domingo, 22 de abril de 2018

Duerme, duerme, negrito...


Así anotó, por muchas razones, el chileno Víctor Jara. Tomo la expresión para hablar, en este caso, de la siesta, y no exclusivamente en la ciudad/río de Gualeguay (por acá las brujas también existen), sino de la siesta que se abate sobre las criaturas de la aldea global. Ante una amenaza que no reconoce fronteras, la resistencia debe estar a la altura; entonces, desde la aldea gualeya va también esta invitación a despegar de una siesta que viene con la peor de las Solapas.
Hablo de la adicción a la tecnología que nos “enreda” en sociedad, hablo de vivir conectados a través de cantidad de aparatitos que los distraídos adoran como verdades reveladas: los nuevos dioses que prometen felicidad y pertenencia. Esa felicidad táctil y sus coloridas canciones arrullan la siesta señalada. Dicha siesta comienza cuando aquello que debería ser incorporado a los días como herramienta, termina teniendo la entidad de un fin en sí mismo. Soy testigo a diario de la desconexión, porque en este caso: estar conectado, desconecta; las caricias sobre el teléfono se repiten, una y otra vez, sin pensarlo, de la misma manera que el fumador compulsivo enciende el cigarrillo: ejecutar el pase mágico que abre la ventana para asomarse al abismo que viene con caripela de foto intrascendente o un “me gusta” que alienta a seguir pensando en nada. Hay imágenes que no se olvidan, ejemplo: fiesta de cumpleaños de 15, música y baile, y las pequeñas damiselas bailando solas con los celulares en las manos.
A diario soy testigo del descalabro causado a través de la adicción a la tecnología: la vieja de la red (qué corto quedó el viejo de la bolsa). Practico la mirada, la escritura, la lectura, y a veces uno da un paso adelante y refuerza lo entrevisto. Así me sucedió con una nota escrita por Axel Marazzi, especialista en temas de tecnología. La nota -la leí en la “Revista Anfibia” de UNSAM (Universidad Nacional de San Martín), y originalmente fue publicada en la revista “Qué Pasa” de Chile- es una mezcla de testimonio personal e investigación sobre el tema: “Cinco horas diarias mirando el teléfono”.
Marazzi abre el juego de esta manera: “Trabajo siete horas por día, duermo otras siete y una aplicación me dice que en promedio uso el teléfono cinco horas diarias. También que lo desbloqueo unas 150 veces por día: eso quiere decir que no puedo pasar siete minutos despierto sin volver a él. Lo primero que hago cuando suena la alarma por la mañana, antes de ir al baño, lavarme los dientes y la cara, es mirar si me llegó un mail importante, cuántos likes tuvo la última foto que subí a Instagram o si se viralizó alguno de los tuits que publiqué el día anterior”. Toda una descripción del paisaje general, continúa: “Uso WhatsApp para hablar con mis jefes, con mi novia, con mis amigos. Juego en el smartphone, uso una app que me dice cuántos kilómetros corrí y cuántas calorías quemé, otra me informa cómo llegar a direcciones que desconozco, otra cómo estará el clima —he llegado a mirarla antes de abrir las cortinas de mi cuarto— y otra hace todas mis transferencias bancarias. El iPhone es la extensión perfecta de mi mano derecha”.
El autor, para saber de sus tiempos, incorporó “Moment”: “una aplicación que te avisa si usas demasiado el celular”. Supo así que: “El 50% de mi tiempo libre lo estoy pasando delante de la pantalla del iPhone”.
En la investigación: “(…) En una entrevista al medio estadounidense Axios, Parker reconoció lo que pensaban a la hora de crear Facebook: ‘¿Cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo consciente? Teníamos que darte un poquito de dopamina a cada rato. Porque alguien te había dado ‘me gusta’ o porque había comentado tu foto. Y eso contribuye a la creación de más contenido para, de nuevo, crear más comentarios y más ‘me gusta’”. Se pregunta Marazzi: “Me pareció tan burdo que sentí que había entendido mal. ¿Estaba diciendo que nos hicieron adictos de forma consciente? Sí, lo estaba haciendo: ‘Es la clase de cosas que se le ocurriría a un hacker como yo, porque estás explotando las vulnerabilidades de la psiquis humana. Los creadores de redes sociales como yo, Mark [Zuckerberg] o Kevin Systrom [Instagram] entendimos muy bien que esto iba a suceder y aun así lo hicimos’”.
Confesión: “(…) Parker no era el único ex Facebook que había salido a hacer su mea culpa. Chamath Palihapitiya, que estuvo en la empresa hasta 2011 y fue vicepresidente de crecimiento de usuarios, también tenía remordimientos. En un foro de la Escuela de Negocios de Stanford dijo: ‘Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad’”. De qué se trata: “(…) Todos hablaban de dopamina y yo necesitaba averiguar no sólo qué era, sino además qué generaba cada like en una recóndita zona de mi cerebro. Por eso contacté a la bioquímica Katia Gysling, profesora de la Universidad Católica y reconocida investigadora del sistema dopaminérgico, quien me lo explicó de manera simple: ‘Es un neurotransmisor que determina nuestra motivación para acceder a la comida, a la interacción social, incluso al apareamiento. Es esencial para poder motivarnos. Las drogas adictivas y los estímulos generados por factores como obtener recompensas económicas o sociales producen una gran liberación de dopamina’”.
De esta manera se sigue construyendo el paisaje, luego: “(…) Instagram es una vidriera mentirosa que exhibe sólo los momentos perfectos de la vida de sus usuarios, Facebook nos segrega en grupos de personas donde todos opinan lo mismo, haciéndonos sentir validados y fragmentando las comunidades, y YouTube utiliza su autoplay por defecto para que pases de video en video sin poder desengancharte. Todo controlado por algoritmos que saben perfectamente lo que nos gusta”. Un espanto; el horror, el horror, y recuerdo a Marlon Brando en el final de “Apocalypse Now” de Coppola.
El señor Raskin le dijo a Marazzi: “(…) Me explicó, también, que todos estos productos que usamos a diario no son, en absoluto, neutrales. ‘Son parte de un sistema diseñado para volvernos adictos. Llegamos hasta acá porque todas estas compañías produjeron cosas increíbles, que nos benefician, pero que al mismo tiempo tienen un modelo de negocio que se basa en engancharnos. Eso significa algo evidente: que detrás de cada una de las pantallas de las apps hay miles de ingenieros a quienes les pagan para que nosotros queramos volver’”. Bien, y entonces: “Después de entrevistar a Raskin me quedé pensando en algo evidente, pero que tal vez nunca me había cuestionado de verdad: que usar redes sociales puede ser gratuito, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. De golpe, creí entender algo fundamental: que nosotros no pagamos por esos productos, porque nosotros somos el producto”. Marazzi habla de la “economía de la atención”: “Es simple: en el negocio de las apps el oro es nuestro tiempo. Este tipo de plataformas generan ingresos a medida que más tiempo las usamos. Si nuestra atención fuese infinita, no sería un problema, pero no sólo no lo es, sino que además está afectada por nuestra necesidad de trabajar, dormir y tener vida fuera de nuestras pantallas. Por eso las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social”. Y aquí aparece todo un tema a la hora de habitar las redes sociales; hay una necesidad de reconocimiento en muchas personas, una necesidad de formular pensamientos importantes que validen sus vidas en la sociedad de la cáscara. En dicha sociedad del cartón pintado alcanza con repetir zócalos o slogans, la sustancia formateada de los medios que solo tiene lugar en el afuera, donde puede jugarse la fantasía de ser aquello que no se es. Suma Marazzi sobre la adicción: “(…) “Incluso el tiempo que tarda cada aplicación en actualizar nuestro timeline está pensado. Mientras esperamos a que las redes nos muestren los likes y comentarios que recibieron nuestras publicaciones, el cerebro recibe la misma sensación que cuando está girando la ruleta del casino. No sabemos si vamos a ganar, pero la posibilidad nos mantiene enganchados. Según Tristan Harris, los smartphones son esencialmente eso: máquinas tragamonedas que están en los bolsillos de miles de millones de personas. (…) La mayor parte de la gente ni siquiera consideraría que podemos ser adictos a algo tan normalizado como Facebook o Netflix. Tendemos a reservar la palabra ‘adicción’ para las drogas o el alcohol, pero estudios científicos recientes demostraron que hay cambios profundos en el cerebro de quienes tienen adicciones conductuales, que son similares a aquellos con adicciones a las drogas”. Marazzi cita a Tanya Schevitz. creadora de una campaña mundial para “que las personas recuerden, al menos un día cada año, cómo era vivir sin smartphones. ‘Sin conversación y cambios vamos en un camino peligroso’, me dijo. ‘La expectativa de que siempre alguien te puede contactar, de que responderás inmediatamente a ese pitido, a ese zumbido de mensajes, correos y llamadas creó una sociedad de personas que están desbordadas’”.
Y hablando de desbordes, el físico chileno Cristián Huepe, que investiga para la Universidad de Northwestern, que en 2012 fue capaz de prever la llegada de la posverdad, le dijo a Marazzi: “‘Al fragmentar nuestras redes sociales y generar burbujas extremas estamos llegando al punto en que no sólo no compartimos ni discutimos nuestras opiniones con grupos distintos, sino que ya ni siquiera compartimos la misma realidad’”. Me citó un caso que está teniendo un auge espectacular en los últimos tiempos: el de las personas que vuelven a creer que la Tierra es plana. Hoy es muy fácil ir a YouTube o Facebook y encontrar una comunidad que apoye cualquier teoría falsa, retroalimentando la idea y validándola ante nuevos incautos”.
Duerme, duerme, negrito… anotó el grande de Jara, y yo anoto: mientras los interesados en el silencio, en el vacío mental -porque cuántas veces estás ausente en una reunión por estar dentro del celular, cuántas veces entre tu familia, amigos, en la charla con los maestros en la escuela donde va tu hijo- te necesitan enredado, siempre con la zanahoria de lucecitas por delante: enredado para no saber del paisaje, quién te gobierna, qué ideas defiende, cuánto hay de mentira. El poder necesita que compres lo que ellos venden. Mientras sigas bailando en soledad, aislado, con el celular en la mano, vas a dormir la mala siesta. Esta Solapa existe y corta cabezas con la guadaña que no mancha, la que deja todo en su lugar. Te quieren durmiendo, negrito; les interesa que duermas, pero que no tengas sueños. Ellos, siempre ahí: los de la vereda de enfrente. Que la siesta sea recreo que se decide, que la herramienta colabore, que la motivación de la vida esté dada en una vida atenta, a conciencia despierta.

domingo, 15 de abril de 2018

Hadas en el castillo


Un avión, llegado desde la memoria, aterrizó en el pensamiento distraído de este cronista, justo cuando miraba el pasto amarillento en el fondo de su casa ubicada en la chacra gualeya. Conocía la historia de la visita accidental del escritor y aviador francés: Antoine De Saint Exupéry, el famoso autor de “El principito” (1943), a un “castillo”, el San Carlos, de Concordia, construido en 1889. El aviador tuvo una falla en su nave cuando establecía una ruta como trabajador de correo postal. Corría 1929 cuando aterrizó en cercanía de la casa de la familia Fuchs; pero del avión bajó el escritor, no el aviador. En su libro “Tierra de hombres” (1939) aparece una crónica de aquella visita inesperada a los Fuchs, y especialmente consigna la presencia de las hijas del matrimonio: Edda y Suzanne, de 9 y 14 años.
Fui gratamente sorprendido por el capítulo 5 de “Tierra de hombres”, diría que fui feliz durante la lectura, una fiesta de la mirada y la escritura. Por eso sostengo que del avión bajó el escritor: “Tanto hablé del desierto que, antes de seguir hablando de él, me gustaría describir un oasis. La imagen que tengo de él no está perdida en el fondo del Sáhara. Otro milagro del avión es que te sumerge directamente en el corazón del misterio. Eres un biólogo, estudiando, tras el tragaluz, el hormiguero humano; consideras, fríamente, esas ciudades asentadas en la planicie, en el centro de los caminos que se abren en forma de estrella y las alimentan, a la manera de arterias, con el jugo de los campos. Pero una aguja ha temblado en el manómetro y esa verde espesura se ha vuelto un universo. Eres prisionero de un campo de hierba en un parque adormecido.
No es la distancia lo que mide el alejamiento. La pared de un jardín doméstico puede encerrar más secretos que la Muralla China, y el alma de una niña está mejor protegida por el silencio, que lo están los oasis saharianos por el espesor de las arenas.
Voy a contar una breve escala realizada por ahí, en alguna parte en el mundo. Tuvo lugar cerca de Concordia, en Argentina, pero hubiera podido ser en cualquier otro lugar: en todos los lugares existe el misterio.
Había aterrizado en su campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas. (…)”.
Aparecieron las niñas: “Detrás de un recodo del camino surgió, a la luz de la luna, un bosquecillo y detrás de esos árboles, una casa. ¡Era tan extraña! Compacta, maciza, casi una ciudadela. Castillo de leyenda que ofrecía, al franquear el porche, un refugio tan apacible, tan seguro, tan protegido como un monasterio.
Entonces aparecieron dos muchachas. Me examinaron con seriedad, como dos jueces apostados en el umbral de un reino prohibido. La más joven hizo una mueca de enojo y golpeó el suelo con una varilla de madera verde. Una vez presentado, ellas me tendieron sus manos en silencio, con un aire de curioso desafío, y desaparecieron.
Aquello me divertía y me encantaba. Todo era simple, silencioso y furtivo como la primera palabra de un secreto.
-Ya lo ve. Son ariscas -dijo el padre con naturalidad. (…)”. Resultó cierto aquello que me dijo, antes de venir a refugiarme en la ciudad/río, el amigo poeta Rubén Derlis sobre las entrerrianas: “Son todas ariscas”.
Fotografía de "Telaraña".
Una vez que Antoine entró en la casa se encontró con esta maravilla: “Me atraía, en el Paraguay, esa hierba irónica que asoma la nariz entre el pavimento de la capital y que, de parte de los invisibles bosques vírgenes, viene a ver si los hombres mantienen aún la ciudad, si no ha llegado la hora de sacudir un poco todas esas piedras. Me gustaba esa forma de deterioro que no expresaba sino una riqueza demasiado grande. Pero allí, de verdad, quedé maravillado.
Pues todo estaba ruinoso, y lo estaba adorablemente, a la manera de un viejo árbol cubierto de musgo al que la edad ha resquebrajado un poco, a la manera del banco de madera en el que los enamorados van a sentarse desde hace diez generaciones. Los revestimientos de madera estaban ajados, los batientes estaban raídos, las sillas patizambas. Pero si aquí no se reparaba nada, en cambio se limpiaba con fervor. Todo estaba pulcro, encerado, brillante.
El salón adquiría un rostro de extraordinaria intensidad como el de una anciana con arrugas. Yo admiraba todo: las grietas de las paredes, las desgarraduras en el techo y, por encima de todo, ese piso hundido aquí, bamboleándose allá, como una pasarela, pero siempre bruñido, barnizado, lustrado. Curiosa casa que no dejaba ver ninguna negligencia, ningún abandono, sino un extraordinario respeto. Cada año añadía, sin duda, algo a su encanto, a la complejidad de su rostro, al fervor de su atmósfera amiga, como por lo demás a los peligros del viaje que era preciso emprender para pasar de la sala al comedor.
-¡Cuidado!
Era un agujero. Se me hizo observar que en semejante agujero me hubiese roto, fácilmente, las piernas. Nadie era responsable de ese agujero: era la obra del tiempo. (…). De un modo muy natural habían desaparecido las jóvenes en esa casa de prestidigitación. ¡Cómo debían de ser los desvanes cuando el salón contenía ya las riquezas de un granero! Se adivinaba que, de la menor alacena entreabierta, caerían paquetes de cartas amarillas, recibos del bisabuelo, más llaves que cerraduras existen en la casa y de las cuales ninguna, con seguridad, correspondería a cerradura alguna. Llaves maravillosamente inútiles que confunden la razón y que hacen soñar con subterráneos, con cofres enterrados, con luises de oro. (…)”.
La familia y el visitante sentados a la mesa: “Pasamos a la mesa. Aspiraba, de una a otra pieza, esparcida como incienso, ese olor de vieja biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo. Y, sobre todo, me atraía el trajín de las lámparas. Auténticas lámparas pesadas, que se acarreaban de una pieza a la otra, como en los más profundos tiempos de mi infancia y que componían en las paredes, maravillosas sombras: negras palmeras y abanicos de luz. Luego, una vez en su sitio, se movilizaban las playas de claridad y esas vastas reservas de noche, en derredor, donde crujían las maderas”.
Otra vez las niñas: “Las dos jóvenes reaparecieron tan misteriosamente, tan silenciosamente como se habían desvanecido. Se sentaron a la mesa con gravedad. Sin duda habían alimentado a sus perros, a sus pájaros, abierto sus ventanas a la noche clara y saboreado en el viento de la noche el olor de las plantas. Ahora, al desplegar sus servilletas, me vigilaban con el rabillo del ojo, con prudencia, preguntándose si me clasificarían o no en el catálogo de sus animales familiares, pues ellas poseían también una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y abejas. Todos ellos viviendo entremezclados, entendiéndose maravillosamente, componiendo un nuevo paraíso terrenal.
Reinaban sobre todos los animales de la creación, encantándolos con las caricias de sus pequeñas manos, alimentándolos, dándoles de beber y contándoles historias que, desde la mangosta a las abejas, todos escuchaban. (…)”.
Antoine De Saint Exupéry
Las víboras: “Mis dos silenciosas hadas vigilaban tan bien mi comida, con tanta frecuencia hallaba sus miradas furtivas, que cesé de hablar. Se produjo un silencio y durante el mismo algo silbó ligeramente sobre el piso, murmuró bajo la mesa y luego se calló. Alcé una intrigada mirada. Entonces, sin duda, satisfecha de su examen, utilizando su último recurso y mordiendo el pan con sus jóvenes dientes salvajes, la menor me explicó simplemente con un candor con el cual confiaba, por lo demás, dejar estupefacto al bárbaro si acaso yo era uno de ellos:
-Son las víboras.
Y se calló, satisfecha, como si la explicación hubiera debido bastar a cualquiera que no fuera demasiado tonto. Su hermana lanzó una rapidísima mirada para juzgar mi primer movimiento y ambas inclinaron sobre sus platos los rostros más dulces e ingenuos del mundo.
-¡Ah!… Son las víboras…
Naturalmente que se me escaparon esas palabras. Algo se me había deslizado por mis piernas, había rozado mis pantorrillas, y ese algo eran las víboras.
Afortunadamente, sonreí. Y no por obligación: pues ellas lo hubiesen descubierto. Sonreí porque estaba alegre, porque esta casa me gustaba, decididamente, más a medida que pasaban los minutos, y porque yo también experimentaba el deseo de saber algo más acerca de las víboras.
La mayor acudió en mi ayuda:
-Ellas tienen su nido en un agujero bajo la mesa.
-Alrededor de las diez de la noche vuelven -añadió la hermana.
Cazan de día. (…)”.
¿Y el futuro de las niñas?: “Ahora, me parece un sueño. Todo ello queda muy lejos. ¿Qué se ha hecho de esas dos jóvenes? Sin duda se han casado. Pero, entonces, ¿han cambiado? Es muy serio pasar del estado de muchachas al de mujer. ¿Qué estarán haciendo en su nueva casa? ¿Qué se ha hecho de sus relaciones con los hierbajos y las serpientes?
Ellas formaban parte de algo universal. Pero llega un día en que la mujer se despierta dentro de la joven. Una sueña con otorgar, finalmente, un diecinueve. Un diecinueve pesa en el fondo del corazón. Entonces se presenta un imbécil. Por primera vez, la aguda mirada se equivoca y se ilumina con bellos colores. Si el imbécil hace versos, creen que es poeta. Se cree que comprende los pisos agujereados, se cree que ama a las mangostas. Se cree que lo halaga la confianza de una víbora que cimbrea bajo la mesa entre las piernas. Se le entrega el corazón que es un jardín salvaje, a él, que sólo ama los parques cuidados de la ciudad. Y el imbécil se lleva, como esclava, a la princesa”.
Ante la escritura maravillosa del escritor, el cronista decidió ajustar al mínimo su palabrería. Me digo que habría que agregar algunos datos sobre la historia del castillo, pero será en otra oportunidad. En esta nota las palabras son del visitante ilustre: Antoine De Saint Exupéry. Releo su texto e imagino aquel encuentro en esa casa donde el tiempo marcaba un tiempo en que disfrutaban de la vida un puñado de seres humanos. Ocurrió en Concordia, Entre Ríos.

domingo, 8 de abril de 2018

Misteriosa Gualeguay


La lectura de dos “relatos ínfimos” del Cuaderno del Señalero n° 46 (acompaña la revista El Tren Zonal n° 188), titulado “Inmemorial” de Luis Luján, escritor de Gualeguaychú, entreabrió la puerta que lleva al misterio, una sintonía que es parte de la naturaleza. Misterio cuando se piensa en hechos asombrosos. Misterio cuando la ruptura de la realidad cotidiana -además, de fantástica, sorprendente- invita a pensar en el gran enigma que llamamos “más allá”, y aún más, cuando nos preguntamos por sus habitantes, los muertos, sus fantasmas, y a través de ellos llegamos hasta la inevitable incertidumbre: la posibilidad del regreso. Pienso en esa facultad del colibrí, según el relato de los guaraníes, para unir, para ser puentes entre el mundo de los vivos y de los muertos. Mientras desayunaba en esta mañana de domingo en la chacra gualeya, vi un colibrí jugar en la copa del jacarandá joven del fondo de casa. Volaba de rama en rama, se posaba en ellas, tomaba un respiro en su emoción deteniéndose un segundo en el espinillo vecino, y volvía al jacarandá, como si hubiera encontrado dormidas las almas de los muertos que debía llevar al otro mundo; porque las flores y las ramas de plantas y árboles -los guaraníes saben- es lugar donde el alma del muerto espera la llegada del colibrí, el llevador. Ir del mundo de los vivos al de los muertos, y volver, ¡ah!, siempre pensaremos en el regreso: a la infancia, al amor, a la vida. Un pie en cada mundo, así en la rayuela como en el misterio que acompaña nuestros días. Y la diferencia la establece la muerte. Leo en la autobiografía del notable Ramón Gómez de la Serna (1888-1963): “Automoribundia”, tomo 1: “(…) Quizá que pesaba en mí, como un suceso aciago –aunque no soy nada pesimista ni llorón-, el suceso de mi nacimiento. Aquél día fue como si muriese de alguna manera, como si me señalase plazo para comenzar, lo cual resultaba la primera limitación de la muerte. Algo de casa con la media puerta cerrada tiene la casa donde se nace. (…)”.
El triunfo de la muerte de Peter Brueghel, El Viejo.
Luis Luján abrió el misterio, lo maravilloso, en su “Galería de fantasmas”, leí: “Ñancay: A la tardecita de casi todos los viernes, yo me sentaba en alguna barranca del arroyo Ñancay y esperaba que pasara. Siempre aparecía. A veces con los últimos rayos de luz. Ahí pasaba el Viejo Solo, como todos lo llamaban. En su canoa que no abría el agua, que no hacía oleaje. Siempre en silencio, siempre igual” (Ñancay: vocablo guaraní que significa “Agua del diablo”. Arroyo al sur de Entre Ríos).Y luego: “Barrilete: Vi al niño en la plaza. Vi la piola que ascendía desde su mano al firmamento. Vi que el niño miraba la piola, incrédulo. No podía comprender por qué continuaba tensa si el barrilete ya no existía”.
La puerta había sido abierta dentro del escritorio de este cronista, trabajador de la cultura, desde la chacra gualeya. Entonces recordé las historias extraordinarias que guarda “Mi libro de otoño (Memorias)” de Mario Tamaño. Yo venía de leer cuentos clásicos del género fantástico y de terror donde, por ejemplo, abundaban casas viejas, misteriosas. Recuerdo también el libro del astrónomo francés Camille Flammarion (1842-1925): “Las casas encantadas”, pero fue en el libro de Tamaño donde leí una definición mucho más poética: “La casa asombrada”: “Así se llama en nuestra provincia a aquellas casas donde ocurren hechos extraños con aparecidos, ruidos de pasos, gritos, galope de caballos. (…)”. Y vuelvo a un fragmento de dicho libro donde el viento, como revelación mágica, se hace casi poesía: “En una vieja casa de madera, situada en el medio de la selva de Montiel, distrito Sauce de Luna, pasaban cosas extrañas. Nadie quería habitarla hasta que, por los años 27 o 28, y a raíz de la demanda de leña para el ferrocarril se instalaron varios obrajes en las proximidades del Arroyo del Medio. La casa asombrada la alquiló una empresa contratista de hacheros. Allí vino a vivir un viejo inglés del que no recuerdo su nombre. Una noche, ya acostado, escuchó que en el patio estaban hachando leña, y luego comenzó a oír el llanto de una criatura. Molesto, se levantó, se vistió y tomando un arma, abrió la puerta del inmenso caserón. Con gran sorpresa el míster constata que no había nadie, ni hachero ni niño alguno. Recorrió varias dependencias y no encontró nada. Esto, a menudo volvió a repetirse, por lo que el gringo, que decía que no creía ni en brujos ni aparecidos, encontró una explicación no sé si filosófica o física, pero muy práctica para poder vivir con tranquilidad. Él decía que la vieja casa de madera, guardaba sonidos, los que al soplar el viento se dejaban escuchar. Eran los sonidos de épocas pasadas que habían quedado guardados entre las maderas de la construcción. Esta vieja casa fue demolida en 1938”.
Detalle de "El triunfo de la muerte".
Hace ya un buen tiempo que guardo un par de historias “extraordinarias” ocurridas en la ciudad/río de Gualeguay. Aparecieron de manera sorpresiva, entre charlas de política e historia, sin premeditación. Mi corresponsal esta vez me pidió anonimato.
El primero de los relatos tiene que ver con un perro. Era una de esas noches de verano en que el cielo parece festival de fuegos artificiales: tormentas de mucho relámpago, rayo y trueno, pero el tiempo pasa y se estira la negativa a autorizar la lluvia. El testigo se ubicó en la puerta que daba al patio para mirar la noche. Y de pronto se encontró con un perro grande, de buen porte, asentado en sus dos patas. Se miraron un segundo. El perro se incorporó y caminó unos pasos alejándose de él. Se detuvo. Giró y volvieron, por un segundo más, a mirarse. El animal amagó con entrar a la casa, como si fuera a pasar por sobre la humanidad del testigo. El hombre gritó para alejar al perro. El animal huye, y el hombre cierra la puerta de un golpe. ¿Por qué huyó?, se preguntó muchas veces el hombre. Años después encontró, en una rejilla grande que había en el patio, un trozo de vidrio trabajado, del tipo que se usaba en las antiguas puertas cancel, que obstruía el caño de desagote. El hombre piensa que posiblemente, y por sobre su grito, una luz del cielo haya rebotado con su brillo en el vidrio y asustado al perro. El testigo aclara que no le gustan los animales, por lo tanto, no había perro en la casa; pero lo que sí había era un patio cerrado por tapiales. El hombre no entiende cómo llegó y cómo se fue el perro. Todo un misterio. O parte de un misterio más grande.
La visita ocurrió pasadas las 11 de la noche, hace ya unos 12 años. El hombre que cuenta afirma no haber buscado rastros del perro en el después. Me aclara que cuando hay tormentas cierra la puerta. Afirma el memorioso que todo se disolvió en la noche. Y que sólo quedó el recuerdo de la mirada, y en ese pasado una pregunta: “Por qué la mirada de sus ojos me resultaba conocida”. Mi pregunta no se hizo esperar, enseguida pensé en la posibilidad de que el testigo hubiera, a través de los años, descubierto al dueño de la mirada que había entrevisto en el perro. El relator dijo que sí. Era la mirada de un tío, una mirada que se le había quedado guardada desde los años de infancia. Aquel tío había tenido una vida marcada por la pérdida de un hijo y de algunos sobrinos, entre ellos un hermano de quien cuenta esta historia. Ya grande, recuerda el testigo, una vez, sintió que en la mirada del tío había un dejo de reproche para con él, por el simple hecho de estar vivo. Pero en aquella noche de la aparición, el testigo descubrió la mirada de la infancia. Dijo el hombre: “Quizá todo fue un misterio más en una casa vieja”.
Un árbol en el cementerio de Gualeguay.
Quien hace memoria me cuenta una nueva historia sucedida en Gualeguay. Hasta esta ciudad había llegado una pareja de franceses. Al poco tiempo de su llegada nació un hijo. Pero quiso el destino o la mala suerte que pronto falleciera el francés. Como era costumbre en esos años, y con más razón tratándose de extranjeros, con la familia lejana, la mujer volvió a unirse en matrimonio, esta vez con un italiano. Tuvieron dos hijos varones. La suerte volvió a ser esquiva, y la muerte se llevó al italiano. Obligada por las circunstancias, la francesa volvió a casarse, esta vez con un criollo. Tuvieron seis hijas. Con el tiempo, una a una las hijas se marcharon a Buenos Aires, donde se radicaron y siguieron sus vidas. Pero en Gualeguay quedó la hija menor, casada y dedicada a la docencia. Ella continuó viviendo en nuestra ciudad. La francesa había muerto. Las hermanas y el padre siguieron sus vidas en la lejana, por aquellos años, ciudad de Buenos Aires. Quien recuerda, el testigo, afirma que esta hija menor que se quedó en la ciudad, era su vecina, que vivía frente a su casa, y que desde la ventana podía ver el zaguán de su casa. Recuerda el testigo que una mañana vio que había llegado el padre a visitarla. Año 1954. Un hombre morocho, de anteojos y sombrero, que lucía su traje porteño de color gris claro. Pasaron los años y nunca volvió a ver al hombre. Años después, la hija, ya viuda y con cuatro hijos, también emprendió el camino de Buenos Aires. Cuenta el testigo que cincuenta años después, mientras caminaba por las calles del cementerio, rumbo a la salida, únicamente acompañado por los pájaros del lugar –“así como brindaron su canto a Jorge Luis Borges durante el homenaje que se tributó a su amigo el poeta Carlos Mastronardi”-, se cruzó con dos jóvenes mujeres. Las unía una sonrisa cómplice, como si supieran algo más en relación a él. En aquel día de 2010, unos metros más atrás de las dos mujeres, 56 años después, avanzaba un hombre morocho, de sombrero, con anteojos y traje gris claro. Al cruzarse con el testigo le dijo: ¡Visitando la mamá! Sí, respondió el testigo, y siguió su camino. Pero en un segundo el miedo se había apoderado de él. Su madre hacía casi treinta años que había fallecido. Era aquel hombre, lo había reconocido. Caminó rápido, y enseguida llegó a la tumba del padre Armelín. Dijo una oración. Volvió a mirar al hombre de traje gris que se alejaba rumbo al sector de nichos.
"El caballero de la muerte" de Salvador Dalí.
Es la muerte quien nos instala el tema del regreso, ¿se regresa de la muerte?, ¿es que los muertos visitan el lugar de sus muertos en el cementerio?, pienso en la francesa que murió en Gualeguay. Pienso, otra vez, en un mundo que presiento cercano, como si de colibrí se tratara mi tinta, pienso, siempre pienso y escribo sobre la muerte; ya se verá si tintas como esta la mantienen cercana o lejana en mi historia -como sea que se dispare la suerte del destino: no tengo dudas: regresaré-; mientras tanto me digo que en esta tinta llevo y traigo, gracias a la memoria de mi amigo gualeyo, saludables historias de fantasmas.
"El séptimo sello" de Bergman.


domingo, 1 de abril de 2018

Cacho González Vedoya


Nada sabía de González Vedoya hasta que llegó el Tren. Llegó a la ciudad/río de Gualeguay despacito, pidiendo tiempo de lectura en cada mano que la recibe. Así sucedió en mi lugar de trabajo. La revista “El tren zonal. Por la integración de los pueblos”, que publica cada dos meses, y hace más de 25 años el poeta Ricardo Maldonado, director de Ediciones del Clé, llega hasta mi escritorio desde hace un tiempo. Este cronista, llegado a Gualeguay desde su Buenos Aires hace 5 años, se encontró con nuevo mundo a descubrir: el Universo Litoral: desde la aldea a la totalidad del paisaje. Y en este quehacer real y fantástico la aparición de El Tren se sumó a fuentes diversas de información, como es la charla con testigos y la lectura de libros de autores pertenecientes a la región.
Cacho González Vedoya
Entonces, por pura ignorancia, por la lejanía en que muchas, demasiadas veces, se mueve la selecta Buenos Aires, el cronista, llegado desde el barrio de Boedo, nada sabía de González Vedoya, una figura destacada dentro del chamamé. Nada sabía hasta, Tren mediante, la lectura del muy buen trabajo de Facundo Binda: “El verso que fluye: claves de la poética de Cacho González Vedoya”, texto presentado en el 1° Congreso de Autores del NEA en julio de 2016. El cronista piensa en la dimensión de su ignorancia, puede señalar, como atenuante, la inmensidad del paño donde se acomodan los autores, pero recurrente en él, se hace la pregunta, ¿cómo no haber tenido noticia de poetas notables como Marcelino Román, Juan Manuel Alfaro o Ricardo Maldonado?, y entonces el traslado del interrogante: ¿cómo no tener noticia de González Vedoya?, pregunta que ilumina la desesperación ante la inmensidad del universo creativo, y a la vez la aparición de la esperanza nacida con cada lectura. Y más allá de esta cuestión de abismal esperanza, habría que preguntarse una vez más sobre las oscuridades donde se mueve la eterna cabeza de Goliat (nuevo saludo a Ezequiel Martínez Estrada): la ciudad/centro de Buenos Aires.
Informa Binda que González Vedoya, nacido en Itatí, Corrientes, en 1940, pertenece a una generación de letristas que renovó el chamamé a través de una mirada social junto al rescate de personajes comunes, historias o anécdotas chicas del cotidiano de la gente: trabajar la memoria de la historia chica de la aldea. Integrante de la Generación de la Canción Nueva, González Vedoya trabajó de manera paralela a las canciones en su obra poética. Anota Binda: “La poesía de González Vedoya avanza no lineal sino circularmente; sus poemas y canciones dialogan entre ellos y expresan una vitalidad que le es propia y que sintetiza los elementos fundantes del paisaje correntino”. En 2008 publicó “Como pan casero”, primera selección entre los poemas publicados en distintos medios. Después publicó “Agua de río”, “Intemperie del alma” y “Gente de mi pueblo”. Dice González Vedoya: “Los que saben dicen que uno tiene una sola poesía toda su vida. Sólo se hacen algunas variaciones. Yo también creo que uno siempre tiene un color de canto, un motivo de canto hasta el final de su vida”.
Anota Facundo Binda: “(…) Tres elementos predominan y se imponen en la poética de González Vedoya: la luna, el río, el viento. A partir de estos tres elementos las canciones y los poemas se abren hacia diferentes rumbos. No es casualidad su aparición reiterada y combinada: los tres son símbolos del constante fluir. El río –la figura preferida de Heráclito- siempre yendo hacia el mar, siempre el mismo y a la vez siempre distinto; el viento que viene desde el norte y pasa por encima de campos y hombres; la luna que camina su eterno ciclo creciente y menguante. El fluir de la vida hacia la muerte se condensa en ellos (…)”.
Parece que la luna de González Vedoya es capaz de muchas proezas. En “Conservo en la memoria” se lee: “Conservo en la memoria / las calles de mi pueblo / la luna era de adobe / y el cielo era un tejido / por donde se entreveía la claridad de Dios”. En el poema “Es sólo un grillo”: “Ese pequeño grillo / desde un rincón del patio / cuelga y descuelga una por una las estrellas / con una luna llena juega a la escondida / pinta un cielo redondo en el aljibe / enciende y pone de fiesta el jazminero”. Su luna se da hasta el permiso de morir; en un poema sin nombre: “Debajo del árbol / vestida de pájaros / se murió la luna”. De todo esto habla González Vedoya, y tan bien señalado por Facundo Binda en su trabajo. Binda asegura que el viento del poeta es solo uno: el viento norte, y que el río es uno solo: el Paraná. En un poema aparece la siguiente referencia al río: “Te siento aparte / sobre un costado mío / sin cauce / quebrado en la mitad / con una sola orilla / pero a la vez te llevo adentro / porque con algo de río / también yo me voy haciendo (‘Paraná’)”.
Otra sintonía de la obra de González Vedoya resaltada por Binda está dada en la presencia, principalmente en sus canciones, de personajes de su aldea natal. La lista es un muestrario de oficios desaparecidos: Sinesio, barrilero, cuando había que traer el agua del río; Miguelito, farolero; Dominga, lavandera; Nati (Natividad Amarilla), campanero; Valdez, carpintero; y Dorico, su oficio quizá sea el único que no ha desaparecido, pero sucede que hay muchos profesionales de la locura en nuestros días; el Dorico de González Vedoya era el loco del pueblo, el que no quería que le pisaran la sombra. Anota Binda que cada uno de ellos estaba fundido con el oficio: “a tal punto que no es posible saber dónde se separan hombre de instrumento: Nati campanero, a tu campanario / le salpica el cielo sobre el corazón, / tus brazos terminan en cuatro campanas, / y a los cuatro vientos le canta su voz. (‘Nati campanero’)”. González Vedoya retrata a la gente simple y pobre en sus canciones, y dice Binda que su mirada es urbana en sus poemas, es decir, la diferencia entra a tallar en el anonimato con que las ciudades revisten a sus habitantes. En “Hay un hombre pequeño: ‘Hay un hombre pequeño sentado en el boliche / bebiéndose de a poco / el gris de su camisa. / Hay un hombre pequeño / que se mira en el vino / como si se estuviera mirando por adentro’”. En “Lo que escuché decir, de un ciruja a otro: ‘Los dos somos un sueño con tanta mala suerte / que un perro nos soñó una siesta / por eso no tenemos dueño / lo que nos tiran o nos dan comemos / y nos gusta dormir en la vereda’”. En “Juan, el changarín del Piso: ‘Murió el changarín del Piso / muerto está como dormido / anda de changa la muerte / murió el changarín del Piso / cruza la calle la muerte caminando despacito’”.
En una nota aparecida en el diario Época, el periodista Carlos Lezcano consigna toda una definición de González Vedoya: “La poesía es un detalle de la vida, por eso para atraparla hay que estar atento a los detalles. El poeta es un vigía”. En la misma nota se hace referencia a lo dicho por el poeta, en la presentación de uno de sus libros, sobre los personajes de pueblo: “Pasan, siempre pasan. Un poco por el paisaje y otro por fuera de la calle”. En 2016 durante la entrevista de Lezcano dijo: “Mientras estuvieron, eran pequeños, pero cuando faltaron fueron gigantes. Cuando estuvieron eran cotidianos y cuando faltaron aparecieron otra vez en forma de canciones. Son pequeñas personas, como los poetas, pero son indispensables porque son la memoria del pueblo”.
Carlos Lezcano consigna el siguiente poema: “Digo desde la piedra / Siglos de silencio. / Digo desde el río / Que el idioma del río no se traduce. / Digo desde el viento / Que el viento es árbol desasido. / Y digo desde lo más pequeño de mí… / El enorme milagro que hay / En un granito de arena”. La nota cierra de esta manera: “En esta charla con diario Época, ‘Cacho’ González Vedoya sostiene que ‘el río me afirma en mi fe de creyente cuando me muestra lo eterno. Aquello que se fue, lo que está y lo que está por venir. El río no tiene puntas. Es un estar y un pasar… uno pasa por el río y el río por nosotros’”. Y agrega: “recuerdo a Alfredo Mariano García (vivía en Nueva York), venía los veranos a Itatí y cuando se metía al río, lo hacía despacito para sentir que ese viejo amigo lo abrazaba”.
Luego del reciente viaje en barca de poeta, este cronista, que ya lamentaba no tener a mano ninguno de los libros de González Vedoya, se entera de que hay un nuevo título aparecido en 2017: “El ángel del baldío”.
Charlando con el poeta Ricardo Maldonado sobre los valores de González Vedoya, al mostrar mi interés por sus libros comentó que si bien las tres provincias integran la región litoral, cada una de ellas funciona de manera autónoma, cerrada, y que entonces es muy difícil llegar hasta el material publicado por editoriales independientes de las otras provincias, en este caso Corrientes. Ni bien terminó de expresar esto, sugirió que bueno sería que, desde la Capital de la Cultura de la provincia de Entre Ríos, la ciudad/río de Gualeguay, se diera inicio a una feria regional de autores y editoriales.
De estas bondades informativas hablo cuando remarco la presencia de una revista como “El tren zonal” sobre mi escritorio. Este Tren, a pesar de los tiempos tristes que corren, circula por toda la provincia de Entre Ríos, las ciudades/estaciones se suman en el tránsito de una historia que necesita pasajeros que viajen a conciencia, con una identidad en la valija que sepa de memorias y pertenencias, que sepa quiénes fueron aquellos que nos precedieron en el viaje.
Días pasados el amigo médico Rodrigo Ayala me contaba que su ejemplar de El Tren había partido hacia Misiones. Gente amiga la había ojeado y la pidió para el viaje de regreso a casa. Pienso en este ejemplo viajero y me detengo en la bajada del título de la revista: “Por la integración de los pueblos”. Y entonces vuelvo a lo dicho por Maldonado sobre la cerrazón editorial de las provincias que hacen La Región Litoral, la cerrazón y la propuesta de una llave que nos libre del candado. Para así encontrarnos dentro del viaje que lleve, por ejemplo, la huella poética de González Vedoya hasta la lectura de aquellos que, como yo, no sabíamos de él. Lo dicho: por la maravillosa inmensidad del universo creador, y por las fauces egoístas en la cabeza de Goliat.

domingo, 25 de marzo de 2018

Gualeguay en marzo


El cronista ha arribado nuevamente al mes de marzo. Un marzo más en su vida, en su escritura y memoria. Escribía lo siguiente, en marzo del año pasado, a partir de una imagen, de una presencia: “Una lechuza visita la cercanía de mi casa en la zona de chacras. Silenciosa. Uno de los seres que gustan de andar en la noche. De mirada atenta, fiel a su esencia. Hubo una primera vez: la descubrí sobre el poste desde donde se sostiene la luz del alumbrado público. En la sombra. Presente y oculta, respirando a conciencia. Después la vi sobre distintos postes del cerco sin alambrado que marca el terreno de enfrente. La lechuza se hizo vecina. Cuando no la veo, ella me avisa que está: un chistido, un grito de atención. Una rajadura fina en el aroma de la noche. Sonido misterioso, una tela de araña sonora que, digo, me invita a pensar, primero en que ella está ahí, y luego a revisar otros pensamientos. Fue tiempo después que, una vez conocidos los movimientos finales del día en la casa, se acercó y ocupó un lugar en la columna central de las tres que se levantan al frente; columnas de cemento con una base cuadrada en el extremo. Desde allí, la lechuza, observa la vida, y piensa. La espié, la espío, desde la ventana del escritorio; miro por entre los listones de la persiana, en los finales de labor. Ahí está, poco movimiento. Repito: atenta, pensativa”. Hay en la presencia de la lechuza una identificación. Me descubro ejerciendo la mirada, el pensamiento, la memoria, mi escritura desde la mesa de trabajo que sostiene mi laborar, mis silencios, mis tristezas.
Escribo más seguido entre los borradores de mi memoria, durante el principio del silencio de cada noche en la chacra gualeya, que aquello que termino consignando en una nota, en la página de un libro. Y cuando se aproxima el mes de marzo, cuando voy dentro de sus días, aparece una necesidad, una marca en las aguas de la memoria, una sintonía de conciencia explícita que me lleva hasta una de las oscuridades que tanto duelen en nuestra historia como país.
Hago memoria en medio de este marzo de comienzo del otoño -hoy veía los álamos que, en el fondo del terreno, agitados por un importante viento sur, enseñaban, flameantes, altos en mi cielo, las primeras hojas en amarillo-, en un nuevo año señalado en triste marzo en que se hace presencia insoslayable el recuerdo del inicio y el “mientras tanto” de la última dictadura cívico-militar (sí, la última: porque hubo varias puñaladas en el relato de nuestro ayer). El recuerdo de la dictadura me llevó de regreso hasta el camino diario que hacía, de mañana, rumbo al colegio secundario. Un camino hacia uno de los momentos más duros de mi vida. Ni siquiera los sufrimientos que tuve que aguantar durante el servicio militar obligatorio (salí de baja 20 días antes de Malvinas), cuando de ciudadano fui transformado en soldado que debía defender una patria que me resultaba extraña –después entendí que aquella patria a defender era la de ellos: los que históricamente han detentado el poder en este país-, una patria que me expulsaba al tiempo que me usaba como esclavo. Decía entonces que ni aquella colimba dolorosa fue tan terrible como mi asistencia a la secundaria durante los días de la dictadura. Cursé en un colegio cercano a la base aérea de El Palomar; fueron mis compañeros hijos de militares y de nuevos ricos que vivían en la zona: clase media con maestría en el arte de odiar; y es esa misma clase la que sigue soñando un país para pocos. Soporté la discriminación por ser hijo de obrero, por no llevar ropa de marca, por sencillamente no pertenecer a esa elite refugiada en la Ciudad Jardín: yo era apenas un “negro” de Martín Coronado. La mañana del Golpe del asesino Videla y compañía, no hubo clases. De todas maneras caminé hasta el colegio. Estos días a los que vuelvo, estos tiempos y acciones humanas de aquella sociedad hicieron posible la formación del piso social necesario para poder ejecutar la barbarie que habían planeado los asesinos. Para el pobre nada de derechos, nada de sueños por un mundo más justo; para los que no pertenecen está prohibida la toma de conciencia, y señalo la cuestión como realidad del pasado y de este presente.
En aquellos años, décadas de los ’60 y ’70, había mucha fuerza: la gente pedía en las calles, y no solo en este país, sino en la región, en el mundo todo, se exigía y se luchaba por un mundo más justo. Basta de dominación, basta de sojuzgamiento de los pueblos. Pueblo no es solo un término al que muchos interesados quieren vaciar de contenido; el pueblo es presencia que se nutre en el derecho a tener una vida digna de cada uno de los ciudadanos: trabajo, educación y salud. En aquellos años ocurrió la guerra de liberación de Argelia, la Revolución Cubana, la lucha del pueblo de Vietnam, primero contra Francia y después contra Estados Unidos, y el primer intento de guerrilla peronista: Uturuncos en la montaña tucumana; fue el tiempo del Mayo Francés, con estudiantes en la calle, como estudiantes y obreros hubo en las calles de nuestro Cordobazo. El sistema, el mundo establecido, se resquebrajaba, hubo miedo en el sistema y entonces se necesitó de las bestias asesinas.
Escribía en marzo pasado sobre los días que arrancaron en aquel marzo del 76, y lo escrito sigue en mí, sigo con el mismo asombro y dolor, la misma mirada: “Me ocurría que no podía, no puedo sacarme de la cabeza, que esas barbaridades fueron cometidas por sujetos de la misma especie: hombres, simplemente hombres capaces de comportamientos tan miserables. Y hombres siendo parte de un plan ideado por hombres. Sé que esto es una obviedad: los asesinos fueron hombres. Pienso, a partir de ellos, en la capacidad del hombre para ejercer el mal”.
Y una transformación tan necesaria: “Aquel Estado dejó de lado las leyes para fundarse en terrorista, para nacer como Estado aniquilador frente a todo aquel que pensara distinto. Aniquilador de los Derechos Humanos fundamentales. Y después la muerte, la figura dolorosa del desaparecido, los mil horrores soportados en la tortura: en cárceles y centros clandestinos de detención. Pienso en las fosas comunes, como las que vi en mi adolescencia en documentales sobre el nazismo. Pienso en las ausencias: sin tumba, sin nombre, sin cenizas, algo tan necesario, tan humano para establecer el final. Pienso en estas historias salvajes”.
La dictadura, el Terrorismo de Estado, como sinónimo de la devastación de la vida, de una generación, de una juventud a la que no le conformaba la disposición hipócrita del mundo: aquella juventud supo de sueños, trató de hacer realidad la utopía; jóvenes que querían hacer a un lado los intereses del poder económico para fundarse en la realidad de un mundo solidario. En ellos pensamiento, ideas, compromiso, arte, y lucha.
El desastre armado en Malvinas tuvo el mismo protagonista que el horror desatado en la seguridad interna del país: el glorioso Ejército nacional, una herramienta servil al poder económico internacional y nacional, que siempre van de la mano. Los profesionales de la guerra que juraron defender la patria (la de ellos) hasta la muerte, no destacaron en la lucha contra pares profesionales, sino pateando las puertas de las casas de los ciudadanos; mejor robar: dinero, muebles y pibes, que vérselas en una batalla real.
No fue guerra, nunca hubo dos demonios, y en cambio sí, siempre dice presente la primera sangre: la que derrama el sistema injusto. ¿Por qué juzgar la reacción sin siquiera preguntarse por la primera sangre? El sistema es el primer interesado.
Hace cinco años que vivo en la ciudad/río de Gualeguay, y quiero, en este momento en que escribo sobre memoria, que nuestra dama sea más río que ciudad; el río como abrazo amigo para recordar a las víctimas del Terrorismo de Estado durante la última dictadura militar: hombres y mujeres que asumieron su destino marcado por las manos de los asesinos. En el río que es Gualeguay en esta memoria quiero anotar el nombre de aquellos gualeyos que no pudieron volver a casa para contar su historia: Tilo Wenner, Carlos Surraco, Jorge Camilión, Ricardo Giménez, Juana Armelín, Carlos Cerrudo, Néstor Furrer, Néstor Da Dalt, Martín Hauscarriaga, Pedro Galván, Elda Viviani, Jorge Correa. Y quiero consignar a los otros hijos de este río que también fueron víctimas del Terrorismo de Estado, que pasaron por centros clandestinos de detención y cárceles, y que pudieron, pueden, contar sus historias. Están vivos y es necesario escucharlos. Ellos son: Pepe Quintana, Antonio Fiorotto y su compañera Diana Beatriz Callero, Gustavo Gálligo, Beatriz Grasso, Samuel Jajan y su compañera María Gutiérrez, Miguel Poletti y su compañera Ana Pastormerlo, Raúl Correa, Mariana Fumaneri, Teresa Regner.
Desde mi escritorio, subido a mi asiento, trato de pensar y mirar como mi amiga la lechuza. Pienso, miro, recuerdo, en las noches de este nuevo marzo, donde además hay que saber que se está pidiendo, desde las altas esferas del poder, detención domiciliaria para los genocidas condenados por la Justicia, repito: por la Justicia, y no por los designios enfermos de una patota de criminales, así sus modos cuando no eran tan abuelitos. Escribo, bajo del cursor para respirar, para buscar esperanza en los valores de la memoria.
Siempre vuelvo a ellos: los desaparecidos. Pienso en su ausencia/presencia que no deja de pedir la palabra para aclarar un par de verdades. La historia de un país se escribe entre todos los relatos, en ellos la memoria de los hacedores. Una historia que se escribe para ser leída en voz alta: “Hubo una vez una generación que quiso un mundo más justo”.
Hace un momento la lechuza que asoma en mí vio una foto de Fernando Sturzenegger. En el cuadro se ve un puñado de hojas caídas sobre el suelo. Las hojas presentan distintas formas y colores. Las hojas se despiden de la escena de la vida y dejan sus buenos fantasmas entre colores. De inmediato pensé en los colores de la memoria, es en ella donde se puede encontrar el mejor camino para lograr la poética muerte de la muerte. La muerte, muerte queda, hasta que se alumbra la palabra de la memoria, una palabra que no sabe de silencios, una palabra en colores. Así me digo en este nuevo marzo, entre el recuerdo del horror, y el fervor de la esperanza junto al compromiso con los ideales.

domingo, 18 de marzo de 2018

De regreso a la primaria


En la ciudad/río de Gualeguay, desde ella, ayer por la tarde, regresé a un claro sueño de felicidad. Escribo en este especialísimo día de la mujer para festejar un momento familiar, pero también para festejar una historia construida de la mano de varias mujeres.
Mujer: mi compañera Evangelina, mujer: nuestra hija Julia, en un momento para guardar en la memoria de las bondades de esta naturaleza humana. Esperaba frente a la escuela Normal cuando las vi acercarse hacia la entrada. Crucé la calle, y tendí los brazos hacia Julia. Sabía de sus ganas por llegar hasta el primer día de su primer grado en la escuela primaria. La escuela de grandes. Julia preguntó cada día. Pura emoción frente al nuevo mundo. Y la emoción de los padres. Hay en el universo nacido a partir de la escuela una órbita primera: una memoria profunda para toda la vida. Pienso en Julia sabiendo que ella transita la escuela donde fue su mamá, y aún más, ella transita por las mismas aulas, galerías y patio, traspone las mismas puertas por las que pasaron sus abuelos maternos. La escuela primaria es una base esencial de la memoria: una marca de fundación, los primeros pasos fuera del hogar para alumbrar la sustancia de la que se nutre la identidad.
El abrazo con mi hija, su inmensa felicidad, me llevó hasta mi felicidad que, supe a partir de ese momento, vivía intacta en mi interior. Desde mi identidad como trabajador de la memoria a través de la escritura, podía saber que los recuerdos alrededor de mi escuela primaria estaban guardados; esa certeza aparecía desde el pensamiento, desde una pista intelectual, pero ocurrió que, después de casi 50 años, por primera vez en mi vida, la más pura emoción me ganaba las almas, mis patrias internas, y me hacía feliz; sin pensarlo me llevaba hacia el pasado, hacia ese refugio interior donde, sin dudas, eterno y feliz, vive aquel pibe de barrio, de Martín Coronado, en la provincia de Buenos Aires.
Anoto la palabra “felicidad” porque es sinónimo de escuela. Fui un pibe feliz en cada día de mi primaria. Esa fue, y sigue siendo la sensación. Nunca pensé en querer ser maestro, pero una profunda admiración sentía por quienes eran mis maestras: personas que sabían mucho más que yo; y sabía aquel pibe que en la escuela se podía aprender de todo. En la casa paterna se fortaleció la idea: escuchar al maestro, respetarlo; y siempre tratar de hacer bien las cosas, no por imposición, sino por propia voluntad. Una manera de andar para toda la vida: escuchar al que sabe, y entonces pienso en la suerte que tuve al conocer y charlar con varios escritores a los que tanto respeto; y siempre, me digo, estoy dispuesto a ser un buen alumno, ante todo, de la vida. Un buen alumno -y no hablo de perfección- que sepa de las bondades del diálogo, un alumno lejano a la necedad, que sepa -porque es parte de su identidad- dar entidad al otro: el amigo, hermano, conocido, vecino. Comprender y comprenderse en el otro es uno de los mayores desafíos en esta vida, y digo que mi intento viene apuntalado desde mi escuela primaria.
El abrazo con Julia me llevó de regreso a la caminata que hacía desde la casa hasta la escuela. Calle San Guillermo: de diez cuadras era el caminito de hormigas hacia la escuela n° 22 Martín Miguel de Güemes. El primer día de Julia me llevó al recuerdo de la señorita Susana, que la tuve dos años, primero y segundo grado; de Beatriz, la maestra de tercero; quinto fue para el recuerdo de Elvira; y tengo en la memoria la cara de la maestra de sexto, de quien el nombre ahora se me niega. Mientras transitaba por los años de primaria, siempre tenía en mente el desafío, las ganas, de llegar hasta ese sexto grado; la maestra tenía fama de exigente, y yo quería llegar para escribir mucho; y, caramba, creo haberlo logrado.
Desde mi casa paterna, en cuanto comencé a leer, recibí de manos de mi padre: libros. Me encantaba leer: fue tiempo para “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain o “Colmillo blanco” de Jack London o “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne. Fui un gurí/pibe al que le gustaba leer y jugar a la pelota en el club 12 de Octubre, que estaba a la vuelta de casa. Siempre lo digo: se puede ser lector y deportista. Siempre se puede ser lector. Y el amor por la lectura me esperaba en la escuela primaria desde el interés de mis maestras. Ellas, las primeras lectoras, ellas, personas que tenían incorporada la importancia fundamental de la lectura para los alumnos, y para todas las personas. Las veces que me tocaba leer en clase, en voz alta, eran de disfrute, era otra vez tratar de hacer bien las cosas, y en este caso, en un tema de mi agrado. Nunca fui bueno para los números, y esto también fue una constante. Nada es perfecto. Cuando terminé la primaria recibí un libro como obsequio de la escuela: “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne, que todavía guardo en mi biblioteca. De pibe tuve mi biblioteca, como bibliotecas tenía, y tiene, mi padre. Tuve la suerte de que en casa, la única herencia posible estaba en tratar de ser buena gente, y en las bibliotecas que alumbraron los sueños, y en los cuadros que colgaban de las paredes, cuadros que pintaba mi padre, y cuadros de sus amigos pintores. Desde ese pasado salí a hacer la vida, y se agradece a padres y maestras.
El abrazo con Julia, y luego su saludo con las compañeritas más cercanas en las salas de Jardín de infantes: las miradas nerviosas con Guille, Alfon y Ambar, me llevó a otra de las maravillas de la primaria: la amistad, los compañeros, esas caras y nombres que se quedaron conmigo. Volví a ver en persona a pocos, y muchos años hace que nada sé de nadie, pero siguen a mi lado: los veo, muchas veces pronuncié sus nombres, y vuelvo hacerlo mientras escribo: Mario Anglada, Claudio Ariola, Beatriz Ríos, Patricia Lladó, Hugo Hanze, César Cirelli, Adriana Panarelli, Liliana Simio, Jorge Apanasionek, Adrián Díaz, Claudio Franciosa, entre tantos, y el recuerdo especial de Roberto Ferrazzo y Néstor Ortiz, que se fueron tan pronto.
Y de regreso desde estos recuerdos, vuelvo en esta escritura a ubicarme en la reunión previa al inicio de clases organizada en la Normal, donde el director del nivel primario: Oscar Vescina, y una de las vicedirectoras: Paola Cantoni (la acompaña en el cargo Liliana Etala) hablaron a los padres de los pibes que iniciaban su primaria. Mis padres fueron respetuosos de mis maestros, y ahí estaba yo, con mi mundo y mi manera de mirar, frente a la apertura de una de las puertas de nuestra historia cotidiana. Fue una suerte escuchar a las autoridades. Me infundieron confianza, seguridad. Me gustó qué se dijo y cómo se dijo; me gustó desde dónde hablaban: desde un cuidado compromiso con la labor docente. Entonces sentí mucho respeto por la palabra, y presencia tan humana. Digo: confianza, seguridad, y agrego: esperanza, una materia tan necesaria en cada uno de los días a vivir en nuestra sociedad. Mi hija va a la escuela a aprender, ante todo: a ser buena persona, a desarrollar capacidades, a sumar conocimientos, a caminar tramos fundamentales en la construcción de su identidad. Sale desde la casa con una intención de bondad, de solidaridad y justicia, que uno espera sea cuidada por los sucesivos maestros, de la escuela y de la vida. Pero como padre consciente no puedo dejar de pensar en el mundo que a nuestros pibes les toca en suerte. Un mundo veloz donde no hay tiempo para el contacto, los sentimientos; un mundo donde las personas como mamá y papá, se pasan los días ocupados en lo supuestamente importante, mientras el tiempo para festejarnos en la vida, se vuela. Es cierto que el tiempo lo descuenta muchas veces la flecha indicadora del sistema en el que vivimos: puede ser su mensajero el trabajo en pos de la moneda necesaria para sobrevivir; pero también puede ser la esencia de estos tiempos: primero yo para hacer la diferencia -una constante: la desenfrenada obtención de dinero y poder-, y después también yo sin importar las cabezas que rueden en el lance. Un sistema que se ilustra con un triste ejemplo: un hombre y su equipo miente de manera consciente para lograr su propósito: la presidencia del país: no voy a hacer esto ni aquello (recuerdo al miserable de los ´90 que admitió que si decía lo que iba a hacer no lo votaba nadie), y sin embargo, desde que ese hombre asumió su rol dentro del esquema del poder económico, actúa en contrario de cada una de sus afirmaciones. La sociedad atenta es testigo. Desde cada hogar con ganas de justicia, y desde cada grado de la escuela, me digo, se debe resistir frente a un mundo que no es el soñado, que no es el que se quiere para los hijos. Amistad, solidaridad y conocimiento deben alumbrar el nacimiento del criterio en el mejor de los pesebres: la mirada de un pibe. Digo que este es mi sueño, construido con cantidad de elementos que no cotizan en ninguna bolsa, salvo en el portafolio de la memoria, esa que a diario refleja su cara en el espejo del baño: es saludable que luego de cada lavado, la cara siga siendo la misma. Sueño con un mundo sincero, solidario, justo; un mundo donde la riqueza esté mejor repartida; mi mundo está hecho de historias de la realidad y de la fantasía, mi formación es literaria, mi dios guía baila dentro de una mirada de sintonía poética. A muchos este mundo puede parecerle irreal. Pero este mundo se construye desde tierra adentro: el pibe que fui sigue soñando al tiempo que practica el maravilloso arte de la memoria. Entonces vuelven las maestras que tanto me dieron, vuelven los compañeros, los juegos, los pasillos de la escuela, el patio, todo un universo humano, simple, sustancia pura en movimiento.
Julia empezó las clases en la escuela Normal dos días después del inicio dispuesto por las autoridades de Educación. Los maestros fueron al paro. Julia sabe que los maestros son trabajadores, y que como tales deben defender el sueldo para dar de comer a sus familias. Es bueno, y volviendo a tema tan determinante como es la memoria, saber de dónde se viene, saber del esfuerzo de abuelos y padres, saber de la vereda a la que se pertenece. Julia viene de un hogar de trabajadores donde se defiende al trabajador, de un hogar donde se sabe que la verdad está abajo, en las calles y con la gente, y no en la altura donde se eligen los trajes de tanta impostura, no esa altura soñada por los que la juegan de saltamontes: los viajeros del desclase esperan que, de un momento a otro, les arreglen la papelería que los confirme dentro del cielo de los mezquinos. Por eso la escuela pública como búsqueda y afianzamiento de la identidad y de la memoria; por eso, digo, sigo volviendo a ella, y en este nuevo día de la mujer, a ellas, mis maestras de grado.

domingo, 11 de marzo de 2018

Escrito en la ventana


Una ventana puede devenir en artilugio mágico, una herramienta para ejercer el derecho y el deber -como si de conjunción celeste en frecuencia terrena se tratara- con que el hombre construye su mirada. Una ventana, convenientemente tratada por el paso de los años, puede transformarse en una cápsula de tiempo abierta al tránsito a conciencia de una sociedad. Una ventana bien puede ser la imagen acertada para un bosquejo a mano alzada que ilustre la poética de una memoria viva. Como sucede en cada memoria, la realidad de ciertos “sucedidos” abre la veta ficcional que respira en toda vida: la posibilidad de que aquello visto y escuchado “acá y allá” sea escrito sobre el paisaje de una ventana otra de la ciudad/río de Gualeguay. Ventanas fundacionales de escritura: la mirada humana confluyendo en la maravilla del sueño. Poesía y prosa nacida a partir de fotografías hechas sobre ventanas: una forma de conocer la aldea.
Hace un año que sé de la existencia de la serie fotográfica “Ventanas de Gualeguay” de Fabricio Castañeda. Recuerdo dos fotos que me llevaron a escribir una nota en la que jugué a ficcionar sobre la suerte de algún personaje y la ventana. Le dije a Fabricio que entre manos tenía un libro más que interesante: imagen y texto. Como siempre ocurre, el tiempo vuela, y en medio del transcurrir las criaturas trabajan, pero claro, no todos tienen la capacidad de trabajo de Fabricio. Además de los discos, del trabajo constante junto al Chango Ibarra, de su documental “Bar El Faro”, junto a Mauricio Echegaray, Fabricio tuvo la idea de montar una exposición coincidente con un nuevo aniversario (235 años) de la fundación de su aldea natal. La serie fotográfica se convirtió en la muestra “Ventanas de Gualeguay”. 35 fotos de ventanas que, por distintas razones, llamaron la atención del fotógrafo. Dichas ventanas son una interesante propuesta estética, y un sustancioso convite para los 35 escritores (poetas y prosistas) convocados para jugar con la palabra. Hace meses que Fabricio trabaja en la muestra que se inaugura el 17 de marzo en el Club Social.
Ventana para Daniel González Rebolledo
Entre los escritores convocados están: Verónica Centurión, Pata Corbani, Daniela Scagliola, Ruth Estapé, Miguel Ferreirós, José Arenas, Leonardo Guilarte, Lorena Díaz, Norman Robson, Lucio Arce, Raúl Castañeda, Marisa Vázquez, Miguel Ángel Peñalba, José Luis Zanetti, Damián Lemes, Daniel Rodríguez, Diana Guerscovich, Pablo Stasiuk, Mariano Pini, Raimundo Rosales, Juan Penas, Rubén Serrano, Walter Almará, Selva Olivera.
Cito algunos autores junto a  un fragmento de sus textos:
Gisela Beer: “(…) Cuando era chica esta ventana se abría hacia adentro y hacia afuera, de esto me di cuenta hace poco al volver a la casa de la tía. Pinté las paredes que eran verde musgo de un rosa viejo y me gusta. A esta ventana la dejé así como estaba. Ahora sólo se abre hacia adentro como yo. (…)”.
Coni Banús: “Grises de Dios: Asoma el tiempo por las arrugas de su madera. / Recuerda / los viejos amantes / los chicos jugando / el chisme de paso / y el ramo de flores / que fue de regalo / -las flores / de cuando nace el amor o cuando mueren los hombres. (…)”.
Daniel González Rebolledo: “Extramuros: (…) El tiempo se trabó en la banderola / en un anochecer pleno de olores / cuando aún me abrazaban los jazmines / y alguna serenata ardía de amores. / Después, la casa toda fue quedando / como el mirar umbroso de la anciana / que apenas descorría las cortinas / y bajito lloraba, acongojada. / La soledad tomó cada rincón, / cada mueble de polvo, apolillado, / no hubo ecos de risas en los patios / y todo fue un crecer de yuyos altos. (…)”.
Ventana de Manuel González
Paula Sciutto: “(…) La siesta del sol fatal, que hacía cualquier cortina obsoleta, colándose de a tiras finas y rayando el piso de filos amarillo claro. De a ratos el silencio del barrio se tajeaba con moto desquiciada, o una charla pasajera de vecinos, y en seguida volvía la Calma Reina, que hasta los perros sabían respetar. (…)”.
María del Rosario Sánchez: “Auxilio: La ciudad se derrite. / Me paso la mano por el pelo mojado. / La ciudad derrite mi cuerpo mojado, / mientras él, se aferra a mí. // Cierro los ojos: / nuestra ventana. / La recuerdo cerrada, límite de la expresión. / Entonces reaparece el cuerpo entumecido, / llevado por el deseo de atravesar el pueblo. / Recuerdo que así estaba. // (…)”.
Flavio Crescenci: “Toda ventana esconde un mundo. A diferencia de una puerta (que se abre para que un cuerpo la atraviese, que se cierra para que ningún cuerpo la traspase), la ventana es un asunto más bien de la mirada —paloma fisgona e intimísima, vuelo o retina— y, como tal, medra entre la incierta polvareda que el tiempo deposita en sus vidrios y maderas. (…)”.
Ventana de Paula Sciutto
Manuel González: “Julián y su ventana: (…) Cuando él estaba adentro, la ventana tenía otro color y otra luz. Desde adentro el afuera se veía luminoso, como promesa de felicidad y mil aventuras, pero desde afuera, el adentro se mostraba oscuro, como el fin de la diversión.
Adentro, entre las sombras de la digestión, el tiempo pasaba lento, muy lento, hasta que llegaban los chicos corriendo, gritando y llamando  “al Juli” pal picadito. Entonces él se ataba presuroso los timbos, para no perderse ni un gramo de rayo de sol callejero. (…)”.
Guille Lugrín: “Cuando de niño: Cuando de niño buscaba las formas de las cosas / en el caso de las casas los ojos eran ventanas. / Cuando ya sabía el rumbo de la senda cotidiana / fue en esa ventana que aprendí el misterio de la rosa. // (…)”.
En la exposición de Castañeda hay ventanas, la semilla a partir de la que se construye la historia de una casa, y a partir de las ventanas: palabras amanecidas, y hay, además, pistas que tienen que ver con la geografía de la ciudad/río: “calle y número”. Por ejemplo: Carmen Gadea 232, Carmen Gadea 614, Alfredo Palacios 94, 25 de Mayo 964, Intendente Giménez 132, La Paz 349, San Lorenzo 302. Cada una de estas ventanas tiene, estoy seguro, una pista dentro de la memoria de cada gualeyo. En algún momento vimos cómo la ventana miraba. Claro que fue Fabricio a quien se le ocurrió hacer el disparo de memoria sobre el artilugio mágico.
De charla con Fabricio Castañeda pregunto por el primer movimiento de su propuesta, la besana de fundación: “Nunca hubo una idea de hacer la serie de fotos. Fue un descubrimiento. Me llamó la atención una ventana. La máquina siempre a la mano. Me interesaron dos ventanas, y me di cuenta de que cuando iba paseando le prestaba atención a las ventanas. Fue encontrarme con el tema, sin querer”. Quizá sea la mejor manera de construir una idea: en el después del encuentro. Porque en estas cuestiones del intento artístico, de amor y de trabajo también se trata.
Ventana de Gisela Beer
Fabricio Castañeda y el click que detiene el tiempo: “Mi fotografía viene de la intención de plasmar un momento, un paisaje, pero no pasa de ser un hobby. Trabajo con una cámara básica. Es la inquietud del momento: registrar aquello que me interesa. Quizá por eso tardé tanto en decidirme a hacer una muestra de fotos cuando no soy fotógrafo. Pero en la muestra, la foto es solo una parte de la propuesta, que es integral, hay en ella distintas ramas del arte”. En el caso de Fabricio la fotografía es una especie de puente extendido hacia sus intereses, una herramienta que colabora en su trabajo de guardar historias, principalmente como autor de canciones, de su aldea natal. El convite a los escritores no es más que compartir con pares una de sus formas de trabajo.
Sobre la muestra: “Hace unos 6 meses que la pienso. En un principio quise estimar un número, unas 20, pero cuando la muestra quedó dentro de los festejos por el aniversario de Gualeguay, el número de ventanas quedó en 35. Invite a amigos escritores a trabajar una historia o un poema sobre cada ventana. Pensé la muestra para el Club Social, porque ya hemos trabajado juntos varias veces. Es un buen lugar para esta propuesta”.
Fabricio y los detalles de la noche de inauguración: “La ambientación, la estética del lugar va a estar a cargo de Walter Testa. Está la muestra de fotos y literaria; hay una parte teatral dirigida por Nora Cosso, actúan Damián Lemes, Agostina Pagella, Alejo Saldaña, Melisa Saldaña, Chango Ibarra y Nelson Leonori. La historia a representar: un enamorado le va a dedicar una serenata a la ventana de la casa de la novia, que ya no está; se da un diálogo entre los trabajadores que tienen que derribar la casa y el enamorado que espera a los músicos. Hay otro momento musical en dos partes: una del Chango, Lemes y Agostina, con el tema ‘Ventanas silenciosas’ -de mi autoría, música de Chango- y que tiene que ver con las ventanas de las casas donde vivieron los desaparecidos de Gualeguay durante la última dictadura militar; Lemes va a cantar un tema sobre ventanas de su autoría; el Chango agrega un tema instrumental de su autoría sobre el tema; y Agostina viene con el bandoneonista Nicolás Henrich y va a hacer unos tangos donde aparecen ventanas, ya no gualeyas. Algunos de los escritores, 4 o 5, van a leer sus textos”.
Ventana de Flavio Crescenci
Entonces la inauguración: Club Social de la ciudad/río de Gualeguay, día 17 de marzo. Propuesta de Castañeda, y apoyo del Municipio y el Club.
Me queda por agradecer a Fabricio por la invitación a “escribir” una de sus ventanas. En medio de la charla me enteré de que mi ventana era especial: “La primera ventana que saqué fue la del boliche de Perchivale, hace como dos años”. Recordé algo que escuché a Raúl Emilio Albornoz Castro, más conocido en su barrio como el “Turco”, sobrino del plástico Antonio Castro. Al referirse a la obra de su tío, dijo: “Guardo pinceles y bosquejos de él, a varios los hice enmarcar y los colgué. Me gustan porque es cuando nace la idea”. El Turco y una razón maravillosa. Pienso en la primera ventana, mi ventana, como el bosquejo de una serie, de una muestra, de una pista en la memoria: “Ventanas de Gualeguay”.