domingo, 21 de agosto de 2016

Consejos para el joven Mastronardi

Leer a Carlos Mastronardi (1901-1976) en “Memorias de un provinciano” (1967) puede traer consecuencias, felices consecuencias, como por ejemplo, el viaje en el tiempo: por el propio relato, un verdadero viaje en el tiempo y la memoria de parte del autor, y además un viaje propio de parte del lector.
Así fue como me encontré otra vez frente al Profe Ricardo en el café Margot de Boedo; recuerdo esa tarde en que contestó sobre su dieta alimenticia: No, pollo no como, pollo comen los suicidas. El Profe llevaba desplegada su pipa y su pensamiento de filósofo y poeta. Dio aquella vez su explicación sobre el significado aciago que encierra la ingesta de pollos, razones incuestionables porque eran todas nacidas de su veta de poeta, fantasías verdaderas. La última vez que vi al Profe estaba internado, le faltaba poco para mudarse al otro barrio, me dijo: Edgardo, sabés, me dan de comer pollo, y se reía. Me quedé con la sonrisa, y esa sonrisa pudo más que su imagen recortada dentro del ataúd.
El Gallego en la barra del Cao (foto: Mario Bellocchio)
Así fue como me encontré, gracias a Mastronardi, sentado a una mesa del Cao de San Cristóbal, en la vereda, sobre Matheu, compartiendo la tarde, la charla, la palabra calma, con el Gallego, Manuel Guillermo Pérez Bravo, momentos después de haber dejado su trabajo en la barra del mismísimo Cao, en el preciso momento en que disfrutaba su fernet con coca como solo saben hacerlo los poetas: su poesía estaba en sus dibujos y fileteados, en sus ideas, en su comprensión del paisaje, en su sabiduría. ¿Cómo es que disfrutan los poetas?, es muy simple, hacen todo sabiendo, sintiendo, experimentando la finitud de las historias, de todas ellas y de todos los momentos, por chiquitos que estos sean. Con el Gallego hablábamos de la vida en nuestra ciudad, a esta altura, una Buenos Aires de ayer.
Entre tantos temas charlados con el Profe y el Gallego, inevitable que saliera uno de los desafíos mayores que contienen los días: la relación con la mujer. Ambos personajes citados tenían su rodaje callejero y vivencial, y siempre fue interesante escucharlos. Tuve la suerte de conocer sus puntos de vista, resultantes, como siempre, de las historias transitadas con suertes y ausencias de la susodicha; ambos hablaron de la mujer desde su veta poética. Tuve esa suerte, algo que no le pasó a Mastronardi con el señor Teghizzi: “(…) En una pensión de la calle Piedras al 300, en la cual viví dos años, me fue presentado un viajante de comercio que se llamaba Mario Teghizzi, quien formuló preguntas acerca de la posible duración de un juicio contencioso que se proponía iniciar. Calvo, menudo, secundario, Teghizzi me dijo que era casado y que tenía una cuestión pendiente con su suegro. Frecuentaba la casa de la calle Piedras porque en ella vivía un muchacho, comprovinciano suyo, a quien pedía mínimos favores. Sin embargo, cuando no lo encontraba, su fastidio crecía hasta la procacidad. Lo juzgó un insensato el día en que, no obstante haber pagado todo el mes de pensión, avisó por teléfono que almorzaría en otro lugar. Teghizzi, como tantos hombres de su condición, había perdido todos los sentidos, excepto el sentido práctico. Cuando el trato que mantenía conmigo creó cierta confianza unilateral, me hizo conocer lo que podría llamarse su concepción de la vida. En realidad, se trataba de algunas sórdidas habilidades que le permitían sortear lo imprevisto. Luego de hablarme de los problemas que debe resolver el hombre casado, bosquejó una suerte de filosofía del matrimonio. Me dijo que su mujer era más bien fea y que ello le daba tranquilidad. Recuerdo sus palabras:
-Es mejor una mujer insignificante, como la mía, pues siempre pasa desapercibida y uno se libra de jodiendas y conflictos. Las mujeres lindas, además de rendir poco en su hogar, tarde o temprano ocasionan líos. Yo vivo con los pies bien asentados en la tierra y no me dejo arrastrar por lo vistoso. Busco lo seguro, porque todo el resto es papel pintado. Como soy viajante de comercio, paso muchos días lejos de mi casa. Y si dejo en mi casa una mujer poco llamativa, estoy más seguro de su fidelidad. Nadie la codicia y es difícil que abandone a su marido. Yo tengo organizada mi vida y no quiero cambios ni porrazos a estas alturas. Cuando posea mi experiencia, me dará la razón. Créame, amigo: es buen negocio una fea”.
Carlos Mastronardi
El poeta cuenta, se mira, piensa, todavía impresionado por la “filosofía de vida” de semejante pensador, que Mastronardi califica de “secundario” y de personaje “práctico”, una especie que hoy anda de parabienes en la superficie de este mundo globalizado: “(…) Teghizzi y sus muchos iguales me mostraban una realidad que no era la que yo había imaginado. Cierta propensión romántica me impedía sentir el mundo como un inmenso prosaísmo donde todo tuviera valor de uso. Y un vago sentimiento estético, acaso estimulado por los poetas de la segunda mitad del siglo XIX (según Regnier, ‘vivre avilit’), me apartaba con fuerza de lo inmediato y me inducía a creer que nada oprime tanto el espíritu como la imperiosa noción de provecho. No era el mío, juzgado con estrictez, un principio moral; más bien sospechaba que todo empeño posesivo y todo afán tendido hacia las cosas engendran opacidad y aburrimiento. Pensé que esas direcciones del ánimo no operan ninguna modificación interna, decisiva, pues su fin no puede ser otro que producir un ‘efecto’ social, externo. En grado apreciable, perduraba en mí esa intuición mágica del mundo que es propia de la infancia. Como tantos muchachos provincianos que dejan su medio natal, imaginé que la ciudad era la fiesta, la negación de la chatura y la monotonía. Por eso, cuando cerca de la medianoche, después de haber pasado unas horas en la biblioteca de la Facultad, regresaba por la triste calle Moreno sin encontrar otra cosa que sombra y viento, cerradas las puertas y apagadas las voces, me dominaba una sorpresa parecida al desengaño y me decía que la vida es la misma en todas partes. Pese a mi candor, advertí que las convenciones suelen ser más visibles que la realidad”.
Es cierto, la vida transita altiva o rastrera en todos lados, está en uno tratar de hacer la diferencia, de componer, cada día, el mejor poema que se pueda para escaparle a la chatura de sentimientos, a la sequía aromática en los caminos, a la ausencia de sueños, y con ello colaborar con la construcción de un mundo con justicia, una sociedad donde importa la suerte del hermano, donde se respeta a las personas.
Mastronardi iba de visita a la casa del tío Ricardo, un especialista en dar alojamiento a los amigos. Cuenta el poeta: “(…) Esa costumbre generosa de mi tío me permitió conocer algunos curiosos huéspedes, algunos caracteres singulares. Hago memoria de cierto doctor Centeno, hombre amable y profesor erudito en casi todas las materias ajenas a su especialidad. Me parece que enseñaba Derecho Civil sin mucha dedicación, pero sus conocimientos de botánica, arqueología, semántica y arte incaico eran impresionantes. Le debo muchas sobremesas amenísimas a ese sabio que se aventuraba a conversar conmigo. Solía decirme que para gustar de la vida es preciso adoptar previamente, una posición escéptica: todo lo agradable que pueda ocurrirnos será dádiva inesperada, sorpresa venturosa”.
Queda claro, hay maneras y maneras de entrarle a la vida, hay maneras y maneras de construir nuestro mapa interior. Me gusta fundar la tinta para la escritura de la vida manteniendo la respiración del trabajo en equilibrio, ni en las alturas por donde acostumbra andar el señor Gardel, ni en las profundidades del último tacho de basura. ¿Por qué?, porque, creo, que la vida se da un tanto mejor si nos reconocemos trabajadores de los días, y es sabido, tratándose de días, los hay de muy distinto palo; entonces, siendo un trabajador se está atento al oleaje, ni muy arriba ni muy abajo, en la debida línea de flotación que se ha ganado con el trabajo, porque, eso sí, si hay algo seguro es lo que deja a la vista ese trabajo: el rastro, las señales del tránsito, el relato vibrante: las ganas se notan, se suman, definen muchas veces la mejor cara de la moneda. Después, se puede, cómo no, transitar como el señor Centeno anotando la buena como un extra, una gracia del destino, algo que no lo mareaba al extremo de creer que tenía la vaca atada; y que de ninguna manera la ausencia de premios quiere significar que todo era una reverenda porquería. En todo caso su método hablaba de un hombre atento, cuidadoso, y mucho más evolucionado que el señor Teghizzi, el secundario.

Mientras buscaba encontrarme conmigo mismo, allá lejos en otra Buenos Aires, y hasta lejos todavía de mis encuentros con el Profe Ricardo y el Gallego, viví unos años en San Telmo, y trabajaba en una oficina en Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen. Casi a diario caminaba por la calle Piedras, y entonces pasaba frente al lugar donde vivió Mastronardi; en mi refugio sobre avenida Independencia, estaba a unas cuadras del edificio donde funcionaba la biblioteca de donde Mastronardi salía a la noche para enterarse de la realidad. Y andaba mi muchacho, aquel que fui, aguardando que pasara el tiempo, construyendo alguna idea, una sospecha en torno al universo en el que empezaba a otear con cierto interés romántico. Digo, fue una suerte haber caminado por calles donde siempre transitó la poesía.

domingo, 14 de agosto de 2016

Cachete González: sentirse angélico

Roberto “Cachete” González siempre se las arregla para volver a su patria primera, la ciudad de Gualeguay. Además sabe, a esta altura de mis días gualeyos, que me intereso por su vida y obra. A través del paisaje nos hicimos amigos. Y de esta relación sabe su hija, Marisa, que me sigue acercando material, pistas sobre el andar de su padre cuando creaba desde uno de los mundos posibles. El buen fantasma de Cachete sabe de esta, mi búsqueda, y de este encuentro con su hija, y entonces él también colabora, abre puertas, invita a aquellos que todavía recuerdan desde la vereda de la vida, para que relaten una anécdota, una imagen, y si bien en toda la ciudad circulan sus historias, sus señales, creo, o mejor, me gusta creer que a veces agrega a sus ya mágicos modos, acentos y direcciones para que las historias lleguen hasta mi escritorio de cronista de la memoria.
Fue así que llegué hasta su anécdota como “serenatero” enamorado: en vez de pincel a la mano, llevó en la de pintar: un guitarrero. Era noche de diciembre, como anoté, a la hora preferida de los fantasmas. Cuanto más me interno en los quehaceres terrenos de Cachete, más me convenzo de que sus movimientos en la tierra tenían que ver con su presente de hombre y con su futuro como fantasma. Sospechaba a veces, me digo, que la Parca no iba a poder con él, y como al final de cuentas, la susodicha es una dama, de caballero le jugó los pasos necesarios para que los descuidados compraran la noticia de su muerte, pero no fue más que un gesto galante; se hizo a un lado para que la dama, ella sí, pasara hacia el otro barrio.
Cachete González
Fue a través de las publicaciones y catálogos que me acerca Marisa, que llegué hasta la publicidad de una exposición de Cachete en la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos) en 1990. Ahí descubrí el título de una obra que considero fundacional en el hacer mágico del artista, tanto en la vida como en el arte, dos cuestiones que para muchos puede corresponder como nombres de elementos distintos, pero que en el caso de Roberto González definitivamente significaban lo mismo, un todo, su volcán filosofal. El título: “Hay veces que me encanta dibujar como se me canta”.
Estoy trabajando junto a Marisa en el armado de un blog sobre su padre artista (https://cachetegonzalez.blogspot.com.ar). En medio de este quehacer recibo la fotocopia de una nota sobre una muestra homenaje a Cachete, a poco de su “aparente” muerte, realizada en el Museo de Artes Plásticas Dámaso Arce de Olavarría, en mayo de 1999. En la nota (17 de mayo) del diario “El Popular”, firmada por Guillermo Del Zotto, se informa que la muestra se compone de 10 pinturas de González, y obra de otros plásticos; entre ellos nombro a Carlos Alonso, quien junto a Cachete y Freddy Martínez Howard, son los principales hacedores del movimiento de La Nueva Figuración.
En dicha nota leo: “(…) hay también un retrato del artista plástico realizado por Carlos Alonso”. Una de las fotos de la nota muestra este cuadro, con toda la definición de la que es capaz una fotocopia de una hoja de diario. Pero ahí está, es Cachete. ¿Dónde, cómo conseguir una imagen válida de la obra? Busqué en la red, no está. En esta obra pensé durante una semana.
Recibí entonces una llamada telefónica de una mujer, Elena, de Paraná, interesada en la obra de Cachete. Pude hablar con ella en el Club Social durante esta semana. Ella posee un cuadro del artista, una posesión muy especial. Es del año 1957, y fue un regalo de sus padres. Pasaron los años, la conserva, y esta posesión, su carga afectiva, es la que hoy lleva a Elena hacia una revisita de su pasado, un encuentro con la memoria y su sustancia primera. Para ello realiza una búsqueda sobre la obra de Cachete y otros artistas. En medio de la charla, Elena me cuenta que estuvo en Unquillo, Córdoba, en la casa de Carlos Alonso. El artista la recibió, y en un momento Alonso recordó a Cachete, su amigo. Elena ofreció pasarme el contacto con Alonso. Qué mejor que preguntarle sobre Cachete, y sobre su retrato.
Es a partir de estos “sucedidos”, diría el amigo Deolindo Romero, que pienso en que el buen fantasma de Roberto González anda juntando imágenes, historias, y trata de arrimarlas a mi escritura.
De manos de Marisa recibí un ejemplar de la revista “Plaza Magazine” de 1976, una publicación del hotel Plaza. La revista, dedicada a la difusión de temas referidos a la Argentina (turismo, arte, personalidades) tiene una peculiaridad: sus notas no están firmadas. Una lástima, me digo, porque contiene la nota “La pintura angélica”: “‘La creación se me presenta como la tarea de amalgamar visiones, sensaciones, vivencias ancestrales que uno tiene adentro, con el material que se ha escogido para hacer la obra de arte. Se da en un secreto proceso de elaboración mental, ajeno a nuestra conciencia’.
Así reflexiona sobre su oficio de pintor, Roberto González, un hombre de 59 años, de aspecto campesino y gestos bondadosos, que vive atrincherado con su familia en una amplia casona de Palermo, custodiando decenas de cuadros y recuerdos entrañables de las chacras de Entre Ríos, su provincia natal. ‘Ante su propia obra algunos artistas se asombran y piensan que no han sido ellos los que la han realizado, pues la gestación de esa creación ha sido más inconsciente que consciente’.
González es hoy una de las figuras principales de la plástica argentina.
‘Pintar con óleo es lento, hay que darse un tiempo mayor. En cambio la acuarela es rápida’. Las técnicas que usa González están determinadas por las tensiones de su conciencia de creador. ‘Creo que me ocurre como a todos los pintores. Lo que no puedo hacer en cuatro años de pronto lo hago en dos días. La presión interior ha encontrado salida y entonces uno, ante su propia obra se siente angélico’.
Su producción sigue esos ritmos: a veces profusa, en acuarelas sobre tintas precisas, coloreando los ámbitos en los que se mueven extrañas viejecillas, gatos inigualables, muecas inéditas de Charles Chaplin; otras veces su obra es esporádica, con todo el tiempo propicio para la reflexión de los óleos, profundos, aptos para la espesura de los rasgos campestres.
Sus dibujos y acuarelas se pueden conseguir a 500 dólares; los óleos a 1.000 dólares por lo menos. Sin embargo, no todo es cuestión de precios. La tarea del comprador puede resultar ardua, porque González pinta para sí mismo más que para los demás. ‘Cada vez que tengo que vender un cuadro me pongo de mal humor. Quienes tienen cuadros míos son testigos’.
Nació y vivió toda su juventud en Gualeguay, Entre Ríos. Allí logró hacerse pintor ahondando como pudo la vocación que le venía desde niño. Cumpliendo con un rito casi inevitable de los provincianos, emigra a Buenos Aires donde tiene la suerte de encontrarse con el célebre Emilio Pettoruti, a quien él reconoce como su verdadero maestro.
A las imágenes del campo entrerriano se suman las de una metrópoli complicada, plena de agitaciones intelectuales. Inicia una entrañable amistad con el maestro Carlos Castagnino, quien también influirá marcadamente en su obra. En el año 1959 viaja a París, Bruselas, Ámsterdam, Roma, etc., visitando catedrales, museos y monumentos de artes. ‘En Francia –recuerda- viví dentro del Louvre’.
Actualmente González trabaja en una serie de dibujos inspirados en los personajes del Martín Fierro y en la preparación de una gran muestra de su pintura de los últimos 8 años. Quizá muchas de estas obras vayan a engrosar pinacotecas de Brasil, España, Estados Unidos y Francia, los países desde los cuales recibe pedidos con mayor frecuencia. Ninguna de estas contingencias alterará sin embargo el ritmo de una vida que tiene un objetivo central: la incesante creación y el cultivo de la arrogancia de ser artista”.
Es la primera nota de todas las leídas hasta ahora sobre Cachete González que guarda varios testimonios directos del plástico. Una especie de mínima entrevista.

“Sentirse angélico”, o sentirse feliz, realizado, a través de la tarea en tránsito o terminada. La primera vez que escuché la palabra “angélico” utilizada en relación al arte que algunas personas pueden desarrollar a lo largo de sus vidas, fue en el disco del Tata Cedrón: “Cuarteto Cedrón canta a Raúl González Tuñón”, entre los temas musicales discurre una entrevista que el Tata le realizara al poeta. Ahí, desde ese lugar en el tiempo, en mi memoria, supe de los seres angélicos, referido el calificativo a existencias apasionadas por la escritura del poema necesario que nos lleve a ser personas, artistas de la vida. Es el caso de Cachete, un ser angélico que va y viene entre los dos barrios.

domingo, 7 de agosto de 2016

Otro ayer de Mastronardi

El dios Tiempo permite a todo mortal que así lo desee encontrarse con el rastro de la memoria, propia o ajena, a través del ejercicio de, por ejemplo, la lectura, que puede ser sobre uno mismo, se lee muy bien parado frente al espejo del baño, o bien depositando el interés sobre la mirada de otro, y en este caso es recomendable leer sobre libro, mirando una foto o escuchando un relato oral a orillas de un churrasquero.
Fue el dios Tiempo quien me propuso una nueva incursión sobre “Memorias de un provinciano” (1967) de Carlos Mastronardi (1900-1975). En la última nota, salida de mi diario, de mi ruta de lectura concebida a partir de libro tan sustancioso, había dejado a don Mastronardi cursando estudios en el colegio nacional de Concepción del Uruguay.
Desde aquel tiempo y lugar, el muchacho que todavía no era poeta, regresaba en la escritura del hombre, al que tanto le gustaba preguntarse por su identidad, por sus estados de ánimo, como si la escritura misma, allá en los 60, le abriera la puerta para saber más de él; y esto, más allá de todas las consideraciones que, como se verá, hacía con referencia a la susodicha escritura.
Anota Carlos Mastronardi: “(…) ¿Quién fui? Intento recordar cómo era entonces, pero nada recupero de mí mismo que posea algún interés. No veo ningún rasgo singular en ese pasado, pues no hice otra cosa que dejarme vivir. Sacrificaba en el ara de la desprevención y el abandono. El pelo inculto caía sobre la nuca. No tenía novia ni frecuentaba bailes. (…)”. Afirma el poeta que “no hice otra cosa que dejarme vivir”, y entonces, creo, dice mucho sobre su esencia primera al momento de iniciarse como caminante atento a la vida. Me ocurre con este escritor lo siguiente: de alguna manera y en diferentes pasajes, me encuentro con la sensación de que con Mastronardi nos conocemos mucho; me identifico con su fantasma memorioso, hablo de sensaciones aparecidas: creo que podría afirmar que no hice más, en todos mis años, que dejarme vivir.
Pienso que la vida toda se nutre de regresos; vienen a mi memoria unas líneas de un poeta amigo: Víctor Pajarito Cuello: “se vuelve de los ojos / se vuelve de los abrazos / siempre se vuelve // (…)” (Se vuelve de los ojos de “Ladrillo escrito y otros poemas”(2015)), y Mastronardi siempre vuelve, siempre va de regreso, hasta el muchacho que fue, hacia el hombre que es y escribe, y otra vez, hacia aquel muchacho que volvía a Gualeguay en vacaciones: “(…) Venían las vacaciones y, como es natural, las pasaba en mi pueblo. Los estados y las experiencias que viví en esos períodos, vistos desde lejos parecen homogéneos y simples, pero a medida que intento reconstruirlos compruebo su diversidad y sus muchos niveles, es decir, me parecen intransmisibles. En toda forma literaria hay una simplificación y un escamoteo. Ahora bien: cuando se trata de años y no de horas, cuando se renuncia a la sucesión prolija para decir conjuntos, la realidad así tratada se empobrece y reduce en grado lamentable. De ahí que toda expresión de esta índole tienda necesariamente a la caricatura. Sin embargo, el hábito ‘naturaliza’ deformaciones y sinopsis, de suerte que la caricatura acaba por parecernos retrato”.
Lo afirmado por Mastronardi referido a la escritura es una verdad, una de ellas, porque muy cierto puede ser la simplificación y el escamoteo, pero en cuanto a la caricatura naturalizada que deviene en retrato, digo, pienso, ¿acaso no es una manera de definir la literatura con algún tipo de distancia enojosa?; la aparición de las bondades literarias puede establecer la relatividad del recuerdo, quien hace memoria sabe que no era tan así, pero a la vez que decreta la imposibilidad del regreso certero, habilita toda escritura a la reconstrucción a través del aroma de una esencia que va más allá de las certezas históricas; es el nacimiento del maravilloso reinado de la sospecha, de aquello que pudo haber pasado y que tan bien complementa el esqueleto de esa memoria. Luego, bienvenida la verdad literaria que me acerca, tal vez, a lo más valioso de la experiencia del recuerdo.
Entonces, de vacaciones: “(…) El recuerdo de los veranos pasados en Gualeguay, al término de las clases, me devuelve horas alegres y sombrías, animosas y desganadas. No puedo reducir esos largos períodos a un estado firme y único, a un común denominador. Volvía después de mucha ausencia, y esos retornos se sucedieron durante cinco años; por tanto, siempre llegaba un desconocido. Unas veces padecí soledad; otras, anduve con amigos. Durante las primeras vacaciones me sentí marginal y solo. Los copoblanos de mi promoción también habían regresado, pero eran muy pocos y estaban en el campo. El hecho de no tener compañía generaba en mí una absurda vergüenza, como si me reprochara el verme desasido y fuera del mundo mientras los otros conseguían la fiesta. Para sumarme a los demás era preciso que resolviera un problema de estilo, una cuestión de procedimiento. Incapaz de soluciones, salía lo menos posible y entregaba el tiempo a la lectura. Contrariamente, en el internado anhelaba la soledad. Compruebo con extrañeza que, traspuesta la adolescencia –quizá más lastimosa que la vejez- el sentimiento represivo que rememoro desapareció para siempre, como si la afición al retiro y al silencio se hubiese fortalecido con los años. Empecé a bastarme cuando ya podía establecer vínculos con todo el mundo. (…)”.
Hasta aquí el regreso al muchacho y sus estados de ánimo, ahora el regreso a dos lugares del ayer gualeyo: “(…) Una tarde salí a caminar con un muchacho que también había vuelto del colegio, donde brillaba en las clases de anatomía como si la medicina ya fuera su destino. No teníamos rumbo fijado; el azar nos llevó hacia las afueras pobladas de quintas. Al bordear el paredón del cementerio, se nos ocurrió entrar en el recinto luminoso, tranquilo. Era grata su paz, pero al llegar a los fondos nos enfrentamos con el osario rebosante y anónimo. El colmado pozo estaba a nuestros pies, expuestas sus reliquias a las miradas de todo el que quisiera repetir la escena de Hamlet. No habíamos salido en busca de esa experiencia; antes bien, nuestra visita a la muerte fue casual, imprevista. Para olvidarla, durante algunos minutos buscamos inútilmente un tema trivial que pudiera devolvernos al mundo.
La plaza Constitución era el sitio donde regularmente se juntaba la gente moza, pero en aquellas vacaciones solitarias en que yo andaba como apabullado, la caminé pocas veces. Frente a ella relucía el café más importante del pueblo, en cuyo tablado, tendido sobre la calle, había una docena de mesas. En las noches de enero y febrero ese ventilado lugar se llenaba de parroquianos, en su mayoría hombres de mediana edad. ‘El Cóndor´ se llamaba aquel tradicional comercio donde los ‘habitués’ solían ocupar las sillas durante cuatro o cinco horas. Vacaciones tras vacaciones, al pasar por allí, reconocía a don Pedro Nolfi, a don Manuel Ogara, a don Amadeo Boursuy, todos ellos pequeños rentistas que mataban el tiempo, pero que sólo herían a los vecinos ausentes. Respecto de los hechos locales, su versación era óptima. Ajenos a los problemas que escapaban a su observación directa, concedían una atención verdaderamente honrosa a los copoblanos. Los vi en ese tiempo y los volví a ver mucho después, siempre locuaces y gesticulantes en el tablado, pues se mantenían fieles al lugar y encontraban goce en el cultivo de la costumbre. Era perfecta su información acerca de las operaciones hipotecarias o de venta que se realizaban en el pueblo. Antes que individuos me parecían símbolos del ambiente sobre el cual gravitaban de manera sutil y paulatina. (…)”.

Mastronardi cuenta una aventura de muchacho que lo llevó hasta uno de los territorios de la muerte y el olvido, o más que aventura, una imagen; y de imagen también se trata cuando señala a los habitués al comercio en plaza Constitución. Es la primera vez que en mis lecturas y aprendizajes gualeyos aparece el nombre “El Cóndor”, ¿frente a la plaza como estaba El Águila? Me prometo investigar al tiempo que esta última imagen, me digo, encierra mucho más. Se trata de la mirada, sí, primero la de Mastronardi para fijar el recuerdo, la foto, pero después se trata de la mirada de estos personajes sobre todo lo que veían en Gualeguay. Si bien Mastronardi aclara que “mataban el tiempo, pero que sólo herían a los vecinos ausentes”, todo esto basado en el manejo discrecional de la información que la misma sociedad gualeya generaba en el paisaje. Una práctica poco feliz de estos hombres de mediana edad del pasado. Mucho cuento andaría por Gualeguay en esos días para tener estos faros vigías en la plaza. Por suerte, pienso, hay muchos temas sobre los que supongo se ha mejorado en la ciudad y su gente. No sería una buena práctica esta manera devaluada del recuerdo sobre la vida de los vecinos. No estaría bien, porque si esto sucediera hoy haría falta una pluma que atenuara, todavía con más humor y cariño, las figuras de los hacedores de juicios y chimentos.

domingo, 31 de julio de 2016

Serenata y libertad

Escribía en la nota de la semana pasada la anécdota que me contó una dama anónima de Gualeguay. En ella hacía referencia a la presencia de Roberto “Cachete” González como hombre decidido a dar una serenata a una damisela. Hacía referencia al paisaje, a que uno nunca sabe de la totalidad de los elementos que lo forman, y bien lo supo Cachete que llegó con el guitarrero, y la dama estaba sentada al lado del novio. Pero antes, el hombre que era Cachete, había decidido hacer la jugada, sin tener todos los pájaros en la mano, tan solo teniendo en el pecho el plumaje de la pasión. Imagino que Cachete habrá pensado en el hecho innegable, comúnmente señalado con la frase: “el ‘no’ ya lo tenés”. Especie esta de la que muchos hemos echado mano cuando había que encarar, porque se la pretendía y se la soñaba, a la damisela más linda, la más interesante, la que prometía el paraíso en la mirada.
Aun conociendo el porte del desafío, uno encaraba, el hombre enfrentaba la cordillera de los Andes e intentaba el cruce. En la nota hacía referencia a una película: “La pandilla salvaje” (The wild bunch) (1969) del director norteamericano Sam Peckinpah, el apóstol de la violencia; un director que realizó unas pocas películas notables, y otras en las que dominaron la obra, y las tijeras, los productores. En la mencionada, una de las mejores, un western terminal, esas historias que transcurrían cuando el oeste norteamericano quedaba de lado o era aplastado por la civilización del capital ordenado, un grupo de amigos, hombres fuera de la ley, se proponen salvar a un amigo preso por un general mexicano. Se escucha la frase decisiva en la puerta del prostíbulo donde la pandilla mata el tiempo pensando en la suerte del amigo: “¿Por qué no?”. Confirman la carga de las armas y caminan por las calles de una ciudad pobre para hacer la jugada, el intento, el cruce de los Andes, la serenata, en este caso, sangrienta; porque estos hombres ante todo eran amigos, tenían un código que no estaban dispuestos a dejar de lado. Entonces, en una de las secuencias antológicas de la historia del cine, la violencia se desata y se lleva puestos a propios y extraños.
La pandilla, liderada por William Holden y Ernest Borgnine, sabía que el “no”, lo imposible, ya lo tenía, y sin embargo, salieron a la calle. “La pandilla salvaje” es una película a la que siempre vuelvo, por muchos de sus valores, actuaciones, cuidado estético, riqueza en el guión, y ante todo, por su parada ética, por esto mismo que acabo de escribir: jugarse en pos de lo que se cree, de los valores que se defienden, de la poesía que más nos gusta. Hay un terreno, debería haberlo, en las personas, en que nada es negociable, yo llamo a ese territorio: mis patrias internas. Hay muchas situaciones o acciones con las que no estamos de acuerdo, y la mayoría de las veces estamos obligados a hacerlas; entonces no deberíamos dejar de hacer o de intentar, aquello que nos hace felices, que nos acerca a la plenitud, esas acciones que nos permiten, cada mañana, mirarnos al espejo del baño y no sentir desprecio por el muchacho amanecido.
Marisa González, hija de Cachete, luego de leer la nota, me dijo: “Es cierto, a mi viejo lo tenía sin cuidado el ‘no’ del otro. Lo que avanzó fue producto de ir corriendo esos temores”.
Ayer mismo me encontraba trabajando con material sobre Cachete, que me acercó Marisa. Y me encontré con un afiche de publicidad de la exposición de Cachete en SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos), ubicada en calle Viamonte, a unas cuadras del Bajo, en Buenos Aires. La muestra se desarrolló entre el 24 de setiembre y el 12 de octubre de 1990. Entre las obras que Cachete expuso en aquella oportunidad, hay un título que atrapa mi atención: “Hay veces que me encanta dibujar como se me canta”.
Me pregunto cómo será el cuadro, espero encontrarme con él en algún momento, poder identificarlo. Cuando leí este título, pensé en la serenata de Cachete en Gualeguay, y pensé en que este hombre nunca perdió de vista la sustanciosa y necesaria presencia de la libertad.
Cachete González
Cachete era un artista, y como tal, era un hombre que necesitaba las manos libres, y las almas en las manos para subirse al impulso. Quizá todo se trate de seguir al susodicho, de subir al impulso creador que nos saque de la contemplación del paisaje. Si bien es necesaria la contemplación atenta, a conciencia despierta, es también necesario romper amarras con el muelle y dejarse partir. Caminar hasta una casa para dar una serenata en el silencio de una medianoche en Gualeguay; caminar hasta el taller, aunque Marisa me cuenta que en las casas sucesivas de Cachete, todas ellas eran taller, cada uno de los ambientes, y en ese taller había obras y sobre ellas, algunas veces, eran hasta los mismos hijos del artista los que intervenían con algún garabato; decía entonces, caminar en el taller que era la casa toda, y pintar en esas veces en que le encantaba pintar “como se me canta”, y ahora que anoto, me digo, otra vez una canción, claro, la de la libertad de decirle, por difícil que fuera la parada, estoy enamorado de vos, mujer; y la libertad de pintar como cuando fue la primera vez, libre de todo saber, libre de todo condicionante, libre del barullo, siempre el barullo, lo llamo así pero por la cantidad nutrida de voces que por lo general habita en la cabeza de un creador, voces e imágenes que le cuentan, que le sugieren, que le exigen, ah, las voces que habitarían en los pensamientos de Cachete, y la música, y las palabras de tantos poetas haciéndose canción, formando rondas alrededor de una imagen de mujer, o de un cuadro que cante de gatos, payasos, Chaplines y otros aparecidos.
Llueve sobre la zona de chacras gualeya, y pienso en Cachete desde que desperté, pienso en él y en el título del cuadro; así anduve media mañana hasta que yo mismo me dispuse a escribir la nota para el diario como se me canta, hablando exactamente de ello, confesando que no tengo más en mis manos: un pintor y el título de un cuadro, y que haberme encontrado con esta sociedad, ella o algo que tiene que ver con ella, más el impulso de escritura que me funda desde que tengo memoria, me dice, como si las estrellas del “Nocturno a mi barrio” del Gordo Pichuco, me dijeran a mí también, vení, quedate aquí. Pero sé que no fueron las estrellas sino, quizás, tal vez, la lluvia, la que hoy se metió en mi chamuyo con Cachete. Esa misma lluvia que limita y libera. Porque cuando llueve uno elige los movimientos posibles dentro de Gualeguay, y más con tanta tierra durmiendo frente a la puerta de mi casa, esa misma tierra que a poco de saber de humedades se transforma en barro; cantidades de barro como para nacer miles de Golems gualeyos que, es sabido, toman vida ni bien se les coloca en la boca un pedazo de galleta; y entonces, decía, la lluvia limita, pero a la vez es la que mejor abre mi puerta para salir a jugar al patio, para pensar en otras instancias, además de las terrenas. Qué hacer, cómo no hablar con fantasmas escuchando el murmullo de los muertos jugando a la lluvia, jugando a acariciar las chapas del techo de mi casa, cómo, de qué manera entonces encarar la escritura de una nota otra; imposible, en cambio sí, puede ser, un poco de información, mínima, y después suposiciones, razones en sintonía poética, y esto quiere decir: especies poco comprobables, pero de una realidad tan húmeda como el barro que ya rodea la casa.
Escribir como se me canta, le digo a Cachete, es exactamente hacer esto que ahora hago, sumar imágenes que fijan su acierto o no en sensaciones, y la libertad de querer contar, de liberar ese revuelto gramajo que muchos llevamos dentro, y que poco quizá tenga que ver con una nota para ser leída en domingo, en la ciudad de Cachete, en la ciudad en la que hace tres años me juego los días de la mejor manera que me sale. Escribo mejor en días de lluvia, creo que vivo mejor en días de lluvia, me acuerdo más de mis padres, de mi hermano, de nuestras distancias; me acuerdo más de mis amigos en la gran ciudad, en los muertos que allá quedaron y que sin embargo están conmigo; me acuerdo de Diego Ruiz, un amigo y un gran trabajador de la memoria, compañero del periódico Desde Boedo, que hoy se está jugando el pellejo en una clínica. Por todo esto es que le contaba a Cachete que tanto lo entiendo cuando se va de serenata tras la felicidad, cuando pinta como se le canta porque pinta en pos de la felicidad, y le confieso que el dios más grande de esta vida se llama Tiempo, el señor Tiempo es al que todos deberíamos elevar la oración; y no hablo señalando el tiempo que se gasta cuando nadie presta atención, no hablo del tiempo que se fuma como un cigarrillo, hablo del tiempo, del otro, el que nos acunó, nos acompañó, de ese tiempo que en algún momento nos va dejar a un lado del camino. Alabados los seguidores de este dios que practican el rezo de la memoria, para saber de dónde vienen y para saber también a dónde van; y en esto de ser humanos, alabados y comprendidos ellos, nosotros, porque es de esta manera cuando más se ven las ausencias. Pero atención, este dios es el que también te da la chance de descubrir el mundo fantasmal que nos rodea. Dice el dios Tiempo que nada se acaba mientras alguien recuerde, mientras algunos abran los libros y se pregunten por los cuadros y las fotos. Le decía esto a Cachete, un especialista en volver para una serenata o para pintar como se le canta, y también para alentar a este escriba en un día de lluvia. Este día está para ver una vez más “La pandilla salvaje”, y correr un poquito más el “no” de los demás, y los miedos, y así andar como se nos canta.
William Holden: ¿Por qué no?

domingo, 24 de julio de 2016

Serenatas gualeyas

La distancia puede tener su influencia traicionera en la mirada de un hombre que vive en una ciudad e intenta armar el rompecabezas del amor en otra. Ese hombre además intenta agasajar esa pulsión salvaje que lo lleva siempre hasta la más bella de las damiselas, es decir, la que primero tiene a la mano; en ese “mientras tanto” dice presente el hecho nefasto de la distancia: o sea, cuando la amada soñada acredita domicilio en otra ciudad. El paisaje es otro, no es lo mismo Buenos Aires que Gualeguay a la hora de descorchar las verdades necesarias; llegar de visita no alcanza, incluso ser amigo de la familia tampoco asegura un triunfo, aunque más no sea, temporario, contra los molinos de viento con que se emperifolla cada centímetro del llamado destino. El hombre es artífice de su propio destino, una mentira acentuada en los 90, cuando el primer miserable. No siempre, hermano, por más que muchos aplaudan la especie en este presente.
Llevaba muchas horas viajar de Buenos Aires a Gualeguay, horas que un hombre pensante y apasionado -como el personaje del episodio que en breve se conocerá- utiliza para planear el lance con la historia. Este hombre intentará, ya lo decidió, atajar el penal de su vida. La distancia, la diferencia de paisajes, la ignorancia de las trampas del destino, las incongruencias en las que siempre se fundan las historias de amor, patean el penal, y el arquero de Estudiantes adivina la punta, y vuela.
Imagino que vuela como volaba cuando tomaba pincel, témpera, tintas, lápices, papeles, cartones, maderas, cajas de pizza o servilletas de bar, y dibujaba las aristas pinchudas de la vida.
Era sabido, Cachete González era muy enamoradizo. Ella tenía quince años -ella, la que elige guardar su nombre-, y él le llevaba 8 o 9. La miraba, y ella se daba cuenta. El sueño de Cachete coincidía con la cercanía de las noches de navidad y fin de año. Entre algarabías varias andaba el destino del artista.
Encaró Cachete, como todo hombre decidido que sabe que el “no” ya lo tiene, y entonces se preguntó: ¿por qué no?, como en el final de la película “La pandilla Salvaje” (1971) de Sam Peckinpah, y caminó por las calles gualeyas a jugarse otra estocada por el amor y la justicia. Caminaba Cachete y caminaba el guitarrista, ambos prestos a desenfundar una serenata cerca de la hora preferida de los fantasmas: la medianoche (es que desde siempre Cachete anduvo practicando para llevar, como hoy lleva, su vida de buen fantasma para felicidad de todos los gualeyos).
Llegaron a destino. Hacía mucho calor. Los padres de la dama estaban sentados en la puerta de la casa, y ella -junto a su novio, el que luego sería su esposo- estaba sentada en uno de los tres escalones que había en el zaguán para acceder a la puerta cancel. Ella se puso de novia desde muy joven, y Cachete vivía en Buenos Aires, y eran otros los tiempos y los paisajes; no había manera, a veces, de saber o adivinar tanto.
Qué momento, no había otra chica en la casa. Ella declara que siempre tuvo bastante oído. Cachete cantó feísimo. No hay recuerdo de qué cantó, quizás algún valsecito de aquella época. Ahí estaba Cachete, parado en la calle. En la casa, el público hacía sus cuentas: ¿para quién era la serenata: a la familia, al papá, a la nena o al novio de la nena? El caso es que todos callaron, también Cachete que, después de cumplir con la parada, marchó hacia la noche gualeya. Adivinó la punta, voló como vuelan tantos jugados de espíritu, pero no llegó, apenas rozó la felicidad.
Desde que conocí esta historia que pienso en las serenatas gualeyas. Silvia Aída Ceballos, una de mis cómplices cuando se trata de buscar memorias, guarda recuerdos, y además hizo algunas preguntas.
Silvia Aída me dice que: “El interesado en dedicar una serenata buscaba a alguien que tocara la guitarra y supiese cantar. Lo acompañaba en el momento de la dedicatoria”. Pienso, se ve que a Cachete no le dio para contratar guitarrero y cantor, todo en uno.
La casa de los tres poetas (foto de Julio Montana).
Silvia Aída vivió muchos años en la casa donde vivieran tres poetas gualeyos (Juanele Ortiz, Amaro Villanueva y Gamboa Igarzábal), hoy queda la ochava frente al parque Quintana; sirve de refugio a un kiosco. En ese barrio del parque se identificaba a los siguientes músicos: “Entre los cantores estaban: Pierino González, Héctor Troncoso (Toto), y Samuel, que tenía un boliche en la esquina de Narvarte y 25 de mayo”.
Me cuenta Silvia que se estilaba golpear la ventana. Imagino que luego se cruzaban los dedos. Entonces desde adentro de la casa se contestaba con el típico: ¿Quién es? Era cuando el enamorado respondía: Serenata. Si había suerte y entonces aceptación, venía la dedicatoria, y algo fundamental: de parte de quién venía el intento de búsqueda de la felicidad.
Silvia Aída hace memoria: “Recuerdo que en una oportunidad, en la casa de mi infancia, coincidía el espacio físico en que se daba la serenata con la letra de la canción. Decía: ‘Vine al pie de tu vieja ventana, mi bien, / a ofrecerte, mi vida este canto de amor / (...) Asoma tu carita y no me hagas más sufrir, / (...)’, esta serenata se la dedicó Julio Suárez a su novia Laura Ceballos, y el cantor y guitarrero fue Samuel”.
Julio Suárez eligió “A tu ventana”, un tango de Ambrosio Río con música de Guillermo Barbieri.
Continúa Silvia: “En esa misma ventana cantó Pierino González, con el punteo de la cuerdas entonó una canción que decía: ‘Te quiero, ay / mi linda muñequita / yo sé que tú comprendes / la pena que hay en mí. // Te adoro, ay / mi linda muñequita / yo sé que tú comprendes / mi amor sentimental. (…)’. Esta fue dedicada a Lucrecia, otra de mis hermanas”. En los años 50 la canción era interpretada por el trío Los Panchos.
Silvia Aída en esos años tenía aproximadamente 13 años, afirma que: “Eran canciones que todos entonábamos, porque eran acorde al romanticismo que vivía la juventud”.
Un gualeyo residente en Buenos Aires, el señor Ernesto Schlotthauer, le contó a Silvia Aída sobre una serenata de la que fue testigo. Fue una serenata ofrecida sobre calle San Antonio, donde había casas con balcones. La agasajada y familia salieron al balcón a mirar a los actores. Y al finalizar, los padres agasajaron con una bebida, en agradecimiento por la atención. En esa oportunidad el cantor y guitarrero fue Toto Troncoso.
Aclara la memoriosa que: “También estaban los que no se animaban a cantar, y los que no sabían nada de guitarra. En esos casos daban serenata con una victrola. En una oportunidad el disco quedó fijo en el mismo surco, entonces el enamorado salió corriendo con la victrola abajo del brazo. Fue muy gracioso”.
El Negro Cueva, de San Nicolás, le contó a Silvia que por la zona del club Sociedad Sportiva había un cantor guitarrero que era contratado para dar serenata. Se llamaba Mateo Martínez.
Agrega Silvia: “Los que tocaban con acordeón y guitarra eran los hermanos Covitti, quienes daban serenata a distintas familias conocidas. En esta oportunidad no cantaban canciones de amor, dedicaban tangos, milongas y valses. Se los convidaba con botellas de bebida, caña o ginebra en invierno, y con sidras, si era fin de año”.
También les tocaba dar serenata a jóvenes inexpertos que por ejemplo, se enamoraban de mujeres un poco mayor que ellos, y además pertenecientes a la categoría de viuda. Iba un joven enamorado de una viuda con una guitarra, sin saber música, y se largaba a cantar letras escritas por su propia mano y alma. El amor quemaba, y entonces a jugarse. Contaba Yolanda Almada, hija de la viuda: “Que en esas ocasiones no se le agradecía”. Había un elemento: para realizar la jugada, el enamorado necesitaba de un empujoncito, y ese toque podía ser, y era, contraproducente para la conquista. Para animarse a golpear la ventana, el joven, el muchacho que pretendía, había pasado previamente a tomar unas copas en el boliche.
Pensaba en Cachete González y en la falta de información por causa de la distancia entre las geografías de los protagonistas; pero pienso en que, al final de cuentas, todos terminamos dando serenatas sin tener toda la información. Tomamos la guitarra y las palabras y hacemos la jugada, así nosotros, los hombres, y ellas, las que toman, a su vez, el puñado de sus sueños, ganas y planes, y entonces se disponen, sí, “¿por qué no?”, a escuchar, tal o cual música. Nos cantamos a nosotros mismos, y ellas escuchan sus propias canciones; luego, en muchos casos, diría que en la mayoría, no se pasa de la mirada sobre uno mismo. Cuando se toma la guitarra para dar serenata, y cuando se dispone a la escucha, tanto en el bolsillo del caballero como en la cartera de la dama, habría, me digo, que esquivar el calor del verano, porque apunta al calor del desierto, y es ahí donde se dan con mayor frecuencia los espejismos, esas películas que filmamos nosotros mismos. ¿Puede salvar una guitarra, la palabra en la canción?

Descorcho la botella que me pasaron a través de la reja, y brindo a la salud de la eternidad del enigma, la incertidumbre; no hay, por suerte, final cantado para ninguna historia.

domingo, 17 de julio de 2016

Mastronardi recuerda...

Hay libros que se guardan en la memoria de manera especial. No me caracterizo por guardar rastro lúcido de argumentos y desarrollo de ideas; digo sí que guardo imágenes, pistas, y ante todo mi paisaje interno guarda en mi memoria la sensación emotiva que esa lectura dejó entre mis almas. Soy de los que recomiendan un libro más por el recuerdo de la feliz intensidad en la lectura, que por la pista cierta, clara, estrictamente intelectual, que todo buen libro deja en el lector. El libro deja memorias dormidas, memorias que a veces no sabemos que quedaron, y que a fuego lento esperan la oportunidad de salir a jugar al patio de los días. Pero repito, primero es el sabor, el aroma del libro, la palabra en la piel de las almas.
Dentro de esta categoría de la felicidad ubico y recomiendo la lectura de “Memorias de un provinciano” (1967) del gualeyo egregio Carlos Mastronardi (1901-1976). Creo, además, que es una lectura amiga para todo habitante atento de la ciudad de Gualeguay. Mastronardi hizo, y hace memoria, cada vez que abro su libro, diría que muchas veces hace memoria y magia.
En el capítulo VI del libro: “El colegio histórico”, Carlos Mastronardi se ocupa de los recuerdos relacionados con su paso por el colegio: “Cumplido el curso elemental, como en mi pueblo no había colegio secundario, mis padres dispusieron enviarme a Concepción del Uruguay para que prosiguiera los estudios. Por entonces gozaba de sonoro prestigio el colegio nacional que fundó Urquiza en la ciudad que hasta 1883 fuera la capital de Entre Ríos. (…)”.
Hay en Mastronardi una capacidad especial para contarse, para detenerse en el tiempo y mirar al pasado para hacer foco en la persona, en este caso, del muchacho al que la mecánica de la vida lo llevaba hacia adelante, hacia un nuevo paisaje, digo, hacia un nuevo planeta. Especialmente esta parte del relato me llegó en profundidad, hay palabras que utiliza el escritor, que muy bien podría usar en mi propia vida de muchacho, por ejemplo: el diálogo y el apartamiento, y esa sensación de tranquilidad que aparece después, cuando la fiereza de la bestia trasmuta en tesoro: el valor de haber afrontado, como se pudo, en todo momento de la vida hacemos aquello que podemos y nada más, los riesgos de una vida que sorprendía, empujaba, y que exigía con urgencia, a pesar de que uno estaba entrando en el período en que nos creemos inmortales.
Cuenta Mastronardi: “(…) Una nueva vida empezaba para mí, ya que pronto me alistaría entre los muchachos del internado. Mientras regresábamos al hotel, y también durante la noche, pensé que el conocimiento de numerosos rasgos y caracteres me sería grato, pero también me dije que en toda congregación de ese tipo la vida privada queda poco menos que abolida. Volví a ver los dormitorios y comedores colectivos, los roperos numerados –al día siguiente me dirían que depositase mi ropa en el que llevaba el número 39- y los impersonales casilleros donde se guardaban los libros y cuadernos. A pesar de gustarme la vida de relación, siempre me sentí inhábil en su ámbito, pues sucesivas experiencias me habían demostrado que no intuía bien lo que otros esperaban de mí. La adopción de una ‘forma’ es el principal problema del adolescente. Pero además de ese problema, había en mí cierta vocación de penumbra y de secreto que no era incompatible con el anhelo de comunicación y la palabra festiva. En suma, me atraían con pareja fuerza el diálogo y el apartamiento, el bullicio y la soledad. Me sospechaba, eso sí, lento y destituido de agudeza para acertar con los propósitos o los afanes de los demás. Cuando arriesgaba alguna salida humorística, ese defecto se hacía más lamentable, a la vez que originaba situaciones difíciles. Lleno de expectación y de inquietud, con la nostalgia de lo que había dejado, me dispuse a enfrentar la nueva condición, sujeta a normas disciplinarias que no tardarían en volverse costumbres, imperceptibles movimientos mecánicos. Sentía la turbación que ocasiona todo lo incierto, pero es mejor haber pasado por esa oscura experiencia. Cuando ya no somos sus prisioneros, las circunstancias sombrías se transfiguran y se vuelven tesoro. En el recuerdo, las desgracias antiguas son mansos placeres. Ahora, todo aparece dulcificado por el tiempo; entonces, la realidad me llamaba con su voz inmediata para imponerme un cambio brusco y total. En la pieza del hotel que compartía con mi padre, el día del ingreso, como un tonto que no pudiera enfrentar la vida, me sentí apenado. Mi pena fue la del tucumano Aráoz en 1857; dos lágrimas humillaron mi rostro”.
Carlos Mastronardi
En este pasaje está, creo, el germen del escritor, esa capacidad dual para mirar adentro y afuera, esa atención extra, estoy convencido, es la que puede abrir el camino creativo en una persona. Todo puede suceder cuando se abre la capacidad de la mirada sobre la aldea que nos rodea: adentro y afuera, hoy y ayer, cerca y lejos, todo condimentado con el pensamiento y la palabra.
Mastronardi nombra a al tucumano Aráoz. ¿Quién es Aráoz? Un alumno del colegio de Concepción del Uruguay. Aráoz es autor de unas notas que fueron publicadas en La Gaceta de Tucumán en 1924. En ellas da cuenta de su viaje a caballo hasta el colegio y da algunas pistas sobre sus primeras vivencias en él. Ocurrió en 1857, una eternidad antes de la llegada de Mastronardi. La dirección del colegio en tiempos de Aráoz estaba en manos de Alberto Larroque (1819-1881), cargo que desempeñó entre 1854 y 1863. Larroque había sido invitado por Urquiza, y su alejamiento se debió por diferencias con el mismo Urquiza.
Cuenta Mastronardi desde su lectura de lo escrito por Aráoz: “(…) Como no había cama disponible, la primera noche Aráoz debió dormir en una mesa sobre la cual se tendieron dos mantas. Con el cuerpo dolorido, no sólo por la dureza de la improvisada cama, sino por cinco días de viaje a caballo, a lo cual se sumaban las emociones propias de todo cambio de ambiente, cuando sonó la campana mañanera, apenas pudo incorporarse para iniciar sus tareas. En un medio que desconocía, lejos de sus padres y todavía niño, se sintió muy deprimido y en sus ojos hubo lágrimas. Sin embargo, no tardó en adaptarse a las nuevas circunstancias.
Mucho impresionaron al nuevo alumno las clases de Religión que dictaba de modo provisional y quizá con espíritu demasiado libre, el doctor Larroque, que debía reemplazar al capellán ausente. Dichas clases se regían por el catecismo del padre Astete. Recuerda Aráoz que cierto día, al considerarse el capítulo sobre las penas y los premios en la otra vida, las palabras del profesor lo llenaron de claridad y le permitieron librarse de oscuros temores.
-¿Cuántos infiernos hay? –interrogó a un alumno.
Una vez oída la ortodoxa respuesta, el doctor Larroque entró a comentar la cuestión en un lenguaje adecuado a la receptividad de los oyentes. Ignoro si en esa época se leía mucho al místico Swedenborg, pero lo cierto es que el expositor, según las referencias de Aráoz, no veía en el infierno una entidad física. Si el alma es inmaterial –vino a decirles- está más allá del mundo de los sentidos y, en consecuencia, ya despojada del cuerpo, no sufre el horror del fuego ni padece el metal hirviente. Las llamas sólo afectan a la substancia perecedera. Más bien –dijo- las penas y los premios son estados, formas internas de contemplación. Si el alma es inmortal y, emancipada de su envoltura, adquiere la plenitud de sus facultades, sin duda recuerda siempre. De tal modo, volverán la ventura y el dolor, pues habremos de recordar nuestras buenas y malas acciones después de abandonar este mundo. Pero no hay castigos para el alma que revive el pasado, y mucho menos esas crueles torturas eternas que no corresponden a la breve duración de la vida humana. Por consiguiente –concluyó- el infierno es sólo remordimiento, así como la recompensa es el deleite que nace del bien”.
Trato de imaginar la apariencia del alma de Gaspar Astete (1537-1601), religioso jesuita autor del cuadernillo que tan bien sirvió a la evangelización de América, de poder enterarse de la lógica del pensamiento de Alberto Larroque, y es más, qué sería de esa alma contrariada al saber que un hijo notable de Gualeguay fue quien brindó espacio en sus memorias a estos dichos. Bondades de la literatura que dudo pueda entender el alma de Astete; magia de la literatura, de la escritura, que hoy el lector de 2016 pueda abrir un libro de 1967 y a través de él llegar hasta 1857, y entonces alumbrar nuevamente la herejía razonada por Larroque frente a un grupo de alumnos, uno de los cuáles, Aráoz, ya no tuvo miedo, como tampoco lo tuvo Mastronardi, como tampoco lo tengo yo en estos días (esto referido al infierno en el más allá, que nada tiene que ver con el infierno de la no memoria fundado en el más acá).

Entonces, sí, claro, decía de libros y de lecturas, y de la utilización del tiempo mientras se nos va la vida.

domingo, 10 de julio de 2016

Eugenio Mandrini: leer desde Gualeguay

Vivo hace tres años en la ciudad de Gualeguay, al lado de un río más amigable. Un río cercano al que se mira de frente. Me preguntan amigos: ¿extrañás Buenos Aires?; contesto: mi puñado de afectos que en ella vive, y algunos de sus paisajes, extraño mis cafés: el Margot y el Cao, o sea, extraño Boedo y San Cristóbal y en ellos imagino a mi gente.
Gualeguay es la vida un tanto más calma, aunque hoy los aires de cambio han trastocado las prioridades de la criatura humana; Gualeguay es mi hija creciendo mientras sabe de la mirada sobre la naturaleza; Gualeguay es la historia sustanciosa de sus muchos creadores y mi trabajo de escritura; Gualeguay es su gente, y entre ella la que está fuera de la repetición insípida de los días, especie nefasta que domina la mayor parte de esta sociedad globalizada.
Entonces: vivo en Gualeguay y extraño lo señalado de Buenos Aires. Todo clarito hasta que leí el último libro del poeta Eugenio Mandrini: “Con voz de perro lunar”.
Cuando se abre un libro de poemas nunca sabe. Me encontré con “El trabajo más sencillo del mundo” que dice: “Escribir un poema sobre Buenos Aires es el trabajo más sencillo / del mundo.”, y después enumera algunos condimentos necesarios, por ejemplo: “(…) // Y después descender a las profundidades del tango, es decir, / apoderarse de un trozo de noche y acariciarlo con mano / gesticulante (porque el tango es eso: un trozo de noche y una / mano gesticulante). (…) // Y después averiguar por qué en las plazas de la ciudad las hojas / crujen de un modo tan desvalido cuando las pisan los jubilados, / y por qué al llover en la ciudad cunde una extraña tristeza / que más pareciera ser la dicha de sentirnos en brazos de la / muerte, que de pronto es bella y tierna, y nos va lentamente / desnudando con dedos de hada, y ya empieza a lamernos con / lengua de goteante azúcar y no agria como la ceniza / de su respirar. (…) // Y por último es necesario que el aprendiz de poeta sea a la vez / intrincado como sótano y límpido como espejo, o dicho de otro / modo, que lo mire todo con un ojo de Borges y el otro / de un adolescente. // Entonces sí // escribir un poema sobre Buenos Aires será el trabajo más / sencillo del mundo. Tan sencillo como abrir los brazos y dejarse / arrebatar por el viento, / alto, lejos”.
Eugenio Mandrini abrió su película, gran plano general sobre la ciudad: su poema. Si hay algo que no puede faltar al momento de contar mi ciudad natal es la lluvia. Escribió el poeta en “No habrá ninguna igual a esta lluvia”: “(…) // (¿Quién dijo que no se muere de lluvia? / ¿Acaso no se muere de vino o de pena / al atardecer de cualquier empecinado atardecer? / ¿Y no se muere de solo y también de multitud? / ¿Y no se muere de olvido en olvido o de sueño / que no fue o de espejo cuando nos mira como / diciendo adiós?) (…) // Llueve y es tan triste esta lluvia que bien podría / llamarse María, la que dijo ‘Ya no hay nada entre los dos’ y se / perdió en la calle de la Melancolía, que es el lugar donde las / hojas de los árboles, aunque no haya árboles, caen eternamente, / porque eso es la melancolía: otra forma de lluvia (…) // Pero de pronto, en una esquina cualquiera, abrazados / como dos náufragos o dos adolescentes, un hombre y una / mujer viajan en un beso hacia mundos que deberían existir, y es / como si entonces el sol no hubiera dejado nunca de alumbrar, y / la vida continuara imperturbable, y lo único muerto aquí fuera / este poema: muerto por ausencia de lluvia, / seco”.
Digo: sí, habla de Buenos Aires y sus sintonías, habla de mi ciudad, de mi memoria.
No hay Buenos Aires posible sin hablar de sus poetas, Mandrini me da el gusto; mientras leo “Los poetas lunfardos no usan corbata”, pienso en el amigo poeta Rubén Derlis, un “homo porteñensis” practicante de cierta lunfardía: “(…) // Los poetas lunfardos tienen trastornado el corazón: aman a esas / mujeres que trepadas a encabritados zapatones salen en / las noches a desabrochar las penas de los hombres; aman / a los melancólicos de todo, a los alegres de nunca, a los / humillados de siempre; aman al pobre gato que no posee / ni un miserable plato de gorrión, al suicida ahogado en el / océano de uva pisoteada, al mortecino oficinista que está / por incendiar el escritorio, al viejo ladrón en cuyo / esqueleto no cabe un nuevo puñetazo de la ley. Y además / me aman a mí, que nunca escribiré una línea en áspero lunfardo. (…) // Y como todos los poetas, si son verdaderos, llevan a la Muerte / consigo como otra sombra. Por eso le mienten con un / golpe de truco, la duermen con un golpe de tinto, la / desnudan con un golpe de viento, la violan con un golpe / de furca, y la destronan con un golpe de hambre que le / engulla hasta el ademán. // He querido explicar que los poetas lunfardos son los últimos / malditos que nos quedan. // Alabados sean ellos con sus terribles dedos de papel de lija / cuando acarician al pájaro esquivo de la palabra. // Alabados sean ellos, mis entrañados amigos, que no usan / corbata para no colgarse de una acacia de Constitución y / arrugar con su balanceo la bella intemperie”.
Texto de solapa: palabra de poeta.
Todo habitante que haya vivido a conciencia dentro de la gran ciudad, afirma que a ella lo une el amor y el odio: el amor cuando mira desde una ventana de café; el odio cuando la velocidad se lleva puesto hasta el último aliento. Mandrini anota el poema “Algunos dones de esta ciudad sin paz”: “(…) // Las habitaciones de paso donde un hombre y una mujer se / refugian no sólo de la muerte, sino de todas las / máscaras de la muerte (…) // La nostalgia, hechicera que revive el pasado para ahuyentar esa / raza de sombras que vienen del tiempo, la soledad, la / costumbre, el olvido, la muerte (…) // Y los patios, que de día simulan fragmentos de islas, y de noche / semejan cuencas para espiar meteoros (…) // y además la noche, / y el vino, esa otra noche, / y el poema, furor del alma, / y los rumores deslumbrantes de esa hora / en que la muerte sea enterrada hasta el último miedo / y al dolor se lo olvide como a un diario amarillo”.
Me pregunto qué sería del poeta sin su patio, presencia que aparece en tantos poemas; en “Antes que el patio desaparezca”, lo esencial en una pincelada: “(…) // Me soñé viejo, pobre, enfermo, solo, terminado, sin deseo de / mujer que venga por mi hondo bajo fondo. Pero no estaba / triste. En el sueño, había un patio. (…)”.
Tampoco se puede hablar Buenos Aires sin detenerse en la noche, el poeta define su amor en “El último porteño”: “(…) // Más que todo eso yo amé, amo y amaré, la noche. Y / seguiré amándola aún en esa otra noche donde siempre será / noche. Porque para mí lo único y lo todo, lo soñado y lo / imposible, aquello en fin que está más allá del aire y del tiempo, / es la noche. Esa mezcla de virgen perversa y santa ramera. Por / eso en la noche me siento como el cazador que en la selva / persigue sin descanso al desamor, la tristeza, la soledad y otros / tigres. (…) // La ciudad es otra, pero la noche es la misma. Y nada en / este mundo, ni los estragos del tiempo ni la herrumbre del / olvido, me harán apartar de la noche, ese árbol de la vida / regado por la oscuridad que es otro sol, el de resplandor más / ebrio. (…) // Además en la noche nacen, o merecen nacer, los magos / (algunos), los locos (todos), los poetas (algunos), los soñadores / (todos), los dioses (algunos), los revolucionarios (todos), y los / insomniados, y los que pierden el tiempo para desconcertar al / tiempo, y en especial los ausentes del mirar lo invisible”. (…)”.
Eugenio Mandrini en Buenos Aires
Mi lectura de “Con voz de perro lunar” de Mandrini dejó su rastro de marcas de admirada compañía sobre las páginas. El hombre que soy en este momento en que escribo en Gualeguay, tan cercano a mi nuevo mundo, tan habitante de las variadas sintonías de esta maravilla, digo, ese mismo hombre, se da cuenta de que algo más le falta, de que algo ha dejado detrás de una nueva distancia en la vida. Porque el hombre se deja y se encuentra a través de las diversas distancias que se fundan a lo largo de los días. El libro de Eugenio Mandrini me llevó hasta mi ayer; digo que hacía tiempo que no me devolvían mi Buenos Aires en esta sintonía nocturnal, que no me contaba un poeta con voz de perro de la noche, un poeta que chamuya entre la emoción, la pulsión de vida, y ese toque “melanco” tan necesario para hablar del costado de la ciudad que más le interesa a este creador. Mandrini escribió su libro como si se tratara de un tango, sustanciado en una sabihonda filosofía tanguera; con letra y música me llevó a pasear, y entonces me alejó de esta Gualeguay desde donde hoy escribo y pienso, y desde donde a veces vuelvo, en sueños, como practicando para cuando lleguen mis días de fantasma, a Buenos Aires; no vuelvo como alma en pena, no lloro ni lamento, sólo rememoro; remembranza esta que se apoya en la ciudad cuna, donde volví a nacer. Lo dijo el poeta Ricardo Maldonado, el hombre nace dos veces, de mujer y cuando funda su identidad. “Con voz de perro lunar” de Eugenio Mandrini, digamos que acentuó la memoria de mi segundo nacimiento. Pienso en ello, y agradezco al poeta mientras me pregunto si no estaré naciendo por tercera vez; una cuestión que me gustaría hablar con Maldonado o Mandrini; hay temas que mejor hablarlos con un poeta.