domingo, 4 de diciembre de 2016

Orillas: Ibarra-Castañeda

El Chango Ibarra (el músico) y Fabricio Castañeda (el autor de las letras) acaban de parir una obra que es, en apariencia, un disco. Digo “en apariencia” porque la imagen que se desprende de “Orillas” es la de una llave mágica que sirve para encender en amigable vuelo un aparato artístico, una especie de nao, quizá como la imaginada por José Saramago en su novela “Memorial del convento”. Una estructura de arte que viene a posarse sobre el corazón de Gualeguay, la ciudad/río, el sábado 10 de diciembre en Barrio Norte (21.30 hs.). Hablo de una suma de voluntades, y de una suma de sintonías artísticas. El músico y el letrista nacieron un disco: música y escritura, pero ese disco se transforma en noche de recital y presentación en sociedad, y todavía más, esa misma noche es velada para bailarines, y aún más, es tiempo para una muestra de artistas plásticos. Todo en directo, y todos formando el mecanismo de la nave alumbrada después de la llave mágica creada por estos dos trabajadores de la cultura: Ibarra y Castañeda. Este convite al arte de muchos, los aleja de los territorios donde transita el egoísmo, y los acerca, por lo tanto, al quehacer poético del otro.
Castañeda cuenta detalles del “mientras tanto” de Orillas: “El Chango tenía algunas melodías en la cabeza y yo algunas letras, empezamos a charlar y a hacer algunos temas. Fue luego que pensamos en una obra integral con un hilo conductor. Trabajamos en más de 20 temas, y quedaron 15. Los temas tienen que ver con Gualeguay, el río y su gente, los trabajadores y sus creadores, y los oficios, algunos casi desaparecidos. Me gusta, cuando escribo, pensar en el cantor, pero esta vez el Chango sugirió intérpretes, que nos gustaron mucho, y yo me encargué de la mayoría. Siempre charlamos y nos pusimos de acuerdo, yo tenía contacto con algunos de los convocados por mi disco anterior: Milongas Borgeanas. Pero hubo el caso de Mario Suárez, cantor de Villaguay, que no lo conocíamos personalmente, y que terminó cantando tres temas. Con Chango nos manejamos en libertad, los dos atentos a las modificaciones posibles, atentos a escuchar, porque también están las sensaciones del cantor, la opinión de los músicos sobre los arreglos. Incluso hay un tema ‘Qué extraño lo que quedó’, que es una idea de Chango que no sabía cómo plasmar en una letra, y entonces la trabajé. Estuvimos de acuerdo con el resultado. La canta Juan Villarreal. Chango venía a casa con la guitarra y me enseñaba sus músicas, y empezábamos a imaginar los temas. La sensación es que el trabajo fue fluyendo, y logramos hasta algo superior a lo imaginado”.
Yamila Cafrune y Chango Ibarra
En referencia a los artistas plásticos, Fabricio refiere: “Se invitó a colaborar a los plásticos, no podíamos pagar las obras, así que la invitación era para aportar la obra, que es del autor, para la muestra. Invitamos artistas amigos, todos aceptaron. Se involucraron; a los que pudimos fuimos a visitarlos con el Chango y la guitarra para cantarles el tema. Trabajaron con distintas técnicas. Hay un hombre, Jorge Imán, con más de 80 años, anda con problemas en la vista y hacía años que no tallaba, y sin embargo, quiso hacerlo y está su obra. A Atilín Daneri, artista que hacía tiempo no pintaba, le tocó ‘Poblador de Puerto Ruiz’, ella fue varias veces al Puerto a sacar fotos, a hablar con la gente; o el trabajo de Martín Lucero, que hizo el tema ‘Ramoncito Muñoz, El angelito del monte’, que investigó entre los familiares del chico. Todos se comprometieron, y todos los artistas van a estar el día de la presentación. La diseñadora del disco es Gisela Beer, también se sumó con muchas ganas al trabajo: escuchó los temas en directo, habló con los intérpretes, un compromiso integral”.
Fabricio Castañeda y Pepo Ogivieki
A continuación el orden de los temas con su intérprete, el artista plástico y la técnica utilizada: 1.Puente viejo (María Graña) (Cristina Gómez) (acrílico) / 2.Artesano de tu río (Agostina Pagella y Damián Lemes) (Jorge Imán) (talla en madera) / 3.Poblador de Puerto Ruiz (Mario Suárez) (Atilín Daneri) (óleo) / 4.Ramoncito Muñoz, “El angelito del monte” (Esteban Sarlenga) (Martín Lucero) (lápiz acuarelable) / 5.Orillas (Jacqueline Sigaut) (Quita Piquet) (óleo) / 6.Encuentro (Karina Beorlegui) (José Espinoza y Pablo Jofré) (fileteado) / 7.La tregua (Esteban Sarlenga) (Juana Saldaña) (mosaiquismo) / 8.Tres besos (Yamila Cafrune) (Liliana Khoury) (collage sobre acrílico) / 9.Zamba para Helvecia (Juan Villarreal) (Néstor Medrano) (técnica mixta) / 10.Estación Dolores (Marilina Mozzoni) (Juancho Montefiori) (plumín y tinta) / 11.Angustia (Hernán “Cucuza” Castiello) (Carla Bur) (tinta y óleo pastel sobre papel madera) / 12.Qué extraño es lo que quedó… (Juan Villarreal) (Evangelina Pérez) (acrílico) / 13.Peón islero (Mario Suárez) (Marta Líbano) (acrílico con espátula) / 14.Gurisito pescador (Mario Suárez) (Julia Benítez y Malena Albornoz -Cooparte-) (mural pictórico) / 15.Dulces sueños, Agustín (Marilina Mozzoni) (Facundo Lesso) (acrílico).
Junto a María Graña
Chango Ibarra habla de Orillas en el estudio de grabación: “Sin dudas todos los discos son un aprendizaje, más para mí que he aprendido de los procesos haciendo discos. Orillas tiene la particularidad de ser un disco de canciones donde el autor y el compositor no cantan sus propias canciones, y eso ya es un desafío interesante, no solo por coordinar diez cantoras y cantores, y los horarios, también porque el bautismo de la canción se hizo en el estudio y con la voz y la interpretación de cada uno de los artistas. En ese sentido fue revelador y planteó una consigna: cada cantor o cantora elige la que entiende que es, en ese momento, su  mejor interpretación, y con esa nos quedamos. Ha sido un placer descubrir en el estudio las voces de tantos, y encontrar, desde la técnica, la manera de captar fielmente lo que salía de cada uno; eso no es tarea fácil, así que el trabajo de los técnicos Marcelo Suraniti y Gabriel Biuso ha sido impecable. A la hora de los músicos, pudimos contar con una base de lujo: Raúl Gutta en la batería y percusión, Javier Ordoñez en el bajo, Tato Ibarguren en bombo legüero, y Ángel Ponce en el acordeón. La sonoridad del acordeón predomina en el disco, y de forma majestuosa de la mano de Ángel. También tenemos de invitado a Ovidio Velázquez en piano. Gracias a Gabi Biuso sentamos otra consigna: somos personas tocando nuestros instrumentos, entonces, tienen que estar las respiraciones, los cambios de registro del acordeón, las sonoridades extras que se generan en la guitarra, etc., siempre pensando en la música, obviamente, y no entendiéndonos como máquinas;  lo demás puede hacerlo algún instrumento virtual. Eso ha hecho que sea una música viva, y que el proceso haya sido muy divertido, intenso y descontracturado”.
Chango y Fabricio
Descubriendo caminos, cuenta el Chango: “Trabajar con las letras de Fabricio me llevó a lugares impensados; lo digo por cómo estaban construidas, si bien hay una zamba y una chacarera que llevan una estructura bien definida, con el resto me manejé con mucha libertad a la hora de no atarme a estructuras preestablecidas como estrofa, estrofa, estribillo. Eso hizo que me fuera siguiendo cada palabra hasta llegar a resultados de canciones que se cantan una sola vez como si fueran casi poema; otras con algunas partes instrumentales al principio y al final; también canciones que se van sucediendo sin repetir partes, tratando de lograr el clima de lo que la letra dice en cada momento, hasta que es necesario volver. Sin dudas esto es un reencuentro en donde la libertad que nos dio este pueblo, la calle y la canchita del barrio 9 de julio, que transitamos en nuestras infancias, no se borró para poder decir y hacer lo que nos toca decir y hacer”.
Los cantores invitados en la noche gualeya del 10 de diciembre son: Yamila Cafrune, Mario Suárez, Esteban Sarlenga, Jacqueline Sigaut, Marilina Mozzoni, Juan Villarreal, Agostina Pagella y Damián Lemes. Banda Pueblo: los músicos: Chango Ibarra, Ángel Ponce, Raúl Gutta, Javier Ordoñez y Ovidio Velázquez. Los bailarines: algunas parejas del Ballet Amanecer Gualeyo de Ángel Cichero (Patricia y Oscar: Patricia Milesi y Ángel Cichero), más los alumnos del Taller de Folclore de Cichero; Aranzazú DeLucca Maye y Fernando Martínez; Belén Larrivey; Eugenia Quintana y Javier Garcén. Walter Testa será el encargado de la decoración del salón. Completan la grilla de los músicos intervinientes en Orillas: José Ogivieki, Nicolás Perrone, Jorge Giuliano, Gastón Ibarguren. El valor de las entradas es de 100 pesos (a la venta en 25 de Mayo 1511 o en los teléfonos: 427573 y 15621887).
El Chango Ibarra leyó Orillas, la canción (que habrá empezado por unas primeras líneas de Fabricio, o bien por una de esas músicas guardadas en la memoria y entonces luego vino la palabra). Digo que no es bueno andar preguntando sobre todas las cosas del mundo, dejemos al misterio ser y respirar: “I Transité por olvidadas, anheladas orillas; / fui río y también el sueño de ese río; / fui los pájaros que antes quise ser y no había sido; / fui el llanto contenido de aquellos sauces que no sabían llorar… / De aquellos sauces que no sabían llorar… // II Transité por olvidadas, anheladas orillas; / fui río y también el sueño de ese río; / fui los pájaros que antes quise ser y no había sido; / deambulé por el hastío, cultivé la soledad; / destierro y vela yo fui. / Pero también fui el otro, el que quería. / Tuve la palabra (ella la poesía)”. Y Fabricio Castañeda escuchó. Fue la señal, sucedió: bienvenido Juan L. Ortiz a Orillas; bienvenida la nao a Gualeguay, nuestra ciudad/río; bienvenido el abrazo que cuenta de la unión de voluntades.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Historia entre escultores

Durante el primer encuentro de escultores realizado, en octubre, en esta ciudad de Gualeguay, tuve la oportunidad de hablar con el escultor Mario Morasan de Concepción del Uruguay. Hace ya un tiempo que estábamos conectados a través de las redes sociales, pero llegó la oportunidad del apretón de manos.
Mario Morasan
Algunos datos para saber quién es Mario Morasan: escultor y ceramista nacido en 1954. Expone desde 1985 (18 muestras individuales, 50 grupales). Últimos encuentros de escultores en los que participó: 10º Encuentro Nacional de Tallistas, Colón, febrero de 2016; 1º Simposio de Escultores Nogoyá, julio de 2016. Ha sido seleccionado para participar en Salas Nacionales de Buenos Aires, Santa Fe y Río Negro. Obtuvo el 1º Premio del Salón Anual de Artistas Plásticos de Entre Ríos (dos veces: 1995 y 1998); en 1998: 1º Premio y Gran Premio en la “IIº Bienal Internacional de la Costa” (Argentina-Uruguay); en 2009: 1º Premio en el “III Concurso Nacional del Tallista”, en Colón; en 2015 recibió el Premio Itapé de Artes Plásticas. Dictó cursos sobre escultura y escultura en espacios públicos en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Concepción del Uruguay, en la Escuela de Artes Visuales Dr. Raúl Trucco de Victoria, y escultura en el Programa Educacional para Niños con Talentos Académicos en la Universidad de la Frontera de Temuco, Chile. Fue docente de escultura en el Profesorado de Artes Plásticas Cesáreo Bernaldo de Quirós de Concordia y en el Instituto Superior de Arte de Gualeguaychú. En 2013 publicó el libro “La Histórica, Patrimonio, monumentos y escultura pública de Concepción del Uruguay 1783-2011”.
En nuestra charla apareció un nombre: Carlos Hipólito Cúneo, escultor nacido en Gualeguay. Mario me recordó una historia en la que tuvo mucho que ver, y agradeció a Ana Beling, Vicente Jorge Cúneo, Juanita Cúneo y Otto Pedicone.
Carlos Cúneo trabajando en su taller de Eldorado
Morasan es autor de un texto titulado: “‘La madre’ olvidada” (2015), que comienza de esta manera: “Durante muchos años, una escultura de hormigón, que representa a una madre con su niño en brazos, estuvo abandonada en un terreno del Hospital Justo José de Urquiza de Concepción del Uruguay”. A través de una crónica del diario local “La Calle” de 1987 se informó que gracias al trabajo de la Asociación Cooperadora “Dr. Roque Marcó” y la Dirección del Hospital se decidió recuperar la obra para el patrimonio del establecimiento. La escultura había sido donada por la señora Stella Valle de Bonín, y había que hacer una restauración de la obra.  Para el trabajo se eligió al escultor local Alberto Hugo Guinea.
Cuenta Morasan: “En aquel momento yo era ayudante de Guinea en su taller de calle Millán, y recuerdo el estado en que llegó la escultura, estaba muy sucia, le faltaban pedazos y el cuello estaba quebrado.
La escultura fue restaurada y se la emplazó frente a la maternidad del viejo hospital.
Se la inauguró el 18 de octubre de 1987, en un acto en el que fueron oradores el contador Saúl A. Rubinsky y el director del Hospital Dr. Ítalo Max Desideri. La bendición del monumento estuvo a cargo del capellán del hospital, el pbro. Vicente Castelaro.
Hasta aquí la historia conocida. Pero poco se ha hablado sobre el autor de la escultura, de cuándo la realizó y de cómo llegó al viejo hospital esta obra”.
A la mejor manera de un relato de misterio, continúa la palabra de Morasan: “No he encontrado registros o documentación escrita sobre la obra, pero al llegar al taller de Guinea para su restauración, la historia que se relató sobre ella, era que: Su autor fue el escultor gualeyo Carlos Hipólito Cúneo, que a mediados de los años 60 tenía su taller en nuestra ciudad en un inmueble que le alquilaba a la sra. Stella Valle de Bonín.
En ese taller realizó su trabajo de escultor y de docente.
Luego de un tiempo el escultor se fue de nuestra ciudad y en ese taller quedó la escultura de la madre, a la espera de que su autor la retirara. Pasó el tiempo y nadie la fue a retirar.
Así que ante la imposibilidad de quedarse con ella -posiblemente por su tamaño y peso- la propietaria del inmueble la donó a la municipalidad.
Fue así como terminó depositada en un terreno dentro del hospital, olvidada hasta 1987, cuando el director del hospital propone restaurarla y emplazarla”.
La madre
Pero el tiempo pasa y, a veces, las imágenes se hacen eterno retorno: “Pasan los años… el ‘Monumento a la Madre’ luce su blancura ante las miradas indiferentes de las cientos de personas que se llegaban a la activa maternidad del hospital.
Su historia cambiaría nuevamente en el año 2005, con el traslado de las instalaciones del hospital a su nuevo edificio; viene el cierre definitivo del viejo hospital y la escultura cae nuevamente en desgracia. Queda olvidada en el viejo hospital, donde aún se la puede ver entre la maleza con su niño en brazos, esperando ser rescatada”.
Mario Morasan investigó sobre la vida de Cúneo: “Entrerriano nacido el 1º de junio de 1926 en Gualeguay, ciudad en donde cursó la escuela primaria y secundaria. Luego se traslada a Buenos Aires para iniciar estudios de arte.
Perteneció al Taller de Artes Plásticas del Oeste, integrando un grupo de jóvenes para quienes el pintor Juan Carlos Castagnino preparó un programa de estudios de cuatro años que llamó ‘Del dibujo a la Pintura Mural’.
Fue discípulo de la escultora húngara Cecilia Markovic y concurrió al taller de Demetrio Urruchúa, Berni, Policastro y otros grandes maestros de la plástica argentina.
Pasó como alumno libre por los talleres de cerámica en la Escuela Nacional de Cerámica.
Llegó a nuestra ciudad a mediados de la década del 60, donde tuvo su taller y daba clases de cerámica en la escuela Surco de Esperanza. En esa época realizó el Monumento a la Madre del viejo hospital.
En 1971 se traslada a la provincia de Misiones, vivió en las ciudades de Iguazú y Posadas. Finalmente se estableció en la ciudad de Eldorado, donde realizó una intensa actividad escultórica. Desde allí viajaba a las ciudades de Montecarlo y Puerto Piray para desarrollar su tarea de artista y docente.
Falleció en Eldorado el 12 de octubre de 2005, y fue su compañera Ana Beling, la encargada de cumplir su último deseo: que sus restos fueran sepultados en el panteón de la familia Cúneo-Dasso en su amada Gualeguay.
Dice Ana Beling: ‘Eran sus recuerdos los que lo ayudaban a soportar las largas ausencias del terruño’. Cuenta de su amor por su ciudad natal, de cómo disfrutaba recordando su provincia y sus amigos de la adolescencia, escritores, poetas, y pintores como ‘Juanele’ Ortiz (1896-1978), Carlos Mastronardi (1901-1976), Roberto ‘Cachete’ González (1928-1998),  Alfredo Quito Veiravé (1928-1991) y Antonio Castro (1931-2002) entre otros.
Carlos Hipólito Cúneo dejó innumerables obras emplazadas en espacios públicos en ciudades misioneras y de nuestra provincia”.
“La Histórica”, el libro de Morasan, su primera edición, estaba lista en 2011. Le habían prometido editarla desde la provincia, pero nunca sucedió. Por eso lo publicó él mismo, en 2013, cuando dispuso del dinero necesario. En ese momento vivía en Buenos Aires. Hace dos años que volvió a Concepción del Uruguay, donde trabaja en la restauración de esculturas que va a incluir en una edición ampliada de la obra (1783-2016), donde esta vez agrega una segunda parte que contiene la información sobre ‘La madre’ de Cúneo y su biografía. Una vez terminado el trabajo de restauración, completará la segunda edición del libro que piensa presentar en el mes de marzo de 2017. El libro contiene información sobre patrimonio y esculturas en espacios públicos, consta de una parte histórica, otra biográfica; hay información sobre legislación referida al tema; se consigna la historia que representa la escultura homenaje, sea un hecho o un personaje, la vida del escultor, y cómo se decide emplazar la obra; además se da noticia de la historia de las calles, los cambios de nombres, y los vaivenes ideológicos en el paisaje de la ciudad.
Estoy terminando de escribir la nota y pienso en “La madre” de Carlos Cúneo, otro gualeyo entregado al quehacer artístico. Pienso en que esta escultura fue, de alguna manera, olvidada, por primera vez, en la casa de la señora de Bonín. Imagino a un Cúneo ajustado de tiempo y dinero en Misiones, y entonces lejos quedó su anterior refugio. Después se hizo la luz y “La madre” tuvo su lugar en el hospital, para luego ser otra vez olvidada. Sin embargo, quiso la historia que fuera acondicionada y emplazada con renovada fuerza. Hasta que nuevamente su marca de destino dijo presente, y volvió a ser olvidada a partir de 2005. Pienso que empezó su última cuota de silencio, yuyo y soledad, en el que todavía vive mientras cuida de su hijo, el mismo año de la muerte de su creador. Se me estaba haciendo triste la historia de esta madre con tanto olvido cuando me dije: tranquilo, escriba, que Mario Morasan ya la guardó en su libro; me dije: otro loco que cuenta su aldea. Locura feliz la de aquellos que se asoman al arte y cuentan sus historias.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Diálogo en la escuela

En una escuela secundaria de Gualeguay, un grupito de alumnos juega a decir ciertas cosas para que lleguen a oídos de la profesora. Lo logran. Afirman que quieren hacer el servicio militar obligatorio para no estudiar ni trabajar. Imagino las risas. La docente explica entonces que el servicio militar obligatorio está pensado para esos jóvenes que no trabajan, y que no hacen nada con sus vidas. Le parece una medida acertada. Aclara que, debido a los costos, difícilmente se implemente.
Hay una señal en la escena: el tema servicio militar está nuevamente de ronda. Hace pocos días me enteré de una falsa encuesta sobre su conveniencia. Se instala, se olvida, vuelve al juego y vuelta a esfumarse, pero me digo, quizás algún trasnochado con poder levante la bandera por conveniencia, y regrese a escena uno de los horrores del pasado. Hay que tener en cuenta las conveniencias atadas al mundo político-electoral. Por una de ellas, por suerte y gracias a la necesidad medida, el miserable de Anillaco terminó con el servicio (firmó un decreto) tras el asesinato del soldado Omar Carrasco en 1994, en una unidad militar de Zapala, Neuquén.
El ciudadano Carrasco fue a cumplir con una ley, y regresó a casa muerto por el maltrato recibido, algo muy común en el cuartel. Mi interior se intranquiliza cuando me entero de alguna referencia a lo sano y positivo que sería la vuelta a la “colimba”.

Fui soldado, me dieron la baja al servicio 20 días antes de la guerra de Malvinas. 13 meses en la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. No me la contaron. Soy de la época en que se decía: En la colimba se hacen hombres. Digo que no me hice hombre, y muy al contrario, aprendí a hacer aquello que nunca había hecho, y que gracias al hombre que era desde la casa paterna, no volví a hacer: robé a un compañero (que el casquete le falte al otro, que el otro nunca importe: una de las enseñanzas); mis padres debieron escuchar sobre mis ganas de matar a suboficiales y oficiales, y Berón de Astrada, el primero; aprendí a ser un egoísta, a vivir con mucha bronca, odio, por el trato humillante que soporté. Fue duro. Aguanté. Pero recuerdo a un ciudadano, el nombre me lo guardo, que no aguantó, y que en la primera guardia, cargó el fusil y se pegó un tiro. No murió, quedó rengo para toda la vida. No aguantaba el maltrato, dijeron los más cercanos en el escuadrón. La colimba no ayuda a nadie, genera odio. Si tanto preocupan los jóvenes “descarriados”, habría que pensar en qué es lo que la sociedad les ofrece como motivación de vida. La primera juventud es conflictiva; de fácil, nada, y menos en este mundo salvaje en que la mayoría de las veces se acciona únicamente por conveniencia. Imagino la llave a muchos problemas en manos de los docentes. La escuela como paisaje fundamental. Los maestros, informados y comprometidos con su rol decisivo en la sociedad, atentos a los muchos relatos donde crecen los ciudadanos de mañana. Ellos y la sociedad toda: ojalá se pueda hacer la diferencia y alumbramiento.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Las horas en la plaza Constitución

En la plaza Constitución de esta ciudad de Gualeguay hay una presencia sobre la que no tenía noticia. De seguro habré pasado junto a ella cantidad de veces, como uno pasa en estos tiempos veloces junto a tantas señales que tienen que ver con la vida: caminé sin ver, por distraído, y porque me faltaba conocer una historia. Por eso es tan necesario contar historias, alumbrar relatos para que sean aire de cada día, para que así entren en nuestra memoria, y entonces se pueda andar más a conciencia despierta, por ejemplo, sobre las veredas de esta plaza de la ciudad/río en la que vivo.
La obra de arte está posada sobre una base proyectada por el arquitecto Eduardo Echegaray. El escultor Giuliano Ciolfi (1931-2006), italiano, adhería a la causa de los Derechos Humanos, y por esta razón fue convocado. A Ciolfi le acercaron un dibujo, pero enseguida aclaró: “Yo no copio”. El reloj de sol, el arte de Ciolfi, se hizo gracias a la colaboración de mucha gente de Turín. El plato del reloj, realizado en mármol, llegó al puerto de Rosario. Lo retiraron Georgina Bini, Kiko Benítez y Raúl Manzán, miembros de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Gualeguay, nacida en 1983.
La historia señala a Italia, lugar donde vivían Prudencio Mochi, nacido en Gualeguay, y Cristina Girardo, cordobesa. Prudencio en el 75 había sido baleado por un comando de la Triple A, y luego de torturas varias, fue blanqueado como preso; en el 80 lo invitaron a dejar el país. Cristina también tiene su historia de detención en la noche que asoló esta tierra desde las entrañas del Estado. Con la vuelta de la democracia, ellos vinieron de visita al país, y a Gualeguay. En un texto que lleva por título “La verdad es hija del tiempo”, escrito por ellos en colaboración con Néstor Mochi y su compañera María Angélica Etcheverry, se lee: “(…) Uno de los debates frecuentes se manifestaba a través de interrogantes: ¿cómo podemos recordar?, ¿cómo acercar aquellos hechos y a nuestros seres queridos a nuestra realidad?, y aún más: ¿qué sabían las nuevas generaciones respecto de una de las matanzas sistemáticas más cruentas de la historia? Conceptos como memoria, reconstrucción, historia, se entrecruzan, pujan, y se diluyen en polémicas y acuerdos que operan como sentidos de búsqueda y encuentros. (…)”.
El reloj de sol de Gualeguay lleva una inscripción, un proverbio: “La verdad es hija del tiempo”. En el texto que lleva este título se informa: “(…) El proyecto de construir Relojes de Sol fue discutido en múltiples instancias y por muchos grupos de derechos humanos de varias ciudades. Sobrevivientes, familiares de detenidos-desaparecidos, y amigos en el exilio, impulsamos esta idea como símbolo de vida”. El reloj de Gualeguay mide el tiempo de manera tal que la luz del sol que proyecta la hora marca el tiempo necesario para transformar, llevar, acompañar, a nuestra sociedad hacia el logro, la realización, de los grandes ideales. Se lee en el texto citado que la obra de Ciolfi: “(…) Simbolizaba una larga fila de seres humanos en busca de la verdad, pero también una larga fila de seres humanos que expresaba: aquí estamos y aquí estaremos para recordar con ustedes que nuestra lucha sigue viva, que no queremos monumentos, ni glorias, queremos sólo justicia”.
Entrevistados Prudencio y Cristina agregaron: “El reloj de Gualeguay lo mandamos desde Italia, un obsequio para la ciudad. Fue el primer reloj, y el primer memorial en recuerdo de los desaparecidos. Después se usaron otro tipo de memoriales, los parques, los árboles, un muro en La Plata. Pero en ese momento Las Madres planteaban, y con nosotros tuvieron una discusión bastante fuerte, en especial Hebe, que no reconocían el reloj, que era otra cosa, y que no tenía que ver con los desaparecidos. Después Hebe nos entendió, Osvaldo Bayer ayudó muchísimo, y lo llevó al Congreso de las Madres de Plaza de Mayo para que sea tomado como idea a nivel nacional. Pero luego no lo concretaron, y los que se impulsaron, como el de Villa María, Córdoba, en el que estuvo muy involucrado Gualeguay, participaron en su construcción alumnos de las escuelas, y se armó una especie de paseo donde se hacen reivindicaciones en el terreno específico de la memoria”. El reloj de sol de Villa María está trabajado sobre una piedra, rodeado a su vez por piedras que fueron extraídas del fondo del lago San Roque, y sobre ellas fueron tallados los nombres de los desaparecidos. Acompañó el nacimiento de este reloj de sol, la compositora, pianista y cantante Liliana Felipe, que presentó la canción “Otro adiós sin Dios” (1993), tema dedicado a su hermana Ester, asesinada en el campo de concentración La Perla (Córdoba) en 1978: “¿Cómo fue la bala? / ¿Dónde estaba el cielo? / ¿Qué montaña ya no pudo más besar tu pelo? / ¿Dónde estaba Dios? / ¿Dónde estaban todas las naranjas? / ¿Dónde estaba yo cuando esa bala te dio, te dio? / ¿Dónde estaba Dios? / Otro, otro, otro adiós sin Dios. (…)”. Continúan Prudencio y Cristina: “En el reloj de Rosario intervino la Facultad de Arquitectura, que en su momento había hecho las maquetas de los campos de concentración, ellos estaban en el tema de los derechos humanos, y supieron ubicar la meridiana donde debía ser ubicado el reloj de sol, que convoca todo lo relacionado con derechos humanos; el de Gualeguay se hizo vinculado ante todo a los desaparecidos. Nació así. Cada ciudad le da su característica. Hay uno en Concordia. Otro en Santa Fe”.
El reloj de sol está ubicado en la plaza Claudio “Pocho” Lepratti, en el barrio Ludueña de Rosario. Lepratti era un vecino, ex seminarista y militante social, que fue asesinado en los días tormentosos del 2001. El escritor Roberto Fontanarrosa saludó su presencia: “Ojala, por lo tanto, que la memoria colectiva, la de quienes vivimos aquello, la de quienes reciban nuestro relato, haga de este Reloj de Sol un punto de encuentro, un lugar de juegos y un indicador de citas, y ojala también esa misma memoria haga que nunca más un reloj sirva, tan sólo para contar las horas y los minutos y los segundos en la angustiosa espera de los seres queridos que nunca volvieron”.
Pregunto a Cristina Girardo por los relojes, por el tiempo: “Los relojes de sol develan uno de los tantos misterios que encierra el tiempo. Son la expresión del tiempo. Albergan algo de misterio si no se los relaciona con la ciencia. Son enigmáticos por su silencio, pero a su vez nos hablan de siglos del esfuerzo realizado por el hombre para capturar el tiempo. Y nos hablan a través de sus refranes. A su vez son estéticamente bellos, simples e invitan a la contemplación. Entiendo que es la materialización o lo tangible de ese misterio”.
Gualeguay tiene hijos desaparecidos: Néstor Valentín Furrer-Hurvitz, Martín Andrés Hauscarriaga, Juana María Armelín-Tommasi, Jorge Fortunato Camilión-Morisse, Carlos Adolfo Surraco-Britos, Carlos Florentino Cerrudo-Zanetti, Pedro Alberto Galván-Cabrera, Néstor Enrique da Dalt-Carboni. Tilo Wenner, de Galarza, departamento de Gualeguay, poeta y periodista, estuvo desaparecido hasta 2009. Sus restos fueron hallados en 2006 y luego identificados. Está el caso de Elda Viviani-Scabini, que fue secuestrada-desaparecida y luego blanqueada su detención. Fue liberada en 1979 con la salud muy deteriorada por la tortura recibida. Volvió a Gualeguay, donde murió en 1981. Y en otra sintonía de la violencia desatada desde el Estado, está el caso de Jorge Humberto Correa, asesinado en 1975 por un grupo de la derecha gremial en tiempos en que las órdenes de muerte venían desde las entrañas del propio gobierno, más precisamente del ministro López Rega y su nefasta Triple A. Existen, además de estas historias, las de aquellos que sufrieron el terrorismo de Estado y que pudieron contarlo. A ellos también los enmarca el tiempo que mide el reloj de sol de la plaza. A ellos, y pienso, también a los integrantes de la Asamblea  a los que ya acompañó el buen fantasma de Catón; y a todos aquellos que son habitantes de la memoria, que entienden que un Estado, su estructura, jamás puede abocarse al asesinato sistemático de ciudadanos que piensan diferente a lo establecido. Me digo que este reloj de sol también mide el tiempo de los relatos: acompaña las palabras de aquellos que eligen, y necesitan, contar a los ausentes y así sacudir algo de tanta tristeza guardada; y acompaña el silencio de los que todavía no pueden hacerlo, aquellos que todavía no llamaron a todas las puertas de la historia.
“La verdad es hija del tiempo” se lee en el reloj de sol de la plaza desde 1992. La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Gualeguay sigue trabajando para guardar la memoria de su gente, de su aldea. La mejor manera de mirar hacia afuera, y hacia un mañana mejor. Prudencio Mochi y Cristina Girardo, junto a Raúl Manzán y Gustavo Echegaray, son los iniciadores de la Asamblea. Algo había que hacer, ese era el planteo allá por el 83, cuando el aire seguía enrarecido, cuando todo era tan incierto, tan ahí entre la vida y la muerte.

Muchas veces habré pasado frente al reloj de sol sin saber, envuelto en pensamientos; hoy, cuando camino por la plaza Constitución de Gualeguay, me llego hasta el lugar, hago memoria, y repito: “La verdad es hija del tiempo”.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El tiempo todo entero

Todos necesitamos una vida confortable, y no me refiero a las bondades de un sillón. Confortable, habitable, construida entre la cópula salvaje (ay, los destinos y la velocidad) de la persona que vamos siendo desde la cuna (el riesgo de hacer lo que podemos con lo que hicieron de nosotros, sí, Sartre incluido) con cada una de las flechas indicadoras, tormentas y trampas que nos provee el oleaje mayor con que se define y baña la sociedad. Necesitamos construir una vida, su andamiaje interno, también su fachada: construir nuestra casa, nuestras maneras y verdades, el relato de cada una de las señales que afirmamos: nos acompañan desde la cuna (a veces sí y a veces no tanto), el nacimiento de cada una de nuestras patrias internas, esos espacios no negociables por moneda o conveniencia: construir una vida, que no es más que una casa, la primera (habrá que entender que muy bien esta puede ser la única, sin importar la cantidad de aldeas que podamos habitar en el transcurso de los días). Y como siempre, acompañan los miedos. Me digo que, con suerte, también acompaña la duda; es mejor con la duda: nunca al lado de Gardel y los guitarristas, nunca en el fondo del último tacho de basura.
Gastón Díaz generó el encuentro, la invitación, y estas palabras de apertura. En su sala Espacio Teatral Liebre de Marzo presentó como director la obra “El tiempo todo entero” de Romina Paula. La vida de las criaturas estuvo a cargo de Indiana Bonfanti (Úrsula, la madre), Luz Balzer (Antonia, la hija), Bruno Carboni (Lorenzo, el hijo) y Christian Larroquette (Maximiliano, amigo de Lorenzo). La ficha técnica se completa con Mario Ramos (asistente), Giuliano Benedetti (escenografía), Agustín Colli (gráfica).
Hay un personaje central, Antonia, ella no colecciona animalitos de cristal como Laura (el personaje de “Zoo de cristal” de Tennessee Williams, obra en la que se nutre el trabajo de Romina Paula), colecciona sus palabras y juicios sobre pintura y música, y propone apasionados relatos que tienen que ver con la sangre ajena: la que fue escrita por otras manos y que ella completa con su imaginación. Su hermano Lorenzo invita a su amigo a la casa. Antonia dice a Maximiliano (trabaja en una parrilla): “¿Yo te digo que tu vida es rara y que deberías ser de otra manera y de lo raro que me parecés porque trabajás todos los días en un mismo lugar y atendés gente y les das de comer sólo para sentirte mejor después, cuando no estás trabajando? Yo no necesito ese contraste para poder soportar el tiempo. Soporto mi tiempo entero, todo, sin parar”.
Antonia sufre y disfruta de una lejanía con el mundo, le alcanza con su casa, mamá y hermano, y algún aparecido como Maximiliano. Úrsula, preocupada por su encierro, hace referencia a que la gente sale, viaja “para conocer”. Antonia la frena: “Ya dijiste eso, pero ¿qué significa conocer? ¿Ver algo cinco minutos o media hora, un día o una semana entera, eso es conocer? Mamá contesta: “Bueno, no sé”. Y Antonia redondea su verdad: “No sabés porque eso no es conocer, eso es ver. Conocer es apropiarse. Yo no necesito ver algo en vivo para conocerlo, prefiero imaginármelo. Creo, incluso, que el vínculo es mucho más profundo si le adjudicás atributos a las cosas, atributos que imaginaste vos, que son una combinación de algo del objeto X, la ‘Fontana de Trevi’, por ejemplo, y tu imaginación. O mejor: una combinación entre la ‘Fontana’, lo que te contaron de la ‘Fontana’, lo que viste de la ‘Fontana’ en alguna película y tu imaginación. Y algo que puedas haber leído, alguna descripción de la fuente en alguna novela”.
En “El tiempo todo entero” se habla de la vida, y como siempre que de ella se trata, de las decisiones: la vida es elección, y entonces la vida es entender la mejor manera de gastar el tiempo que nos toque en suerte.
Pregunté a Gastón Díaz la historia de la obra, por qué dirigirla. Bruno Carboni (Lorenzo) le propuso hacer “El zoo de cristal”, de T. Williams. Gastón tenía experiencia con el autor, uno de sus preferidos, había colaborado en la adaptación de “Un tranvía llamado deseo”, y actuado y dirigido una pieza breve: “No puedo imaginar el mañana”. Cuenta: “Metimos el hocico en el El Zoo, y de inmediato saltaba a la vista la necesidad de una gran adaptación para llevarla hoy en día a escena. Entonces recordé una puesta que había visto, una versión muy libre de la obra, que conservaba los personajes, los vínculos, y cierta sensibilidad, pero transformaba la historia consiguiendo, creo yo, de manera contundente, interpelar al espectador de hoy. La obra era El Tiempo Todo Entero, de una autora que no tiene ni 40 años, y que en el proceso de ensayos nos fascinó en la medida que avanzábamos sobre las capas del material. A diferencia de otros trabajos, donde se busca la obra para el grupo, en este caso inventamos el grupo para el material. Eso otorgó la libertad de decidir a quién considerábamos mejor para cubrir cada rol”.
El director muestra su juego: “Fue así que se incorporaron Luz, Indiana y Christian como el mejor recurso humano disponible. Desde mi punto de vista, fueron elecciones muy acertadas. Hay algo en cada uno de los integrantes del grupo que encaja justo con los personajes que deben interpretar. Podría decir incluso que los actores tienen algo de su personaje, y viceversa. Creo que en este momento de la historia de la cultura, del teatro en particular, y de las artes performáticas, de mucha literatura, los límites entre la invención y lo biográfico están como difuminados; y trabajar plantándose en ese lugar es muy estimulante”.
Gastón continúa con su idea: “Pasamos una etapa en que la actuación, como otras manifestaciones, se escudaban detrás de posicionamientos que pueden expresarse en esta frase, por ejemplo: ‘no soy yo, es el personaje’. Como una manera de decir ‘yo no estoy implicado en eso, no tengo la responsabilidad’. Eso está cambiando. Últimamente trabajo desde este punto de vista: la actuación es siempre un relato personal. Y en la medida que el que le pone el cuerpo a esa premisa se atreve a exponerse, a crear con lo que tiene, a ser él mismo y el encuentro con sus compañeros, el suceso principal, la historia, puede contarse, puede pasar a través de ellos. Al menos ese es el desafío que nos propusimos, que contemplaba generar cierta intimidad con los espectadores, no dejarlos tranquilos afuera, meterlos en el problema. Claro que después el público hace lo que quiere, y de hecho, lo hizo. Para algunos directamente se trata de una comedia, y casi en cada momento encuentran motivos de risa; mientras que otros, sobre todo hacia el final, se emocionan de manera franca”.
El director puede tener la obra, sus ideas, pero hacen falta ellos: los actores: “El grupo está integrado por personas con recorridos muy distintos; Indiana con mucha experiencia, otros con más recorrido pero muy corta edad, como Luz, que tiene 19 años, y Christian, que empezó teatro el año pasado. A pesar de estas diferencias, se formó un grupo hermoso, de gran compañerismo, y de entrega a un nivel profesional al trabajo. Ensayamos con disciplina durante seis meses, y fuimos armando como una pequeña familia paralela, en la ficción y en la vida real. Como director agradezco profundamente la dedicación y les profeso mi admiración”.
Gastón Díaz menciona una anécdota, un momento: “Hubo una función en la que el cielo estuvo a punto de desplomarse durante la primera mitad de la obra, y desde mi puesto en la consola de luces, pensaba en suspender por el ruido de la lluvia, y los chicos zafaron esa situación, llevaron adelante la función sin flaquear, como verdaderos grandes, unos héroes de la escena. Ahí sucedió cierta magia, esa alquimia que uno siempre le pide al teatro, y que de tanto en tanto, el teatro te regala”. Fue precisamente esa noche cuando vi la obra. Pensé que la saludable caída de la lluvia sobre el techo de chapas, una de las bondades que puede ofrecer Gualeguay, en este caso podía transformarse en barranco para los actores. Ellos siguieron, igual el público. A la salida noté algo extraño, las veredas y la calle estaban secas, como si, como afirma Gastón, toda la furia del agua se hubiese concentrado sobre el techo de Liebre de Marzo para probar al grupo.
“El tiempo…” es una obra con pasajes felices, está bien contada, corta y con sustancia; distintas historias o miradas que invitan al espectador al saludable ejercicio del pensamiento. Así como el director habla de la bondad de que en cada actor haya algo del personaje y viceversa, una manera de completar la invitación sería poder ver de qué lado de las historias se acomoda cada uno de los que está afuera. Es cierto, muchos se ríen y nada más, es de esperar que otros den un paso más de cara al riesgo. Tiene razón Gastón cuando habla del cruce entre la invención y lo biográfico: me digo que ellos podían ser ellos y, de hecho, lo fueron. Anoto, de manera destacada, la naturalidad de Indiana Bonfanti.

Antonia en su encierro es sobreviviente en una isla. Puede temblar su paisaje, pero ella se cuida cuidándolo. Pienso en Gualeguay, con tantos habitantes queriéndola eterna isla escondida, con tantos que no paran de mirar para afuera; de perfecto nada, pocos intentarán apropiarse de la Fontana de Trevi. Gloria eterna a Anita, Marcello y Federico.

domingo, 30 de octubre de 2016

Nicolita, el piadoso

Así se titula el capítulo IX de “Memorias de un provinciano” (1967) de Carlos Mastronardi. El capítulo consta de varias páginas, y en ellas cantidad de momentos, postales de vida y de sufrimiento en los días de este amigo de don Carlos, el egregio escritor gualeyo. Mastronardi se toma su tiempo para contar al amigo, hay pasajes en los que quizá repita la idea, el aroma; leyendo, se me ocurre, que a su manera de contar le ha sido imposible liberarse de la pena que esta historia le provocaba. El autor está movilizado, emocionado, y lo transmite, y entonces el lector queda a merced de un relato de triunfo y tristeza: “Los domingos por la tarde solía visitarme Nicolás Infantino, inolvidable amigo cuyos antecesores mantuvieron afectuoso trato con los míos. (…) Para no fraccionar la vida de Infantino, la contaré de una sola vez, por más que sufra el orden sucesivo y me aparte del ámbito temporal en que ahora estoy situado. Debería reducirme a sus años de juventud –esperanzados y apacibles- pero diré también su infortunio, su declinación y su muerte. Por lo demás, el tiempo no lo modificaba: nunca tocó su intimidad generosa. Toda experiencia se resuelve en adaptación y en avenimiento con el mundo, pero las vicisitudes que padeció mi amigo no lo movieron de su centro ni agotaron su obstinada ternura. Se mantuvo demasiado fiel a sí mismo. Ejercía sus nobles principios en cualquier ambiente, sin preocuparse mucho de los efectos. De ahí las situaciones absurdas y los contrastes irrisorios o dramáticos que suscitaba y que solían dejarlo perplejo. Incapaz de llegar al desprecio y poco sensible a la malignidad de los otros, sólo percibía virtudes hasta en aquellos que especulaban con su inmensa buena fe. Prefirió disolverse como individuo para ser en cierto modo la humanidad”.
Carlos Mastronardi
Como en una novela de misterio, Mastronardi desliza detalles: “(…) Era de agradable aspecto. El pelo de un rubio apagado y los rasgos finos y regulares hacían olvidar su delgadez excesiva. Fueron suyos el ademán cortés y la voz suave. Sensible a todas las formas de la buena convivencia, bastaba un saludo para conquistarlo. No se cuidó de revisar las doctrinas y consejos recibidos en los años de infancia, de modo que los aplicaba tal como subsistían en su espíritu. Siempre se atuvo a un concepto muy firme de los deberes familiares: todos para uno y uno para todos. El quebranto de ese principio lo confundía y apenaba. Como siempre estuvo, diré así, un poco lejos de su cuerpo, sólo padeció sufrimientos morales.
En sus años de mocedad, antes de disgregarse la familia, encontraba sin esfuerzo buenos empleos, vestía con pulcritud y era dichoso cada treinta días, al poner en manos de la madre casi todo su sueldo. La soledad lo cercó de modo paulatino y hubo un momento en que el desamparo y el anhelo de calor afectuoso lo llevaron a buscar compañía en ambientes menos parecidos a su persona. Salía de la turbia casa de remates o de la rueda de gente entregada al juego para visitar una galería de cuadros o para comer en la casa del honesto y normal corredor de seguros agrícolas. Como no pedía sino buena voluntad, era inagotable la gratitud que dispensaba a todo aquel que alguna vez, dándole muestras de aprecio y llaneza, lo había llevado a su casa”.
Infantino buscando atajos: “(…) Para olvidar a los duros gerentes a cuyas órdenes trabajaba, para evadirse de la chatura burocrática, se allegó a las tertulias de pintores y escritores. Esos momentos felices transcurrían en los cafés. Presenció largas discusiones con atención humilde y silenciosa. Cuando alguien le daba a entender que ese ambiente no era el suyo, solía contestar:
-No importa mi persona. Hay que buscar lo más elevado y valioso. Me limito a oír estos interesantes debates”.
No encajar siempre tuvo su precio: “(…) En razón de su carácter nada común, muchos lo juzgaban inclasificable, extraño, absurdo. ¿Quién era Infantino? La naturaleza vaporosa o ambigua de los valores, diré así, se manifestaba en él de modo ejemplar. Podía ser definido según tablas morales positivas o negativas; para unos era admirable y para otros deleznable. El rostro del bien, siempre tornasolado y mudadizo, se vuelve simultáneamente hacia el cielo y hacia el infierno. En toda ética social está lo incierto y vario, pero su diversidad es más evidente cuando encarna en hombres como Infantino”.
Típico de Mastronardi, por un lado la palabra como puñal, y por otro, esta línea de poeta: “(…) Infantino era la emoción sin dueño, perdida”. Y ¿dónde estaba el amigo escritor?: “(…) Compartí con él numerosas noches, pues al término de mis tareas periodísticas, venía a visitarme. En la calle o en el restaurante, contaba con emoción las extrañas cosas que le ocurrían. A veces eran hechos triviales, pero también el interés que ponía en ellos reflejaba su carácter. La perplejidad o la ternura –nunca la indignación- lo volvía confidencial o elocuente”.
Cuando el hombre se va quedando sin cuerda, cuando siente que se lo va tragando la sombra, comienza una transformación en un animal otro, en este caso, anota Mastronardi la figura del “perro derrotado”: “(…) Los contrastes hicieron de él un ‘chien battu’. En sus noches de soledad y agobio erraba por las calles con la cabeza baja, incierto el paso y la mirada en el suelo. Esa propensión le permitía realizar modestos descubrimientos. Con frecuencia encontraba llaves, hebillas, relojitos, monedas, lápices. Ya lo tenía decidido: todo lo que encontrase sería para su sobrino, por quien sentía mucho cariño. (…) Humilde y como olvidado de sí mismo, sólo conocía placeres morales. La confianza que se le demostraba era para él un don del cielo. (…) Dócil a una costumbre antigua, caminaba solo, hacia la medianoche, por las calles del centro. Quería pasar la mayor parte del tiempo fuera de la casa de su hermana casada, donde vivió los últimos años. El ambiente doméstico y, en particular, la hostilidad que le demostraba su cuñado, lo volvía callejero, errante”.
Vivir casi en la calle, resistirla, hacerse habitué de la medianoche de una ciudad como Buenos Aires, y en esto no importa en qué época suceda, tiene aparejada la amistad con sus malos fantasmas: “(…) Y una noche fue arrestado por triste, por andar solo y sin rumbo. Otra vez, visto por la policía mientras recobraba fuerzas en el umbral de un comercio de alhajas y relojes fue llevado a la seccional por ‘sospechoso’”. Anota Mastronardi: “arrestado por triste”, y acomoda el camino que indefectiblemente lleva hacia la nada. Y enseguida el escritor ancla otra de sus verdades, sus hallazgos de vida, de hombre atento a su transitar: “(…) Infantino salía a buscar la vida para olvidar la vida. Como todos los hombres, pero de un modo particularmente notorio, puesto que la suya era una situación extrema, concebía valores y virtudes que lo ayudaban a estar en el mundo. Me enseñó que todo puede tener o no tener sentido, según el apetito de realidad que nos haga estimar o desestimar las cosas. Los dudosos esplendores ante los cuales se deslumbraba me llevaron a pensar que sus jerarquías no eran más vulnerables que las que admiran los otros mortales”.
Me digo que hay triunfo y derrota en la vida de Infantino, como hay triunfos y derrotas en la vida de todos nosotros, y es más, soy un convencido de que las derrotas y las arrugadas ocupan más asientos que tanta forzada alharaca festiva. Pienso ahora en otro desbarrancado que también nos ha contado Mastronardi: Silverio Mejía, el gualeyo que vestía de negro. Otro hombre común con sus historias a cuesta, con sus miradas, con la construcción del mundo que todos necesitamos construir para poder apoyarnos en él, cada cual a su gusto, por ejemplo, con Dios o sin Dios. Me digo, todos, de alguna manera, tratamos de construir el cordón de una vereda, o al menos la parte baja de una pared, para cuando el vuelo ya no se nos dé, y las fuerzas flaqueen, cuando terminemos un poco jugando el rol de la paloma que se siente morir. Apoyados contra un mundo, desde ahí habrá que jugar la suerte de las últimas miradas.
Hay mucha información sobre Infantino en este capítulo del libro citado; este cronista, este lector, tuvo que elegir entre tantas decisiones de vida que rondaron la simple tristeza que, a la vez, presenta un ligero sabor a victoria. Infantino se hizo historia gracias a un amigo, y ese amigo le sacó punta al lápiz y entonces habló de los hombres y la vida, y entonces Infantino y el escritor fueron páginas de un libro que a cada paso invita al pensamiento, y entrega empujoncitos para abismarse en una idea, en un recuerdo.
De los últimos tramos del relato extraigo estas líneas referidas al final de Infantino, escribió el poeta: “(…) Se agostó sin sobrellevar dolores físicos, como quien consuma un acto voluntario y furtivo, como si hubiese querido retirarse lentamente de un mundo con el cual no se entendía. Los médicos no dieron con la causa de la enfermedad. Su tumba está en Morón”.

No dejo de pensar en esa tumba. Una lluvia triste la sigue mojando en su ya segura ausencia.

miércoles, 26 de octubre de 2016

El Magallanes de Daniel Guillén

Allá lejos y hace tiempo (nov. 2002), siempre en el barrio que me dio el ser, publiqué en el periódico Desde Boedo la nota titulada Barcos fuera de lugar. Conté que la primera vez que vi un barco fuera de lugar fue en la película Aguirre, la ira de dios de Werner Herzog. Referí que Álvar Núñez Cabeza de Vaca, adelantado y capitán general del Río de la Plata (1490-1564), en su libro Naufragios y comentarios, da una primera pista sobre el caso de estos barcos; anota un caso posterior a una gran tormenta: El lunes por la mañana bajamos al puerto y no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde conoscimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaríamos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por los montes, y andando por ellos, un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre los árboles... Herzog llevó el barco pequeño de Álvar Núñez a Aguirre... y lo colgó como adorno navideño de uno de los árboles del Amazonas. Herzog filmaría luego otro barco fuera de lugar en la inolvidable Fitzcarraldo.
El cineasta norteamericano Jim Jarmusch filmó en 1999 su película Ghost dog, conocida por estas tierras como El camino del samurai. Fue en ella donde vi otro barco fuera de lugar. Consultado Jarmusch por la escena, contestó: En esa escena hay tres personas que tratan de realizar sus sueños, que son muy extraños, todos son personajes extraños, ninguno habla el mismo idioma y sin embargo todos comprenden ese sueño y no les importa lo que piense el resto del mundo; van a tratar de realizar sus propios sueños. Luego Jarmusch relata el origen de la escena: Unos amigos míos vieron a un hombre construir un barco grande en la azotea de una casa de vecindad en el bajo Manhattan; todos dijimos al unísono, ¿cómo lo va a bajar de ahí?, recordé esa historia y la incluí en el film.
Fue después de estos hallazgos que tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un barco fuera de lugar. Ocurrió en Merlo, San Luis, en enero del año 2000. Llegué hasta el Algarrobo Abuelo, un árbol imponente con mil años de edad. Mi guía me llevó por el sendero cercano al algarrobo que llega hasta la casa de Orlando Agüero, descendiente del poeta puntano Antonio Esteban Agüero. Luego de atravesar un portal hecho de plantas apareció ante mis ojos un barco. La nao de Orlando permanecía fija en medio del verde de las Sierras de los Comechingones, una especie de velero de regular tamaño que estaba en plena construcción y que era sostenido, en un surrealista e intrigante simulacro de dique seco, por troncos de árboles. Orlando, el capitán, declaró: Voy a zarpar cuando consiga la plata para el rescate, porque uno es un prisionero, es rehén de la sociedad, primero tenés que tener la plata para mantener el lugar para el regreso. Aquella tarde, Orlando dio detalles sobre construcción, instrumentos y materiales, y sobre cómo sacaría su barco a través de las sierras. El pequeño Fitzcarraldo merlense tenía una mirada extraña, celeste, nerviosa, apasionada, una mirada que seguramente confundía con agua las lejanías del Valle de Conlara.
Luego de este registro de barcos aparecieron otros. Pude ver dos en septiembre de 2006 navegando lentos por avenida Independencia, a la altura del cruce con 24 de noviembre, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Era pasada la medianoche, la hora en que los fantasmas de la zona eligen el viento de la avenida para su ronda, cuando vi avanzar dos barcos salidos de la herrumbre del Riachuelo muerto. Eran barcos fantasmas sobre camiones pesados, anchos. La escena era surrealista. Alcancé a ver en la altura a los respectivos capitanes armados con una larga caña con forma de T: ahuyentaban así ramas molestas y cables varios.
Después descubrí a la distancia, desde la altura de uno de los puentes del complejo Zárate Brazo Largo (el Bartolomé Mitre sobre el Paraná de las Palmas, y el Justo José de Urquiza sobre el Paraná Guazú) otro barco fuera de lugar: una nao vieja, importante, que había sido de pasajeros, pintada de blanco, casi un fantasma sobre la tierra, ubicado muy cerca del verde de la arboleda que tenía de fondo.
Vi otro barco fuera de lugar en una foto tomada luego del gran terremoto de Japón en 2011: montado sobre la terraza de una casa. Recuerdo que mi tío Juan, desde hace un poco más de un año: uno de mis buenos fantasmas, me había dicho luego de leer aquella vieja nota de 2002, que él siempre había sido un barco fuera de lugar. Había vivido más de 30 años en las tierras imperiales del norte, justo él que, como titiritero y demás oficios, había andado recorriendo la realidad de Latinoamérica. Pensando en lo dicho por Juan, digo que todos, en algún momento de la vida, podemos ser barcos fuera de lugar. Y dicho esto cuento el motivo de esta revisita al tema. Hace tres años que vivo en Gualeguay, hace un año que ocupo una nueva casa ubicada en una zona de chacras que rodea a la ciudad. Mucho verde, calles de tierra, el canto de las ranas, caballos, y un barco fuera de lugar.
Fue Luis, mi vecino, mi amigo, quien me dio la noticia. A unas cuadras, en el parque del hotel Ahonikenk, un hombre construye un barco. Enseguida quise hablar con el constructor. Si bien el río Gualeguay no está lejos, de todas maneras era una presencia especial. En el almacén de Luis tuve oportunidad de la primera charla con Daniel Guillén. Me invitó a ver el barco, y hacia el Ahonikenk caminé una mañana. Caminé hasta la recepción, sin quitar la vista del barco negro que permanecía disimulado bajo metros de mediasombra negra. Llamé, nadie contestó. A los minutos escucho voces. Dos hombres, uno Daniel, el otro Sergio, el ayudante, caminaban, allá en la altura, sobre la cubierta del barco.
Debo anotar que el barco hecho de sonoro metal tiene la forma de un antiguo galeón español. No es cualquier barco, y Daniel Guillén no es cualquier persona. Antes de sentarnos a charlar, fui invitado a abordar. Nunca había caminado por la cubierta de un galeón, y mucho menos de uno que en su interior guarda las comodidades de un departamento de dos ambientes. Me dije: es una casa.
Daniel Guillén en el interior del Magallanes
Daniel contó: Mi casa y mis recuerdos, porque va a haber cuadros con fotos de las expediciones. Es algo íntimo. Es la tercera embarcación que tengo, tiene 14 metros de largo por 4 de ancho. La primera era de madera, Pampero, la reparamos dos años; la segunda, Adiós, la compré andando. Como dormís arriba de una embarcación no dormís en ningún otro lado, el ruidito del agua golpeando el barco, una anestesia, tomar mate a la mañana flotando es inigualable. Y este barco, el tercero, ya está escrito en un mamparo de hierro del lado de adentro, se llama Magallanes. Cuando se construye un barco, aunque sea en tiza, hay que escribirle el nombre, es tradición marina. En abril hace un año que traje el esqueleto del fondo de Larroque, 11 metros por 3,50 y 10 cm de alto. Pienso moverlo en agosto, septiembre. Lleva un mástil, jarcias y cabullerías, debe haber 150 metros de soga. La idea es llevarlo de Gualeguay a Gualeguaychú, Colón o Concepción del Uruguay, colocarlo en un amarradero que tenga seguridad, y tenerlo de casa quinta, de casa en la chacra. Es por el placer de habitar una casa flotante, podría ponerle motor, pero no creo. Para mí es como el final del camino, es una de las últimas cosas lindas que estoy haciendo, es toda mi memoria, es más, yo le podría haber dado otra forma, un yate francés, pero no, recreé un galeón español. Y además quiero aislarme del mundo, de grande me di cuenta de que tengo síntomas de un solitario. Pero cuando vos estás solo, no lo estás, porque estás con vos.
Foto: Jorge Lupo
Una casa, sí, un refugio hecho barco, pero aun ocupando un lugar en el agua, tendrá un destino diferente: seguirá habitando el fuera de lugar. Pienso ahora en el relato y las fotos que me envió el fotógrafo Jorge Lupo. Siguiendo un curso inverso al de Daniel, un hombre construyó su casa, en Pehuen-Có, provincia de Buenos Aires, con la forma de un barco: ¿una casa fuera de lugar? Importa, me digo, la pasión, la mirada de los hombres que encuentran en la vida la sintonía poética de los días.

Daniel Guillén nació en 1959 en Puerto Deseado, Santa Cruz. Su profesión de vida, a la que afirma llegó sin querer, que es como a veces suceden muchas cuestiones en los días del hombre, fue o es: buzo profesional civil, porque cuando con el oficio se ha tocado la pasión, la distinción no se deja mientras se viva. Hace 20 años que vive en Gualeguay. Muy poca gente sabe que Daniel es buzo, y no sé cuántos se habrán dado cuenta de que en el parque de su hotel está construyendo un barco. Cuando le pregunté en el almacén por el barco, me dijo que sí, que construía un barco que no entraba en la pileta que tenía al lado. Daniel es un hombre reservado, y en el primer encuentro apenas dijo que era buzo. Después me contó que se hizo buzo para integrar un grupo que buscaba un naufragio frente a las costas patagónicas. Sólo después dijo que él había encontrado la nao Santiago, que integraba la flota de Hernando de Magallanes, allá por 1520. Pocos habitantes de Gualeguay saben que Daniel Guillén figura en los libros de historia.
Foto: Jorge Lupo