domingo, 19 de febrero de 2017

Emma Barranduéguy: de regreso

La egregia escritora, poeta y periodista gualeya Emma Barrandéguy (1914-2006) sigue de ronda por la ciudad/río. La práctica del constante regreso confirma su vívida condición de buen fantasma. Esta vez, la Barrandéguy periodista, aparece muy bien vestida de libro por la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (EDUNER). Una editorial que sabe de “fundar” libros, un arte que no es para cualquiera.
Emma Barrandéguy
El libro de Emma “Cronosíntesis” contiene una selección de los textos periodísticos que publicó, entre 1976 y 2006, en la página cultural del diario “El Debate Pregón” de Gualeguay. En 1989, luego de la muerte de Roberto Beracochea, Emma asumió la dirección de dicha página. El libro también contiene los textos escritos para la revista “La loca de al lado” (1981 y 1986), algunas cartas, poesías, una cronología. Se llega hasta esta lectura, donde distintas miradas enfocan un término tan amplio como: cultura,  a través de una puerta sumamente sustanciosa: la Introducción de Evangelina Franzot, licenciada en lenguas modernas y literatura, y ciudadana de Maciá. En su investigación, debidamente sustentada con fechas y la información necesaria: Franzot cumple con las coordenadas profesionales, pero además obsequia un extra emotivo, nacido en su felicidad frente a todo lo relacionado con el mundo libro, y acentuado por la admiración e interés que en ella despierta la obra de Barrandéguy. Brisa emotiva que acompaña la lectura, el conocimiento, y que como lector festejo cuando queda felizmente a la vista, porque se está hablando de un escritor. La escritura siempre de garúa sobre la emoción de cada día.
Franzot cuenta que su tesis de licenciatura consistió en un proyecto de edición de Obra Completa de Barrandéguy. Después llegó la invitación para participar de la colección “El País del Sauce” de EDUNER. En enero de 2005 entrevistó a Emma en Gualeguay. Recuerda: “Ella estaba sorprendida porque mis preguntas no iban hacia su elección sexual, sino a su proceso de escritura y construcción de la novela, y me dijo: ‘Es que pensaba que venías a entrevistarme porque soy rarita, como los otros que vinieron’”. Cuenta Franzot que la emocionó su valentía: “Un coraje soberbio para vivir y para escribir, pero un coraje sin estridencias”.
Dice Franzot en la Introducción: “(…) Ser escritora y lesbiana en un pueblo pequeño hizo que Barrandéguy, desde los días de la dictadura y hasta su muerte, desarrollara estratagemas muy sutiles para mantenerse fiel a sí misma. Desplegó recursos que había aprendido de sus lecturas de Katherine Mansfield, de Simone de Beauvoir, de Virginia Woolf (…)”. Franzot señala sobre el trabajo de Emma en la hoja cultural: su manera de: “(…) dar un lugar a esas nuevas generaciones de escritores porque conoce y ha vivido en carne propia las dificultades de publicar, de encontrar un espacio para que las obras entren en diálogo social más allá del círculo íntimo, y se ofrece humildemente como mediadora entre los autores noveles y su entorno. Y decimos ‘humildemente’ porque en la mayoría de los casos apenas expone su voz, en brevísimas intervenciones, para dar paso de inmediato a la palabra del otro. (…)”. Afirma Franzot: “(…) Esa coherencia, esa unidad que se establece en la obra de Barrandéguy, ese caminar por los mismos caminos, variando las formas y los registros, es de algún modo la prueba cabal de que estamos frente a una gran escritora: todo forma parte de un mismo universo, de una manera propia de ver y mostrar el mundo, desnudándose por completo en sus novelas y en su poesía, o abrochando su vestido para dialogar con un público masivo que viene con la inmediatez de la crónica semanal. (…)”.
Emma
En “El arte del pueblo y para el pueblo” (22/09/1985) Emma define: “(…) Trabajador de la cultura o artista no significa distanciarse del pueblo, pero sí significa no poder hacer otra cosa que lo que cada uno hace bien o mal. Eso lo decidirá el receptor de la obra y nadie más”.
En “Adiós al amigo” (10/04/1994) se despide de Marcelo Etcheverry, compañero del grupo Claridad. Son sumamente emotivos los textos en los que Emma despide a su gente querida: “(…) Siempre fue fiel a sus ideas, a sus viejas amistades, a sus hijos que tanto quería, a sus asados en el taller y en la costa, a su caña de pescar, a su vino tinto y a sus charlas siempre abiertas donde expresaba su avidez de conocimientos, sus lecturas y sus sueños de futuro, que quedaron en el camino, como a todos nos sucede”.
En “Un siglo siempre igual” (03/01/1999) la periodista observa y “acomoda” su aldea: “(…) Mis observaciones a través de una ya larga vida son las que me permiten decir en el título que en tolerancia, por ejemplo, nuestro siglo y Gualeguay siguen siempre igual o peor. En mi juventud escribí sobre cosas diferentes a las que se escribían en la época, y eso me valió una etiqueta que aún llevo, y si bien mis poesías eran agresivas, no lo fue menos la respuesta que recibí, al punto que familiares cercanos dejaron de frecuentar mi casa.
Absorta contemplo ahora, sesenta años después, que Gualeguay no ha aprendido nada en tren de juzgar a los demás. Pongamos, por ejemplo, el larvado antisemitismo que existe, basado en la envidia en su mayor parte. (…)”. Emma nombra la figura del Papa y habla de su promoción del “ecumenismo” que: “(…) en todo Gualeguay es totalmente ignorado; no funciona, o tal vez lo hace de palabra en las revistitas parroquiales”. Más adelante Emma anota: “(…) Y lo más lamentable es que sea de las reuniones femeninas (educadoras, por ejemplo) de donde vienen las más frecuentes e intensas habladurías sobre los demás congéneres, a pesar del odio al chisme que, en general, se dice profesar”. Luego es el turno de las típicas miserias de la política, y cierra su mirada filosa sobre su propio territorio: “(…) Todas estas pequeñeces de la política se asimilan a las pequeñeces religiosas anteriores, para llevarnos a la desilusión de una ciudad que no consigue espantar los fantasmas de la intolerancia y del miedo en ninguna de sus actividades.
¿Acaso la tarea intelectual es diferente a las demás? No. También se parcializa y nacen rencores. Por eso me permito decirles que este siglo ha sido siempre igual en Gualeguay. (…)”. También aparece la sociedad de su aldea en el poema “Visión de campo argentino” (publicado en la revista “Contra, la revista de los franco-tiradores”, en septiembre de 1933): “(…) me repudiaron / en el pueblo mío de las ‘casas chatas’ / y de las chatas almas. // (…)”.
En “Cronosíntesis”, las crónicas sintéticas de Emma, hay dos textos que hacen referencia a su padre, personaje que además es habitante de su obra narrativa. Hay un texto corto titulado “Un hombre siempre a caballo” (15/06/1986) que es una de las perlitas del libro:
“El hombre que me enseñó a conocer los árboles y los pastos.
El hombre imperioso con sus sacabotas y su limonada, y su inesperado malhumor.
El hombre que estando en primer año me rompió las fotos de artistas de cine porque Lescá me había aplazado en Castellano.
El hombre que una vez, una sola vez, me llevó a babuchas siendo niña.
El hombre que me traía el mate a la cama para charlar de política.
El hombre silencioso cuyas cartas releo a veces con emoción.
Sabía de caballos, de vacas, de guascas, de abrojos malos, de sus ancestros vascos, de las ‘Vidas paralelas’ de Plutarco, de Zola, de los libros de versos de Panizza y de las diferentes formas de cebar el mate.
El hombre con el que dirían mis amigas psicólogas que tengo una fijación, y la tengo.
Ese fue mi padre”.
En “Antonio Castro” (22/12/2002) Emma se despide de su amigo, y en medio del texto hace extensivo el recuerdo a Neil Mac Donald, estadounidense con quien se casara en 1939. Recuerdos encadenados por la bebida: “(…) Me veo en el cumpleaños del año pasado, gruñendo Antonio por su renguera, por su bastón, por querer volver a su casa…, hasta el momento en que vio la botella de tinto abrirse y recuperó su alegría dicharachera, como si hubiese salido el sol en la costa, con la misma ansiosa premura que embargaba a mi marido ante una botella de buena grapa. Pobrecitos borrachitos queridos: tienen en el cielo un refugio especial, como si fuera el cielo musulmán, lleno de las cosas hermosas que siempre segregan a los hombres o están prohibidas en la tierra. (…)”.
“Cronosíntesis” de Emma Barrandéguy se ubica entre esos libros que uno tilda de “necesarios”. Pienso ahora en “El canto entero de Marcelino Román” del escritor y poeta Juan Manuel Alfaro. Otro libro necesario. Porque dónde encontrar los libros de Román, con suerte en las bibliotecas, y cómo encontrarnos con el hombre que fue, qué de sus ideas. Y entonces, cómo encontrarnos con la obra periodística de la Barrandéguy. Con sus libros, puede que con un poco de suerte aparezca alguno (recuerdo que a poco de vivir en Gualeguay encontré “Las Puertas” en un estante de la librería Papelucho), pero cómo llegar hasta esta parte de su obra. Solo con decisión y mucho tiempo en el archivo de El Debate Pregón, o en alguna nota de rescate del pasado. Por eso es un libro necesario; aquí está, sobre mi escritorio, gracias al trabajo necesario que realizó Evangelina Franzot y la gente de la EDUNER.

Lo dicho, el buen fantasma de Emma Barrandéguy vuelve vestido de libro a su ciudad/río. Una invitación a la memoria, al encuentro con tantos amigos gualeyos que aparecen dentro de sus páginas periodísticas, uno de los puertos desde donde sabía mirar la escritora.

domingo, 12 de febrero de 2017

La escritura en los días

Pasan los años y sigo encontrándome con mi amiga; diría, a esta altura de la función, que su compañía es de toda la vida. No ha habido amiga más fiel; ella: la escritura, respira junto a mi lado desde que yo era pibe, cuando con un poco de juego y otro tanto de verdad afirmaba que iba a ser poeta como mi abuelo paterno Julio Martín. Acurrucadas en algún sobre amarillento, algunas de mis poesías de los 10 años, duermen, bien escondidas, el sueño de haber confirmado el impulso. Después de estos juegos verdaderos, llegaron las lecturas, el alimento, y entonces a crecer en ganas, a festejar ese impulso a través de las palabras de los otros. Traté de avanzar con atención en las historias, con la misma concentración que en esos días le dispensaba a la pelota de fútbol y los campeonatos en el club 12 de Octubre de Martín Coronado. Se podía, se pudo, y hoy también se puede: leer el libro, patear una pelota, y ver mucho cine, otra manera interesante de llegar a las historias. Interesante también es llegar a los relatos a través de los recuerdos de la gente que habita la misma calle que nosotros, el barrio, y luego la ciudad conectada a la galaxia mundo. El relato, cada uno, es memoria, y entonces vida de otro tiempo.
La escritura dio forma a una manera de andar: atento a los estímulos, y a veces, al más simple de los escalones del cotidiano; una manera de andar: una manera de ser. La escritura fundó y se funda en mi identidad: mis banderas, mis patrias internas, las miradas, las ideas, y ya que hablo de escritura, digo, esta identidad en la que uno sabe, a conciencia, en qué lista anota el alma y en cuáles no lo hace ni lo hará.
Mientras escribo afirmo que me ubico en órbita sobre el tema a tratar; si se trata de una nota: escribiendo como si pintara al acrílico, que seca rápido; si el desafío es el argumento de una novela: escribo como si estuviera frente a un cuadro que espera óleo y sus tiempos lentos de secado. Mi papá, Rolando, mi viejo, artista plástico él, me enseñó estas cosas que aplico a la escritura; pero además, digo, habito una órbita mayor a estas sintonías, y esta tiene que ver con mi vida toda girando sobre la hoja amiga apoyada sobre mi escritorio, sobre la pantalla en blanco, sobre la posibilidad siempre presente de poder contar una historia.
Viviendo de esta manera es que suceden encuentros de detalle entre la vida cotidiana y la escritura, por ejemplo: un momento en que ayudaba a mi viejo a pintar la sala de exposiciones de Estímulo de Bellas Artes en Buenos Aires (enero 2008). Desde el oficio de pintor de Rolando, herramienta con la que la familia Lois cubrió sus necesidades económicas (con el arte no se come, o en todo caso, comen unos pocos), yo me encontraba con la escritura, titulé el texto “Escribir desde el murmullo”: “Lo descubrí en el ir y venir del rodillo sobre las paredes del salón, durante el tiempo en que jugué a ser un pintor. Un rodillo es un artefacto de mango plástico que sostiene un dispositivo de metal que a su vez recibe el cilindro que, vestido como osito de peluche, se empapa con pintura, y en este caso pintura látex con un agregado mínimo de agua para facilitar la acción cubritiva sobre el tipo de superficie que ponía el pecho al beige clarito.
El recorrido del rodillo cargado con pintura me llevó una y otra vez a una misma imagen y sonido: una calle cualquiera de Buenos Aires cuando la lluvia fina es manto sobre el paisaje, mientras ella misma calla, cuando ella es muda o silenciosa en el contacto con dicho paisaje. Tan distinta la lluvia fina, o su ínfima expresión: la garúa, de la lluvia violenta con sus sonoridades efectistas.
Cuando la lluvia fina “es” sobre la ciudad nace en las calles un murmullo mínimo, suave. Las ruedas de los autos en su plenitud de giro mágico, misterioso, sobre el asfalto húmedo, son el origen de dicho murmullo.
El rodillo rueda y recorre la pared que, seca en la primera pasada, va tomando humedad y entonces el rodillo o la rueda húmeda pasa, se desliza, sobre la calle vertical de la pared. Es el látex con su toque de agua el que llega hasta el brazo que lleva y trae el rodillo. Llega como si fuera lluvia fina, no violenta, como si llegara la garúa y su murmullo sobre mi cuerpo, la ciudad primera.
Nada más placentero que escribir en un café, cerca de una ventana abierta a una Buenos Aires de lluvia fina, calles y autos.
En los cafés escribo tan solo y a la vez tan acompañado que a veces me da miedo la fuerza del extravío que me aleja y me acerca: ¿volveré al café?, ¿saldré de la página?, ¿final para esta tinta roja?
El murmullo de la gente arrulla mi escritura en su momento interior, antes de salir a jugar, pero el arrullo o el extravío nacido del aroma de ese sonido se multiplica cuando el murmullo es el otro, el murmullo mínimo, suave, de la lluvia, la calle y los autos, que pasa a través de mí, de la ventana, de mi ventana.
Cuando el rodillo iba y venía reparé en que para que un paño de la pared quedara cubierto, pintado, hacía falta que yo pasara el artefacto, mi brazo, mi mano de escribir varias veces por el lugar. Con la repetición, con la vuelta al territorio delineado momentos antes, se lograba, se iba logrando, la textura, la carnadura requerida para hacer de la pared pintada, una pared o un personaje pintado, creíble. Mientras tanto la lluvia fina sobre mi brazo, como si estuviera en un café, en mi Buenos Aires y todo, absolutamente todo, quisiera pasar por mi ventana para hacerme feliz durante la labor, en capítulos, sobre las distintas maneras de escribir”.
Descubrir una semejanza entre el ir y venir del rodillo sobre la pared, y las lecturas sucesivas, los arreglos, el barrido de basuritas en la escritura de una historia para ir allanando el relato o los personajes, me acaba de ocurrir nuevamente, y esta vez en la chacra gualeya.
Me encontré escribiendo mientras cortaba el pasto en el fondo de casa. Y si bien el ida y vuelta de la cortadora podría aparecer como hermana del movimiento creativo del rodillo, no fue en la acción de corte donde mi memoria remitía a la escritura, sino a los momentos en que uno empieza a vislumbrar la belleza en el paisaje del jardín. Quizá todo empezó con un juego para Julia, mi hija, o más que juego, una sorpresa que derivó en un juego que hoy pide cada vez que hay que cortar el pasto. Hice los movimientos justos, de modesto joven manos de tijera, sobre el pasto y escribí el nombre de mi hija. Julia lo reconoció al instante.
Más allá de este detalle, el trabajo progresivo, tan necesario en la escritura, volvió a entrar en el transcurso del día; a esta altura es una manera de vivir: escribiendo, contando las señales entrevistas. Empezar a ver cómo queda el paisaje del fondo (creo que a resguardo escribo mejor), decía, “ver” es el nexo mágico que me lleva hasta mi oficio, hasta ese momento en que uno empieza a desmalezar detalles, errores, desde los simples de tipiado, hasta las pifiadas de construcción, y entonces empiezan a respirar las primeras trazas del relato que serán las que irán enhebrando los caminos de la escritura definitiva.
Es el momento, el lugar, el refugio espacio/temporal en que puede alumbrar la belleza, pero como un todo imperfecto, como en todo territorio donde transite lo humano; pienso en la belleza como en el momento en que la puerta de calle se abre para que entre el aroma y la brisa que saben de alentar la llegada de la felicidad. Digo belleza y felicidad, repito, imperfectas, pero con el enorme valor del intento sincero del hombre para “encontrarse” en la vida, en este caso, a través de este oficio maravilloso de la escritura.
Hay potenciales presencias poéticas en todas las personas y oficios, puede el poeta “ser” en el panadero, en el obrero, en el pescador; poesía en el hombre que un día se subió a la torre de la telefónica y se sacó una foto en las alturas de otra Gualeguay (saludos Ariel); hombre y oficio despuntan a la vista de quien pueda descubrirse y descubrir una vida como la suya en el otro. Agrego al cerrajero, pienso en el cerrajero lector de calle San Antonio, porque se me ocurre hablar de la llave. Creo que la llave en esta vida está en poder ver, sin nieblas peligrosas, que el buen destino está a la mano cuando el hombre aprende a verse en el semejante. Porque en definitiva, a la mayoría de los hombres nos unen las mismas necesidades, los mismos sueños de paz y justicia. Mamá Evangelina le cuenta a Julia la historia de un hombre que hace mal su trabajo porque no le importa el paisaje que contamina su fábrica: un hombre al que no le importa el hombre. Yo le digo a Julia que es bonito ser una buena persona, es más lindo que ser malo.

Es en este tratar de ser donde me encuentro con la escritura curioseando entre los días, fresqueando las ideas en la chacra gualeya. La belleza del corte del pasto, la belleza de la pared pintada, la belleza de un libro terminado, son momentos determinantes en la vida de cualquier hombre, repito: hombre y oficio, hacer y desear lo mejor para todos y, como siempre, en el “mientras tanto” de los días: el ir y venir del rodillo, la cortadora y la criatura imperfecta.

domingo, 5 de febrero de 2017

Encuentro en Gualeguay

Llevo en la memoria un espacio de poéticas coordenadas en el que solo anoté, y anoto, encuentros especiales entre personas (amigas o que se conocieron el día mismo del encuentro) que guardan entre sus patrias internas distintas sintonías de fuego apasionado en sus oficios (maneras de dar calor, vida, y de quemar, cuando la situación lo exige) en el quehacer cotidiano: ese espacio-tiempo en que el trabajo y la identidad abren la puerta que lleva hasta el costado mágico de los días (lo mágico señalado no refiere a una condición no humana, por el contrario: vida eterna a la magia nacida desde los hombres).
Estos encuentros son “suertes” de vida en la memoria de este cronista. Pienso en el encuentro citado en una nota hace unas semanas. Fui testigo, estuve como escucha, traté de intervenir solo cuando lo consideré acertado; siempre me gustó ocupar -lugar que tanto agradezco- mi posición de testigo aplicado, de escucha atento, para así poder aprender, y saber quién es el otro, y aún más cuando me encuentro delante de personas de labor destacada. Aquella vez el encuentro fue de amigos: José Saramago, su compañera: Pilar del Río, y mi amigo y maestro: el poeta Hugo Ditaranto. Fui testigo del encuentro/abrazo entre Jaime Torres y el Tata Cedrón; sucedió en un cumpleaños del Tata, cuando todavía estábamos cerca y compartíamos mucho de los días. Fui testigo del encuentro, de la charla de ideas y recuerdos entre el Tata, y el poeta y editor José Luis Mangieri en el departamento de calle Colombres, en Boedo. Fui testigo del encuentro en una mesa del café Margot de Boedo entre poetas como Nira Etchenique y Rubén Derlis. Fui testigo del encuentro, inolvidable, en que la compañera del poeta desaparecido: Roberto Santoro, Dolores, le llevó a Hugo Ditaranto la carpeta con los poemas del Tano que Santoro no pudo terminar de armar porque se lo llevaron los asesinos allá por el 77. Esa carpeta llegaba a las manos de Ditaranto en el 2005. Fui testigo del encuentro entre el escritor Osvaldo Bayer y los hacedores de la agrupación cultural Baires Popular. Fui testigo del encuentro de los poetas Marcos Silber y Leopoldo “Teuco” Castilla en la previa de la presentación de un libro de Castilla, en la Peña del Colorado en Palermo. Y fui testigo del encuentro en un café de mi Buenos Aires entre quienes fueron mis maestros en el oficio de la escritura: Hugo Ditaranto, poeta, y Gabriel Montergous, novelista; ninguno de ellos me enseñó cómo colocar una coma, pero sí me transmitieron mucha sustancia alrededor de una cuestión fundamental para quien quiere llegar a ser un escritor: me refiero al compromiso ético con el oficio.
Mario Bellocchio
Todo este recorrido mínimo sobre encuentros que guardo en la memoria tiene la siguiente razón de ser. Durante la visita de Mario Bellocchio a Gualeguay, sobre la que informara la semana pasada, hubo un momento de excepción, momento que refiere a uno de esos cruces que muchas veces se dan entre las cuestiones fundamentales de la vida y los puertos de contacto con aquello que se entiende como territorio cultural, en este caso el trabajo periodístico, de escritura y creación, y entre personas que saben de andar por un mismo desafío. Mi propuesta fue una reunión para presentar amigos: aprovechando la presencia de Bellocchio en mi casa, hice el convite y fue aceptado por el poeta Ricardo Maldonado. Desde Nogoyá el poeta traía el nuevo número de su revista “El Tren Zonal. Por la integración de los pueblos”, y desde Buenos Aires Bellocchio me acercaba los últimos cuatro números del periódico “Desde Boedo”. Dos hombres con historia se juntaban en la chacra gualeya. Dos publicaciones llegaban hasta mis manos: El Tren Zonal con 27 años de existencia, y Desde Boedo con 15 años de rodaje.
Ricardo Maldonado
Fue tiempo del abrazo, fue el tiempo de intercambio de sus publicaciones. El Tren Zonal número 182 en manos de Mario Bellocchio y con destino en su casa de calle Somellera; en las de Maldonado los meses de Desde Boedo y un ejemplar de “Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su Editorial Claridad. El Grupo de Boedo y las contiendas culturales”, con destino lector en Nogoyá. Maldonado luego agregaría a la revista su plaqueta: “Reverberaciones del Gualeguay” y su libro: “Que tan lejos llega”.
La charla se fue dando a paso tranquilo y certero durante el almuerzo y la sobremesa, que duró toda la tarde. Mario Bellocchio habló sobre la idea origen del nombre del periódico: desde un barrio con historia de artistas-obreros se tiende el puente hacia los otros barrios de la ciudad de Buenos Aires. Ricardo Maldonado habló de las bondades del tren en su tarea de ir enhebrando pueblos con las vías, y ahí la imagen primera para nombrar a su revista.
Tanto Bellocchio como Maldonado dejaron en claro una cuestión fundamental frente al hecho de fundar y mantener durante tantos años publicaciones culturales como las que son de su propiedad: saber exactamente desde qué lugar se mira el paisaje, saber a qué vereda se pertenece; en definitiva, una parada ética, casos de ideología, una defensa de ideas que los ubica claramente en la esquina que habita la gente que pertenece y defiende al pueblo. La defensa de las ideas por sobre todas las necesidades, el trabajo sincero al momento de revisar la historia que casi siempre cuentan de manera sesgada los vencedores. Está el rescate de la multitud de voces que “hacen” la memoria de los hombres en la aldea, la ciudad, la provincia, el país, la región, el mundo.
Estas publicaciones resistieron a través de los años sin que jamás alguno de sus directores vendiera su conciencia por conveniencia alguna. Poca publicidad es la que se ve en El Tren Zonal; y Desde Boedo recibe del gobierno de la Ciudad Autónoma de la Ciudad de Buenos Aires una publicidad que por ley está dispuesta para los medios barriales registrados; en sus páginas con claridad se ve que las ideas que sostiene el periódico nada tienen que ver con las que transita el gobierno de Larreta y Cambiemos. Decía Bellocchio en el editorial de enero: “En un retorno a las prácticas de explotación de ‘La Forestal’, el secretario de Empleo y ex CEO del grupo Techint, Miguel Ángel Ponte, opinó que ‘Contratar y despedir debería ser tan natural como comer y descomer’. Tan fino en sus modales provenientes de una educación que privilegia el bien decir antes que el social proceder, el señor secretario utilizó un neologismo que va a competir, por el trofeo ‘Eufemismo de Oro’, con la ‘grasa militante’ de Prat-Gay y el voto ‘no positivo’ de Julio Cobos. Dijo ‘descomer’, no se animó siquiera al académico ‘defecar’. Y muchísimo menos al que pronuncian las hipotéticas víctimas de su ‘paleolítica’ propuesta: ‘cagar’. (…)”.
Por su parte Maldonado en el editorial del número 182 de El Tren Zonal anota: “(…) siempre pensaron en su bolsillo y en su casta (banqueros, militares y obispos) así tuvieran que negociar con los enemigos de la patria con tal de conquistar hegemonía y escribir la historia luego a capricho para que las futuras generaciones los salvaran en la memoria a fuerza de mentiras. Por eso uno de los grandes criminales de la guerra contra el indio, el gaucho y el hermano pueblo de Paraguay, se apuró a escribir el relato de la historia según él, fundó un diario para limpiarse las manos manchadas con la sangre de tantos inocentes y que por más que haya procurado amañar los hechos narrados, la historia no lo ha absuelto, el mismo diario que hasta hoy sigue manipulando la opinión pública en la estricta defensa de la clase social a la que pertenece, simpático con toda entrega de aquello que implican los intereses nacionales y populares, partícipe necesario en todas las dictaduras (Papel Prensa por medio), asegurándose el poder, no sea que el pueblo se despierte y recupere el anhelo revolucionario de cuestionar tantas propiedades privadas fruto del latrocinio y de una justicia que ha santificado cuanta barbarie fuera cometida por los de arriba contra los de abajo (…)”.
El trabajo cultural desarrollado desde estas dos publicaciones: literatura, historia, identidad de los barrios/pueblos, es llevado adelante por un grupo de personas convencidas de sus ideas; se sabe del esfuerzo y el tiempo que este trabajo de hormiga demanda a los trabajadores de las publicaciones que transitan en las calles de la periferia de la prensa grande que, en la mayoría de los casos, defienden intereses empresariales.
Acompaño con mis notas a Desde Boedo desde sus primeros números, esta historia urbana ya lleva 15 años; y hoy ya sumo casi 3 años como pasajero en El Tren Zonal que cuenta de la historia de la entrerrianía haciendo pie en los pueblos. En la vereda del Café Margot, desde la mesa de publicaciones propuesta por Baires Popular, se reparte en mano el periódico a todo vecino que se acerca al refugio. Sobre la mesa también hay libros que no entran a las librerías, y fotos de la Boedo de ayer. Y en Gualeguay, cada vez que aparece la revista de Maldonado, me coloco el traje de canillita y visito a los amigos que colaboran comprando la publicación. Camino Gualeguay con El Tren Zonal, y también la camino llevando los ejemplares de Desde Boedo.
Anoté entonces, como testigo, en mi memoria, el encuentro del periodista y escritor Mario Bellocchio y el poeta Ricardo Maldonado, amigos con identidad, dos personajes que se encontraron en la casa de este cronista que, como ellos, es un trabajador de la cultura que sabe de su vereda.

En la chacra gualeya hubo un día en que se hizo encuentro de ideas y palabras. Hubo saludos de copas, y la música del poeta guitarrero.

domingo, 29 de enero de 2017

Mario Bellocchio en Gualeguay

Soy un trabajador de la cultura, mi herramienta es la escritura, y mi lugar de pertenencia, mi interés, lo ubico entre el oleaje que da sustancia a la memoria. Entre el ida y vuelta de los relatos, de las ideas, empecé a contar historias porque, creo, hubo una primera vez en que mi padre me regaló un libro, y dentro de él vivían las pequeñas historias que “hacen” a toda historia grande, y porque hubo una primera vez en que mi padre me contó una historia salida del más simple de los cotidianos, de esos sitios que tienen que ver con el tiempo y la familia, el barrio, el trabajo, los días. Mi viejo se hizo hombre en el barrio de Boedo y yo, por esas cuestiones que, digo, tienen que ver con la suerte en la búsqueda de la identidad, recalé en Boedo, y entonces puedo afirmar: que en Boedo me hice escritor. Tuve la suerte primera de andar en ese mágico espacio/tiempo que es el barrio, y tuve dos suertes más, fundacionales, decisivas, en ese paisaje. Fue en el café Margot, Boedo y San Ignacio, ahí conocí al poeta Rubén Derlis, y a través de él a Mario Bellocchio.
Mario Bellocchio
Este par de personajes, colaboradores ellos de la construcción diaria de la poética urbana de mi ciudad natal: Buenos Aires, andaban haciendo historia allá por el complicadísimo 2001. Derlis propuso una mesa de café. Me presentó a Bellocchio, y él me habló de su publicación, que ya iba por el número 4 o 5. El periódico se llamaba “Vida y Arte en Boedo”, y luego pasó a ser “Desde Boedo”. Había un espacio para escribir, para contar historias sobre la ciudad y su gente. Acepté. Y vamos para 16 años de trabajo en “Desde Boedo”, creación de Mario Bellocchio que apuntó, y apunta, a la identidad ciudadana, y para ello arrima señales a través de la historia, la literatura, haciendo un culto de la memoria que proviene de la historia grande, y de la chica, que es la que se hace y se cuenta desde cualquier calle de barrio. Haber mantenido una publicación durante tanto tiempo ya es mérito notable para Mario, que no es solo director, sino que también le saca punta al lápiz; llama a su escritura “garrapateo” en un intento de minimizar aquello que es un trabajo acertado sobre la palabra, las historias y las ideas. Es el autor de cada editorial, y es un investigador de la historia de su barrio: Boedo, aunque su tinta anduvo de gira por varios paisajes de la ciudad y el tiempo. Junto a su trabajo para el periódico, que bien merecería la publicación actualizada en forma de libro (Historias contadas Desde Boedo, 2006), también ha transitado el relato a partir de, por ejemplo, algunas de  sus vivencias de cuando era chico (Días de Balneario, Noches de Varieté, 2003; Tomando el Toddy con Tarzán, 2004), o aventuras como la relatada en “Un Viaje Increíble”, 2013, vivida mientras trabajaba en Canal 11. Mario fue director de televisión (Nueve Lunas, 1995), también es el director de “Un águila guerrera”, sobre el tema de la guerra de Malvinas, esto antes de entrar de lleno a la investigación periodística, el periódico y la escritura. Pero no dejó lo visual en el nuevo paisaje: fotografía y video, trabajo en el retocado de fotos antiguas, de todo ese mundo se ocupa Mario; y además realizó junto a Diego Ruiz, notable colaborador de “Desde Boedo”, amigo que hace poco se fue para el otro barrio, un documental sobre una figura determinante de la historia ciudadana: “Manzi, una geografía”.
A esta altura del relato, me digo que es mucho lo realizado por Mario Bellocchio. Es como para sentirse pleno por tantos logros, pero la lista sigue. Pienso agregar tres perlitas más a la lista. Primero su amistad, su manera de ser, su mirada de buen tipo, y en este título el logro mayor en esta vida, no cualquiera es un buen tipo: solidario, atento, sensible, y con identidad, ese detalle fundamental para que los hombres construyan una amistad. Segundo lugar para destacar su último logro: la edición de su libro “Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su Editorial Claridad. El Grupo de Boedo y las contiendas culturales” (Ciccus, 2016). Y la tercera de las perlas es que sumó una nueva visita a nuestra Gualeguay para acercarme ejemplares del libro.
Sentados bajo la galería volvimos a hablar de algunas de las facetas de Antonio Zamora. Testigos interesados fueron el joven jacarandá y el espinillo, se sumaron los cuatro álamos desde el límite del terreno, y variedad de pájaros. Entre las plantas caminaban Virginia Ameztoy, su compañera, junto a mi Julia y mi Evangelina. Fue así como Zamora y su Editorial Claridad llegó hasta la zona de chacras gualeya.
Antonio Zamora nació en Huércal-Overa, Andalucía, España en 1896. Llegó a Buenos Aires en 1912. Un muchacho que en casi diez años fundó la Editorial Claridad. En una entrevista que le realizara Emilio J. Corbiére (24 de abril de 1975, nota que sería publicada en la revista “Todo es Historia”), el editor recuerda: “En Buenos Aires no había, en aquellos años, editoriales sino para cosas del gobierno o para instituciones. Para el público en general, no se publicaban libros. Los libros que se vendían aquí, casi todos venían de España. En América Latina tampoco había editoriales. (…) La historia de la editorial comenzó con la publicación de una colección de libros económicos, titulada ‘Los Pensadores’. La publicación de esos libros la inicié en 1922, y la idea nació un día en que estaba corrigiendo un libro en los talleres de ‘Crítica’. Yo llevaba un libro para leer que era ‘La confesión’ de Tolstoi. Mientras esperaba las pruebas se me ocurrió hacer algunos cálculos: ¿cuántas líneas tenía ese libro? Comprobé que el libro de 380 páginas podía entrar con un cuerpo chico; en un folleto de 32 páginas a 2 columnas. Los libros, en esa época, eran muy caros. Con la edición que imaginé, el precio se pondría accesible para la gente de pueblo. Así que me fui a una imprenta que había frente a Crítica, los talleres Vitelli, y pedí un presupuesto. Hablé con la gente de reventa de Crítica, les pareció linda la idea y con el propósito de ayudarme hablaron con los kioscos. Tenía 25 años”.
Afirma Bellocchio: “(…) La perdurabilidad del emprendimiento, sin embargo, no sólo requería superar la ecuación monetaria de la impresión. El tema, la presentación, el aspecto literario en sí, debían garantizar el éxito, por lo que recurrió a un autor de enorme prestigio cultural como Anatole France y su obra ‘Crainquebille’. Y algo fundamental: al propósito culturalista y pedagógico de la vieja izquierda clásica que el socialismo en ejercicio de Zamora no podía soslayar: ‘debía poner la edición al alcance de las masas’, por lo que decidió adoptar un precio de tapa inusual, 20 centavos. Para tener una idea de qué se podía hacer con esa suma en aquel tiempo basta una trivial referencia: el boleto de los tranvías de la Anglo costaba 12 centavos”.
Recorriendo el libro me entero de que antes de la Claridad de Zamora, hubo dos intentos previos de difusión cultural que llevaron el mismo nombre. Dice Bellocchio: “(…) El triplicado del nombre de las publicaciones no es extraño. La popularidad se debía entonces a la aparición del grupo homónimo fundado en Francia por Henri Barbusse (Clarté), también llamado ‘Liga de Solidaridad Intelectual por el Triunfo de la Causa Internacional’, y como decía el propio Barbusse: ‘Un resplandor en el abismo’. Ese movimiento reunió en París a un destacado núcleo de escritores, científicos, pensadores y humanistas entre los que se destacaban Anatole France, Upton Sinclair, H.G. Wells y Stephan Zweig. Todos ellos eran defensores de la Revolución Rusa”. Le conté a Mario que Gualeguay había tenido su propio grupo denominado Claridad. Leía hace pocos días el libro de reciente aparición “Cronosíntesis” (EDUNER), una selección de textos sobre el trabajo periodístico de Emma Barrandéguy. En la sustanciosa introducción de Evangelina Franzot encontré algunos datos del grupo: “(…) Esa inclinación la lleva a formar parte de manera activa, entre 1932 y 1937, del grupo de izquierda Claridad, integrado por jóvenes militantes entre los que figuraban, además de la joven escritora, Juan L. Ortiz (el mayor de todos ellos), Ernesto Hartkopf, Marcelo Etcheverry, Carlos Etulain, Segundo Lagrenade y Mario Barrera. Barrandéguy era la única mujer del grupo (…)”.
De manera inevitable, todo boedense que se precie de tal, cuando se habla de grupos, esté en el Margot o en la chacra gualeya, enseguida nombra el Grupo de Boedo, gente a la izquierda del dial que hizo historia en la cultura de esos años y que, como corresponde, estaba enfrentado al Grupo de Florida, una nave llena de pitucos. El libro de Bellocchio es una fuente sustanciosa para conocer el desarrollo de los boedenses, ya que el mismo Zamora fue quien dio difusión a la pluma de autores (en su revista “Los Pensadores”, que luego se llamaría “Claridad”) que luego formarían parte del Grupo de Boedo.
En “Luminoso Boedo” transita el tiempo de vida de Claridad, y con ella: Yrigoyen, el golpe del 30, Uriburu, Justo, la Década Infame, la Segunda Guerra Mundial, el peronismo, el golpe del 55 a manos de la Fusiladora. Y en todos los paisajes, la palabra de los pensadores, de los trabajadores de la cultura. Pienso ahora en Elías Castelnuovo, Roberto Arlt, Leónidas Barletta (a pesar de las diferencias que tuvo con Zamora), Pedro B. Palacios (Almafuerte), José S. Álvarez (Fray Mocho), Horacio Quiroga, César Tiempo, Álvaro Yunque.
Desde la izquierda: el cronista, Rubén Derlis y Mario Bellocchio (Buenos Aires, 2016, presentación Luminoso Boedo).
Mario Bellocchio, visitante reciente de la ciudad/río de Gualeguay, cuenta en su libro a un ser humano, con aciertos y fallas, un imperfecto más, pero con un sueño entre las manos. Un sueño y una identidad.

domingo, 22 de enero de 2017

Vivir en el cementerio

La noticia llega, y me atrapa. Me informo. Una situación que me lleva al mundo de los escritores, y que a la vez me lleva a las desesperaciones de los condenados de siempre. Un cementerio habitado en La Paz, provincia de Entre Ríos. Un cementerio habitado, uno más que muy bien podría quedar eternizado por el trabajo de un poeta, de un escritor; y un cementerio más, habitado por muertos y vivos, que podría ser devuelto a los hijos directos de la muerte; devuelto por aquellos hombres que la juegan de administradores de la suerte, o de su ausencia, en los días de los demás hombres: los administrados. Y no hago diferencia entre municipio, provincia o nación: administradores ellos de la condena a la miseria y el oprobio de tantos.
Se trata de vecinos de la zona ribereña, del barrio Papa Francisco, que tuvieron que dejar sus casas modestas por el colapso, estallido, de las cloacas. Desde septiembre del año pasado que comenzaron la construcción de viviendas precarias en terrenos estatales. Dichas casillas de chapa, madera, y bolsas plásticas (las bolsas silo se usan de acuerdo a necesidades de clase), se ubican, caminito de tierra como frontera, frente al cementerio, y algunas de esas casillas están dentro del mismo camposanto. Hasta allí fue la televisión: el canal 9 de Paraná con un mayor interés que el demostrado por el canal de cable de Buenos Aires que sigue de moda, que solo dedicó a la noticia unos segundos para, ante todo, mostrar a algunos pibes jugando entre las tumbas.
Vivir en el cementerio
Todos los habitantes del cementerio huyen de lo mismo: pobreza y enfermedades.
Anota mi amigo poeta Leopoldo Teuco Castilla como final del poema XIII: “(…) Los más pobres / ya no necesitamos / morir”. El poema pertenece a “El libro de los muertos”, título que está dentro de su “Libro de Egipto” (2003). Fue el primer libro que el Teuco me obsequió en uno de nuestros encuentros en Buenos Aires. Transitando su lectura llegué hasta “El libro de los muertos”, que tiene unas líneas de prólogo: “Existe en El Cairo un vasto cementerio, donde los más pobres se fueron a vivir. Lo llaman La Ciudad de los Muertos”. Cuando llegué a esta página recordé una lectura de hacía ya varios años: “El árbol y el camino” (1993) del escritor francés Michel Tournier (1924-2016). En su interior hay un texto: “El Cairo”, fue allí donde tuve la primera noticia sobre el cementerio habitado de la capital egipcia: “(…) Salimos en un coche todo terreno, pues ningún vehículo ordinario podría cruzar todos estos montículos (Tournier se refiere a basura) y los baches de los muladares. Cruzamos a lo largo de la ‘Ciudad de los Muertos’, ese cementerio cristiano cuyas capillas mortuorias y los panteones familiares han sido ‘esquaterizados’ (ocupados) por toda una población. Un auténtico barrio residencial en comparación con lo que nos espera. (…)”. Después apareció el libro del Teuco, y entonces el enorme poeta dijo, nombró detalles de la vida entre los vivos y los muertos en esa ciudad lejana.
El poema VI de “El libro de los muertos” dice del pan: “Mi mujer hace pan / zurea / como una paloma entre las tumbas // a veces un golpe de viento / hace volar la harina / el polvo / y las cenizas // ella los recoge y hace el pan // y hablamos de las cosas del día / sin poder recordar nada // mientras comemos en la media sombra / el pan / calienta todo el cementerio”.
El poema XI habla de los dos desiertos: “Nos ganamos la vida vendiendo lápidas / tallando palabras del Corán, / una admonición / para que vuelva el cielo. // Sólo la piedra / que no padece su nacimiento / puede sostener un nombre // (el nombre y la piedra: / también la eternidad comienza / en el encuentro de esos dos desiertos) // Vivimos de lo que ya se ha ido, / de la arena y del río, / de nuestros dioses, // de nuestros muertos, / árboles vacíos / de los que comemos”.
El poema XII para la noche y el día: “Después del orgasmo / una estrella / flota por la casa / hasta que se la lleva el cielo. // Mientras los finados estallan en materia oscura, / pierden rayos que eran de la felicidad, / planetas como pensamientos. // Aumentamos el firmamento: / los muertos / la noche de los vivos, / nosotros / el día de los muertos”.
En el poema XIV aroma el desamparo: “Hemos tomado por asalto sus mansiones / hicimos de sus lechos / patios indefensos bajo el sol, / de su laberinto / calles tenues / de venir y venir. // Han dejado caer / el mudo / tardío / rayo de sus nombres, / que son, como los dioses, / óvulos / de la nada. // Clarean a dos metros de este mundo / sin poder llegar / aturdidos // como las mariposas / son cielos / fuera del cielo, / luz desamparada”.
El’arafa, el cementerio, así se lo conoce, está situado al pie al pie de las colinas Mokattam. Cientos de miles de personas viven en el lugar. Muchos de los que allí se ubicaron, habían perdido sus viviendas durante la Guerra de los Seis Días contra Israel. Pero no solo de guerras se alimenta la tragedia de los pobres, también colaboró la especulación sobre el mapa urbano: se demolieron manzanas enteras para hacer nuevas viviendas que, para variar, nunca se terminaron. Por eso es que los muertos terminaron siendo más sensibles que los vivos que se dedican a fabricar guerras y administrar el destino de los administrados.
Los pobres viviendo en tumbas y mausoleos, en las construcciones hechas sobre el hogar de los muertos. El cotidiano de cualquier persona: cada día de ronda alrededor de los muertos. Pienso en tantas historias de fantasmas, tanto muerto en desgracia que vuelve del más allá a reclamar justicia, una tumba digna; es esta vida, esta sociedad de los hombres la que da vuelta el reclamo fantástico: son los vivos los que rondan, los que vuelven una y otra vez pidiendo un mundo más justo, los que exigen una vida digna.
La Ciudad de los Muertos
El cementerio fue derivando hacia ciudad. Hay viviendas, pero también talleres, negocios, artesanos, un intento de sala médica, una escuela, parches que de poco sirven. Siete kilómetros de pura desesperación.
Vuelvo a ver el testimonio de algunas personas, unas 200 son las que habitan el modesto cementerio de La Paz, y en todas aparece una historia triste, y hasta un vestigio de acostumbramiento. A pesar del movimiento realizado, cambiar barranca contaminada por cementerio, los hacedores de las historias chicas a todo se acostumbran. Nos acostumbramos. Sin agua, sin luz, dos baños para todo el barrio. Como dice el Teuco, “(…) si ya no necesitamos / morir”.
Husmeando en la red en la órbita de La Paz y su cementerio me encontré con un sitio: Cultura La Paz Entre Ríos, allí hay una sección: Personajes del pago, y en ella un poema de Luis Horacio Martínez que fuera, o que todavía es, el responsable de Cultura de esa ciudad. El poema habla de un habitante del cementerio; habla, claro, de otra época, y posiblemente de otro cementerio en la ciudad, pero en definitiva, es otra crónica de la pobreza, de la discriminación que siempre, de alguna manera, debe llevar sobre su espalda el diferente que además no tiene una moneda. Pienso en el bueno de Catón.
Eloy
“Eloy… el del cementerio” es el poema del que hablo: “Yo recuerdo que mi padre / de vez en cuando contaba, / de aquél joven, casi niño / que entre las cruces andaba; / por intrincados senderos / con su carga de misterios, / entre las tumbas estaba / Eloy, el del Cementerio. // A veces cuando llegaba / algún cortejo doliente, / se escondía entre las sombras, / se alejaba de la gente, / más si alguien lo veía / saludaba desde lejos, / y florecía en sonrisas / Eloy, el del Cementerio. // Tardes de siesta y solapa, / el río, nuestro destino, / derecho a la Cruz Mayor / para acortar el camino; / y al volver de nochecita / en nuestros labios un ruego: / -Virgencita, que no salga- / Eloy, el del Cementerio. // Han pasado tantos años, / tantos recuerdos guardados, / y hoy al mirar esta foto / volví caminos andados, / de siestas y mojarreros, / de duendes y de misterios, / de aquel que andaba entre tumbas, / Eloy, el del Cementerio”.
La noticia llegó y me atrapó, lo dicho. Fui entonces hasta la escritura para contar qué le pasa (ante todo a mí mismo) a este cronista que cuenta desde el diario, hasta dónde se mete el cuchillo de la injusticia en la memoria, en las ideas, en el sueño de un mundo mejor. Salva la escritura, salva la mirada de los escritores, se agradece la existencia de Tournier, Castilla, Martínez, se agradecen sus palabras/testimonio, y se agradece la palabra dicha por quienes hoy son acompañados más por los muertos que por los vivos. Entristece ver a una madre hablando con naturalidad, acostumbramiento, de la enfermedad de su hijo, de la ausencia de los administradores del municipio a la hora de dar una solución a quien poco o nada tiene. Los administradores deberían saber a esta altura del sufrimiento en la historia de los pueblos, que no todo debe medirse con la vara del negocio o la conveniencia; no todo debe quedar a merced del mercado en que siempre ganan unos pocos, y que además son siempre los mismos.

Digo que la gente tiene problemas, y ojalá me equivoque, pero va a tener muchos más problemas, por ejemplo, y para seguir en el cementerio, cómo está hoy pegando el sol que tiene pinta de rayo salvaje, y cómo serán, mañana, las heladas. Hay hambre, enfermedad, y desesperación en aumento sobre esta tierra. Da miedo que el cementerio esté tan a la mano, cuando no se trata de un cuento. 

domingo, 15 de enero de 2017

El camino hacia la luz

Hace unos años tuve la suerte de compartir una mesa en el hall de un hotel en Buenos Aires con el escritor portugués José Saramago, su compañera Pilar del Río, y el poeta Hugo Ditaranto, mi amigo y maestro (fue quien me invitó a compartir ese momento, era amigo de los Saramago). Aquella vez escuché a Saramago hacer referencia a una instancia que creo fundamental en la vida de las personas. Conocía su reflexión, ya la había leído. Claro que en directo fue otra cosa. El escritor señaló la acción necesaria de hacerse tres preguntas ante los hechos, la información: ¿por qué ocurre lo que ocurre?, ¿para qué ocurre lo que está ocurriendo?, y ¿para quién, a quién beneficia lo que ocurre? La propuesta tiene relación directa con prestar la atención suficiente, es decir, moverse a conciencia por los dimes y diretes que circulan por este mundo, a “diario” acomodado por los poderes que saben del chamuyo y la careta, y entonces sí, todo el año puede ser carnaval.
José Saramago
Me dije aquella vez que la propuesta del escritor lleva como marca la intención de acercarse a los barrios centrales de la sabiduría. Releyendo en estos días “Dios, el mamboretá y la mosca” (1974) de Thomas Moro Simpson, leí unas líneas que me volvieron hacia el recuerdo de Saramago: “(…) Era evidente que en ese momento me estaba dominando el animal metafísico, el mono ‘enfermo’ que, de pronto, entre una banana y un maní, empieza a preguntar por el ‘cómo’, el ‘porqué’ y el ‘para qué’ de las cosas”. Agregaba Simpson como nota al pie lo siguiente: “Si alguien se pregunta por el sentido y el valor de la vida es señal de que está enfermo”, frase que dijo Freud. Entonces, pienso, bienvenida la enfermedad, al menos la de este mono, que cada dos por tres se pregunta sobre estas cosas raras. Y aclaro que sigo preguntándome aun teniendo la certeza, más de una vez, de que esta vida no tiene ningún sentido.
Todo sea por mojarle un poquito la oreja a la sabiduría, un término que se podría ilustrar tomando como referencia a un hombre que posee un buen número de conocimientos, una buena cantidad de calles recorridas, un tipo pensante, prudente, atento a las señales. Se nace lejos de la sabiduría, a la damisela hay que alimentarla, cosecharla, darle luz y sombra, un poco y un poco para que la fantasía no te gane los días con eternas fiestas de cumpleaños, ni para que tampoco la lágrima se pavonee sin fin por los barrios interiores. Mirada y reflexión. Memoria de los días, de las palabras, de las sensaciones. Memoria de los aciertos, memoria de los errores. Hay que saber de lo oscuro para poder disfrutar a conciencia de la luz del día, y hay que saber de algunas señales que se dan entre las sombras para también poder disfrutarlas al tiempo que las hacemos también luz. Transitar la vida con sabiduría tiene que ver con andar por el barrio tratando de hacer bien las cosas, ser un buen tipo, una buena mujer, y antes de esto haber sido: un buen compañero, un buen hijo. Le digo a Julia, mi hija, que es muy lindo ser bueno. Ser bueno te acerca a la luz que dan los viejos faroles del mejor de los barrios. Es con la búsqueda de la sabiduría cuando mejor se mueve el hombre en los terrenos del arte y los oficios.
Thomas Moro Simpson
Empecé a descubrirme en el tema hace varios días, desde que el calor aprieta con ganas de alta temperatura en el cielo y en la tierra, pero no fue hasta hace pocos días que las imágenes de lo entrevisto me llevaron a mirar con detalle sobre el paisaje y el pensamiento.
Sucedió, sucede, una vez más en la chacra gualeya, en casa, dentro del mapa de Gualeguay, la ciudad/río. Todo parece silencioso en la escena, nada hace presumir la llegada de los náufragos. Tantos náufragos en estos tiempos. Me pregunto desde dónde vendrán, cuáles son los lugares donde aguardan la señal. ¿Expulsados del paraíso? ¿Atrapados por la pulsión de vida? ¿Ansiosos por cumplir con la marca destinal?
Dos paisajes. Al frente de la casa, sobre las paredes de revoque fino y sin pintura, sobre dos de las paredes del dormitorio, y sobre la vereda rústica del exterior que sigue el ángulo en el extremo de la casa. En el fondo: sobre la ventana que da al churrasquero, otra vez sobre la pared sin pintura, y sobre el vidrio de la ventana, y también sobre la cerámica del piso de la galería.
La sabiduría, la luz, que baña el frente de la casa está sujeta, a cierta distancia, sobre un poste del tendido eléctrico. La noche es recién llegada. Colabora una lamparita desde la entrada de la casa, pero su presencia no es decisiva. El foco en el aire, sobre la calle de tierra, sí lo es. Ahí está Dios, el de la sabiduría; al final existe, como si fuera un caserito, sobre un palo, pero con otro ego.
La sabiduría, la luz, que toca al fondo de la casa está sujeta al portalámparas que porta lo obvio y se apoya en la pared. Puede ayudar la luz del interior, la de la cocina, pero como la luz de la entrada, tampoco es decisiva.
Dos paisajes, dos veces la sabiduría, dos veces la luz, y dos veces la multitud de náufragos, de seres vivos que se llegan hasta La Meca, también dos en casa.
Desde mi infancia las llamo “cotorritas”, los famosos bichitos de la luz; su presencia es arrolladora, casi una nube oscura se asienta sobre las paredes del dormitorio, y la misma nube une el cielo y la tierra, como si se tratara de una lluvia. Bajo las dos luces de mercurio que iluminaban la calle Manuela Pedraza en el Martín Coronado de infancia, era común escuchar el rebote de los “cascarudos”, plenos de armaduras oscuras y relucientes, pero claro, en la chacra gualeya descubrí a los “papás” gigantes de aquellos. Distintos calibres de arañas. Mariposas oscuras, y algunas, de tan oscuras, con pelaje blanco, con si llevaran pesados vestidos de fiesta. Por la zona de la casa, sabe sobrevolar un loco lindo (porque para frágil ya está la vida, y si golpeás la puerta, un día te van a dejar entrar) en un artilugio mecánico hecho en tela de colores, hierros y motor; el señor hace su ronda ruidosa, más alto o más bajo en el cielo; en este visitante pienso cuando veo a una especie de cascarudo, más claro que los anteriores, más pequeño, y que tiene la apariencia de un pequeño helicóptero. Se queda en suspensión frente a los focos, o frente a las superficies donde rebota la sabiduría. Hay una cantidad de visitantes que conozco desde que llegué a la chacra gualeya; en Buenos Aires, ni siquiera en la provincia: nunca había visto semejante catálogo de bichos.
En los años de infancia es cuando a flor de piel se practican ciertas crueldades. Recuerdo la costumbre de emprenderla contra las hormigas con un chorro de tiner y un fósforo. Y fue frente al mar de bichos que parecía brotar de una rajadura de la vereda, en la esquina del dormitorio que, sin pensar en nada, siendo un mayor imaginando las profundidades donde se apoya la casa o simplemente un niño cruel que está de regreso, derramé un nuevo chorrito de tiner y un fósforo. La luz encendida, además de sabiduría, cargaba con el secreto de los dioses, el fuego, y salvo los que no se enteraron de nada, los que no tuvieron tiempo, cantidad de bichitos se arremolinaban en torno al fuego, para entrar, para pertenecer, para saber, aun a costa de la vida. Vi llegar desde lejos un cascarudo de gran porte, recorrió casi un metro para quemarse las antenas, y ponerse a morir a un costado del camino. El fuego, la luz, casi desaparecía, y los bichitos seguían llegando para saber y morir.
Al principio, cuando descubrí lo que sucedía mientras se encendía la luz, solo vi en la escena el destino de ignorancia y muerte de muchos, y esos muchos eran tanto bichitos como seres humanos. Pensé en algo negativo, pero después la mirada se abrió un poco más. Es decir, es cierto, cientos, miles, podían marchar al matadero sin saberlo, pero en esa búsqueda hay una pulsión de vida. Me digo, todos vamos detrás de algo, buscando una guía, o avanzando con ideas propias porque ya tenemos la susodicha guía, ya hemos elegido. Cada uno con su luz. Con Dios o sin Dios, toda vida no es más que un camino. Adhiero a la idea de que es mejor cuando, como dice Saramago, o como se pregunta el “mono enfermo” de Simpson, se va a conciencia despierta mientras se trata de entrarle a los barrios centrales de la sabiduría, de la luz. Vamos en busca de algo, y en esto, además, se agradece, y se espera la existencia de la pasión. Mejor a conciencia, peor para los que nada más vieron la luz y subieron, aunque repito, creo que juega también la pulsión de encontrarse con algo, con alguien, en algo, en alguien: el impulso nos lleva. Después están otras consideraciones posibles en torno a la sabiduría, como los riesgos que implica acercarse demasiado a la luz; correr el riesgo, un juego peligroso, pero qué es la vida sin riesgo. Ida y vuelta, a qué perderla por meter de manera alocada las antenas en el fuego, y si no preguntarle a Ícaro cómo es venirse abajo desde la altura. Ícaro, el griego, por curioso terminó en el mar, por ignorar alguna distancia prudente en torno al sol, y se quedó sin alas, como tantas cotorritas.

Nos lleva la vida, su pulsión, salvo algunos que eligen un exceso de siesta. Mejor a conciencia despierta, como recomienda la gente que piensa en la amiga sabiduría, algo así como ir de la mano con ella y estar atento a los pozos en la vereda, para que nadie se queme con el charco burlón que hacen los fabricantes de charcos, que ahí también se refleja la luz. Un desafío, los perdedores, como siempre, serán mayoría; mejor hacerlo siempre a conciencia. Hace un tiempo escribí: “Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro rebotar contra la lámpara”. Me pasó en Buenos Aires, me pasa en Gualeguay.

domingo, 8 de enero de 2017

Es lo que hay

El corazón de la zona de chacras gualeya es un lugar, un tiempo/espacio que presenta algunas señales propias del territorio de lo fantástico. Por ejemplo, a cinco minutos de camino desde mi refugio, un vecino construyó su casa flotante en el parque de la casa; dicha construcción podía haber tenido muchas formas, pero la elegida es la de un barco, pero no la de cualquier artilugio flotante; Daniel Guillén recreó la forma de un galeón español, ¿por qué?, porque este señor figura en la historia grande y ha descubierto varios naufragios, el más importante: la nao Santiago de la flota de Magallanes (1520). Otro ejemplo de lo fantástico en la chacra es aquello que se me ocurre pensar como una vuelta de tuerca sobre la historia de Pinocho, sí, el muñeco de madera. Puede parecer exagerada mi asociación, pero paso a explicar. En mi biblioteca hay una edición de las “Aventuras de Pinocho” de Collodi, edición de José J. de Olañeta de 1992, que reproduce texto y dibujos de la edición española de 1901. Julia, mi hija, descubrió el libro, y ofrecí leerle unos fragmentos. De esta manera volví a tener contacto con aquel trozo de madera que se quejaba de los golpes que le propinaba el carpintero, que luego le daría forma al muñeco que terminaría siendo como un hijo.
¿Acaso en la chacra gualeya camina un muchacho de madera?, no lo sé, pero de lo que sí puedo dar fe es del efecto que la voz de un pedazo de madera puede producir en las personas que se permiten un tiempo para la observación total del paisaje.
A media cuadra de mi casa hay un pequeño almacén. Nos hemos hecho amigos de Roxy Meoniz y Luis Curvale, los anfitriones. Compartir un almuerzo, una cena, charlar, darnos una mano, en especial ellos a nosotros: pistas comunes en la vida entre vecinos. Creo que desde hace aproximadamente un año, el negocio, o mejor, la casa y el negocio, exhibe al frente un cartel de madera de forma irregular y plantado en tierra sobre dos patas. En el susodicho cartel se lee una frase: “Es lo que hay”.
Dicha expresión empezó a hacerse un lugar, a hacer nido en el cotidiano. Empecé a notar que la cita aparecía entre las palabras de Roxy y de Luis, pero luego de alguna utilización de mi parte como juego, me di cuenta de que, a medida que pasaban los meses, la frase se iba afirmando en mi vocabulario, en nuestro quehacer diario. De esta manera es que digo que la voz nacida en ese pedazo de madera, nuestro muñeco afecto al pensamiento, se ha instalado en la chacra gualeya, donde repito, pasan cosas un tanto diferentes. Por ejemplo la escritura de este cronista, esta nota, desde el lugar de los hechos, en la ciudad/río donde, es sabido, nos conocemos todos y entonces “Mejor no hablar de ciertas cosas” (gracias, Luca).
En este proceso de crecimiento de la voz de nuestro Pinocho que solo dijo una frase, es que me descubro pensando una y otra vez la cita. Ciertamente lo que señala no es ninguna pavada. Los muy identificados con la mecánica del éxito a cualquier precio podrían tildarla de conformista, cuando en su aldea se suspira por todo lo contrario. En cambio, aquellos que viven teniendo en cuenta bondades y sinsabores de la vida, aquellos que se interesan por el valor de los pequeños momentos y acciones, y no hablo de moneda, puede significar una clara advertencia, un cable a tierra que tiende, que ayuda a encontrar cierto equilibrio en el camino. Porque es sabido: hay carreteras y caminos.
Me digo “Es lo que hay” y nunca pienso en que no hay nada, nunca tiene un aroma negativo. Siempre “hay”, y aquello de lo que se señala su presencia pide al testigo, al que ve y oye, el compromiso de esa “mirada”. “Es lo que hay”, y entonces me pasa que trato de no perder detalle de lo que contemplo, me alejo de todo tipo de deseo que apunte a una mayor perfección. El hecho señalado está sucediendo, consta de los elementos necesarios para ser percibido, y si nos agrada, nos importa o impresiona, será guardado en la memoria. Aquello que “hay” alcanza.
Y ocurre que con la misma frase procedo a eliminar basuritas sin importancia; frente a los pequeños problemas que se presentan en el costado chato del cotidiano, la frase actúa como goma que borra intrascendencias. O sea, todo gira alrededor de la mirada de la persona, de las claves sobre las que se fundan sus almas. Esos pilares son los que ayudan a decidir por dónde entrarle al destino: si por la carretera o el camino.
Una tarde pasada nos sentamos, Julia y yo, en la galería del fondo. Julia me pidió que le contara una historia. Soplaba un lindo viento fresco. Qué contarle, fue el pensamiento. Miré hacia un grupo de árboles bastante cercano, y señalé el más alto. Le dije que arriba de ese árbol vivía un bichito que no era muy grande, mezcla de humano, perro y gato (Un bosquejo rápido del hombre actual, o sea pelea adentro y pelea afuera, más un puñado de buenas intenciones que a veces sí, y otras, no (línea fuera del relato a mi hija)). Julia me preguntó por la historia. Tenía el personaje, pero me faltaba algún hecho. Le conté entonces que el bichito se había hecho una casa en el árbol con palitos, y que después le había pedido a los caseritos amigos que la cubrieran de barro. La casa parecía bañada en chocolate. Pero el bichito quería vivir cerca del río, entonces le pidió a cuatro teros, también amigos, que llevaran la casa hasta otro árbol. Julia escuchaba maravillada mientras miraba el grupo de árboles. Los teros buscaron cuatro hilos que ataron a las puntas de la casa y la llevaron con bichito y todo. El bichito les indicó dónde apoyarla, y de esta manera vivió cerca del río. Julia me preguntó: ¿Se puede ver la casa? Contesté que: No, porque está en el árbol más alto del Parque. En ese instante fantástico Julia, que estaba de pie, me miró, y explicó que cuando le crecieran las alas de hada iba a poder ir a ver la casa del bichito. En ese momento de mirada y palabra no había lugar para nada más. Luego: “Es lo que hay”, y el valor de haberlo visto.
Julia dice desde hace un tiempo, tiene casi 5 años, que cuando sea grande va a ser pintora, como el abuelo Rolando, y ahora hizo un agregado: hada pintora, y además quiere ser sirena.
En otra tardecita y en el mismo lugar, mirando hacia el fondo con jacarandá joven y espinillo, y ya no en una tarde de viento apacible, sino en una donde las ráfagas anunciaban tormenta, Julia se pone de pie y me pregunta si quiero que ella haga soplar más fuerte al viento. Como si estuviera parada en la cubierta de un barco a velas, como si estuviera en la torre de un castillo, empezó a ejecutar movimientos mágicos con sus brazos. Manos al aire de la tarde noche, llamando, atrayendo al señor viento. Mientras duró la conjura de la joven hechicera, soplaba un viento a velocidad estable, pero para mi sorpresa, la velocidad fue en aumento, tanto que Julia misma me miraba asombrada. Cuando consideró terminada la invocación a los dioses otros, bajó los brazos, giró hacia su derecha y me dijo: Papá, tengo poderes. No me quedaron dudas, y otra vez: “Es lo que hay”. Dónde buscar otra respuesta, cómo comprar confusión, ansiedad, velocidad, y perder de vista mundos como estos, mundos que están (que “hay”) a la mano cuando se puede mirar con cierta calma.
Claro que la susodicha calma de la que hablo hasta aquí, no entra en juego cuando un trabajador afirma: “Es lo que hay” y la frase en cuestión enfoca directamente sobre la condición económica y su reflejo sobre la cantidad, por ejemplo, de  comida que hay sobre la mesa. Ahí la expresión juega el rol de resistencia ante la situación impuesta por los que históricamente han pateado los números de los que menos tienen hacia las bolsas de los que más tienen. No todos los viejos sonrientes que cargan bolsa deberían guardar un lugar en el imaginario popular. Sin embargo, se sigue escuchando por ahí: qué educado, como ya tiene plata no va a robar, es partidario de la unidad y felicidad de los argentinos.
Porque todo bien con la necesaria mirada sobre el estado de desenfoque en el que vive esta civilización globalizada, mundo en el que se globalizaron las miserias y no las riquezas, hablo de moneda y espíritu; y todo bien con la necesaria visita al mundo poético que cualquiera puede encontrar, mirando con atención, hasta en el último rincón del paisaje; pero no por ello hay que descuidar el mundillo político-económico que puede decretar la condena de millones a vivir sin las necesidades básicas cubiertas. “Es lo que hay” vale en este mundo, en esta región, y en este país donde hay ideas, con desarrollo bien ilustrado en la historia argentina, que definitivamente conducen al hambre y la desesperación.
En el almacén “Es lo que hay” de Roxy y Luis hablamos de muchos temas, y como dije, aparece la cita, la frase, la línea, y desde ella, desde la palabra dicha por esta especie particular de voz salida desde la madera, es que siempre le estamos dando vueltas a las cuestiones de la vida y los días.

Recuerdo que hace un tiempo Luis me dijo: “La felicidad se come a pedacitos, como las rodajas finas de salame”. Y es cierto, la felicidad verdadera respira así, y por lo tanto hay que estar atentos a esos recreos. La felicidad pasa también por estar bien ubicado en relación a la frase: “Es lo que hay”. Me encontré con ella en la chacra gualeya, me hice su amigo; la pienso, y cada vez que paso frente al negocio miro y escucho la voz que obsequia un pedazo de madera que hace pie sobre esta tierra.