que a veces se abate sobre las personas cuando andan, digamos, un tanto descuidadas y entonces no ven todo lo que hay que ver, sean estas señales pruebas irrefutables de la existencia de la vida y de la muerte, es decir de los vivos y los muertos. Sin embargo, ahí andaba este cronista sin ver la encrucijada que vivía a la mano de las ideas y sus consecuencias.
Soy hombre de blues entre mis patrias internas, soy hombre de guitarra melanco, de guitarra con niebla y llovizna, de guitarra con saudade, con aroma de remembranza, de garúa finita entre las almas. No está bien que el hombre llegue al descuido, repito, porque entre el descuido se meten los malos de las historias, decía, no está bien que a un hombre de blues se le escape un cruce de caminos. (…)”.
Así empezaba la nota, así mi viejo leyó, y entonces nació el impulso de pintar el cuadro que ahora me acompaña desde el escritorio. Y recuerdo en este momento que algunos amigos gualeyos me preguntaron por mi amiga la lechuza. De alguna manera este personaje se hizo querer.
La lechuza pintada por mi viejo ya está posada sobre la columna, su columna, la segunda, que aparece iluminada por la magia que define los colores y trazados del cuerpo de la dama de la noche. Tiene ojos amigos, curiosos, desde las manchitas en amarillo, y sintonías de ocre, en ella respiran marrones y claridades, y colores otros camino hacia alguna magia de la abstracción. La columna, el último tramo donde se posa la lechuza, se nutre de los colores de ella, pero acondicionada de azul cielo, verde pasto y lila de jacarandá. A la derecha de la columna, y a lo lejos, una cruz de luz y color: amarillo, ocre, un toque de naranja, juega o acerca lo necesario para imaginar que ahí está la encrucijada. Ahora bien, la lechuza y la parte de la columna representada, ese centro de luz aparece rodeado, arriba: por quizás una parte de un árbol y luego una cercanía de noche más arriba, pero la sensación que tengo es que no se trata de un árbol, y sí de un cielo todo trabajado en el mejor color que le queda al cielo en la chacra gualeya: precisamente: el verde, que también avanza, abraza, el centro de luz desde la tierra; hay en el verde de abajo signos de inequívoca vida, en muchos hilos, hilitos de colores, como salidos de nidos de pájaros que ya son historia, y que se juegan la partida de entrarle al cielo verde. Entre verde y verde: mi amiga.
La relación entre mi escritura y la pintura de mi viejo tiene diversas puertas de entrada. Una de ellas se originó cuando, allá por los primeros años del 2000, Rolando me contó que había empezado a tomarse ciertos recreos en torno al quehacer en su pintura. Siempre pintó con óleo. Me explicaba aquella vez que el óleo tiene un detalle determinante: el tiempo de secado, algo todavía más complicado en un lugar tan húmedo como Buenos Aires. Entonces un cuadro al óleo significa espera: para seguir o para corregir. No es que esta lentitud sea mala, como se verá, todo depende de las intenciones del hacedor. Mi padre entró al acrílico porque esta pintura, a diferencia del óleo, necesita de poco tiempo de secado. Entonces Rolando se iba, y se va, de recreo al acrílico pintando cuadros chicos, tan distintos de los formatos mayores en los que gusta de trabajar el óleo. El recreo incluía también salir de su paleta, por lo general, de gamas bajas, y abrir puertas y ventanas para que entre otro tipo de comunión entre el color y la luz. De esta manera nacieron una cantidad de miniaturas en acrílico, muchas pintadas sobre los cartoncitos separadores de las cajas de té o mate cocido, y que se transformaron, acondicionados, en señaladores para mis libros; la pintura de mi padre me acompaña en cada una de mis lecturas. Y nació a partir de estos recreos de Rolando, una manera de mirar mi escritura.
Venía por mi intento de escritura siendo autor de historias largas, de “novelas”, y desde hacía poco tiempo escribía notas para el periódico “Desde Boedo”, dirigido por el periodista Mario Bellocchio. Fue en este momento de fundación como periodista que mi viejo comenzó con sus recreos, y entonces encontré una sintonía de la plástica que ilustraba de manera sustanciosa mi escritura: cuando trabajaba en una historia larga, componía un capítulo de la novela –y según mi gusto: dicho tramo debía presentar un juego individual marcado, y a la vez engancharse al todo-; y entonces escribía, sumaba a través de los años, pero luego, volvía y revisaba, reescribía, como si escribiera al óleo. En cambio las notas periodísticas, si bien tenían un tiempo de revisión, el trabajo era más inmediato, y en la mayoría de ellas se definía el lance de una sentada; la escritura era una, era hija de un acto, y no de una suma de actos creativos; así fue como me descubrí escribiendo al acrílico. Así la receta de la intención: “Escribir al óleo y escribir al acrílico”. Luego, escribí al óleo varias novelas, y al acrílico cantidad de notas/relato entre lo literario y lo periodístico. Incluso, el libro nacido de los primeros 4 años de trabajo para “Desde Boedo” lleva por título: “Miradas escritas al acrílico” (2006).
Entonces mi viejo leyó “Lechuza en la encrucijada”, es decir, aquello que ya era un acrílico, y le dio una vuelta de tuerca al generar él mismo su acrílico. Dos acrílicos alrededor de mi amiga: la lechuza de la chacra gualeya.

Aparece ahora esta nueva nota escrita al acrílico para el diario del domingo; sobre este paño verde el cronista decide cerrar el último juego del año, dando las gracias al padre y su arte, dando las gracias a los padres de sangre; y a los padres amigos, aquellos que fueron base en mi oficio: el poeta Hugo Ditaranto, el novelista Gabriel Montergous; dando las gracias a los nuevos amigos en Gualeguay; dando las gracias a esta ciudad/río, como agradecido estoy a mi Buenos Aires de origen. Este fin de año, hoy, levanto mi copa en familia, con el vino tinto necesario para brindar por un mundo justo, por el fin de la mentira, por el fin de la tristeza del otro en tantos paisajes. Brindo por la sincera defensa de las ideas en las que fundo, en cada día, esta vida.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Campodonico en Puerto Ruiz

Una mesa de pool saboteada por tiempos tristes. Desde la altura de quien toma la foto: Paul Campodonico, se puede descubrir una especie de figura, de mapa de relato partido. Una figura para ser vista desde el cielo de la mesa verde, que es desde donde se mueve la mirada, la conciencia, de ciertos hombres. Pienso en un recorte de la planicie de Nazca, en Perú: dibujos otros para ser vistos, en ese caso, por dioses otros. La mesa de pool de la que hablo nace entre los hombres, es bien terrena, y está ubicada dentro de un boliche que funda memoria en Puerto Ruiz, tan cerca y tan lejos de la ciudad/río de Gualeguay. La mesa de pool está cubierta por una superficie de pana verde. La mirada de Paul sobre un campo de juego desgastado por el transcurso de los años. Pienso: desde aquel famoso Puerto Ruiz hasta este de hoy: tan en la sombra, abismado sobre el barranco del olvido. Y siempre, en el Puerto, de ayer y de hoy, la gente que vive su partido sobre el verde: con trabajos de aguardar -como baraja, taco o dados- mientras no sabe por dónde avanzan los que acomodan el paño, la cancha, la moneda y el olvido.
Detrás de la mesa de pool se perciben colores quebrados: bocetos, descascaramientos varios, trazos del dios tiempo (un artista notable) jugando a horadar las paredes del ambiente que guarda la escena. En la pared de la derecha se ve gran parte de la publicidad de una bebida gaseosa; hay en su disposición una intención de tapar un remiendo de cemento que cruza el Ecuador: marcado en la habitación por un preciso recorte de pintura: abajo un marrón que disimule manchas, y hacia arriba colores cercanos al amarillo, al naranja, pero trabajado por la suciedad que se genera a través de los días, rastros sumados que invitan a adivinar la cantidad de años transcurridos luego del último aliento del rodillo. Sobre la pared del fondo se puede observar el artilugio de madera diseñado para guardar los tacos del pool; hay dos tacos a la derecha. Debajo de los tacos, una mesa se apoya a la pared mientras sostiene un viejo televisor. Un paño de plástico resistente, doblado, está apoyado sobre la tv, posiblemente para cubrirla cuando llueve. A su izquierda una especie de amplificador de sonido, un equipo, es alto, supera la línea del horizonte que marca la mesa de pool; algo se apoya sobre él, no distingo con claridad los elementos. Esa pared del fondo cobija una ventana de dimensiones generosas; la persiana plástica enseña sus últimos tramos; mucha es la luz que entra por la ventana y define la historia de la foto. De haber estado presente en el momento de la toma, la luz permitiría ver al fotógrafo reflejado en la pantalla oscura de la tv; y es la que permite ver el paisaje, y a los personajes centrales de la historia que guarda la foto.
Dos pibes, dos gurises son el centro emotivo de la foto de Capodonico. Los supuse hermanos. La nena, de unos 7 años, sostiene un taco, que apunta hacia el cielo; su mirada es de atención sobre los movimientos del fotógrafo; hay en su mirada un poco de confianza y a la vez cierto recelo, duda sobre cómo comportarse. Su hermanito está apoyado: antebrazos sobre la orilla derecha del pool, casi bajo el cartel de publicidad; es más chico, su mirada está libre de dudas, se interesa por Paul, por la presencia de la máquina hacedora del click que detendrá el tiempo en ese interior de Puerto Ruiz. Sobre el paño ajado de la mesa 9 bolas también han quedado fijas en la historia. El sonido de la muerte, el click de esta foto, también ubica, vigilante, eso sí, a distancia, desde el ángulo formado por las paredes, y sobre una saliente de la construcción, la presencia de una virgen de plástico envuelta en celestes y oros, arte de cotillón.
La foto de Campodonico habla de la niñez; desde que vi la foto que no dejo de pensar en los pibes del pool, y en cierta oscuridad, porque imagino existencias complicadas. Toda la foto sugiere el desgaste ocasionado por el tiempo y otras yerbas tan humanas: desesperantes: cuando se piensa en los indefensos; despreciables: cuando se piensa en los que se reciben de victimarios. Conocí a Paul antes de la muestra F2840 de un grupo de 10 fotógrafos gualeyos, él es el más joven, inaugurada en el Quirós durante noviembre. La propuesta para la inauguración: se pedía un alimento no perecedero para entregar, a través del maestro Nicolás Montenegro, a los que más lo necesitaban. Recuerdo que Fernando Sturzenegger dijo que Montenegro hizo referencia a la comida cuando se le preguntó qué hacía falta en Puerto Ruiz. Y entonces pienso en la oscuridad, y en tanto paño roto por donde intentan andar las escasas oportunidades. Y sin embargo, ahí está la ventana.
Pregunté a Paul qué recordaba del momento de la foto: “La tomé el día que fuimos al Puerto con los chicos de la muestra a llevar lo recolectado: con Fernando Sturzenegger, Agustín Colli y Nicolás Montenegro. Decidimos quedarnos a disfrutar la tarde. Salimos a caminar, Fernando y yo, cámara en mano. Caímos a un bar de una de las esquinas con los viejos y llamativos adoquines del Puerto; paramos a tomar algo fresco, aire y charlar un rato; por cierto, nos atendieron muy bien. El ‘boliche’ es de una señora llamada Olga de Soria. Entre charla y charla decidí hacer algunas fotos. Empecé a caminar por la zona y me metí en el bar; ahí dentro estaban los niños jugando al pool; eran nietos de la dueña. Cuando los vi, les pregunté si podía hacer algunas fotos del lugar, y ellos, sin problemas, aceptaron. Les dije que siguieran haciendo lo suyo, ya que no me gusta interferir. Ahí fue donde salió la foto; el niño estaba recostado en la mesa esperando su turno, tenían solo un taco para jugar. Dije que era lindo jugar al pool, y la señora me contestó: ‘Sí, pero la verdad, con esta mesa no se puede mucho, está más de adorno, no vienen muchos a jugar por su estado’. Le dije: ‘Sí, entiendo, pero eso es lo de menos’. Trataba de transmitir que no importaba el estado, sino que mientras se disfrute el momento, no importan mucho los detalles. Ellos estaban pasando un buen momento. La nenita estaba un poco sonrojada al ver la cámara, se nota en la foto, y el niño, con un poco de incertidumbre, no dijo nada; sentí que la estaban pasando bien; aunque la realidad es que el lugar tiene poca concurrencia, la mesa está rota y todo lo que se ve en la foto; ellos estaban pasándola bien y eso es algo que me llamó mucho la atención. Siempre destaco la simplicidad de las personas. En ese momento recordé la frase: ‘No importa dónde, sino con quién’. La señora es muy buena, tiene mucho para contar. Hablé con ella mientras decoraba la ventana con algunas plantas; llegamos a coincidir en que mi viejo era amigo de ella; él suele ir a pescar, va mucho al Puerto y conoce todo lo que se relacione con el río. Le pregunté por un comedor que había años atrás, cuando yo era chico, y que recordé porque me llevaba mi viejo. El lugar era ahí, en la parte de arriba del Puerto, donde ahora hay un kiosco; y me contó que era de ella y su marido, que falleció hace algunos años; me contó que le prometió que ella iba, a pesar de su ausencia, a continuar con el boliche; ella hace pescados para comer ahí mismo. Olga de Soria, conserva el apellido de su marido. Cuando le conté a mi viejo que hablé con ella, me dijo: ‘Ese es el verdadero amor, el que sentían ellos dos; la mujer lo sigue amando aunque ya no esté’. Fue todo lo que viví esa tarde, realmente fue un gran día”.
Paul Campodonico (1994) está estudiando fotografía en Rosario. En la entrevista que hice por la muestra F2840, él definió claramente sus ideas para con la fotografía: “Y es lo que pretendo hacer en mi vida, estoy lanzado a eso. En casa siempre hubo máquinas de fotos, y yo sacaba, pero sin la intención de lograr algo; me gustaba, después sentí que era lo que quería hacer en mi vida, no quería otra cosa; experimenté solo y después me fui a estudiar”.
La foto de Campodonico me lleva a mis 12/13 años, hasta la mesa de billar del club en un barrio de laburantes: el 12 de octubre de Martín Coronado. No era pool, era billar, la jugada más fácil: con 4 bolas; la sensación de ser grande al tener un taco entre las manos, al colocar tiza azul en la punta, el deslizamiento de la vara entre los dedos, y hasta la copita de Legui en el invierno. El paño de la mesa de billar del 12 estaba gastado, pero no llegaba a las hilachas de la mesa del Puerto. Desde allá vengo. Y había ventanas.
La luz entra por la ventana; un estallido de luz afuera, y el rebote dentro del boliche. Recordé la línea del Indio Solari: de ‘Juguetes perdidos’ del maravilloso ´Luzbelito’: “Cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón”. Ojalá, habrá que pelear por esa vuelta de calesita; “ojalá” anoto cada vez que recuerdo esta línea. Pensaba en la foto de Paul, y a partir de ella en tantas puntas. Por ejemplo, me dije que está como instalado en nuestro hablar que la casualidad, su sustancia, es el centro de la palabra “carambola”: “De carambola salió tal cosa”. Y a la hora de seguir en los temas que giran sobre distintas sintonías de paño verde bacheado, pensaba que, en realidad, dicha carambola casi nunca ocurre de carambola, sino con intención y conocimiento de dónde y cómo pegarle a la bola para que la susodicha vaya hacia el punto elegido. Digo que no se termina confinado a una suerte, digamos, de trabajador explotado y olvidado, de pura y simple carambola; sí en cambio se puede decir que se puede terminar sobreviviendo -cuando un Estado juega a las escondidas- entre carambolas varias: suertes, encuentros y destinos devenidos de la práctica caótica de la solidaridad: de ayuda desesperada entre hermanos. Pienso en ciertos paños, en la inexistente igualdad de oportunidades, en que es mentira que todo depende de nuestra conciencia civil para lograr el loado fin de “zafar”; y anoto que a este ideal pobre lo apuntala que no importe la suerte del hermano: “hacer y ser” lejos de la culpa o la complicidad.
La luz que siempre entra por la ventana: guardo y refuerzo esta verdad luego de andar dentro de la foto de Paul Campodonico. Recuerdo, y espero jamás olvidarlas, las palabras del poeta Ricardo Maldonado; en una de nuestras charlas dijo que el valor de una foto estaba en todo lo que era capaz de sugerir a quien mira. Reconozco mis fotografías cuando me invitan a la escritura, a mandarme de paseo, con tinta roja entre las manos y el cursor, y encontrarme, identificarme en palabras e ideas. Así mi manera de entrarle a la historia en esta navidad triste.

domingo, 17 de diciembre de 2017

“Malditos todos mis ex” de Nora Cosso

En la ciudad/río de Gualeguay, durante el final de la tarde y la primera parte de la noche de un domingo, guardé silencio para escuchar palabras e ideas, para disfrutar de las imágenes y de los recuerdos. Acepté, entregué mi cuota de fantasía y realidad necesaria, esa que ofrenda el espectador cuando desde un escenario le entregan lo suficiente: porque de entrega se trata una de las sintonías de esta vida: entregué las llaves de mi ciudad interna, de mis almas, mi memoria, aquello que formó y forma, a cada momento, la experiencia de vida.
El encuentro sucedió en el Teatro Italia. La invitación llegó de manos de Nora Cosso, la directora de la obra a presenciar: “Malditos todos mis ex” de Mariela Asensio y Reynaldo Sietecase. El paisaje donde se desarrollaría la obra no fue el esperado, o sea, un paisaje de sala de teatro en plano general, es decir escenario con actores, y el público en las butacas. Nora suspendió el formato clásico: todo ocurrió en el escenario: los actores al centro junto al bosquejo escenográfico; el público en las sillas rodeando la escena. Cortinas cerradas, todo un mundo sucedía dentro de la retorta que manejaba la alquimista con apariencia de directora. La propuesta: un encuentro íntimo. No era para menos, dado el tema central de la obra: la pareja, el amor, el de ayer, el de mientras tanto, las broncas, las soledades, las felicidades, los miedos, el maldito sufrimiento, y la eterna reescritura de la novela propia.
Después de la representación, pensé en una frase del escritor italiano Gesualdo Bufalino: “No soy complicado, pero contengo juntas una docena de almas simples”, frase a la que siempre vuelvo; pensé también en el notable poeta portugués Fernando Pessoa: “(…) Me hago compañía en los varios disfraces con que estoy vivo (…)”, un especialista, don Fernando, en ser un buen puñado de hombres. Pensé también en el feliz hecho que significa haber presenciado “un trabajo pensado” que invita hacia otros pensamientos. Trabajos, obras, manifestaciones que abran puertas, que eludan la simple y aplastante repetición, una de las principales flechas indicadoras de estos tiempos en el arte y en la cotidiana condenación de volver a aquello que dijimos ayer, el mismo chiste: la revisita horrorosa que se resuelve en la chatura de intenciones. Dicho esto, destaco los valores que tiene la mirada ensayada por los autores de la obra: Asensio y Sietecase. Nada es posible sin la mirada que invita al pensamiento y la reflexión, y para ello, y más en el tema tratado, nada mejor que rescatar profundidades desde esas acciones que parecen simples: apenas esbozos en la cáscara. Por ejemplo: una pareja con aire de final en los escotes discute sobre quién se queda con los vinilos (gusto agregado fue descubrir dos títulos que señalaban mi pasado: “Made in Japan” de Deep Purple y “El lado oscuro de la Luna” de Pink Floyd), como punto de partida para hacer visible ese momento en que el mundo se parte, cuando nace y, por momentos, retrocede, esa especie de big bang casero con aroma de amenaza sideral, y que a la vez tanto tiembla de dolor frente al brote de cada canción que apunta a “finirla” como pareja.
Leía la obra que se desarrollaba, diría, de la obra de la que formaba parte. Hay una relatora, una autora, la hacedora de una vida y su memoria, que entra y sale de las historias en las que ella misma se presenta como adolescente, como muchachita simple de los primeros amores, ella en pleno rompimiento como adulta, y también se presenta como habitante de su trabajada soledad. Un despliegue de humor, ironías varias, decisiones frías, pero que terminan moviendo mucho más de lo esperado en su tierra adentro. Tres ex en el desfile entre historias de final, con aciertos de humor, y dejando siempre un sabor agridulce en el alma; no hay oportunidad para el chiste fácil, vacío, toda la destrucción está a la mano, solo hace falta verla. “Malditos todos mis ex”, el título, y ahí están ellos, los malditos; y digo, junto a ellos, ellas, las también malditas, todas las que la autora/relatora fue, y en cada una de estas presencias siempre la posibilidad de encontrar los posibles orígenes del mal.
En paisajes de ruptura en torno al amor, dónde encontrar las puntas de los capítulos que armen la novela real o aproximada de lo ocurrido a lo largo de los días; es que ¿cuánta la gente que interviene en un ensayo de mirada al pasado, ¿cuántos ellos, y cuántos dentro de cada uno?, es tanta la gente que se asoma al barranco del descarte; ¿cuántas fueron ellas (que tantas saben ser) a la hora de acomodar las historias? Es un imposible alumbrar todos los caminos: dar vida a una historia de amor es el primer gran desafío en la vida de las personas, un puñado de sensaciones e intenciones de parte de dos concepciones distintas, orígenes diferentes, costumbres, maneras de encarar la vida, y después la aromática presencia de los sueños, esos animalitos que nos aseguraron: “todo o casi todo lo pueden”. La realidad indica que, como todo en esta vida, una historia de amor viene dotada de la sintonía de lo efímero, condición solo evitable si es que desde la construcción no se ejercitan las bondades que  pueden ser halladas en los recreos de la vida. En clase se aprende cómo llevar una historia en el cuaderno: palabras, números, intereses; en los recreos a entender que hay tener a la vista la poética, todos tenemos una poética, del otro, porque en el otro, y en el susodicho condimento respiratorio está la posibilidad de la pareja, y entonces la suerte puede jugarse la mejor línea, el mejor poema, viendo al otro mientras no se deja de ser uno mismo. Importa hacer, como siempre, lo mejor que se puede, importa el intento, las ganas, las ofrendas, y otra vez, las entregas, como cuando a poco de andar la obra, de “ser” en la obra que se representaba, que me incluía, me sentí invitado a entregar mi interés, a sumarme, mientras el pasado de mi vida se abría, y entonces en el paisaje del Italia volvía a pensar en uno de esos temas que nunca se agotan, que piden, una y otra vez, nuestra mejor atención, para que la mala noche no nos coma nuestra historia de amor, y terminemos mirándonos desde una trabajada soledad esculpida por nuestra propia mano; no terminemos descubriéndonos, con apenas un toque de disimulo, en un devaluado mito del eterno retorno en, por ejemplo, la discusión sobre quién se queda con los vinilos; cuando en realidad deberíamos vernos en el espejo y preguntarnos dónde quedaron, y en dónde quedarán todas nuestras almas.
Los siete actores en escena, a la vista del público, diría que entre el público, aguardando sus entradas, o mejor, aguardando que ella, la relatora, la revisora de las historias que hacen a la historia de su vida, les dé la orden de entrar, de decir, de callar. El paisaje de la escena se quiebra o gira sobre el tránsito del tiempo que contiene aquello que fue y que, en el preciso momento de la representación, vuelve a ser bajo la mirada salvaje de la que hace memoria.
La escenografía es mínima, un perchero alargado sugiriendo un interior de placard, de donde debe salir la ropa del maldito que parte, unas sillas, y algunas pistas más que ahora no recuerdo, en todo caso bien resueltas tras un puñado de sombras.
El mapa del tesoro a trazar cada vez que se dispone los movimientos sobre un escenario, cumplió con su parte de hacer real el tránsito dentro de la respiración de la obra. Todos los actores jugaron su rol de manera creíble, algo fundamental, al menos para este cronista, es la existencia de, y aún más en un tema como este, pistas terrenas que acompañen cada mirada. Por una cuestión de cercanía -no puedo obviar a Deep Purple y Pink Floyd-, porque los vinilos eran de él, destaco el personaje de Gonzalo Ferrando: su cara, su cuerpo, dejando en claro que en muchos momentos de la vida, muy poco es aquello que se puede entender; mucha bulla, barullo, miedo y desesperación, cuando, por ejemplo (gracias Raymond Carver), nos preguntamos: “De qué hablamos cuando hablamos de amor”.
¿Quiénes son los actores que hablaron de amor en el Teatro Italia?: Emilse Bover (“Yo”, la relatora/directora de la obra de su vida), Gonzalo Ferrando (“Él”, el dueño de los vinilos), Gisela Rota (“Ella”, la que quiere y no quiere los vinilos), Glenda Castillo (“Mujer”, la muchachita ilusa del vestidito azul y zapatos dorados), Christian Larroquette (“El amante” (de “Mujer”), el jugador de fútbol, el que amaga por un lado y avanza por otro), Juan Cruz Aguiar (“El otro ex”, (de “Mujer”) el abandonado, otro rechazado en la historia), y Virginia Battaglia (“Yo adolescente”, la enamorada de Bon Jovi, la que canta). Los créditos se completan con estos nombres y oficios: Diseño de iluminación y sonido: Carmelo Dellagiustina y Nora Cosso, Maquillaje: Facundo Cichero, Estilista: Walter Testa, Vestuario: Luciana Jaime, Diseño gráfico y fotografía: Martín Almada, Diseño audiovisual: Pablo Feuillade.
Larroquette, Rota, Aguiar, Ferrando, Battaglia, Cosso, Bover y Castillo.
La visita al Teatro Italia donde sucedió “Malditos todos mis ex” invitó a la revisita de situaciones en la vida del espectador; en el mismo momento en que la obra sucede, se abre, para todo aquel dispuesto al pensamiento y la memoria, el viaje en el tiempo. Se abren las páginas de las historias, de los finales de relato; el espectador se busca como lo hace todo lector dispuesto a la aventura. Cada vez que la maravilla sucede, es porque se representa una feliz ofrenda de forma y contenido.

Encontré entre las lecturas de estos días, en el “Libro de poemas” de Federico García Lorca, unas líneas que ahora sumo a esta lectura de “Malditos todos mi ex”; en el poema “El canto de la miel”, escrito en noviembre de 1918, en Granada, el poeta anota: “(…) (Así la miel del hombre es la poesía / Que mana de su pecho dolorido, / De un panal con la cera del recuerdo / Formado por la abeja de lo íntimo.) // (…)”. Coincidencias, y algo más, que se dan cuando se anda atento al paisaje y los sucedidos dentro de la ciudad/río de Gualeguay, donde siempre está respirando otra historia.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Pepe Quintana y Adrián Tournier

Los buenos fantasmas de Pepe Quintana y Adrián Tournier están presentes en la Cooperativa de Artistas Entrerrianos (CoopArtE). Están cómodos en la sintonía. Dos aulas fueron designadas con sus nombres. Para este cronista la charla con Eugenia Quintana, Japo Vela y Juan Almada, gualeyos hacedores de la Coope, fue una experiencia feliz, mediúmnica, porque entre las palabras se corporizaron los homenajeados, y con ellos conceptos tales como: amistad, solidaridad, memoria. Toda la emoción en los ojos y los silencios.
Aula Pepe Quintana. Foto Mauricio Echegaray.
Eugenia es alumna de Historia, y docente de Música. Es autodidacta; interpreta la música desde el cuerpo, y desde ese lugar enseña Folklore en la Cooperativa: “La Coope es un espacio, como dice el Japo, que está abierto a todos. Si bien me mantenía aislada del espacio donde se movía papi (Pepe), nunca dejé de estar vinculada con su gente, y el arte: empecé a bailar a los 16; el escenario te obliga a transitar el arte de otra manera, siempre interactuando con los demás actores de un espectáculo: músico, escenógrafo, maquillador, vestuarista, para que el todo se entienda. Te encontrás con todos, hacés tu parte, pero sabiendo que colaborás en un todo. Vine como espectadora a las peñas -nacidas de pequeños talleres- que eran para mostrar lo aprendido. La Coope es un lugar donde se viene a probar, se muestra lo que estás aprendiendo, lo ya aprendido, es bueno para el público y el artista. Está llena de gente que fue amiga de papi, que conocen su historia y trayectoria, su forma de ser y su vida de artista. Fue un tema: despegarme de ser ‘la hija de’. El hacer arte de papi -no era mezquino con su oficio-, de mostrarlo, se daba en lugares como este; estos espacios han existido en Gualeguay desde hace mucho tiempo, como Antares. Los actores son más o menos los mismos, si alguno ya no está, están sus hijos; se mantiene, se transmite. El Japo, Juan y Malena me avisaron que al aula de arte le querían poner el nombre de papi: sentían la obligación de hacerlo, por lo que Pepe  y su manera de hacer arte significó para ellos. A la Coope uno llega y se va en total libertad”.
Japo Vela y compañía en la Coope. Foto Mauricio Echegaray.
Escuchar al Japo Vela siempre es un placer; hay palabra, concepto, memoria: un defensor de ideas este hombre orquesta: músico, sonidista todo terreno, y de intención solidaria en cada día: “Adrián fue uno de esos personajes extrañísimos que caen en un pueblo y andá a saber por qué. Nació en Buenos Aires o en Santiago del Estero. El padre era músico de banda militar, tuvo muchos destinos. Pasó infancia en Santiago, después Buenos Aires hasta que se vino a Gualeguay. Fui muy amigo. Llegó a visitar a Julio Segovia, su hermano; se enamoró de una chica de la comparsa y se quedó para conquistarla. Nunca le dio pelota. Y se quedó. Hablaba bien porteño. Cayó bien, era músico, y bien heavy metal, fanático de Iron Maiden. Cayó en el 90, lo conocí por el 92; él había organizado, en plaza Constitución, una cosa que llamó Gualeguay Rock; yo estaba aprendiendo a tocar la viola y estos locos tenían una banda. Su primera banda se llamó Los Cuervos, pero tocó en ella hasta que le pusieron el nombre; los otros integrantes nunca entendieron nada; se fue, pero porque él venía de Parque Patricios, era de Huracán: lo consideró una falta de respeto. Armó otra banda: Darkus, el nombre de su perro, y me llevó como 2da. viola, la 1ra. era Gavino; en percusión estaba, muy jovencito y con batería nueva: Juampi Francisconi, que no sabía tocar. Adrián le enseñó los primeros golpes. Así empezó el delirio de haberlo conocido. Era muy heavy, y yo tenía otra banda onda Sumo, pero igual tocaba el bajo. Tocaba tambores, candombe, con los chicos en la plaza, y la batería en el grupo Master de cumbia: era multifacético; y tenía otros trabajos: hachero, constructor de canoas en fibra de vidrio; una vez, para comprar este bajo Fender (señala una foto), hicimos un contrapiso en una chacra. Un músico natural, no había estudiado, tenía una percepción musical muy buena. Venía de una familia disociada, para nosotros era rarísimo. El repertorio de chacarera, que hago con los Rococoyuyos, me lo enseñó él; antes no encontrabas todo en internet, en esa época el repertorio santiagueño de chacarera no se conocía; él se las acordaba, me las enseñaba. En el 97 fuimos a Santiago, dos veces, a tocar y a aprender a tocar; casi todo mi aprendizaje fue con él, tenía una manera muy intuitiva, mucho repertorio, y yo estudiaba, nos cerraba la historia como buen equipo. Otro visitante de la casa de Pepe, que aglomeraba a todos los locos como nosotros. Adrián es el menos conocido de todos; no tuvo una carrera artística formal, pero todos los que tocan acá, los más grandes, lo conocieron y aprendieron con él. Hay una foto en que está dando una clase en la plaza y entre los chicos está Chango Ibarra, Chino Andrade. El candombe que toco, lo aprendí de él. Antes de 2001 me fui a vivir a Misiones, dos años en Puerto Esperanza. Le dije que se fuera conmigo, estaba sin laburo; fue, le gustó y se quedó, en Posadas. Me volví, empecé a laburar en Buenos Aires y le perdí el rastro. Nos vimos de vez en cuando. Se le complicó una infección en un diente, y algo le pasó en la cabeza. No se cuidaba. Su trabajo fue semilla. Vinieron unos amigos suyos de Santiago: Adriana y Oliver, ella cantaba música brasilera: hicimos esa música en comparsas. No discriminaba géneros, le gustaba la música. Quería ser guitarrista, pero tenía una mano muy grande, no le entraba en la guitarra, por eso el bajo”.
Foto Mauricio Echegaray.
Japo y el viernes de la inauguración: “Fue muy fuerte. Perdí amigos, no me aferro a los ritos mortuorios, pero en relación a Pepe y Adrián, el viernes me cae la ficha de que todo lo que hago o sé, lo aprendí de ellos; de ahí viene mi percepción del arte y de cómo hacerlo. Dar sus nombres a las aulas fue muy pensado, se hizo una reunión y se asentó en actas. La Cooperativa se forma con gente que no es artista reconocido, somos rasos, pero todas las semanas estamos haciendo actividades artísticas, tenemos la necesidad de que así sea nuestra vida. No era necesario hacer grandes demostraciones, más allá de las placas notables que hizo Román Cosso para cada aula, porque este es un lugar que representa ese tipo de artista. Del semillero de Adrián salieron artistas reconocidos, pero hay que entender que detrás de ellos hay un montón de artistas que son los que construyen las bases desde donde suben los otros para quedar a la vista. La Cooperativa representa eso. Lo que pasa acá, pasaba en la casa de Pepe, en la casa de Adrián o en la mía. Es un trabajo que hay que seguir haciendo, reafirmar los disparadores que generen artistas. Vanyu se formó en la casa de Pepe, porque no es solo aprender a pintar o tocar la guitarra, hay otras cuestiones que uno ya masticó, y eso hay que transmitirlo. Los delirios de Pepe y de Adrián se resolvieron en CoopArtE, el mismo concepto: el arte primero, después las personas. Las aulas con sus nombres es ante todo un símbolo que representa al artista gualeyo en su trabajo cotidiano. Yo no existiría como artista sin ellos. El arte no es un lugar donde hay que llegar, es algo con lo que hay que convivir. Están los que siempre hacen cuentas: el chicaneo ‘nunca llegaste a nada’; sé lo que tengo, mi logro; la sociedad usa otra vara. Pepe y Adrián fueron dos personas generosas, te enseñaban todo lo que sabían”.
Juan Almada. Foto Mauricio Echegaray.
Juan Almada se presenta: “Soy un artesano, un viajero, me siento nómade; sé que no puedo estar para siempre en ningún lado, por más que sea para siempre donde esté; no es que sepa que voy a viajar, pasa que no tengo apego, puedo cambiar de casa, puedo pasar toda mi vida en Gualeguay como irme mañana”.  Y cuenta, se cuenta: “Pepe fue la confirmación de algo que yo traía desde muy niño; representó el arte, la música, la lectura, los viajes; él viajaba mucho y me gustaba escuchar sus relatos, era divertidísimo; tomar unos vinos y escucharlo; viajaba como pintor, que no hay mucho rebusque. La casa de Pepe era CoopArtE, pero más under. Pepe no tenía edad con las personas con las que se relacionaba, hablaba con un adolescente o un viejo; no tenía problemas, era Pepe con todos, la misma energía, interesante en todos los sentidos. Tenía la casa frente a la escuela Chiclana, iban locos, artistas, músicos, ladrones; los recitales más locos se hicieron en esa casa. Lo escuché mucho, fue mi referente. Algo traía desde mi infancia, me iba a cualquier lado a dedo, me borraba 2 días a pescar. Pepe era muy crítico, y con unos argumentos que te dejaban helado; era irónico, ácido, un humor incomparable, nunca ofensivo, ocurrente, un pensador. Que un aula lleve su nombre es un deber cumplido, y a la vez es hacerlo cargo, el culpable de todo. No fue improvisado colocar los nombres, hace tiempo que lo pensábamos. El momento de hacerlo creo lo indicaron ellos, hubo mucha carga emocional. Adrián era un superhéroe, Nippur de Lagash, y Nippur le decían al loco, otro referente, y coincidíamos en la casa de Pepe. Un artesano de la música, inventaba, nos enseñó a tocar candombe sin haber estado nunca en Uruguay; fabricaba tambores, tenía una personalidad que le daba vuelta la cabeza a cualquier músico, y no sabía nada, o lo sabía a su manera; él inició el candombe en Gualeguay, está el respeto al toque, pero lo hacemos, como lo hacía él, a la gualeya; no somos negros ni uruguayos. Fui entendiendo el tema de la identidad. Eso sí, algo que nunca entendí de Adrián: cómo hacía para tener las remeras tan blancas (se ríe). Fue un hermano. Se fue a vivir a Misiones, y vino a buscarme para tocar candombe, y me fui, tocamos en Posadas, Puerto Esperanza, Puerto Libertad; estuve un mes. Primero supe que estaba en terapia intensiva, después que había fallecido. A la distancia creo que no había hecho el duelo, y lo hice ahora, después de lo que hicimos en la Coope; estuve dos días sin entender qué me pasaba y empecé a llorar. Con el Japo hicimos todo, no podíamos explicarle a un montón de gente quiénes eran estos locos. Ellos provocaron esto, con el Japo nos conocíamos, tuvimos una relación paralela con ellos, pero no coincidíamos. Acá nos hicimos amigos. Sabemos que la amistad es efímera, son momentos. Trabajamos mucho, teníamos a estos dos dementes adentro”.
Foto Mauricio Echegaray,
Foto M.E.
Juan nombra una pista necesaria: “lo efímero”: de la amistad, y de todas las sintonías donde hacemos rodar nuestros relatos. Deberíamos estar más conscientes de esta categoría en la naturaleza humana: efímeros nosotros, pues entonces festejemos la memoria (fuera de ella todo tiene límite): dentro del vestidito de la maravillosa damisela todo puede tornar a sueño de posible eternidad. Toda esta danza entre olvido y memoria se resuelve a través de gestos, como el llevado a cabo en CoopArtE. Cuántos a partir de ahora sabrán de Pepe y Adrián en las aulas de plástica y música. Un feliz puñado de locos trajo a dos buenos fantasmas para que abran sus puertas. Este cronista agradece este viaje en el tiempo; lamenta no haber estado esa noche, pero pudo ver a los buenos fantasmas entre las palabras aquí dichas, y en las notables fotografías de Mauricio Echegaray.
Foto M.E.