domingo, 21 de mayo de 2017

Juan Rogelio Calo

Cada hombre deberá ocuparse de su manera de regresar, de sacar la sortija de la calesita que nos puede regalar una vuelta por la memoria. Juan Rogelio tiene sus maneras de volver desde el más allá. Lugar en el que, de seguro, tampoco tenga residencia fija, tal cual hacía mientras andaba por entre estas tierras de la vida. Hasta hace unos días no sabía quién había sido Juan Rogelio, y sin embargo, ahora escribo sobre algunos retazos de su vida.
Sucedió que le acerqué a la poeta Tuky Carboni el último número de la revista “El Tren Zonal” del poeta, editor y guitarrero Ricardo Maldonado. El ejemplar viene acompañado de un librito (Cuadernos del Señalero 41). Una selección de poemas que el mismo Maldonado hiciera sobre la obra del poeta gualeyo Amaro Villanueva (1900-1969). A los pocos días Tuky me escribe: “(…) Amaro, además de deslumbrarme con su poesía, le dedica un soneto precioso a mi tío abuelo Juan Rogelio Calo, la oveja negra de mi familia materna. Eran panaderos y tenían una empresa familiar donde trabajaban mis bisabuelos y seis de sus siete hijos. Juan Rogelio jamás tocó la harina; se dedicaba día y noche a escribir poemas y ponerles música. Por eso, pasó a la historia como un haragán congénito. Pero, para mi sorpresa, lo nombran todos los poetas de su generación: Carlos Mastronardi, Juanele, Carlos Alberto Álvarez, ¡y ahora, descubro que también Amaro!”.
Mi reacción no se hizo esperar, tomé el grabador y una mañana fui a escuchar a Tuky: “Nació en Gualeguay. La oveja negra de la familia: Juan Rogelio Calo. Era muy delgadito, por eso le decían Tacuarita. Un haragán que tocaba la guitarra, y escribía y cantaba todo el día, mientras sus seis hermanos y sus padres sudaban junto al horno de la panadería. Era una empresa familiar fundada por mi bisabuelo Antonio, que había llegado de Italia; era Callo, con doble ‘l’, acá le sacaron una. Mi mamá era Calo. Estos gringos eran muy trabajadores, unos obsesivos, se levantaban a las dos de la mañana para prender el horno, y se turnaban para la atención del público. Mi abuelo trabajaba ahí; mi mamá perdió a su madre a los 9 años, era la mayor de tres. En la familia la manera de recriminar a los chicos era hacer referencia al tío haragán que no hacía más que tocar la guitarra, escribir y cantar, porque esa era su vida. Nunca tocó la harina y eso enfurecía a los gringos. Vivió con la familia hasta que, supongo, el padre le habrá dicho que así no lo bancaba más. Recuerdo que mamá dijo: Se fue. Para ellos fue un alivio”.
Tuky recuerda una visita: “Conocí a Tacuarita cuando yo tenía 20 años, ya estaba casada. Vino una vez a Gualeguay y se hospedó en la casa de mi tío Beto Calo. Almorzó y cenó en casa. Conversó mucho de sus amistades rutilantes. Mi mamá decía: ‘Son mentiras, qué va a tener esos amigos’, pero ocurrió que cuando empecé a leer cosas más serias que los cuentos de hadas, y eso no lo vio mamá, me hubiese gustado, vi que Mastronardi lo reconocía como amigo, que Juanele nombraba la voz y la guitarra de Tacuarita; y una vez que fui a recibir un premio a Paraná, para mi sorpresa, me lo entregó el poeta Carlos Alberto Álvarez, un referente de escritores, nacido en La Plata y un enamorado de Entre Ríos. Dijo: ¿De Gualeguay?, yo tenía un amigo allá, pero después desapareció, creo que se fue al Norte; yo le pedí que me dijera su nombre, que quizá lo conocía; me dio el nombre: Juan Rogelio Calo; Era hermano de mi abuelo, le dije. Fue muy grato para él entregarle el premio a la sobrina nieta de un amigo, y me habló maravillas de él, de su altura ética, algo muy distinto a los comentarios que yo había recibido desde la familia. Y descubrir ahora que Amaro le dedicó un soneto, con la importancia literaria que tuvo, aunque es un poeta que todavía espera un mayor reconocimiento, nunca le perdonaron su filiación comunista, fue una nueva alegría. Así que ante mis ojos, y ante los de la única hermana que me queda, la figura negativa de Juan Rogelio Calo pasó a ser otra cosa. Fue una revelación. Yo me cuestioné. Tacuarita debe haber sido felicísimo, porque en su vida fue lo que le quiso ser. También era luthier, hacía guitarras; cuando se iba a la buena de Dios, por La Plata, Buenos Aires, Córdoba, por distintos puntos de Entre Ríos, y cuando alguna gente tenía la gentileza de alojarlo, él pagaba su estadía haciendo una guitarra para el dueño de casa, cuando este tenía interés en el instrumento”.
La “endemoniada” presencia del tío Juan Rogelio tuvo sus consecuencias en la vida de la poeta gualeya: “Yo escribía desde los 9 años y no me atrevía a mostrar lo que hacía, porque lo había asociado con la personalidad de Juan Rogelio; porque todos los parientes se avergonzaban de él, entonces desde chica yo sabía que no quería ser como el tío. Para una de las becas que tengo, por poesía, el premio al Mérito Artístico, debía firmar el poema con seudónimo: elegí Juan Rogelio. Y el tío me devolvió la atención”. A continuación el poema premiado, y acompañado por el tío: “Un ave, un crepúsculo, mi alma: Por las altas regiones de las nubes / vuela un pájaro: azul, brillo y esmalte. / Las alas, / como pétalos dormidos / sobre el zafiro intenso de la tarde, / deshojan, / blandamente por el cielo / las violetas translúcidas de aire. // Me quedo / prisionera de la tierra, / en el lagar oscuro de mi sangre; / pero mi alma se bebe el infinito / por las altas regiones; / como el ave”.
Tuky Carboni hace memoria, se sincera entre recuerdos: “Me costó mucho vencer esa asociación que había hecho de chica; gracias a la familia asocié a un poeta con la vagancia. Gracias a Dios modifiqué la sentencia, porque escuché otras voces: nunca hay que escuchar una sola campana, pero yo, en familia, ¿a quién podía recurrir? De manera anónima, a los 32 años, mandé 3 sonetos firmados con mi segundo nombre: Irene, tenía ganas de saber si lo que escribía tenía algún valor, a la radio, al programa de Mario Alarcón Muñiz, que sabe mucho de arte; en el momento que leyó estaba el doctor Raúl Bardaracco, culto, muy lector. Los dos festejaron mi escritura, entonces pensé que aquello que hacía no estaba tan mal. Me animé. Se llamó a la creación de SEGuay. Entré con mucha vergüenza, pero ahí estuve. Recuerdo que guardaba mis poemas en la memoria, ni siquiera los había escrito a todos; cuando mandé a la radio, recién ahí los pasé al papel; todo era debido a esa vergüenza que venía desde la condena familiar hacia Juan Rogelio. Daniel González Rebolledo fue quien insistió para que anotara todos los poemas, y así comencé a hacerlo”.
La poeta gualeya busca entre sus recuerdos (acompaño con alguna pregunta mínima), por momentos se guarda en silencios, continúa: “Pudo vestirse y comer gracias a su guitarra y sus canciones. No tengo nada de lo que escribió. Creo recordar que Carlos Alberto Álvarez me dijo que tenía unos libros de él. Creo que lo conoció Mario Alarcón Muñiz. No formó familia, no tuvo hijos. Habrá nacido por 1890, y murió en Córdoba, al poco tiempo de la visita por Gualeguay. Una semana que fue una especie de despedida, visitó a varios amigos, año 58/59. Le avisaron de su muerte a Carlos Alberto Álvarez. Había dejado una valijita junto al nombre, teléfono y dirección de Álvarez, que fue a Córdoba a buscarla. Nunca lo vi de chica. Nunca supe que haya tenido un lugar fijo de residencia, una casa. Cuando estuvo en casa aquella vez cantó una canción: linda voz, la guitarra bien tocada: fue una especie de juglar, como los de la Edad Media”.
En la charla con Tuky apareció el recuerdo del librero Hartkopf. En su librería realizaba exposiciones de artistas jóvenes, ahí empezó Cachete González, Derlis Maddonni, Antonio Castro, y en ese lugar se hacían recitales para unas pocas personas, y en ese lugar se realizaba, afirmaría la familia gringa de Juan Rogelio Calo, de manera inevitable, una suelta de vagos: esa gente que gasta la vida escribiendo cuentitos, pavadas, pensando historias, algunas con destino de búsqueda plástica, otras buscando la compañía de una guitarra. Mucha búsqueda y chamuyo, diría el crítico, pero nada para vender y progresar/prosperar. Porque tanto en el ayer como en este “mientras tanto” importa, ante todo, señalar ese condenable “estado de gracia” que presenta quien intenta encontrarse, con él mismo y sus semejantes, en los territorios del arte. Ahí el problema: vivir en una sintonía poética que se opone al claro mandato, familiar/social, que se basa en dos pilares: producción y facturación. Un artista que se precie de intentar el camino sincero en pos de su objetivo: acercarse al arte, necesita de tiempo; lleva una vida construirse dentro de un oficio, y en ese tiempo, tironea la necesidad de hacerlo, de seguir el impulso, y tironea la vida, y dentro de ella especialmente la urgencia de los demás, los que poco entienden de procesos interiores. Y sin embargo, luego, la mayoría de los detractores de aquellos que eligieron el intento creativo, cuando el vecino, el familiar, el amigo, alcanza algún peldaño y sale del anonimato, ahí es cuando se hacen un buen buche de admiración. Queda bien tener cerca un escritor, un poeta, un músico: mi amigo, se dice, y es como si ellos mismos fueran los artistas. La cuestión es figurar. Muchos en Gualeguay se llenan la boca con los artistas nacidos en la aldea, pocos saben de quiénes eran, qué hicieron, pero no hay nada que suene mejor que hacer referencia a Carlos Mastronardi, Juan L. Ortiz o Cachete González. Eso sí, se aplaude con mayor fuerza cuando el artista es más reconocido en sociedad, directamente proporcional; no importa tanto el artista que todavía tiene metidas las patas en la sombra.
No todo es mercancía.

Juan Rogelio Calo sale al solcito entre los avisados, pero no queda duda, sale, estuvo, está en el soneto “Tu hermana de los zorzales” que le dedica Amaro Villanueva: “La tensa carne del jacarandá / le dio veta armoniosa a tu vihuela: / tan recta que, al herir la cuerda, vuela / trampolínea la nota en que se da. // La mano ejecutiva sabe ya / que el sonoro cordaje se revela / con solo el aire que al pulsar desvela / dentro del arca en que sensible está. // Cuando se va de cielo, en primavera, / la clara sangre del jacarandá / se vuelve lila al florecer cimera. // Y aquí, desde su rama, en tu vihuela, / sus alas abre la canción y va / de cielo en cielo, como lo que vuela”.

domingo, 14 de mayo de 2017

Tiempos de librería y café

Desde la chacra gualeya me pregunto si los escritores seguirán eligiendo entre sus paisajes: los cafés y las librerías como ámbitos de preferencia. Vengo de una ciudad donde esta fue la práctica histórica. En Buenos Aires fui habitué de estos lugares. La librería amiga, la última: El Gato Escaldado en mi barrio de Boedo, y mis cafés: el Cao en San Cristóbal y el Margot en Boedo. En mi intento de escritura, el café fue mi lugar preferido de trabajo: escribí más en los cafés que en mis departamentos alquilados. Hoy escribo la totalidad de lo alumbrado desde la casa que visita, cada noche, mi amiga la lechuza, a metros de mi encrucijada gualeya.
El maestro Carlos Mastronardi me llevó hasta mis tiempos de librería y café. Otra vez, a bordo de su libro “Memorias de un provinciano” (1967), fui de feliz viaje hacia otro pasado donde asoman los mismos puertos para el arribo y la permanencia. El Capítulo XI se titula: “La nueva sensibilidad”. Comienza de esta manera: “En la librería de Samet, hospitalario cubículo situado en la avenida de Mayo, solían congregarse, en las tardes de 1925, algunos escritores jóvenes que, todavía sin saberlo, integraban una nueva generación literaria. El hecho de haber estado en ese lugar, según me dicen, tiene ahora un sentido casi mitológico. El porvenir, sujeto a fines didácticos, simplifica y borra matices, pero lo cierto es que los amigos de Samet no se veían como una importante grey homogénea. La librería que hoy, a través del recuerdo, parecen haber prestigiado, estaba a poca distancia del persistente teatro Avenida, tan español en sus espectáculos ahora como ayer. Los taconeos y rítmicos saltos de sus bailarinas resonaban en el local del librero y a veces conmovían los precarios anaqueles. En ellos se enfilaban algunas obras de autores contemporáneos que aún no habían llegado al gran público. No otra cosa esperaban de Samet quienes concurrían a su negocio. Cansinos-Asens, Gómez de la Serna, Huidobro, Salvador Reyes, Lenormand, San Secondo, Rilke, Pirandello, poco difundidos por entonces, poblaban buena parte de aquellas estanterías. La revista ‘Proa’ y sus congéneres uruguayas y chilenas despertaban el interés de los iniciados en los ritos de la ‘nueva sensibilidad’, cuyos oficiantes también se daban cita en la librería del bondadoso Manuel Gleizer.
Carlos Mastronardi
En el mínimo comercio de la avenida de Mayo vi por primera vez a Güiraldes, a González Lanuza y a Jacobo Fijman. Asimismo, creo que allí empezó mi amistad con Borges. (…)”.
A continuación Mastronardi ocupa varias líneas en demarcar las coordenadas que hablan de los nuevos vientos en la labor y el arte de acomodar palabras. Aprovecha la ocasión para dar pista de su primer paso en el territorio en que era un recién llegado. Había conocido a escritores y poetas, admiraba y escuchaba, aprendía. Lo imagino en ese espacio/tiempo como aplicado escucha y testigo, la más de las veces en medio del silencio que acompaña a la contemplación, pidiendo permiso, haciéndose, tratando de conocerse entre enseñanzas: “Antes de conocerlos, la revista ‘Proa’ había publicado un poema relativamente mío, que envié, disimulado en seudónimo, desde una estancia entrerriana. Con menos convicción que espíritu de aventura, como quien tira una botella al mar, arriesgué esa página en un ambiente desconocido. La había escrito según las liberales leyes de la nueva retórica; en consecuencia, estaba plagada de imágenes. He olvidado su título –y espero olvidar todo el resto- pero recuerdo sus primeras líneas: ‘El crepúsculo sufre en una estrella / que es el martirio ardiente de la hora…’.
Aquel poema, que no era más que un ejercicio por demás perfectible, fue mi tarjeta de presentación. Ajustado a los cánones de la secta reciente, alojaba en cada verso una metáfora. Por entonces se creía que, no siendo la prosa el ámbito natural de la metáfora, ésta debe acudir al poema, donde el lenguaje nocional o lógico no debe notarse mucho. De acuerdo con dicha simplificación, el poeta se redujo a exponer estados, operaciones internas, como si hubiese renunciado al manejo de los elementos narrativos. Así apuraba las primeras etapas de un proceso que habría de llevar, treinta años después, y en sus últimas consecuencias, a la abolición del mundo externo y al destierro de todo argumento fundado en hechos. Ya entonces, tanto la poesía como las artes plásticas, rehusaban la anécdota, la fábula vertebral que servía a los clásicos como punto de partida. Se hablaba con desdén de los artistas ‘esclavos de la anécdota’ y atentos a la realidad sensible; de tal suerte, empezó a manifestarse cierta voluntad eliminatoria que, dos generaciones después, crearía las condiciones para erigir un arte donde el sujeto ya no se dirige a objeto alguno. En ese reino impreciso, el ser y la nada se tocan. Paralelamente a la evolución que se operaba en estos dominios, Husserl escribía que todas las evidencias son fenómenos internos. En el terreno de las letras, por entonces, los críticos anunciaban el advenimiento de la poesía pura. (…)”.
Mastronardi refiere una de las recetas en la historia de la poesía, señala: “cánones de la secta reciente”, ¿cuántas antes de la dirección señalada?, ¿cuántas después de ella?, me pregunto a la hora de subir la escritura propia a una receta general que mande hacer como dice tal o cual oráculo. Se desacredita, en la verdad revelada de esos años, el uso de “elementos narrativos” dentro de la poesía; se recomendaba “la abolición del mundo externo y al destierro de todo argumento fundado en hechos”; se ironizaba sobre los “esclavos de la anécdota”. Mastronardi lo define como un “reino impreciso”, donde “el ser y la nada se tocan”. La descripción de este Revuelto Gramajo de carácter casi religioso, me lleva a pensar en un estado de pretensión superior, como si se buscara la limpieza extrema que asegurara la ausencia del hombre en su estado natural: la imperfección. Nada del afuera, me digo, y pienso en las historias que regala la realidad, con sus suciedades y desesperaciones lógicas en torno al adentro y el afuera de la criatura. Pienso en el escritor, en el poeta, que piensa que en la calle vive la mejor semilla para intentar la fundación del poema, la escritura; pienso en esa semilla abonada en los mares interiores de la persona que, por oficio e impulso, ha decidido entrarle al intento artístico, a hacerse determinadas preguntas sobre la condición de la criatura que aún habita el barro. Pienso en el escritor, en el poeta, que todavía tiene dudas sobre sus seguridades; la duda como motor, la duda como oportunidad que lo autoriza a abrir las puertas necesarias para encontrarse con sus almas, sus patrias internas, que son, en definitiva, las únicas que podrán alumbrar el camino que mejor se sustancie dentro de una identidad. Luego, en estos territorios, no hay más lugar que para una sola receta: la personal. Afuera, como debe ser, los vientos seguirán llevando verdades, jugando a las conveniencias.
Desde la izquierda: Jorge Luis Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre (1927).
En relación al tema Mastronardi hace referencia a otro detalle fundamental para el escritor, el poeta: “En el tiempo hacia el cual me remonto, también Nalé Roxlo, Rega Molina, Pedro Miguel Obligado y otros poetas respetuosos de las leyes métricas, visitaban la famosa librería. Quiero poner en luz la buena coexistencia de unos y otros porque, en la hora presente, tiende a creerse que los rimadores y los practicantes del verso libre no se enfrentaron sino para combatirse. Conviene tener presente que ninguno de los dos bandos –si así pueden llamarse- obraba en función de interpretaciones futuras, es decir, de la venidera historia literaria. La fluencia espontánea de la vida era más fuerte que el espíritu banderizo. Sólo cuando los hombres, atentos al mañana, representan un papel, cuidan todos sus movimientos y se defienden de presuntas contaminaciones. (…)”.
En todas las épocas la pregunta fue (y sigue siendo) ética: ¿en qué vereda te parás, escritor o poeta? ¿Del lado de la “fluencia espontánea de la vida”?, o ¿en la representación de un papel mientras se va atento al mañana? Por diversas razones se llega al oficio de la escritura, un oficio que tiene que ver, al menos así lo pienso, con una toma de posición, desde dónde se mira, frente a los elementos que construyen la sociedad que nos toca a lo largo de los días. Y pensando en estos tiempos presentes, un escritor, un poeta, debe saber guardar una posición, deber saber hacer esquina en la vida fundando una parada ética clara, un pensamiento, una identidad. Tres bases que estarán representadas en la escritura a través de una concepción del mundo de los hombres. Si se acentúa el interés por el futuro, se nubla el presente. Si solo se piensa en uno mismo, si se juegan las ideas en función del ego, la mirada, las palabras, nacerán sin sustento, palabras de dioses amarretes que no respirarán más de cinco minutos.
El pensamiento es la llave, la herramienta que se alimentaba y construía en los cafés y en las librerías ayer, supongo que también en las de hoy, en todos los paisajes en que habitara un poeta, un escritor. Habrá nuevos paisajes, seguro, en que el trabajador de la cultura funde su refugio, el nido de barro desde donde nace la palabra después de cada lluvia, y en ellos la bondad de la reflexión vital, sincera, sobre el presente que nos toca.
Mastronardi cuenta una anécdota a propósito de la “no presencia” del amigo fundamental de la palabra: “La librería de Samet, por cierto, no era el único lugar donde convergían los hombres de mi generación. También frecuentaron la confitería Pedigree, acaso la más antigua de Palermo. Allí, el humorista Guillermo Juan y el poeta Rega Molina compitieron en un juego de habilidades y destrezas físicas. Se retaron, por ejemplo, a levantar rectamente una pesada silla, con el brazo estirado y sin que vacilara el pulso. Hubo que separarlos. En ese mismo local, unos meses después, Roberto Arlt, con su aire de inocencia pero también con interés temible, le preguntó a cierto comediógrafo afamado:

‘¿Usted piensa cuando escribe? ¿O se dedica de lleno a escribir, sin distraerse del trabajo?’. (…)”.

domingo, 7 de mayo de 2017

Lechuza en la encrucijada

La otra noche, en la chacra gualeya, llegó con chamuyo de sorpresa. Es cierto que mi amiga lechuza ya es habitué de la segunda columna en el frente de mi casa. Es sabido para este cronista y sus lectores que su presencia desde esa altura propone la observación, el pensamiento: la posibilidad de una vida a conciencia despierta. De a poco ella se fue acercando a mi casa, paso a paso detectó los movimientos en la misma, cuándo la quietud, cuándo es que la espío por entre las barras de la persiana. La lechuza necesita de mi compañía como yo de la de ella. Nos acompañamos, nos pensamos.
Digo que la otra noche no fue una más, porque al fin detecté un mensaje de mi amiga. A través de las noches fui registrando su grito, su decir. Su palabra aparece como si se tratara de dos ráfagas de viento: inesperado, contundente, y luego el silencio. Todo se da de manera tal que quizás el primer grito sea un aviso, el prólogo al mensaje que se da momentos después. El grito, el canto, la palabra que hace un tajo en la noche, que hiela el espacio entre las estrellas cercanas del cielo gualeyo.
Ella sobre la columna. Ella y su palabra.
La noche en que escuché el grito/canto/palabra a conciencia despierta, esa primera vez, abandoné la lectura y me acerqué a la ventana. Ahí estaba la lechuza. La veía de perfil; más allá de los movimientos sobrenaturales de su cabeza, su cuerpo se recortaba en la noche apuntando a la esquina. La casa está separada por unos veinte metros de la esquina, hacia la derecha.
Salí hacia la noche. Ella abandonó su vista al frente para seguir mi avance. Cuando yo estaba a unos dos metros, emprendió el vuelo hacia la esquina, y entre las sombras que flotaban a baja altura perdí el rastro de vuelo de mi amiga. Fue inevitable terminar parado en la puerta de casa y mirando hacia la derecha, mirando la calle de tierra mientras se desprendía, sangre adentro, un gajo sustancioso de la memoria.
Anoté cuando volví a estar frente a la computadora: “Vivo en la chacra gualeya. Mi refugio, mi escritorio, desde donde ahora escribo, se encuentra a unos veinte metros de una encrucijada, un cruce de caminos. Una encrucijada en el paisaje de los días, es el dibujo de dos sintonías que se tocan, dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Una encrucijada es la presencia con que se inicia este juego de memoria y escritura”.
Incontables veces miré hacia la esquina, y hasta el aviso de la lechuza, nunca la había visto como una encrucijada. Y ahora no puedo dejar de pensar en ese detalle no menor. Es a la vez un aviso sobre el descuido que a veces se abate sobre las personas cuando andan, digamos, un tanto descuidadas y entonces no ven todo lo que hay que ver, sean estas señales pruebas irrefutables de la existencia de la vida y de la muerte, es decir de los vivos y los muertos. Sin embargo, ahí andaba este cronista sin ver la encrucijada que vivía a la mano de las ideas y sus consecuencias.
Soy hombre de blues entre mis patrias internas, soy hombre de guitarra melanco, de guitarra con niebla y llovizna, de guitarra con saudade, con aroma de remembranza, de garúa finita entre las almas. No está bien que el hombre llegue al descuido, repito, porque entre el descuido se meten los malos de las historias, decía, no está bien de que a un hombre de blues se le escape un cruce de caminos. Está mal que por ejemplo Robert Johnson no haya sido convocado una noche a charlar sobre su historia en la encrucijada. Cuando era un don nadie, un músico mediocre, y se fue de medianoche al cruce y cantó un blues de su autoría para regodeo del maligno, que podía ser un diablo, un traidor, un demonio ceo, muy ceo (de lindo nada), estos seres oscuros que enseguida conectan con los que deciden en la altura, y entonces Robert desapareció un año. Volvió sabiendo de la guitarra, sabiendo lo suficiente para componer el puñado de blues que lo ubicaría en la historia grande del blues. Alguien le cedió la receta a cambio de su alma, así se cuenta. Claro que, como sucede en todas las historias, nunca nadie cuenta todo, nadie entrega toda la información, y mucho menos el poder de la precognición. Fue así que, por hacerle el amor a la mujer del dueño del boliche donde tocaba, no vio venir que la botella abierta de whisky que le convidaban venía con tanto veneno que no había demonio que conjurara el fuego. Así marchó Robert: desde la encrucijada a la tumba, desde la encrucijada a la historia.
Y no está nada bien que a un hombre de blues como se define este cronista, que gusta de un trago de whisky de la botella propia, y que sabe del diablo por haberlo tratado los años que duró la escritura de uno de sus libros (y no por ir a una encrucijada, sino porque el diablo es personaje de la novela), no haya reparado en el cruce de caminos, ya que antes de quemar las naves en Buenos Aires y volar a la ciudad/río de Gualeguay, vivió un puñado de años a unos veinte metros de una encrucijada. Era en el barrio de San Cristóbal, sobre calle Estados Unidos, a poco de encontrarse con Avenida Jujuy.
Frente al edificio de departamentos en que vivía, había un puesto de diarios y revistas. Lo atendía Lucas, que se definía como persona cercana al pensamiento mágico. Fue Lucas quien me anotició de la encrucijada en el barrio. En esa esquina, por donde sabe volar el colectivo 23, se dejaban ofrendas para misteriosas deidades.
Recuerdo que quedé sorprendido. Lucas nombró a Naná, la diosa del reino de la muerte, la más vieja de las diosas del agua, un orixá del Umbanda. Me dijo que esas ofrendas se hacen en un cruce mágico de caminos como era Estados Unidos y Jujuy. Me informó que quien hace la ofrenda no puede vivir a menos de siete cuadras de la encrucijada.
Las ofrendas consistían mayormente en bolsas de pochoclo, la pipoca. También Lucas me contó de algún simulacro de altar en la encrucijada.
Tanto me gustó este detalle tan cerca de casa, que el impulso me llevó, entre otras motivaciones, a escribir una novela alrededor de ciertos misterios. Es por estos detalles que no debería haber desatendido una encrucijada tan cercana. Pero gracias a la lechuza, estoy avisado. Cada noche ella me llama y me recuerda la encrucijada. Y entonces pienso cada noche en el cruce de caminos, y la veo a ella en la columna y camino hasta la calle para mirar hacia la esquina. Una de estas últimas noches, yo no estaba en el escritorio, andaba en la cocina, en el fondo de la casa. Escuché los dos gritos de la lechuza. Miré por la ventana, no la vi. Otra vez dos gritos. Salí bajo la galería, busqué sobre los tirantes, y nada, hasta que miro sobre el verde del pasto; a unos seis metros, ahí estaba, nos miramos y voló.
Sobre una de las esquinas de la encrucijada están construyendo una casa alta. Avanza rápido. Pienso en cuánto quedará, en poco tiempo más, de esta zona de chacras. En otra de las esquinas, la vigilia eterna de un espinillo. Los cimientos de otra construcción en una tercera esquina, con un cerco de pilotes de cemento, con el obrador un tanto alejado, terreno adentro; y en la cuarta un cerco de postes sin alambre ni tejido marcando el perímetro de un terreno. Estos postes, el altar superior de la columna de cemento del tendido eléctrico y mi columna, son los lugares desde donde ella otea la encrucijada.
Hay un foco en la esquina donde está la casa alta, todavía deshabitada, que da una luz tenue; dicha pátina de luz que pide permiso, en los días en que la lluvia está lejana, especialmente en verano, se ve acentuada por la levitación de la tierra que presenta un estado de gracia cercano al talco: en ese momento la encrucijada (en el próximo verano la veré como ahora la imagino) será como un muelle desde donde parten botes y viajeros hacia otras tierras, y muelle al que lleguen las almas de los que ya habían partido.
Será por eso que vi, que descubrí en otro juego de escritura, la presencia de Catón, el llevador. Me dije: ¿qué hace acá?, una pregunta estúpida, qué puede hacer Catón saliendo de una encrucijada: llevar al muelle las almas que quieran ir hasta los confines de la naturaleza, y luego volver para acompañar a los espíritus que eligieron quedarse en la ciudad/río.
Anoto entonces que una historia de encrucijada, de un cruce de caminos, sea en plena ciudad de Buenos Aires, sea en medio de un blues de autoría propia, sea en medio de la zona de chacras gualeya, siempre, me digo, es la posibilidad de encontrar un puerto desde donde pueda partir la conciencia, y adonde esa misma conciencia pueda llegar. Frente a una encrucijada se piensa en los afectos que viven en las personas que nos acompañan, en los afectos que rondan desde nuestros fantasmas. Frente a un cruce de caminos se piensa en el otro, y se tiene el cuidado de poner a raya a los demonios que invitan a otras historias. Pienso en el pobre de Robert, andar vendiendo el alma por algo a lo que se llega con trabajo y esfuerzo; pienso en el que se cree obligado a la ofrenda quizá demasiado misteriosa.
Pienso en cada una de las veces que me llama la lechuza para que salga del refugio. Me entero de la encrucijada, de las encrucijadas que se presentan todos los días, y pienso,  reflexiono desde la persona que soy: quién el que mira, desde dónde mira, por qué lo hace, cuál la guía. La identidad, nuestras patrias internas son un cruce de caminos, tan reales como mágicos. Mi encrucijada de almas es la que me lleva a preguntarme, y eso me hace feliz, es sano respirar en la duda, otra rosa de los vientos, y es bueno agradecer el aviso de los amigos, como es la lechuza que me ronda.

Pienso en la vida, y recuerdo unas líneas de un poema de Raúl González Tuñón: “La cerveza del pescador Schiltigheim”: “(…) Para que a cada paso un paisaje o una emoción o una contrariedad / nos reconcilien con la vida pequeña y su muerte pequeña. // Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, / estuve en tal pasión, en tal recodo. (…)”.

domingo, 30 de abril de 2017

Rolando Lois en Gualeguay

Es evidente: el mismo apellido. Esta nota no tiene intención de ser costumbrista: el cronista anotando la visita de su padre a la ciudad/río de Gualeguay. El centro de la motivación para estas líneas se encuentra en el hecho de que mi padre, mi viejo, llega a esta ciudad, como artista plástico, a exhibir una muestra retrospectiva de su obra en el Museo Quirós.
Hace un tiempo, con motivo de una muestra del patrimonio artístico de la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos) en el Quirós, se estableció el diálogo entre mi viejo y Néstor Medrano, el titular de Cultura del Municipio. Allí se encuentra el primer movimiento para esta exposición que se inaugura el viernes 5 de mayo.
Paso a presentar a Rolando Lois (1930): heredó de su padre, Julio Martín, el amor por la pintura. Fue alumno del maestro Antonio Parodi “El pintor del campo argentino” y del maestro Demetrio Urruchúa. Luego de esa formación se fue haciendo de amigos y conocidos en el ambiente del arte: Luis Dottori, Eolo Pons, Eduardo Liguori, Héctor Tessarolo. Intervino en salones y exposiciones colectivas hasta que llegó el turno de la muestra individual. Es socio fundador, e integró la comisión directiva, de la Sociedad de Artistas Plásticos Independientes (S.A.P.I.) de 3 de Febrero (1972). Integrante de la comisión directiva de Gente de Artes y Letras Impulso de La Boca (1980). En la Asociación Estímulo de Bellas Artes fue vocal (1984), tesorero (2004), y presidente (2008-2012). La SAAP también lo tuvo en su comisión directiva en 1986, cuando se presentó en el Congreso de la Nación el proyecto para la ley del artista plástico. En la actualidad es parte de la comisión directiva de SAAP.
Rolando Lois por Alejandro Lois

Lleva realizadas más de treinta muestras individuales en galerías e instituciones: Galería H, Witcomb, Asociación Estímulo de Bellas Artes, S.A.A.P., Lezica Park, Gente de Artes y Letras Impulso, Reguán, Centro Cultural Recoleta, Palais de Glace, Museo Pompeo Boggio de Chivilcoy, Museo de Artes Plásticas de San Martín, Museo Santiago Parodi, Museo de Arte e Historia de Los Toldos. En este último museo también se desempeñó como restaurador de veinte obras deterioradas.
Participó en más de doscientas muestras colectivas e intervino en sesenta y seis salones entre nacionales, provinciales, municipales y privados. En 1980 obtuvo el primer premio adquisición en la ciudad de Pergamino. En 1981 dejó de intervenir en salones.
En 1995 integró un grupo de artistas organizado en el ámbito de la Central de Trabajadores de la Argentina (C.T.A.). Realizaron una primera muestra, titulada “Sin pan y sin trabajo”, en homenaje a los cien años de la obra realizada por Ernesto de la Cárcova. En 1996 realizaron la muestra “Demanda contra el olvido” al cumplirse veinte años del Golpe de Estado que iniciara la dictadura en 1976. También en 1996 tuvo lugar la muestra “La desocupación y sus consecuencias”. En 1997 se realizó la muestra, con noventa y dos participantes, “Homenaje al Che”, con motivo del hallazgo de los restos del revolucionario asesinado en Bolivia. Algunos integrantes del grupo: Néstor Berllés, Dora Bianchi, Elsa Ferro, Hugo Marchi, Alejandro Taucar, Arrigo Todesca.
Exilio y silencio
El Museo de Artes Plásticas de San Martín designó con su nombre un sector de su sala de exposición, en reconocimiento por la ayuda y el aporte de obras de distintos pintores amigos que pertenecían a su pinacoteca personal (2011).
Consignan su pintura los libros “Arte 80” (Correo Editorial, 1980), “Anuario Latinoamericano de Artes Plásticas 81” (Correo Editorial, 1981), “Arte Argentino Actual 94” (La Actualidad en el Arte, 1994), “SAAP 85 Años en el arte” (SAAP, 2010), “Paletas artísticas” (SAAP, 2013), “Entre-Contrastes” (SAAP, 2013).
Su trayectoria artística ha sido comentada por: Luis Alberto Murray, Oscar Félix Haedo, Amadeo Dell’ Acqua, José Pugliese, Vicente Caride, Rodolfo Bretones, Osiris Chiérico, Salvador Linares, Manuel Madrid, Haydée Breslav, Pedro Gaeta.
En abril de 2015 donó a la SAAP su colección de pinceles de artistas plásticos: “Pinceles con historia”. Durante más de cincuenta años pidió un pincel a artistas que él respetara por su arte y trayectoria. Más de 160 pinceles guarda la vitrina en la sala Leopoldo Presas. Entre los artistas presentes en esta muestra permanente de memoria y herramienta, se encuentran: César López Claro, Raúl Lozza, Enrique Policastro, Leopoldo Presas, Francisco Reyes, Lino E. Spilimbergo, Demetrio Urruchúa, Vito Campanella, Juan José Cartasso, Ponciano Cárdenas, Tomás Ditaranto, Demetrio Iramain, Carlos Cañás, Pedro Gaeta, Derlis Maddonni, Roberto Cachete González, Rodolfo Medina.
Laburantes del río
En la entrevista que el crítico de arte Salvador Linares le realizara a Rolando, nota titulada “La memoria y su imagen”, aparece una acertada definición de su pintura: “El mundo plástico de Rolando Lois es el resultado de un constante trabajo en el taller. Una actitud reflexiva, que modera el impulso emocional, hace que prefiriera lo profundo a lo espectacular, buscando el trazo definido en el dibujo y el empaste substancial y macerado de la materia. La suya es una pintura recóndita que parece indagar en el espacio la propia memoria de lo contemplado”.
La muerte del violín
Linares preguntó: ¿Cuál y cómo debe ser la formación de un pintor?: “Hay quienes piensan que la academia, el conocimiento teórico, te convierte en un artista, en un maestro y no es así. El artista nace cuando encuentra su propia personalidad –grande o pequeña, pero auténtica– y la desarrolla mientras perfecciona el oficio. El que no trabaja, nunca llegará a nada”.
¿Cuál es la temática de tus cuadros y por qué?: “Pienso que el pintor debe estar comprometido con la época que le ha tocado vivir. Tomar posiciones políticas y sociales, participar de las venturas y desventuras del pueblo. No digo que tenga que hacer un arte militante. Se puede caer en lo panfletario y eso es negativo, no es la misión de la pintura. Uno puede hacer un arte cargado de sentido político y social pintando un paisaje, un bodegón, unas flores, un desnudo o un retrato. El mensaje está en la intención y el tratamiento de la obra, subyace en el trazo o en la pincelada. En mi caso, siempre me gustó el paisaje. Siendo porteño, viviendo como un porteño, sin embargo, siempre me atrajo el paisaje de campo, el deslinde pampeano. También he pintado y pinto el mar, las playas y las barcas, las casas y las barracas de la costa”.
Fuego en las calles
¿Qué otros maestros, aparte de Urruchúa y Tessarolo han dejado huella en su pintura?: “Yo no diría huellas, porque la huella es identidad. Yo no imito a nadie. Tengo mi propia identidad, no me importa si pequeña o grande. A mí la imitación me da vergüenza ajena. Yo admiro Opciones
a De Ferrari, pero ¿qué tengo de De Ferrari? Nada. En cambio viendo su obra aprendí a amasar la materia, a buscar el color capa sobre capa y por contagio tonal, a ordenar la superficie de la tela en dos grandes zonas –olas, decía él– complementarias y una menor como respuesta. No copié su imagen; él me enseñó el discurso esencial de la pintura, lo que no se ve. Lo mismo puedo decir de otros grandes artistas como Castagnino, Rossi, Policastro, Spillimbergo, Bruzzone, Berni. A todos les debo algo, menos la imagen de lo que hago”.
Alegría de otro tiempo
Salvador Linares, en aquella charla, logró abrir la puerta para que Rolando contara un recuerdo de infancia, y que luego lo llevara al ámbito de la pintura: “De mi infancia aprendí también que uno puede aspirar a un imposible en sus proyectos y utilizarlo como motor de alternativas realizables. No sé por qué les pedía a mis padres con una insistencia torturante que me compraran un potrillo. ¿Por qué un potrillo y no una bicicleta, un monopatín? Pienso porque tampoco me los hubieran podido comprar, entonces para no tener, era mejor no tener un potrillo. Estaba instalado en mi imaginación. Mi madre me preguntaba dónde lo iba a poner; y yo le contestaba que ‘al lado de mi cama’. Vivíamos con mis tres hermanos en la pieza de un conventillo y yo pretendía agregar a la convivencia un caballito de verdad.
Seguramente hubo otros inalcanzables potrillos en mi vida. También me hubiera gustado ser Roualt o Manet o Cézanne y fui Lois. Y está bien: digo lo mío y es totalmente mío”.
Un vuelo occidental y cristiano
Rolando Lois, mi viejo, como quedó dicho, es artista plástico y su obra viene de visita a esta ciudad/río de Gualeguay. Rolando es un trabajador de la cultura, se reconoce como tal en el compromiso con el oficio, su arte, de toda una vida: siguió la pasión que lo acompaña desde la niñez. Fui testigo de su quehacer cotidiano, del esfuerzo durante el trabajo silencioso, de la felicidad cuando el encuentro con otros habitantes del territorio por donde se llega al arte. Siempre rodeado de pintores y poetas, de compañeros en el sueño de la forma y el color. En esta muestra Rolando Lois viene a convidar su mirada.

Desde este paisaje natal viene mi escritura: desde el taller de mi viejo, desde la paleta con los colores trabajados, desde su sintonía de gamas bajas, las que mejor hablan del espíritu. Es cierto, escribo en esta nota sobre mi viejo, pero la motivación primera de estas líneas está en contar del artista que supo usar la llave de la puerta que permite salir a jugar entre las caricias ariscas que ofrenda la damisela del arte: trabajó a conciencia toda una vida. 

domingo, 23 de abril de 2017

Ventanas de Gualeguay

Pienso en ventanas, y la primera referencia que me llega desde la memoria, es un libro notable, hablo de “Ventanas de Manhattan” del escritor español Antonio Muñoz Molina: “La ventana daba a un patio interior grande, oscuro, con ventiladores y máquinas que rugían, con muros de ladrillo negros de hollín, con otras ventanas que pertenecían a habitaciones idénticas, con los cristales ligeramente opacos de mugre, algunas de ellas iluminadas cuando caía la noche, mostrando la presencia fugaz y lejana de alguien, el interior de una habitación exactamente igual a la mía. (…)”. Así comienza el libro. Un registro de gran ciudad. Recuerdo que, cuando ya llevaba un año de vida en la chacra gualeya, viajé con la familia a Buenos Aires. La escapada fue de una semana, y nos refugiamos en el departamento que nos prestara el amigo poeta José Muchnik en Boedo. No lo pude evitar, miré cien veces por las ventanas hacia las ventanas de los otros departamentos. Me molestaba la presencia cercana entre mundos privados, me preguntaba, ¿cómo pude vivir en estos lugares durante 30 años? Añoraba mis ventanas hacia el verde gualeyo.
Pienso entonces en las ventanas de Gualeguay como posibilidad de libertad, opuestas a aquellas de mi pasado. Una ventana es la posibilidad de llegar a los aromas de otro mundo, es más, de otro mundo y muchas veces de otro tiempo. La memoria, de múltiples sintonías, puede entrar y salir por una ventana. Por una ventana se puede ver llegar a la persona amada. Por una ventana se puede llegar al misterio de la palabra y del silencio. Es la posibilidad de encontrarse con el otro y con uno mismo. La vida a través de la ventana. Es mejor que nuestra alma tenga ventanas, de igual modo nuestras patrias internas; con una ventana se puede llevar mejor los vaivenes de cualquier oscuridad. Ventanas contra las tormentas, mirar por nuestras ventanas mientras seguimos atados, a lo Turner, por elección, a nuestras ideas, para mejor ver el paisaje donde tantos infiernos pueden ser fundados.
Guardo un registro muy personal, un recuerdo gualeyo, construido alrededor de una ventana. La imagen la guardé en un texto que forma parte de “Una historia para Julia” (Ediciones del Clé, 2015), libro donde Julia, mi hija, es personaje central. La escena es de julio de 2014: “Tu jardín Tru-la-la funciona en una casa vieja de puerta y ventanas altas que dan sobre la vereda. Por una de ellas se ven hamacas y otros juegos. Cuando mamá Evangelina y papá te van a buscar a la nochecita, esa ventana está abierta, pero ahí no hay nadie. En cambio por la otra, las pocas veces que queda abierta y cuando faltan unos diez minutos para la salida, se puede ver a todos los chicos bailando. Escribo ‘a todos’, pero no tengo más ojos que para vos. Con mamá intentamos pegarnos al marco de las rejas para mirarte y que vos no te des cuenta. No queremos interrumpirte, para que todos disfrutemos. No puedo creer que te muevas tan ajustada a la música, con tanta libertad y felicidad. Te miro y creo que siempre te voy a mirar en ese momento, no importa que pasen muchos años o todos los años de la vida. “A dormir” avisa Naty o Chona y todos se acuestan en el piso. Veo cómo disfrutás el piso, en casa es uno de tus refugios. A mí siempre me gustó encontrarme con el fresquito de la baldosa. Otra vez de pie y música: y ahí va Julia con sus pasitos cortos, avance y retroceso, brazos y manos que acompañan la vida del aire. Y yo te miro, mamá Evangelina te mira, qué maravilla esos minutos. Quiero decirte que cada vez que quieras vernos, no tenés más que mirar hacia una ventana que dé a la calle, en cualquier tiempo y lugar, y ahí vas a encontrar la felicidad: la tuya y la nuestra”.
Ahora bien, por qué estoy hablando de ventanas, estas naos maravillosas que transitan, la mayoría de las veces sin gozar de atención alguna, por nuestras vidas. Hará unos dos meses, y gracias a los vientos benevolentes que a veces soplan por las redes sociales, me encontré con dos fotos tomadas por Fabricio Castañeda, reconocido trabajador de la cultura que siempre está en movimiento.
Guardé las fotos y comencé a espiarlas. Algo empezó a llamarme desde las imágenes. Le escribí a Fabricio para decirle que sus fotos me gustaron mucho. Él me dijo que pertenecían a una serie, un mismo tema en el que trabaja hace un tiempo. El título de la serie: “Ventanas de Gualeguay”, el que lleva esta nota, porque si pienso en Gualeguay, además de lo dicho más arriba, concurren a mi memoria las dos fotos de Fabricio.
Y por qué creo que sucede esto, porque esas fotos, es decir, desde esas ventanas, me llega el impulso de contar una historia. Las ventanas de Fabricio son una invitación al relato, a la ficción verdadera, o a la verdad mejor mentida, es que en tantas posibilidades juega el nervio de la escritura.
Las ventanas como pasadizo, como túnel, una invitación para salir y para entrar a mundos diversos, paisajes otros.
La ventana de una de las fotografías, la que tiene rejas, me lleva a pensar en una historia que me contara Pepe Quintana, gualeyo memorioso, hace unos meses atrás. Las rejas debían impedir la fuga de los perros. Cuando vi la susodicha ventana, me dije, esta puede ser la casa de aquella mujer, Pilar, de la que me habló Pepe. Si pudiera entrar por la ventana, y a través de ella viajar en el tiempo, llegaría al patio donde Pilar había hecho construir un mástil. Todas las mañanas se levantaba, preparaba el mate, como todo ciudadano gualeyo, y después aprontaba la victrola. Entonces ella cantaba el Himno Nacional a los gritos. Izaba la bandera. El mástil estaba casi en el centro de la manzana. Se borran las calles verdaderas, no digo dónde vivió realmente Pilar, y tampoco sé a qué casa corresponde la ventana que atrapó el encuadre de Fabricio. Sin embargo, el recuerdo de Pepe, la imagen de Fabricio y esta escritura se dan una mano para contar esta historia chiquita de una gualeya llamada Pilar. Después que izaba la bandera, ella se dirigía al cementerio. No al ubicado frente a la plaza, donde para el día de ánimas, se dejaban los carros con sus brazos apuntando al cielo; carros y caballos de la gente que venía de las chacras a velar las tumbas de sus finados. Pilar caminaba hasta su propio cementerio, el que tenía en el fondo de su casa que, al igual que el mástil, se refugiaba casi en el centro de la manzana. Cuenta la leyenda que Pilar había querido ser monja, pero que la habían echado por loca. Lo cierto es que Pilar tenía alma bondadosa, por eso el cementerio. Cuidaba de las tumbas y de la identidad de sus adorados perros. Se guarda memoria, lo asegura Pepe: cada tumba con su correspondiente lápida, de los nombres de algunos de los animales: anteojito, medio anteojito, doble anteojito, tres anteojitos. La pregunta se hace inevitable, si los que están a la “vista” son solo algunos, ¿cuál fue la maldición que azotaba a las mascotas de Pilar?
La ventana pintada de un color verde sucio, descascarada, sin vidrios, que encontró Fabricio en su ciudad/río de Gualeguay fue, y cuando ya la ventana contaba con estas señales de abandono, o presentaba esta ineludible pátina de tiempo, por la que Martín Velásquez, vio, una mañana, sobre calle San Lorenzo, a Catón camino al cementerio. El llevador de muertos se detuvo frente a la ventana. Ellos se reconocieron. Martín vio que, a la izquierda, en la calle, el coche tirado por caballos empenachados de negro, el que abría el acompañamiento, se detenía. Pensó: Porque se detuvo el jefe. Catón sacó la boina del bolsillo del pantalón y se la colocó. Encendió un cigarro. Sonrió.
Martín abrió lentamente las dos hojas de la ventana. Se acercó para ver a Catón, que se veía como cuando hace tanto tiempo lo cruzaba en la plaza Constitución.
Catón sacó de un bolsillo un cartón doblado al medio. Lo abrió para que Martín pudiera ver su tesoro. Una foto, Catón enseñaba su foto. Sonreía. La dio vuelta para que Martín pudiera ver el sello de la casa de fotografías de Kayayán.
La boina volvió al bolsillo del pantalón, la foto a uno de los del saco. Apagó el cigarro sobre la mancha circular que aparece en la pared, bajo la ventana. Luego de hacerlo, se irguió. Guardó el resto del cigarro en otro bolsillo.
Comenzó a caminar y junto con él se movió el acompañamiento.
Martín Velásquez no recuerda cuántos años llevaba muerto Catón cuando volvió a verlo a través de la ventana.
Dudo que Velásquez haya vivido sobre calle San Lorenzo, desconozco a qué casa pertenece la ventana; otra vez, la memoria de Martín, la imagen de Fabricio y la escritura de este escriba se dan la mano para contar una historia (hecha de retazos de historias) del ilustre Catón, llevador gualeyo, autóctona confluencia de los ríos Anubis y Caronte.
A través de la ventana del frente de la casa, la que corresponde al escritorio, espío la columna donde viene, cada noche, mi lechuza amiga a pensar y observar el laborar de tantas criaturas. A través de las ventanas que dan al jardín del fondo, veo durante todo el día la manifestación de la vida. Existencias desde el canto, como la de los pájaros; existencias desde el silencio trabajador, como la de las hormigas. Existencias en verde y cielo entran a mi casa a través de las ventanas, y a través de ellas mis almas confluyen con el afuera. Por las ventanas de mi casa en la chacra gualeya entra la palabra del universo naturaleza, y entra la coexistencia del hombre con el paisaje, la fundación de la sociedad. Pienso y detengo la mirada, cada día, sobre el jacarandá joven, el espinillo, los álamos bien al fondo del terreno, y sobre la alegría de sabernos todos en órbita de la pulsión vital. Todo al alcance, en un primer movimiento, con solo atravesar una ventana. Esa misma ventana que hace unos días dejaba pasar al interior de la casa y mi memoria, el sonido del helicóptero utilizado en la búsqueda de Micaela García.

Hay una historia para contar detrás de cada una de las fotos de Fabricio Castañeda. Tenemos una charla pendiente. Fabricio tituló su serie: “Ventanas de Gualeguay”, y abrió el juego de la libertad, quizá la esencia primera, la sustancia fundacional de toda ventana dentro de esta aldea, la ciudad/río.

domingo, 16 de abril de 2017

La muerte: un paisaje cercano

El destino en la vida de los hombres se me presenta, cada vez con mayor asiduidad, bajo la apariencia de una gran rueda que, con giro parejo y certero, fue adoptando, a través del tiempo, formas diversas. Me digo que esta rueda viene en avance desde el origen de nuestra especie. La rueda de la vida y de la muerte, la rueda que giraba al lado del camino, acompañando el quehacer de la criatura: sus descubrimientos, los riesgos a los que se iba enfrentando aquel muchacho que había descendido de los árboles para empezar a erguirse y tratar de adivinarle el color al horizonte.
Aquella rueda fue tomando velocidad, de a poco fue incorporando necesidades, y muy especialmente cuando el mundo, las sociedades comenzaron a dividirse entre los dueños de la riqueza y los que viven el día a día. A la rueda de la vida y de la muerte se le agregaron los intereses de los dueños de la pelota.
Pasaron los años y la rueda pisó al fin el tiempo de las velocidades y los desintereses varios, de la furia tras la obtención de la moneda, y de la furia tras la obtención de toda mercancía ofrecida en diversos modelos de vidriera, tiempos de la furia al momento de ignorar la suerte del otro. Dicha rueda acentuó su velocidad y junto con ella, su apariencia. Desde que el hombre comienza a razonar, sabe que está sujeto a las variaciones que dispone el señor destino, algunos lo llaman Dios, y otros: señor suerte; todos, en mayor o menor medida, saben de la existencia de la rueda que determina los tiempos de la vida y de la muerte.
Sucedió que muchos sabían de ella, pero le perdieron la pista, por apurados, por estar muy ocupados en las cuestiones “realmente importantes” de los días.
La rueda del destino mutó su apariencia. Siguió de giro certero hasta que se fundó como rueda, o plato, o corona de una ruleta. Gira que te gira plena de casilleros donde el destino podía embocar la bolita. Y fue cierto, muchos de esos casilleros tenían, guardaban, podían esconder el aroma de la muerte injusta. Es difícil, aunque no imposible, encontrar una muerte justa. Hablo de muerte injusta cuando sucede fuera de toda lógica o previsión, y esto por sobre la esencia sorpresiva que tiene el destino, que a nada está obligado. La mayoría de las muertes son injustas, y entonces esta ruleta de la vida y de la muerte en estos tiempos oscuros de oscuridad poco sana e interesada, fomenta, posibilita, una cantidad inhumana de muertes injustas.
Se me ocurre pensar que como sociedad estamos cada vez más cerca de una nueva mutación de la rueda devenida en ruleta. Estamos a las puertas de la sinrazón última, un paisaje cercano al infierno, el peor de los posibles, porque sucede en esta tierra y en el “mientras tanto” de nuestras vidas. La mutación de la que hablo nos deja en la última piedra antes caer al precipicio. La rueda fue ruleta en manos de los hombres, y la ruleta, homo sapiens mediante, está mutando en ruleta rusa.
El tambor del revólver que sostiene el hombre en sus manos tiene capacidad para embocar solo seis bolillas. Gira como giraba la rueda primera, rueda como la predecesora en el arte de prodigar destinos inciertos, peligrosos, gira y guarda entonces seis lugares nada más, y hoy el hombre, por estupidez nacida en la velocidad, por maldad nacida de su fiebre por la obtención de la moneda, por el desinterés que le despierta la suerte de la persona que trata de hacer la vida a su lado, por la morosidad y falta de compromiso con las actividades que desarrolla, por su desapasionada manera de andar por el mundo, digo, ese hombre acomoda bolitas, balas y miserias en los lugares desde donde “nacen” las desgracias y las muertes injustas. Se prodiga esta sociedad de los hombres en cubrir la mayor cantidad de lugares con posibilidades de muerte.
Escribo en un día triste. Hay una ausencia en la ciudad/río de Gualeguay. Una piba llamada Micaela García: 21 años, militante política, comprometida y solidaria con los necesitados de la sociedad, fue asesinada por un hombre que al menos tenía dos condenas por abuso sexual. El condenado al parecer cumplió los dos tercios de la pena y salió en libertad. El revólver se disparó, y como decía, las oportunidades de que la suerte termine en muerte son muchas. Seis posibilidades en el tambor del arma que carga la sociedad de los hombres. Repito, esta sociedad de las velocidades y los desintereses varios. Como estamos, la cuestión azarosa, destinal, cada vez juega menos en los acontecimientos. Solo seis posibilidades y la mayoría darán pista en el blanco de la madre de las desgracias.
Robert de Niro en "El francotirador" (1978) de Cimino.
Al parecer hubo gente que escuchó el momento en que Micaela resistía a su atacante. ¿Un nuevo “no te metás”?, el miedo ganó el pensamiento. Señalo otro tema que se hace parte de la sustancia con que la sociedad carga los seis casilleros que apuntan a la vida: el circuito de las palabras que originan la presencia de la información. Hubo en la calle, en las muchas veces inhóspitas tierras aéreas de las redes sociales, cantidad de especies nacidas desde la falsedad, el chismerío, y la depravada manera de hacerse cómplices del asesino. Embarullar a la policía en casos como este es también ser el asesino. No sé cuántas veces encontraron a Micaela. Lo decía la gente atrapada en las redes. Y también decían los periodistas que las posibilidades de que Micaela hubiera sido víctima de una organización de trata, o de alguna acción criminal, estaban descartadas, y se señalaba la teoría del suicidio. Los periodistas señalaban al fiscal y su entorno como origen de esta nueva verdad revelada. La teoría suicidio se verificaba en los mensajes de Micaela en el último día. A partir de ellos se empezó a hurgar, con ignorancia y dudosas intenciones, en la vida privada de Micaela, que era la víctima, la desaparecida. Una vez más se apuntaban los seis casilleros sobre la víctima, sobre la dudosa condición moral de ella y su gente. Una mujer caminando sola a las seis de la mañana no está bien vista. Escuché algunos llamados periodistas rondar como buitres alrededor de Micaela. Los periodistas de la velocidad y el interés de nublada estirpe también cargaron el revólver. ¿El juez que permitió la salida del asesino de la cárcel lo hizo utilizando de manera acertada sus herramientas?; parece que el juez podía decir que sí, y lo hizo; por otro lado se dice que el servicio penitenciario desaconsejaba la medida. Luego, en todo este barullo en busca de primicias en el barrio o la radio o la red, se pide la cabeza del juez de la misma manera que se pide la cabeza del asesino, para así poder, como sociedad, ser más asesinos que el asesino. La solución no está en más muerte, y sí en exigir que se revisen las actuaciones y la legislación, está en buscar que más sistemas mejoren su funcionamiento dentro del sistema. Por qué no pensar en que mañana, en la misma situación, la opinión del juez y el servicio penitenciario pueda ser evaluada en otra instancia. Y si se procediera a la libertad, debería haber, dado los casos de reincidencia en el tema abuso sexual, en pleno funcionamiento una red de contralor en torno a quien fue liberado. Hay mucho para hacer antes que alentar la hoguera para los condenados. Ser parte de esta locura, emprenderla contra el respeto por los derechos humanos, las garantías constitucionales, proponiendo distintas maneras de tortura y asesinato, es también colaborar con los seis casilleros del revólver que el hombre tiene en sus manos en estos tiempos de las velocidades y de los intereses que se desentienden de la vida. Se carga el revólver cuando se señala como molesta la presencia de los integrantes de la agrupación donde militaba Micaela. Cómo no iban a estar en la plaza, frente al edificio de la policía, cómo no pedir por la compañera desaparecida. Molesta la manifestación, en esta Gualeguay que también carga el revólver, porque la agrupación lleva el nombre de Evita. Nadie hubiese criticado la presencia de socios, si la ruleta rusa hubiera afectado a un miembro del Club Social o del Jockey Club o el Club Urquiza. El problema está en los que además quieren mostrar a la política como un espantajo despreciable en estos tiempos de regresión histórica. Yen toda esta historia de rueda, ruleta y ruleta rusa, está la imagen de Micaela: sus intereses como persona. Leo en la tapa del diario: Todos Somos Micaela, pero, ¿y entonces?, digo, después del slogan, ¿dónde quedamos parados, en la vereda de la víctima o en la que aglutina a los que juegan como cómplices del asesino? Ser cómplice del asesino es también hacer circular la especie de que la marcha del sábado se suspendía, ¿alguien quería resguardar la pulcritud de ideas en la plaza? ¿Es que tanto molesta la gente en una plaza?
El padre de Micaela, en medio del peor de los dolores, dijo frases como esta:
“Tenía un corazón de oro. Vivía para las otras personas. La veíamos poco porque estaba siempre en el barrio, organizando torneos para los que no tienen nada; haciendo tortas fritas para repartir”.
“Tenemos que hacer posible el país y la sociedad que ella quería. Ella quería cambiar estas cosas de la sociedad. Y el dolor no nos tiene que poner injustos. El dolor no nos sirve para nada. Nos tiene que servir para cambiar la sociedad”.
“Hay que esperar que la Justicia actúe como corresponde, y no que se haga Justicia por mano propia como quieren un grupo selecto de personas, de ese tipo de Justicia que Micaela aborrecía. Pese a todo tengo una tranquilidad rara, la voy a recordar con alegría”.

Si todos somos Micaela bien podríamos esforzarnos en corregir el mapa injusto de esta sociedad de revólver de seis balas con esencia decidida de ruleta rusa. Deberíamos entender que a muchas personas el sistema, primero los invisibiliza, los olvida, y cuando se descorcha la desesperación o la enfermedad, ahí sí, el sistema los vuelve visibles, tan solo para castigarlos por sus delitos. Si todos somos Micaela, deberíamos intentar ser como ella: solidaria, comprendiendo los condicionantes del desierto de donde viene la mayoría de las personas a las que se come la pobreza, esas personas que son las primeras víctimas del revólver de seis casilleros que en mano de la sociedad condena a muerte. El desafío entonces, si en verdad hoy nos sentimos como si fuéramos Micaela, es liberar los seis lugares, es tratar de volver primero a la ruleta y luego a la rueda de la vida y de la muerte, para que, limpia de bajezas e intereses, su giro nos devuelva a lo que pueda marcar el destino, ese muchacho que algunos llaman Dios, y otros: señor suerte. Claro que habrá que tener decisión como Micaela, habrá que abandonar cómodas posiciones de complicidad y cobardía.

domingo, 9 de abril de 2017

Maxi Crespo: Gualeguay abstracto

Supe de la existencia de Maximiliano Crespo a través de unas pocas líneas en el capítulo “Nuevos pintores en Gualeguay a fines del siglo pasado” del libro “Formas y colores de Gualeguay” (Ediciones del Clé, 2004) de Nidya Rampoldi, Patricia Míguez Iñarra y Daniel A. Gabriel: año de nacimiento, estudios, primeras muestras. Hará un año largo, me encontré con Maxi en persona, en el Museo Quirós. Recuerdo que hablamos sobre los alrededores de la pintura, y mucho me agradó la charla con una persona joven que estuviera tan bien ubicada en relación al oficio. Aquella vez Maxi me dijo que estaba saliendo de un período de inacción, de un “parate”, como comúnmente se llama a esos momentos en que la persona que intenta transitar los territorios del arte, se toma un recreo. Contaba la experiencia con tranquilidad, con la naturalidad con que puede referirse un pintor con muchos años, y a conciencia, en el oficio. Maxi era una persona a entrevistar.
Hace unos dos meses, leyendo “Cronosíntesis” (Eduner, 2016), libro que presenta una selección de las notas periodísticas que Emma Barrandéguy escribiera para la página cultural del diario El Debate Pregón, leo la nota titulada “Dispuesta a comprender” (1 de abril de 2001) y otra vez me encuentro con Maxi: “(…) Y en cuanto a Maxi Crespo, quizás menos negro atraería más la mirada. (…)”. Fue entonces el tiempo de su palabra.
El territorio artístico elegido por Maxi es la sintonía de la abstracción. Una mirada “otra” que algunas veces funda un universo completo de sustancia y formas: universos escondidos; y en otras se permite ubicar trazos que dicen de la presencia de aquello que no está oculto: claras señales dentro de lo figurativo. Pregunto por su receta de trabajo: “Trato de dibujar y pintar 6 horas diarias, corridas. Se me complica por el trabajo; soy empleado de la Municipalidad a la mañana y también trabajo por la tarde. En el día se hace difícil, así que trabajo de noche, tranquilo. Por eso la presencia del negro en el dibujo; el contraste, eso te lo da la noche, la luz de la lámpara. Después miro los trabajos a la luz del día y pienso en qué puede faltarles. Estoy cómodo en la noche. Hace 4 años que vengo dibujando. Muchas veces arranco un trabajo pensando en un objeto: un libro, un pescado, un árbol, el agua, el ambiente en el que me muevo todos los días, pero no lo pienso desde lo figurativo, lo pienso desde la abstracción, trato de construir en mi cabeza de otra forma. Lo voy resolviendo durante el día. Sé que se pierden oportunidades, horas, pinturas; sé que mientras lo estoy pensando podría estar ejecutándolo. Cuando llega el momento de hacer ya hay cosas que perdí. Puedo bocetar algo a la ligera, pero no me concentro. Necesito de la tranquilidad”.
Sobre su oficio y su regreso desde el “parate”: “Vengo de trabajar 6 hs. por día durante 4 años, y antes estuve 3 o 4 sin hacer nada. No pasé de hacer algunos bocetos. Bueno, eso un día vuelve. Empecé con birome sobre cartón, como en los comienzos en la escuela de arte; me gustó el desafío de la birome porque no podés retroceder, eso me fue dando seguridad. Cada línea debe estar como la pensé o como la razoné durante el día, para que el dibujo tome la forma que quiero. Si fuera con carbonilla o grafito, podría volver, pero con la birome o marcador indeleble, o tinta china, no. Cuando el negro satura, aparece el color”.
La presencia de lo negro, pregunto por la oscuridad: “Es mi forma de ser. No conocía lo escrito por Emma. La presencia de lo oscuro, el negro, en mis trabajos, en mi búsqueda, es lo que me ha ido marcando. Veo trabajos de hace 10 años, y hay una presencia de ese pasado en mi trabajo actual. Creo que pude evolucionar, pude darle un sentido a ese negro que señala Barrandéguy. Es poder marcar dentro de mi trabajo situaciones que tienen que ver con mi vida cotidiana. Otros se expresan mejor con el color. El negro es la guía que llama a lo cálido, que está siempre presente”.
Consulto sobre el “parate”, el recreo: “Tuvo que ver con el laburo, me exigía más tiempo. No vivo del arte. Lo hago para expresarme y liberar presiones. Decidí robarle tiempo a mi vocación, que quitarle horas a mi familia. Se sumó a esto que lo que estaba haciendo no me gustaba. Lo que veía y sentía durante el día no lo podía llevar al dibujo. Paré entre 2008 y 2012. Pero en ese tiempo, además del trabajo, lo dediqué a una vida de aire libre, que siempre hice desde chico, la fortalecí. Conocí lugares en Gualeguay que creo conocen pocas personas, eso me ayudó a crecer, a ver el Gualeguay desde otro punto de vista, y a entender el mundo. Y cuando volví al dibujo lo hice con total placer. Fue tiempo de cargarme; después empezó a salir la obra”.
Pregunto por sus inicios, por la fundación de una manera de pintar, cómo pintar el río en medio de la abstracción: “Esa es mi búsqueda. Empecé a bocetar y estudiar a los 17 años, pero esto viene de más atrás. Tengo una tía que es ceramista: Rosa Díaz. Yo la ayudaba cuando tenía 6, 7 años. Todo su trabajo era figurativo. Cuando fui a la escuela de arte, la mayoría de mis compañeros hacían lo que veían en el cotidiano: un florero, una silla. Yo no veía solamente la silla, veía el defecto y trabajaba sobre él, que le faltara un pedacito o la presencia de un clavo, eso me fue llevando a buscar el más allá de cada momento, de cada figura. Hay un lugar no visible, está, lo que pasa es que hay que verlo”.
Maxi Crespo es un amante de la pesca. La actividad aparece como cercana al arte: lleva a estar en solitario, y en ese estado a la reflexión, al encuentro con uno mismo, a tener noticia de las almas que nos forman. Maxi abstraído en el paisaje, pensando: “El río, con los arenales y el verde, es el psicólogo perfecto; el silencio que encontrás ahí es único. Te encontrás con vos, te sumergís. Me salva la familia, los afectos, el arte y la pesca, o la pesca y el arte. Nací en Gualeguay, a los diez años la familia se fue a Concepción del Uruguay; volví a los 17 y me dediqué al dibujo y el estudio. Conocí a María Rosa, mi mujer, ella escribe, tenemos 3 hijos. Es importante el apoyo que tengo en mi casa”.
Desde aquellos días del origen, Maxi cuenta un hecho que encaja en la sintonía de la obra de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”: “Todo tiene que ver con el tema de los olores. Nunca tuve necesidad de trabajar de chico, mis viejos nos dieron todo. Pero a los 15 quise trabajar; me lo permitieron mientras siguiera estudiando. Estuve un año de lavacopas y conocí un chico, un poco más grande que yo. Un día lo ayudé a mudar en la casa de los padres una pila de ladrillos, había que llevarla al fondo. Terminamos de acarrear los ladrillos y en el piso quedó todo un polvillo rojo. Me acerqué, y el olor que largaba el ladrillo húmedo me hizo acordar al preparado que hacía mi tía con los ladrillos. Eso me llevó a querer hacer una masa y armar unos cacharros. Ese fue el inicio, ahí empecé a dibujar y pintar, a expresarme. Volvió aquello que había mamado de chico al lado de Rosa Díaz”.
Maxi señala a su admirado: “Soy fanático de Van Gogh. Su pintura tiene que ver mucho con la abstracción. Yo creo que se iba de donde estaba y se colocaba encima de un árbol o de otros objetos, y por eso su logro. Su arte es algo casi invisible de cerca, algo que cobra vida a través de la distancia. Me gusta mucho Kandinsky, y algunas obras de Picasso”.
Consulto de qué manera se ubica en este mundo que nos toca en suerte: el poco interés por el arte, la vida hecha de puros cálculos monetarios, el día fundado en la velocidad y la inconciencia: “Todo lo que uno hace principalmente es para uno mismo. Hay gente que te rodea en este mundo interesado que te dice: qué bien, pero en el fondo piensan que pierdo mi tiempo. Está en uno no dejarse contaminar. Sin este hacer, Gualeguay sería aburridísimo”.
Maxi Crespo ofrenda su tiempo al dibujo, la pintura, la escultura, la cerámica. Sus palabras apuntan a la posibilidad de limar las fronteras entre estas disciplinas. La sensación es que su búsqueda está “en movimiento”: “Me gustaría que mi trabajo pudiera llegar a la exhibición en un lugar público, cerca de donde camina la gente. Mi dibujo tiene mucho que ver con la escultura, mañana bien podría terminar como objeto tridimensional. Pienso en mi trabajo como un proceso”.
Actualmente Maxi Crespo trabaja en el área de Cultura del Municipio, es parte del equipo que dirige el plástico Néstor Medrano. Maxi afirma que Medrano lo ayudó a madurar conceptos del dibujo; y que le gusta su trabajo porque le permite conocer artistas, gente interesante. Señala en primer término a los escultores que participaron en el I Encuentro de Escultores de Gualeguay, en 2016: Mario Morasan, Tacho Zucco, Francisco Mateos, Adrián Bois.
Creo que en Gualeguay no hay un referente en la sintonía del arte abstracto, el territorio por el que transita Maxi. Quirós, Cachete González, Derlis Maddonni, trabajaron desde la vereda de lo figurativo, aunque muchas veces las obras de Cachete y Maddonni dejen puertas abiertas, líneas sugiriendo el misterio, el otro lado de las cosas. No deja de ser un desafío la parada de esquina elegida por Maxi Crespo en la ciudad/río de Gualeguay, por historia, tan cercana a la figuración. Maxi afirma que la presencia de estos maestros lo impulsa a seguir. No hay peso para su pulso, sino la mejor compañía.
Y dice muy bien Maxi Crespo cuando en el momento de pensar en abstracción en este paisaje gualeyo, nombra a dos escritores. Habló de la palabra con aroma de abstracción de Juan L. Ortiz y Eise Osman.

A Maxi Crespo se lo puede ver transitar su aldea en atenta abstracción, hablando lo justo, habitando el silencio, pensando, como si estuviera pescando, como si estuviera pintando con ideas el destino de su búsqueda. No hay en él pretensión de artista, sino la simple presencia de un trabajador de la cultura que vive feliz en su sincero quehacer, su intento.